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La tentación neofascista: El odio y el miedo como política del sometimiento
La tentación neofascista: El odio y el miedo como política del sometimiento
La tentación neofascista: El odio y el miedo como política del sometimiento
Libro electrónico265 páginas3 horasPsicoanálisis, sociedad y cultura

La tentación neofascista: El odio y el miedo como política del sometimiento

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Es necesario alertar sobre la tentación neofascista del gobierno de Milei. Como psicoanalista no puedo quedar en silencio ante un gobierno cuyas políticas generan la ruptura del lazo social. Generan el aumento de los efectos de la pulsión de muerte: la violencia destructiva y autodestructiva… Pero digámoslo de entrada: este no es un problema psicológico. El exceso de este liberalismo extremo que llamamos neoliberalismo es un exceso del sistema capitalista; el plus de valor que obtiene es lo que reclaman los sectores de poder. Si de esta manera reciben un goce en el odio o en la crueldad es para sacrificarla al capital: para que el capital goce en lugar de ellos.
 
En la primera parte del libro destacamos que en la actualidad de nuestra cultura se han generado nuevas formas de subjetivación producto de lo que denominamos "el exceso de realidad produce monstruos". Es decir, una realidad que excede las posibilidades de simbolización por parte del sujeto y, por lo tanto, genera situaciones traumáticas. La respuesta de la cultura dominante es el consumismo que se transforma en un deseo irrefrenable de consumir que, al no quedar satisfecho, activa permanentemente el circuito.
 
La segunda parte, "El autoritarismo neofascista neoliberal de Milei", comienza con la importancia de diferenciar el fascismo clásico del actual neofascismo neoliberal. Luego continuamos con el análisis de los efectos de la pandemia, donde aparecen nuevas formas del fascismo y de la extrema derecha cuyo objetivo es destruir las libertades, la igualdad, la justicia social y el medio ambiente apelando a un odio sostenido en miedos que generan problemas de Salud Mental y contribuyen a que el mundo vaya siendo un lugar imposible de ser habitado.
 
Con el ascenso de Milei al gobierno en nuestro país se afianza una época de un traumatismo generalizado que abarca al conjunto de la sociedad. Este traumatismo que toma una dimensión colectiva nos lleva a la necesidad de apropiarnos de la cultura en la que estamos y pertenecemos para dar cuenta de nuestros deseos y necesidades, y que eso nos permita construir alternativas individuales, familiares y sociales para enfrentar los procesos de sometimiento.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Topía
Fecha de lanzamiento19 ene 2026
ISBN9786316702098
La tentación neofascista: El odio y el miedo como política del sometimiento

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    La tentación neofascista - Enrique Carpintero

    Parte I

    El sujeto es portador

    de cultura

    Capítulo 1

    Memoria y transmisión

    El pasado no es libre. Ninguna sociedad lo abandona a sí mismo.

    Es regido, administrado, conservado, explicado, narrado,

    conmemorado u odiado. Ya sea que se lo celebre o se lo oculte,

    sigue siendo un desafío fundamental del presente.

    La memoria saturada, Régine Robin.

    Una memoria para construir un pensamiento crítico

    Cuando Marcel Proust escribió su monumental obra En busca del tiempo perdido, primero la concibió como un artículo, después como cuento y luego empezó a escribirla con la intención de hacer una novela breve, pero la totalidad terminó ocupando siete gruesos volúmenes. Ya a partir del primer tomo el editor lo amenazó con hacerle un juicio o interrumpir su publicación, porque a medida que iba corrigiendo las pruebas, Proust agregaba páginas y páginas que aumentaban un tercio o el doble el volumen del libro. En realidad, En busca del tiempo perdido era un libro destinado a quedar inconcluso, no únicamente a causa del frenesí asociativo o de la muerte prematura de su autor, sino por el tema mismo que Proust se impuso: recuperar de la manera más completa posible la memoria de su pasado. Ya sabemos que cada una de nuestras experiencias pueden ser en cierto sentido infinitas, y si algo certifica esta afirmación es el destino de la obra de Proust que, con los frecuentes descubrimientos de manuscritos inéditos y de variantes que realizan los especialistas, sigue escribiéndose sola tres cuartos de siglo después de la muerte de su autor.

