Moo y el cazador de mariposas
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Moo es una historia dura y tierna, de desasosiego y esperanza, de libertad y cautiverio, de crueldad y dulzura; una historia sobre la soledad y el destino inexorable que nos aguarda a cada uno. Moo vuela en libertad y termina abatida en una red invisible tejida por todos nosotros.
También es un homenaje a Nabokov; por ello tiene muy presente su afirmación; "Una novela es la triple fórmula de la vida humana: el carácter irrecuperable del pasado, la insaciabilidad del presente y la imposibilidad de predecir el futuro".
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Moo y el cazador de mariposas - Rosa Cava Sánchez
CAPÍTULO 1
Aquel día de invierno, en el pueblecito asturiano de Luanges, la mañana se había despertado radiante. En la escuela, los niños sentados en sus pupitres, con sus batas a rayas, esperaban impacientes a que sonara el timbre que indicaba el final de clase y el comienzo de las vacaciones navideñas.
Lo que sucedía allí parecía un milagro: ninguno de los niños llevaba reloj y tan sólo unas décimas antes de que sonara el timbre ya se habían erguido y en cuestión de segundos las mesas y las sillas quedaban completamente vacías. Los dos hermanos, apretujados en el pasillo entre aquella vorágine de niños, se buscaban con la mirada mientras intentaban a partir de codazos y puntapiés ser los primeros en cruzar la puerta de salida al patio. Se reencontraron, como era habitual, en un extremo de la calle y emprendieron juntos el regreso hasta su casa. Su hermana se quedaba hasta más tarde, ayudando a la limpieza de la escuela.
El hermano mayor siempre andaba por delante. El pequeño se rezagaba por cualquier motivo: de hecho, le tenía miedo. Miedo de que ante cualquier pequeña distracción, ya fuera al ir a cruzar una calle o contemplar un escaparate, su hermano le arreara un guantazo.
Todo el mundo en el pueblo, pero sobre todo las personas más allegadas, conocían la gran diferencia de carácter que había entre ambos hermanos. Unos lo achacaban a la edad; otros, a que lo normal es que uno herede el carácter del padre y el otro el de la madre. Pero la hermana mayor se limitó a aceptar estas circunstancias con resignación. Esto la hizo fuerte ante las adversidades y al mismo tiempo, instintivamente, se sintió también responsable de proteger a su hermano menor: ya fuera a la hora de rebañar comida de la mesa, preservar sus juguetes, o incluso defenderle ante cualquier agresión. Ella creía que el mundo era inamovible e incomprensible y que ni su madre, ni la educación, ni los rezos iban a servir para que sus hermanos cambiaran lo más mínimo.
No obstante, un día la niña le preguntó a su madre cómo era posible que su hermano fuera peor que el mismo diablo y aun así siempre le disculpase, le creyese sus argucias y mentiras y estuviese siempre de su lado.
Ella se limitó a responder mientras seguía ocupada con las tareas de la casa:
—Tu hermano es fuerte y astuto: él triunfará en la vida. Si lo defiendo es porque él es el único que puede ayudaros en el futuro.
Aquel mediodía, el radiante sol que había lucido durante toda la mañana empezó a deshacer el hielo. El camino estaba mojado y resbalaban en cuanto forzaban la marcha. El hermano mayor fue el primero que torció por la calle que conducía directamente a su casa, junto a la ribera del río. Mientras andaba absorto golpeando con un palo todo lo que encontraba a su paso llegaron a la charca rodeada de juncos. Allí, mientras se entretenían cortando los más largos, oyeron voces. Más que voces eran gritos, chillidos, lloros...
Se miraron fijamente y el mayor ordenó por señas al menor que dejara cuanto tenía entre manos y le siguiera.
Asomaron despacito la cabeza por la ventana de la casa que daba al comedor, sólo hasta la altura de los ojos para asegurarse de que nadie les viese, y pudieron observar cómo el padre tenía cogida a la madre por el pescuezo y le pegaba una y otra vez mientras la insultaba y le llamaba mentirosa y puta.
