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La raza en el diván: Lo psíquico es político
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La raza en el diván: Lo psíquico es político
Libro electrónico472 páginas8 horasPsicoanálisis, sociedad y cultura

La raza en el diván: Lo psíquico es político

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Débora Tajer: Este libro habla de la construcción de psiquismos en relación con la raza, que no 'existe', pero que tiene múltiples efectos de marcas traumáticas, la mayor parte transgeneracionales. Nos interpela a salir de la coartada fuertemente incorporada de forma generalizada en subjetividades marcadas por la desigualación de ser un intruso o un impostor, o simplemente, un problema. Nos invita a reconocer sin esencializar, a trabajar la contingencia de las posiciones de hegemonía y de desigualación. Y de ahí la propuesta múltiple de: desubalternizarse, defenderse, situarse, desmelancolizarse, enfurecerse, desontologizarse, para por fin 'perder el norte', lo que implica descolonizarse y asumir 'el sur'.
 
Jorge N. Reitter: Así como la heteronorma no requiere necesariamente de personas homofóbicas, el racismo sistémico, como tan bien lo teoriza Thamy Ayouch en este libro, no requiere de racistas: "el racismo se refiere en términos generales a un mecanismo social, a veces incluso sin sujetos directamente racistas, que asigna posiciones diferentes e 'identidades' distintas a grupos en función de relaciones sociales de poder". Es un racismo tan sistémico que está naturalizado al punto de ser invisible, al menos en tanto disfrutemos, en alguna medida, de los siempre relativos beneficios de la blanquitud (soy blanco en Argentina, no así en Europa, donde paso a ser sudaca). Este libro nos recuerda que podemos ser agentes de un racismo sistémico aun identificándonos con las concepciones políticas más progresistas. 
 
Mara Viveros Vigoya: La raza en el diván invoca la necesidad de considerar los efectos psíquicos de la opresión que generan las relaciones sociales de género, raza, sexualidad y capacidad, entre otros marcadores sociales; efectos que suelen ignorarse en la mayoría de las encuestas e investigaciones sociales. Este rastreo, ofrecido en el ensayo, promete rendir valiosos frutos para los estudios sociales con perspectivas feministas y antirracistas… Nos invita a habitar las posibilidades que abre la ira, entendiéndola como una pasión que, a diferencia del resentimiento, potencia las versiones no esencialistas de las identidades, incluidas las políticas colectivas.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Topía
Fecha de lanzamiento29 may 2025
ISBN9786316702012
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    La raza en el diván - Thamy Ayouch

    Capítulo I

    ¿Ha dicho raza?

    1. ¿Qué nombra la raza?

    a. Una tormenta francesa

    Para empezar, conviene analizar el concepto de raza y su tratamiento particular en el contexto francés. El anatema actual contra la palabra en Francia se debe a una situación singular: a una parte creciente de la población francesa que sufre a diario discriminaciones raciales, una mayoría de políticos/as, periodistas e investigadores opone un vehemente desmentido de la cuestión racial. En una especie de fetichización del término, su mera mención se considera racista, y su prohibición bastaría por sí sola para hacer desaparecer el racismo. Como señala Norman Ajari, la ostensible proscripción del término demuestra su sobreinversión imaginaria sobre todo en obras que pretenden ser las más neutrales e imparciales¹.

    En Francia reina la idea de que el Estado republicano no puede ser racista, en virtud de sus principios: la República ignora los orígenes y el color de la piel, y sus instituciones y poderes públicos son completamente ajenos a cualquier acción racista. El racismo es considerado, pues, como algo marginal, propio de individuos o de la extrema derecha, en modo alguno resultante del Estado o de discriminaciones estructurales, y la larga historia francesa de esclavitud, de dominación colonial o del régimen de Vichy es relegada al olvido. Sin embargo, fue subyugando a poblaciones no blancas, consideradas inferiores, e introduciendo una línea de demarcación racial entre ciudadanos (blancos/as) y súbditos (autóctonos/as) que se desarrolló en el Imperio francés.

    La narrativa nacional de una Francia universalista no reconoce el modo en que el racismo estructura muchos ámbitos de la sociedad francesa: policía, justicia, trabajo, medios de comunicación, cultura, deporte, universidad, salud y enseñanza² son todos contextos en los que siguen floreciendo la negrofobia, la islamofobia, el antigitanismo y el racismo antiasiático³. En los últimos años se ha asistido a una constante descalificación de las movilizaciones antirracistas, como las surgidas tras el llamamiento del Comité Verdad y Justicia por Adama⁴. En un momento en el que las personas racializadas intentan hablar por sí mismas y posicionarse como ciudadanos/as, son muchos/as los/as que se erigen para condenarlas al silencio y deslegitimar su capacidad de pensar.

    Así, cuando no se repite con devoción que Francia ha quedado a salvo del racismo estadounidense, se apoya un antirracismo compasivo surgido tras la Marcha por la Igualdad y contra el Racismo de 1983. Aunque asociaciones y organismos como SOS–Racisme, «Touche pas à mon pote»⁵, DILCRAH⁶ y LICRA⁷ hayan tenido una importancia capital en la denuncia de ciertas formas de racismo, la mayoría de las veces las han reducido a manifestaciones puntuales de individuos o grupos, para condenarlas moralmente y combatirlas con sanciones civiles o penales. Así pues, la discriminación sistémica institucional y sus efectos sociales y subjetivos han permanecido un punto ciego en sus actuaciones. Es más, cuando, a partir de 2005, las personas concernidas pasan a hablar en nombre propio y denunciar, a través de su propio discurso, la forma en que esta discriminación les afecta, este antirracismo político es violentamente descalificado. Y la misma condena recae sin apelación sobre los/as investigadores/as que estudian la discriminación etnorracial en su intersección con otras formas de exclusión.

    b. Nada, sino relaciones

    Sin embargo, el hecho de que el racismo biológico teorizado en el siglo XIX y sus avatares jurídicos hayan dejado de ser oficialmente admisibles tras la Segunda Guerra Mundial no basta para hacer desaparecer el racismo social, estructural y político. La raza no es sólo una cuestión de racistas explícitos: es un orden social global que surgió en la era moderna para organizar la distribución del trabajo, la producción de riquezas y las relaciones sociales a escala mundial. Y este orden sigue teniendo efectos hoy en día.

    A diferencia de la categorización biológica plural de las razas, teorizada en los siglos XVIII y XIX, la raza no se refiere a ninguna pertenencia fenotípica naturalizada, sino a relaciones sociales de poder: no es biológica ni ontológica, sino

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