    En este sentido, si la historia es interpretación y toma de distancia crítica del pasado, la memoria, en cambio, implica una participación pasional con ese pasado, es imaginaria y, en alguna medida no es objetiva. La memoria pone los datos dentro de esquemas conceptuales y configura el pasado sobre la base de las exigencias del presente. Debemos mencionar que la etimología latina de la palabra recordar está relacionada con la partícula re, que significa volver a, y el sustantivo cor-cordis, que significa corazón. De esta forma, el recuerdo evoca la vuelta al corazón y al sentimiento: recordar es volver a vivir. Esto nos lleva a que no debemos olvidar que los recuerdos se ligan con las emociones.

    Desde esta perspectiva la memoria como un modo propio de autenticación, ya sea individual o colectiva, puede caer fácilmente en la melancolía o la conmemoración. Por lo tanto, la necesidad de autenticación de la memoria debe permitir el compromiso con la más crítica subjetividad en cuyo nombre opera. Es así como al posibilitar la autocrítica, la memoria separa el agente recordante de la experiencia recordada. Su resultado va a ser que una memoria crítica puede ser capaz de erigirse como el mejor tipo de análisis histórico. Pero también va a permitir desarrollar un pensamiento crítico que cuestione las formas actuales en las que se sostiene el poder en el capitalismo tardío.

    Un personaje de la película La ventana de enfrente del director Ferzan Ozpetek sostiene que, Cuando alguien se va, deja una parte en el otro. Ese es el secreto de la memoria. Esta significativa frase se relaciona con una característica de la cultura de un pueblo llamado Swahili, que habita en África. En esta cultura el pasado queda en la memoria de los demás, que mueren completamente solo cuando desaparecen. Por ello toda memoria funciona en el aparato psíquico como lo heredado que se constituye en el sujeto como un mandato de filiación. Este permite afirmarse como un espacio-soporte que da seguridad; que nos afirma en nosotros mismos. Pero solamente cuestionando este mandato de la memoria vamos a sostener nuestro deseo para poder pensar un futuro. De esta manera, la herencia de otras generaciones debe ser la nuestra para crear y producir sobre la base de otra realidad; no para reproducir. En este sentido, para oponernos debe existir un pasado en permanente tensión con el presente que nos permita pensar un futuro. Por lo tanto, si no hay pasado no hay futuro, ya que no se puede crear desde la nada. Es en esta tensión entre la identidad del pasado y la diferencia que encontramos en el presente donde se sitúa la experiencia del sujeto. Este debe apropiarse y preservar la memoria del pasado para reafirmarlo en una experiencia que le permita recrearlo como propio para hacerlo producto nuevo de su invención.

    Cuando hablamos de experiencia es necesario señalar que esta puede tener varios sentidos que en el idioma alemán se escriben con palabras diferentes, como Erfahrung y Erlebnis. La primera define una apertura del sujeto al mundo; un ponerse en un camino compartiendo y transitando con otros diferentes trayectos. La segunda está más ligada al espacio de la intimidad; es una experiencia menos comunicable. Es decir, es algo vivido que resulta difícil traducir en conceptos. En la actualidad predomina la Erlebnis; esta desplaza a la Erfahrung, a la experiencia acumulable y comunicable que permite hacer comunidad.

    Esto nos lleva al tema de la transmisión en la actualidad del capitalismo tardío.

    La transmisión se realiza desde la pulsión de vida, del Eros

    El sujeto necesita proyectarse hacia el futuro a través de sus proyectos y sus sublimaciones. Lo contrario es que su deseo tome el camino de la melancolía para volver a un pasado que ya no existe y que nunca existió como lugar idealizado.

