La casa roja
Por Susana Hernández
3.5/5
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Esta es la historia de tres generaciones de mujeres marcadas por hechos terribles, hechos que parecen gravitar en torno a un lugar, la casa roja, del que todas huyen pero hacia el que todas siente, sin embargo, una atracción hipnótica que, al cabo del tiempo, las empuja a volver. «Somos una estirpe violenta», dice una de las protagonistas; y "La casa roja" es la historia de ese destino de sangre y violencia que parece estar marcado irremediablemente para estas mujeres.
Narrada con el estilo conciso, con preponderancia del diálogo en apariencia ágil y sencillo pero cargado de profundidad que ya nos sorprendió en "La puta que leía a Jack Kerouac", esta novela de Susana Hernández, galardonada con un premio de narrativa, es una apuesta de gran peso literario sobre cómo narrar una historia sin aditamentos innecesarios y directamente a la sensibilidad del lector. No en vano contiene, escritas con la mayor austeridad, algunas de las escenas más escalofriantes con que el lector se haya encontrado.
Premio Ciudad de Sant Adriá de Besós 2005 de novela corta.
Susana Hernández
Nací en Barcelona. Estudié Imagen y Sonido e Integración Social. Actualmente compagino estudios de Investigación Privada y de Psicología en la Universidad de Barcelona. He colaborado en varios medios de comunicación escritos, ejerciendo como crítico musical y redactora de deportes, así como en medios radiofónicos. Entre 1995 y 2007 trabajé como locutora en Radio Canet. He publicado la novelas: "La Casa Roja" (Premio Ciudad de Sant Adrián 2005), "La puta que leía a Jack Kerouac" (Lesrain 2007) y "Curvas Peligrosas" (Odisea Editorial 2010) y el libro de relatos "Enamórate" (Odisea Editorial 2012) junto a otros autores. "Curvas peligrosas" ha sido considerada una de las tres mejores novelas negras publicadas en 2010. En mi haber cuentan diversos premios de novela, relato y poesía: I Premio Poesía Lésbica Versales 2009, Finalista Premio de novela Katharsis 2009, I Premio Ciudad de Sant Adrián de Besós de Novela 2005, Premio Contradiction 2003, Emilio Murcia de relato 2003 (accésit), Premio Mizares de poesía 2003, Segundo Premio Villa San Esteban de Gormaz 2002, y Premio de relato «Mujeres» de Santa Cruz de Tenerife 2001, entre otros. He participado en la III edición de Getafe Negro 2010 dentro de la mesa redonda Cosecha negra: Jóvenes Bárbaros. En 2006 fui seleccionada por la universidad de Alicante para participar en el VI Encuentro Nacional de Escritores y contribuí a la antología poética que se editó posteriormente a favor de Médicos sin Fronteras. En la primavera de 2007 la editorial Lesrain colaboré en el libro de relatos El espejo de los deseos en beneficio de la lucha contra el turismo sexual de menores y la prostitución infantil. Asimismo mis relatos y poemas han sido incluidos en diferentes antologías y publicaciones literarias. Actualmente imparto talleres literarios y colaboro en distintos medios como crítica literaria y redactora. En octubre de 2012 Alrevés Editorial publicará la segunda novela de la serie de las subinspectoras Santana y Vázquez que se inició con "Curvas peligrosas".
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La casa roja - Susana Hernández
Susana Hernández
1ª Edición Digital
Marzo 2013
Smashwords edition
© Susana Hernández, 2005
© de esta edición:
Literaturas Com Libros
Erres Proyectos Digitales, S.L.U.
Avenida de Menéndez Pelayo 85
28007 Madrid
http://lclibros.com
ISBN: 978-84-15414-68-1
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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Índice
Copyright
Primera parte: Los suicidas no dejan notas
Segunda parte: El lugar en el que todo arde
Sobre la autora
Premio Ciudad de Sant Adriá de Besós 2005 de novela corta.
Todo arde si le aplicas la chispa adecuada.
El Ángel («Los planos de la demolición»)
Esta novela está dedicada a todas las mujeres de mi familia.
Primera parte
Los suicidas no dejan notas
—Cuéntame algo que nunca le hayas contado a nadie.
—Algunas veces, en misa me imagino a la gente desnuda. A todos. Da igual. A la señora Villar, a los niños del coro, al padre Herminio, al alcalde y a su hijo Enrique, a papá y a mamá.
—¿A mí también?
—A ti también, Coco.
