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Los Corredores del Cielo
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Libro electrónico134 páginas1 hora

Los Corredores del Cielo

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En una ciudad vigilada por un sistema omnipresente conocido como el Ojo, un grupo de jóvenes —Los Corredores— utiliza la agilidad urbana, la tecnología y la solidaridad para desafiar el control autoritario. Entre ellos, Kaori carga con un pasado personal que la impulsa a luchar mientras el colectivo enfrenta dilemas morales sobre hasta dónde llegar para proteger a la población. La historia combina acción vertiginosa (parkour y sabotaje), tensiones políticas y momentos íntimos de reconstrucción comunitaria, explorando cómo la resistencia puede transformarse en nueva forma de cuidado social.

IdiomaEspañol
EditorialMissael Alejandro Reyes Burciaga
Fecha de lanzamiento7 ene 2026
ISBN9798233984662
Los Corredores del Cielo

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    Los Corredores del Cielo - Missael Alejandro Reyes Burciaga

    Capítulo 1 — Ruinas bajo la vigilancia

    LA CIUDAD RESPIRABA por debajo de sus pies como una bestia metálica: luces frías que nunca se apagaban, un murmullo eléctrico que vibraba en las paredes, y el zumbido insistente de drones como mosquitos de acero que barrían las calles en patrones calculados. Las cámaras, ojos de vidrio y lente, giraban en torretas quietas, barrían mercados, pasillos, patios y terrazas con la misma indiferencia que una máquina. Desde abajo, la vida se movía encogida: vendedores empaquetaban mercancía a contraluz, peatones apretaban los hombros bajo las capas, voces que evitaban alzar la cabeza. Ratas correteaban en los desagües; sombras largas se doblaban entre los contenedores. Todo estaba medido, todo estaba observado. En la cúpula del sistema, un proyecto rumoroso y temido: el Ojo de Dios, todavía en fase de pruebas, prometía una vigilancia absoluta, una red que podría convertir cualquier rincón en un mapa, cualquier persona en una coordenada.

    Kaori corría por encima de ese mundo como si intentara rasgarlo. Su cabello naranja era un estandarte cuando desaparecía tras un saliente; su figura, delgada y endurecida, se recortaba contra el cielo plomizo. No era elegante, no aún: era precisa, compulsiva por instinto. Las suelas de sus botas golpeaban metal, luego terracota, luego un mosaico de placas gastadas. Saltaba con un cálculo que no sabía explicar, aterrizaba con el peso de quien ha aprendido a poner la vida en juego y, aun así, a valorarla. La noche olía a aceite y lluvia vieja; la brisa traía un sabor alcalino de contaminación. El zumbido de una patrulla drónica se acercó por una calle abierta, sus luces recorrieron la ciudad como una lengua de lámpara. Kaori se pegó a la sombra de un alero, respirando en silencio, dejando que la oscuridad la tragara.

    No era la primera vez que el sonido le helaba la sangre. Había aprendido a escuchar antes que a razonar. La memoria, sin embargo, no siempre obedecía la lógica. Un chasquido en su cabeza le trajo fragmentos: la casa de papel en que abundaba el olor a té derramado, las risas en la mesa, manos pequeñas alcanzando una pelota; luego detonaciones, cristales que estallaban como flores negras, una voz que no era suya gritando el nombre de su padre, el calor de la madera ardiendo, la boca de su madre llena de algo que no era normal. La imagen se rompía como un plato dejado caer y Kaori sólo conservaba la sensación de vacío —un estómago que no encontraba consuelo— y una rabia que ardía como carburante.

    Un agente civil, aspecto impecable bajo la insignia del gobierno, pasó cerca, su silueta recortada bajo la linterna del dron. Kaori se deslizó, casi sin ruido, por una canaleta oxidada. No fue una maniobra calculada tanto como una necesidad: cada músculo la conocía. Un repentino claxon, un policía que volteó, y ella se encontró pegada al borde de un tejado, los dedos rozando tejas frías. La patrulla volvió a su ruta, cegada momentáneamente por un reflejo; la ciudad, por una noche, no la reclamó entre sus vistas. Bajó con la ligereza de quien ha hecho de la huida un idioma propio y, sin apagar su respiración, se encontró frente a una puerta metálica mal cerrada que la condujo a una azotea más alta.

    La azotea no estaba vacía. Bajo la luz amarilla de una antena, un grupo se había plantado como si la noche fuera su campo de entrenamiento. Eran pocos, cinco rostros marcados por historias distintas: uno, un hombre de mirada tranquila que alguien se refería con respeto; otro, una mujer que reconocía las señales de un dispositivo y acariciaba un panel con dedos que parecían saber tanto de circuitos como de heridas; un joven que tosía y sonreía como quien desafía a la muerte por costumbre; una figura fibrosa que llevaba el peso de órdenes pasadas en los hombros. Se movían sin temor, con la facilidad de quien pertenece a la altura. Kaori se quedó a la sombra, observando, respirando aún con el eco del miedo; sus ojos, el color de hojas de otoño encendidas, tomaron nota de cómo sus manos sujetaban ganchos y correas, cómo cotejaban mapas en una tablet que brillaba como una ventana clandestina.