    La memoria tiene una complejidad que no se puede reducir a un código genético. Para su conservación depende del pasaje activo de una generación a otra; de los más viejos a los más jóvenes. En la teoría freudiana no existe una conceptualización acerca de una pulsión de transmisión. Sin embargo, está presente en las pulsiones de vida, del Eros, a partir de la inclusión del sujeto en la cultura. Conservar la cultura es una exigencia de trabajo para el psiquismo a través de actos que generan creatividad. Su contrario es la pulsión de muerte, con sus efectos destructivos y autodestructivos. Es aquí donde la memoria se constituye en un espacio de lucha del poder.

    Como vamos a sostener a lo largo de este libro, la cultura se ha transformado en competitiva e hiperindividualista, la ganancia es el principal objeto de deseo, de allí que el sujeto ha trocado en ser una mercancía que se intercambia en el mercado. El predominio de este individualismo lleva a construir un proceso de subjetivación que se basa en un individuo aislado, separado de sus relaciones sociales. El sujeto tiene un valor independiente de las necesidades sociales. Si su trabajo no le alcanza para mantener a su familia, él debe sentirse culpable de esa situación; "we can", nos dice la publicidad. La sociedad se transforma en una suma de individualidades que es supuestamente regulada por la mano invisible del mercado; un eufemismo que oculta el peso de los grandes grupos económicos y financieros. Esta falacia lleva a la ruptura del lazo social, donde predomina lo que denominamos un exceso de realidad que produce monstruos: una realidad que excede la capacidad de ser procesada en la psique y produce síntomas de lo negativo. Allí el sujeto encerrado en su narcisismo consume mercancías para soportar su desvalimiento primario, que es consecuencia de la propia cultura. Su resultado es que el consumismo como centro de la subjetivación y de las identificaciones del sujeto conlleva al predominio de sintomatologías que son efecto de la pulsión de muerte: la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada.

    En el Manifiesto comunista, Marx y Engels afirmaban: Todo lo sólido se desvanece en el aire. Con esta frase aludían a las transformaciones causadas por la burguesía capitalista en el inicio de la modernidad. Estas se reflejaban en todos los sectores sociales que afectaban modos de vida tradicionales y prácticas sociales que se habían naturalizado. Es decir, el avance transformador de las relaciones sociales capitalistas había hecho perder solidez a las sociedades del siglo XIX. El progreso se veía como un futuro que no se podía detener.

    Sin embargo, cuando describían el fin de la solidez precapitalista del siglo XIX era para anunciar que estaba emergiendo otra solidez que iba a emancipar al conjunto de la sociedad: la del movimiento obrero. En la actualidad del capitalismo tardío este proceso se ve más acelerado. Pero al contrario de lo que planteaban Marx y Engels se anuncia para decirnos que no existe el futuro; solo debemos vivir el presente. Como dice Régine Robin: Estaríamos sumidos en un presente eterno. Una nueva lógica del instante eliminaría de nuestro horizonte el pasado y el futuro, el espesor y la historicidad, por tanto, la memoria. Vivimos bajo el dominio de la inmediatez, de lo efímero, del instante, del videoclip, del salto, de la ubicuidad, bajo el dominio del tiempo real, donde lo que está en vías de efectuarse y su representación se confunden, sin lagunas, sin distorsión temporal, en un presente perpetuo que, como tal, tiende a hacer caso omiso del pasado, de la anterioridad, y a no preocuparse sino del provenir como si fuera una reiteración del presente. De esta manera desaparecen el pasado y el futuro, lo que lleva a las dificultades de proyectar nuestro presente. De allí que la recuperación del pasado a través de su reconstrucción se transforma en necesaria como tarea política y cultural para un pensamiento crítico. No se puede crear desde la nada; cada generación tiene que partir de las ideas y experiencias de las generaciones anteriores para cuestionarlas y así recrear nuevas ideas. Sin posibilidad de cuestionar las ideas y experiencias anteriores se genera un vacío en el cual no existe un espacio-soporte para proyectar un futuro. Es así como nos encontramos con que la sensación de devastación es lo que define la subjetividad colectiva e individual en amplios sectores de la población. Su consecuencia son procesos de desubjetivación y desidentificación ante la percepción de que no es posible proteger al psiquismo de una realidad desorganizadora donde no se puede imaginar el futuro.