—A mí me has visto desnuda un montón de veces. No te lo tienes que imaginar.
—Ya, bueno. Es como hacer un poco de trampa, pero tú también estás en misa. Así que también tengo que imaginarte.
—¿Y cómo son desnudos los demás?
—Raros. Yo no he visto a nadie desnudo. Solo a ti.
—No deberías hacer eso, Débora, imaginarte a la gente desnuda en misa.
—¿Por qué no?
—No está bien.
—¿Pero por qué, Coco? ¿Por qué no está bien?
—En misa, no. Eso seguro.
—¿Y fuera de misa?
—Fuera de misa ya es otra cosa.
—¿Sí?
—Claro.
—Ah, bueno.
La casa, al comienzo, no era roja. Era como todas las demás, una casa de color impreciso y dimensiones corrientes situada a pie de camino. Porque entonces había un camino que dividía el pueblo en dos segmentos, y que no contento con eso serpenteaba absurdamente en una pandilla de curvas cerradísimas, a cual más mortal. Años después, algún alcalde bien intencionado diseñó una nueva geografía local y de un plumazo borró el camino y trazó una larga y anodina carretera. Mirado por el lado bueno, la reordenación municipal aumentó sensiblemente la media de vida de los conductores que frecuentaban la zona. En contrapartida, la casa quedó aislada, en terreno de nadie, a cinco kilómetros del pueblo, y a tres largas de cualquier parte.
La tumba de su hermana no estaba a la vista. Muy propio de ella, complicarlo todo hasta extremos enloquecedores. La tumba bien escondida para que Débora perdiera media mañana leyendo nombres que no le decían nada, con ese escalofrío infinito que se le colgaba del hombro en cuanto pisaba un cementerio. Como si Coco no lo supiera.
Beatriz Lorenzo de Carvajal: Coco. El escalofrío se descolgó del hombro de Débora y se arrebujó, helado y gelatinoso, en los confines del corazón. Después de todo, era cierto. Coco estaba muerta.
Muerta.
Débora se deslizó hasta el suelo resbaladizo del cementerio. La lápida de su hermana estaba embrutecida, con salpicaduras de algo poco reconocible cuya naturaleza exacta prefirió no imaginar. No había ni una flor, marchita o no.
Ni una.
Hasta ese momento, en algún lugar recóndito Débora había guardado celosamente la esperanza de que todo aquello fuese un monumental malentendido, una broma macabra, un simple error, por qué no.
Beatriz Lorenzo de Carvajal.
—Tenemos nombre de marquesas. Bueno, yo; tú no.
—¿Débora no es nombre de marquesa?
Coco movió vigorosamente la cabeza de un lado a otro y apuró el pitillo. El sol acuchillaba las margaritas.
—Débora es nombre de actriz porno.
Le costó trabajo localizar el hotel. El nombre sonaba como suena todo en tailandés.
Me siento cada atardecer en la ventana hasta que el sol se agota, y yo me agoto con él.
Es extraño lo mucho que cansa vivir, Debi. ¿No te parece extraño?
Un atractivo camarero tailandés me traerá la cena dentro de seis minutos exactamente. ¿Qué te apuestas?
Él no está. Nunca está aquí. Si aparece, soy yo la que se va. Nos cruzamos en los pasillos del hotel, a veces, y no nos reconocemos, y es entonces, siendo dos extraños, cuando más cerca estamos de amarnos. Por un rato le deseo, como se desea a un desconocido, con esa mezcla de ansiedad y aprensión.
Después, le odio como solo puede odiarse a quién te ha robado demasiadas noches.
Creo que no sobreviviré a Tailandia, Debi.
Coco.
—Sí es ella —la recepcionista asintió. La foto temblaba entre los dedos de Débora—. Es la joven española que se suicidó el verano pasado.
—¿Recuerda en qué habitación se alojaba?
—Lo recuerdo. Hemos tenido que pintarla cuatro veces. Las manchas de sangre vuelven a aparecer.
Débora la miró fijamente un segundo largo.
—¿Está ocupada esa habitación?
—No.
—Deme la llave, por favor. Me quedaré unos días. Y no se preocupe por las manchas de sangre, si vuelven a aparecer arrancaré la pared y me la llevaré a casa. A mi hermana no le gustaría nada saber que se han quedado con su sangre.
Creo que no sobreviviré a Tailandia, Debi.
Fue en el verano de 1937 cuando pintaron la casa. Los falangistas salieron al caer la noche. Llevaban consigo una lista, diez o doce nombres, puede