    —Buenas noches —dijo alguien, con una voz que no buscaba sonar más confiada de lo que era.

    Kaori se tensó. No fue un saludo agresivo, más bien una oferta de negociación silenciosa. Ella se presentó con una mentira: que había perdido la ruta y buscaba bajar a la calle. No le creyeron de inmediato. Los miembros intercambiaron miradas; entre ellos hubo un gesto casi imperceptible, un código. Luego, la calma como una marea lenta. El hombre de la mirada tranquila se acercó, su rostro ovalado iluminado por la pantalla, y exhaló una frase que parecía pesar años.

    —No caes en nuestras trampas, ni hacemos preguntas que no aceptemos responder. Pero si llegaste hasta aquí andando por tejados a estas horas, hay algo en ti. ¿Vienes huyendo o buscando algo? —preguntó.

    Kaori miró los contornos de su ciudad por un momento, las luces que vivían encadenadas, y pensó en el hueco que le quedaba dentro, en el silencio de una casa sin risas. Huir y buscar eran la misma cosa para ella. Resopló una risa sin humor.

    —Ambas —contestó.

    No ofreció más. No tuvo que hacerlo. Entre ellos, un intercambio de nombres se produjo con la naturalidad de quien ya sabe que los nombres verdaderos se guardan para intimidades. Le dijeron sus nombres: Hikaru, Ren, Maya, Taro, Sora. Les devolvió solo su nombre: Kaori. No preguntaron por su pasado. En la oscuridad, las tragedias no se gritaban; se sospechaban, se reconocían en las arrugas de la voz.

    Maya, que sostenía la tableta, señaló hacia la ciudad como quien señala una herida abierta.

    —Se está cerrando la vigilancia en el distrito tres. Más drones. El Ojo pasará pruebas a la medianoche. No es un buen momento para estar afuera si no tienes razón de peso.

    Hikaru miró a Kaori con algo que no fue curiosidad sino una evaluación contenida.

    —Si tienes piernas tan fuertes como tu instinto, podrías valer. No solo para huir. —La frase no fue una oferta de heroísmo; fue un ofrecimiento revestido de pragmatismo—. Somos Los Corredores del Cielo. No somos mitos. Nos movemos donde otros no pueden. Nos llamamos así porque nos negamos a convertirnos en objetivos de suelo. ¿Querías algo más que ocultarte?

    Kaori sintió cómo la noche la miraba de vuelta, y algo dentro de su costado se alivió con la posibilidad de una respuesta. Ser perseguida ya no era suficiente. Su rabia necesitaba un contorno, una dirección. En su pecho algo se cerró decidido. No habló de sangre, ni de nombres. La ciudad estaba llena de pérdidas con rostros sin justicia, y ella no quería que su historia fuera otra ficha apilada en el olvido.

    —¿Qué quieren de mí? —preguntó, ya sabiendo que cualquier cosa que dijera sería tejida en el mismo tejido que la culpa y la esperanza.

    Hikaru no prometió gloria. Los demás no ofrecieron seguridad. Solo extendieron una tarjeta del tamaño de la palma. Era de plástico rugoso; el interior reflejaba una luz que parecía azul por voluntad propia. En el centro, un símbolo: una silueta de alas mínimas, un trazo que recordaba tanto a una compuerta como a una carrera cortada por el viento. No era una invitación infantil; era un sello que hablaba de una elección.

    —Si entras —dijo Ren, con la voz como de quien construye armaduras con palabras—, no es porque te odien menos que al resto. Es porque creen que puedes hacer que algo cambie. No será sencillo. No serás anónima. Pero tendrás una familia que sabe cómo pelear en los tejados.

    Kaori tomó la tarjeta entre sus dedos. El plástico parecía frío como ironía. Miró las luces de la ciudad por última vez: la línea de horizonte parecía una cicatriz que se curó mal. Sus recuerdos afilados asomaron de nuevo, esta vez menos tormentosos y más quietos, como fotografías gastadas. La decisión no fue un momento de épica; fue un acto pequeño y absoluto. Guardó la tarjeta en su bolsillo sin mirar el símbolo otra vez y asintió. No dijo nada en voz alta. No necesitó hacerlo. Su silencio fue pacto.

    Hikaru esbozó una sonrisa breve, no de victoria, sino de reconocimiento. Maya dejó escapar un resoplido que podría haber sido una bienvenida. Taro le lanzó un comentario que buscó provocar un gesto de orgullo

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