Sentado en el suelo, su hermano de pocos meses gateaba libremente entre una maraña de objetos rotos.
La mujer, arrodillada a los pies del marido, pedía clemencia y le prometía entre sollozos que jamás volvería a mentirle. Por fin el padre soltó a su presa y le ordenó:
—¡Levántate! Dime de una vez por todas adónde has ido esta tarde.
La mujer, llorando desconsoladamente, seguía arrodillada en el suelo frente a él y con las manos juntas le suplicaba una y otra vez:
—Perdóname si he llegado tarde y la comida no estaba lista, pero me he entretenido hablando con mi hermana. Te prometo que jamás volverá a repetirse, te lo juro por nuestros hijos, pero no me pegues más.
De su frente brotaba un reguero de sangre fino y constante que se deslizaba por su mejilla hasta caer gota a gota sobre su abrigo.
El hermano pequeño, atónito, se separó de la ventana. Con todo, siguió oyendo perfectamente la tragedia que tenía lugar en el interior. Así, incapaz de soportar un segundo más los sollozos de su madre, tiraba una y otra vez de la chaqueta de su hermano, como indicándole que debían ir a socorrerla.
Pero su hermano, paralizado, tenía la mirada fija en aquella escena, parecía que, para él, el espectáculo no había hecho más que empezar y le respondió con voz muy baja:
—Aún no, espera.
Y siguió con la frente pegada al cristal.
El pequeño dejó por un momento de oír los gritos, de ver otra cosa que no fuera la expresión del rostro de su hermano: sus ojos no parpadeaban, su boca esbozaba una singular sonrisa, parecía extrañamente complacido con aquel espectáculo y, por supuesto, dispuesto a aguantar un poco más.
De repente su padre se dirigió a la cocina y volvió con un rodillo que levantó solemnemente sobre la cara de la mujer. Durante unos segundos que parecieron eternos mantuvo el instrumento en lo alto y cuando decidió bajarlo fue para asestarle un golpe seguro que resultó definitivo.
La mujer dejó de gemir, de llorar, de suplicar y se desplomó. El silencio invadió la escena, hasta que el padre volvió a gritarle una y otra vez y cada vez con más furia:
—Levántate o esta vez será peor.
Por supuesto, no podía imaginar ni someramente que no habría ninguna otra próxima vez. Cuanto más inmóvil estaba ella, más gritaba él. De repente empezó a darle puntapiés como si fuera un pedazo de carne amorfa que se adaptara a sus golpes.
El hermano menor echó a correr al interior de la casa y abrió la puerta justo en el momento en que el bebé empezaba a llorar. Se echó encima de su madre, pero todos los abrazos y cuidados no fueron suficientes para devolverle la vida. El hermano mayor también llegó demasiado tarde.
Enterraron a la difunta dos días después y el padre, rodeado de sus cuatro hijos, ocupó la primera fila de duelo, llorando desconsoladamente y recibiendo el pésame de todo el pueblo, incluidas las fuerzas vivas del mismo: el alcalde, el párroco y los maestros.
Únicamente los dos hermanos conocían la verdad de lo sucedido. Únicamente el mayor pareció comprender las extrañas razones que pueden impulsar a un hombre a matar con una maza a una pobre mujer.
Los otros no lo comprenderían jamás.
CAPÍTULO 2
La tarde y con ella la lluvia había caído sobre el arrecife.
Hacía cuatro días que había llegado a aquella isla para visitar a mi amiga Moo. Llevábamos cerca de tres años sin saber nada una de la otra. La última vez que la vi había tocado fondo... No obstante, el viaje hasta entonces había resultado infructuoso.
La isla en el mar de las Antillas era muy frondosa y agreste; formaba parte de un rosario de islotes, algunos de ellos de tan pequeña dimensión que apenas tenían nombre en los mapas. Su contorno estaba ribeteado por altos acantilados; tan sólo una pequeña entrada, difícilmente visible desde el mar, permitía a los pescadores y navegantes entrar en una resguardada bahía y fondear allí sus barcas.