    En los tiempos que corren, es un lugar común hablar del fin de la modernidad. Como dice Fredric Jameson: Los últimos años se han caracterizado por un milenarismo de signo inverso, en que las premoniciones catastróficas o redentoras del futuro han sido reemplazadas por la sensación del fin de esto o aquello (fin de la ideología del arte o de las clases sociales; la ‘crisis’ del leninismo, de la socialdemocracia, del estado de bienestar, etcétera). En alguna medida esto expresa el final de una época y el comienzo de un período histórico donde prevalecen nuevos paradigmas. Pero los que anuncian este fin parecen querer decir algo más al plantear el fracaso de los grandes proyectos de transformación de la humanidad. Las propuestas que se derivan de este diagnóstico son muy diversas. Entre ellas, apelar a un postmodernismo que desecha la racionalidad y reafirma la sensación de que nada puede ser cambiado. En este sentido, es necesario plantear que la modernidad ha dejado problemas que quedaron sin resolver. Entre ellos superar las catástrofes sociales producidas por el capitalismo. Para ello debemos construir un pensamiento crítico que sea capaz de dar cuenta de las posibilidades históricas y que genere una experiencia en la que se cuestione la naturalización de las relaciones sociales existentes.

    Capítulo 2

    La soledad de Narciso

    Una de las características de la vida cotidiana en la actualidad son los procesos de subjetivación donde la ruptura del lazo social conlleva al encierro del sujeto. Su resultado son patologías en las que el narcisismo constituye su fundamento. Un dato: cada 90 segundos se suicida una persona en este planeta. Es decir, hay más muertes por suicidios en un año que muertos por guerras o asesinatos. El suicidio es el ejemplo mortífero de los efectos del narcisismo. Esta situación deviene de una corposubjetividad que se construye en la relación con el otro en el interior de una cultura.

    El concepto de narcisismo en Freud

    Havelock Ellis usó el término narcisismo en 1892 por primera vez en un estudio psicológico sobre el autoerotismo, describiendo la raíz mitológica y literaria del mito de Narciso, donde extendía el término narcisismo al comportamiento no manifiestamente sexual. Posteriormente, en 1908, Isidor Sadger (discípulo de Freud y analista de Wilhelm Reich), lo hace entrar definitivamente en la terminología psicoanalítica.

    El término narcisismo lo encontramos por primera vez en la obra de Freud, en su trabajo de 1910, Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci, a los fines de explicar la homosexualidad. Luego describe al narcisismo como estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor objetal. Finalmente, en 1912, en Tótem y tabú, habla de las tendencias narcisistas de los pueblos primitivos en la omnipotencia del pensamiento.

    Pero es en Introducción del narcisismo (1914) donde desarrolla este concepto. Vamos a plantear algunas cuestiones que reformulan la teoría psicoanalítica para ver cuáles son sus efectos en la actualidad.

    En esa época introducir el concepto de narcisismo significaba reintroducir el Yo en la teoría psicoanalítica. Antes, cuando Freud hablaba de Yo, era para utilizarlo como sinónimo de sujeto. A partir de este texto hay un Yo como instancia psíquica efecto de las identificaciones. Además, este concepto rompe con el dualismo pulsional que se reducía a la oposición entre pulsiones sexuales y de autoconservación. Al postular una carga sexual en el Yo, la libido sexual y la libido del Yo se ven reagrupadas como pulsiones de vida. Debemos esperar a 1920, con Más allá del principio de placer, para que aparezca un nuevo dualismo pulsional: pulsiones de vida, Eros y pulsiones de muerte.