Pese a las apariencias, Moo no había ido a parar allí por pura casualidad. En ocasiones, el destino se fragua de una forma muy sutil, sin apenas ser conscientes de ello.
Diana, nuestra amiga desde la infancia, y su marido habían decidido hacía ya unos años lanzarse a la aventura de surcar todos los mares. Su único objetivo era navegar; viajaban sin rumbo fijo gracias a la fortuna de la familia de Diana, fortuna que hasta la fecha había permitido vivir sin trabajar a ella, a su excéntrico padre y a su abuelo, de profesión poeta.
Cuando Moo acudió a su encuentro tras una huida precipitada del hospital, éstos tenían un problema con el barco que les retuvo en esta isla más tiempo del que deseaban. Cuando reemprendieron la marcha, Moo no zarpó con ellos.
La casa se hallaba en la cima de una pequeña colina que se deslizaba hasta el acantilado. Desde cualquier rincón podía observarse la larga línea del horizonte, que a veces se confundía con el cielo y otras se perfilaba con un contraste de colores azules, grises o blancos. El paisaje que nos rodeaba, gracias a las abundantes lluvias y a lo templado del clima, permitía el desarrollo de una naturaleza desbordante, llena de árboles inmensos, matorrales y arbustos que constantemente invadían los caminos, metiéndose incluso alguna que otra enredadera dentro de la casa. La naturaleza, la quietud, la temperatura, la espléndida vista... todo era maravilloso. Parecía que nos encontrábamos en algún lugar del cielo.
Aquella tarde, a pesar de la lluvia, había que repetir lo que cada uno de los 365 días del año era imprescindible hacer para que en el invernáculo en forma de triángulo pudieran nacer y sobrevivir las noventa variedades de mariposas, sus huevos y sus orugas.
Nos dirigimos corriendo desde la casa, desafiando aquella torrencial lluvia, hacia el invernáculo, que se encontraba en un extremo del jardín. Para mí, entrar en él era como si me transportaran a un oasis donde la vida fuera la única protagonista.
Moo, que había sido mi mejor amiga en la infancia, llevaba tres años viviendo en la isla. Durante este período se había forjado una nueva personalidad: a los ojos de los demás se había convertido en un chico extraño y mudo. Nadie la conocía por su nombre, todos se referían a él como ‘el coleccionista de mariposas’. Solía vestir siempre unos pantalones amplios y oscuros, llevaba el pelo muy corto y unas grandes gafas de sol que impedían descifrar el color de sus ojos. Calzaba unos zapatos trenzados marrones y siempre cargaba una mochila. Los días de lluvia añadía a esta vestimenta un ridículo gorro verdoso rodeado de una amplia ala que se ataba debajo de la mandíbula.
También había conseguido vivir en paz consigo misma y se sentía libre, libre como una mariposa satisfecha de poder volar.
Sus contactos con las gentes del lugar eran más bien escasos: jamás cedía una ínfima parcela de su intimidad, que guardaba celosamente tras alguna que otra frase superficial o componía saludos o respuestas cortas, con sólo las palabras imprescindibles. Cuando se dirigía al pueblo de compras llevaba en su bolsa una hoja con una larga lista de encargos que iba cortando a pedacitos y dejándolos en las diferentes tiendas de aprovisionamiento. No se la había visto jamás en el bar de la playa, ni en el cine, ni en la iglesia: nadie reparó nunca en ella. Tan sólo unas hojas de papel clavadas en la recepción de algunos hoteles daban fe de su nueva existencia, ahora encarnada en hombre, como aspirábamos cuando éramos niñas.
El texto, acompañado del dibujo de una mariposa, decía:
"Excursión única:
Visite el invernáculo del coleccionista de mariposas.
Para más información contacte con el mostrador del hotel."
Nadie sabía en la isla que Moo había regresado de la muerte.
Los autocares con turistas aparecían a las once en punto de la mañana en la puerta de su casa, cada día de la semana, fuera laborable o no, aunque esto en aquel lugar carecía de importancia. A los turistas, a cambio de pagar una módica suma, les permitía entrar en el invernáculo para ver y tocar sus mariposas y orugas.
Sólo de tiempo en tiempo algún turista entrometido se colaba en su salita y tomaba un té frío al tiempo que trataba de hilvanar una conversación. Por lo demás, el único vínculo de Moo con el resto del mundo era su ordenador: a través de internet estaba informada de todo lo relacionado con el fascinante mundo de las mariposas.
Aquella tarde llovía sin cesar. Por radio habían anunciado que la tormenta podía dar paso a un tornado muy fuerte y aconsejaban a la población que no saliese a la calle si no era imprescindible y, sobre todo, que reforzara las puertas y ventanas.
Moo carecía de ayuda en estas circunstancias. Normalmente, el viejo indio del pueblo acudía cada mañana al alba y le ayudaba en las tareas de desbrozar el jardín y cuidar de las mariposas, pero a esas horas de la tarde, cuando daban los partes del tiempo, fue ella sola quien tuvo que encargarse de arrastrar unas tablas inmensas y clavarlas en los laterales del invernadero. Me sentía incómoda contemplando su esfuerzo, por lo que intenté ayudarla, pero me resbalaba y caía. Mi torpeza no podía remediarse en cuestión de unos minutos.
Moo se rió al ver el miedo en mi cara y el fango en mi cuerpo y me dijo:
—No te preocupes, te prometo que no va a pasarnos nada. Es más, para ti será una experiencia inolvidable.
Yo le respondí secándome con un jersey y gritando lo más fuerte que pude:
—Pero, Moo, ¿no ves que el viento es cada vez más fuerte, y que en cualquier momento se llevará todo este tejadillo como si fuera una hoja de papel?
Contemplando a Moo en el arduo trabajo de tapar la entrada y reforzar aquellas frágiles paredes del recinto, pensaba que una vez más estábamos juntas luchando codo a codo contra las adversidades.
Oscurecía cuando reparamos en que no funcionaban las luces del recinto, por lo que encendimos unas velas. Mientras esperábamos la llegada de la noche y se oían los aullidos del viento y la lluvia, que cada vez se hacían más y más estridentes, descorchamos una botella de vino.
A medida que conversábamos la tormenta dejó de preocuparme.
Cuando pensaba que no había conseguido comunicarme realmente con Moo durante mi estancia en la isla, y a tan sólo unas horas para que reemprendiera mi viaje de regreso, ella me lanzó una pregunta con la intención, creo yo, de ser amable conmigo y así evitar, de paso, enfrentarse con otros posibles temas que pudieran resultarle más comprometidos.
—Me comentaste al llegar que habías estado de vacaciones en San Petersburgo —dijo—. ¿Te gustó la ciudad?
Durante muchos años, antes de trasladarme a vivir definitivamente a Barcelona, viajaba constantemente de una ciudad a otra, a causa de mi trabajo; pero mis estancias, por lo general, se limitaban a ir del aeropuerto hasta la sede de la empresa sin pisar ni siquiera una sola baldosa de sus calles. Otras veces las reuniones se convocaban en el hotel más próximo al aeropuerto, de ahí que haya muchas ciudades de las que, habiendo estado en ellas más de una, dos y tres veces, no pueda describir ninguno de sus monumentos, ni la dimensión de sus edificios, ni tan siquiera si hacía frío o calor. No obstante, en esta ocasión planeé mi viaje a San Petersburgo de forma que pudiera disponer de tiempo para conocer realmente la ciudad.
Le expliqué lo que vi y percibí de aquella teatral y suntuosa ciudad, entre otras cosas que había estado en la casa donde vivió Dostoyevski, hoy convertida en un pequeño museo. La casa se encontraba en la esquina de una calle que tenía enfrente el mercado del barrio; sin duda, debió de ser un lugar bullicioso, repleto de vida. Seguro que conoció de primera mano todas las grandezas, sufrimientos y miserias de aquella gente; debió de serle, por tanto, relativamente fácil hablar de sus vicios y virtudes en sus novelas.
En nuestra adolescencia en casa del abuelo ambas habíamos leído algunas novelas de Dostoyevski. Nos gustaban sus personajes porque eran seres atormentados