    En definitiva, el narcisismo le sirve a Freud para crear una nueva metapsicología, una sistematización más ajustada del punto de vista económico, para la fundación de una nueva tópica (Yo, Ello y Superyó) y una nueva teoría de las pulsiones. Es decir, se conmueve toda la estructura teórica sostenida hasta ese momento. Desde la clínica se explica el delirio en la psicosis, la perversión, la introversión en los sueños y en el dormir, la reacción ante el dolor, la hipocondría, donde ya no es la erotización de la piel y los órganos externos del cuerpo, sino también los órganos internos.

    Freud reúne bajo el significado del término narcisismo a tres fenómenos: a) un tipo de elección objetal; b) un modo de relación objetal, y c) la autoestima. De esta manera utiliza dicho término para cuatro situaciones distintas: 1) para una perversión sexual; 2) para un estadio del normal desarrollo sexual libidinal; 3) para una característica de la esquizofrenia, en la cual la libido sería retirada del mundo externo y recaería sobre el sujeto, y 4) para un tipo de elección del objeto amoroso en la cual el objeto sería elegido en tanto representa aquello que el sujeto es o desearía ser. El estudio del narcisismo induce a Freud a presuponer la existencia de una fase de la evolución psicosexual intermedia entre el autoerotismo y el amor por el objeto.

    Freud distingue dos tipos diferentes de narcisismos. Uno, el narcisismo primario, que es un estado que no se puede observar de modo directo, pero cuya hipótesis hay que plantear por un razonamiento deductivo. Este representa el momento de completud absoluta que el niño vive en el seno materno. Aquí no hay Yo. Freud lo llama Yo de placer purificado, ya que funciona según el principio de displacer-placer. Es el momento donde a partir del desvalimiento originario con el que nacen los seres humanos se constituyen los factores estructurantes del proceso primario: narcisismo primario, autoerotismo, odio primario, angustia primaria y funcionamiento a partir del principio de displacer-placer.

    Para que se constituya el narcisismo secundario, que corresponde al narcisismo del Yo, es preciso que se produzca un movimiento por el cual el investimiento de los objetos retorna e inviste al yo. Este pasaje del autoerotismo al narcisismo Freud lo denomina un nuevo acto psíquico. Este es conceptualizado por Lacan como La fase del espejo. Allí el espejo es la mirada de la madre, es el deseo materno. De esta manera encontramos un narcisismo que encierra al sujeto en el desvalimiento primario y un narcisismo necesario ligado a la autoestima.

    En este texto se postula la existencia de un ideal del Yo. De esta manera el niño sale del narcisismo primario (del yo ideal de la omnipotencia narcisista infantil) cuando su Yo se encuentra confrontado a un ideal con el cual debe medirse, ideal que se formó en su exterior y que desde allí le es impuesto. El niño va siendo sometido a las exigencias del mundo familiar y social que lo rodea; su madre le habla, pero también se dirige a otros. El niño comprende entonces que ella también desea fuera de él y que él no es todo para ella; esta es la herida infligida al narcisismo primario del niño. De allí en más el objetivo será hacerse amar por el otro, complacerlo para reconquistar su amor, pero esto solo se puede hacer satisfaciendo las exigencias del ideal del Yo. En Freud este concepto designa las representaciones culturales y sociales cuyo mediador es la familia.

    Para Freud, el desarrollo del Yo -recordemos que el Yo es ante todo un Yo-corporal- consiste en alejarse del narcisismo primario. Mientras que con el narcisismo primario el otro era uno mismo, ahora uno solo se puede experimentar a través del otro. Pero el elemento más importante que viene a perturbar el narcisismo primario no es otro que el complejo de castración, que instala el reconocimiento del otro. Este pasaje de Narciso

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