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El autoerotismo libertario: Escritos sobre la irracionalidad
El autoerotismo libertario: Escritos sobre la irracionalidad
El autoerotismo libertario: Escritos sobre la irracionalidad
Libro electrónico223 páginas2 horasPsicoanálisis, sociedad y cultura

El autoerotismo libertario: Escritos sobre la irracionalidad

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La idea de este libro fue hacer una selección acotada de textos que aparecieron en diferentes medios que abarcan todos los problemas que se condensan en el título (autoerotismo) y en el subtítulo (irracionalidad).
 
Hay, desde luego, un conjunto de rasgos que permiten caracterizar a los libertarios, a la ultraderecha, y que, además, suelen presentarse juntos en cada una de sus manifestaciones discursivas y en sus decisiones políticas. Entre ellos, sobresalen la violencia y la crueldad, la ignorancia, la indiferencia y el egoísmo, y la irracionalidad. He optado, entonces, por subrayar este último, al menos por dos razones. Por un lado, porque los otros trazos ya han sido descriptos por otros autores, pese a lo cual, yo los incluyo en mis consideraciones. Por otro lado, porque la articulación entre ellos se anuda, precisamente, en la hegemonía de la irracionalidad. En este sentido, el lector encontrará en cada capítulo cómo se expresan los diferentes caracteres de dicha irracionalidad: el discurso absurdo, la necedad, la falsedad, las incoherencias, el caos cognitivo, todo lo cual, expresado en forma más conceptual, supone una política basada en la desinvestidura de la realidad. ¿No sería esta, de hecho, la forma de comprender por qué, durante la campaña, tantos sujetos decían que iban a votar a Milei porque "no va a hacer lo que dice"?
 
Lo más probable es que el gobierno libertario quedará en la memoria por un único logro: su destructividad. Si destacamos la irracionalidad, entonces, es porque este rasgo unifica a los destructores con quienes consienten ese objetivo, por satisfacción, por venganza o por indiferencia.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Topía
Fecha de lanzamiento19 ene 2026
ISBN9786316702104
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    El autoerotismo libertario - Sebastián Plut

    El autoerotismo libertario

    "La pregunta misma, como todo investigar,

    es un producto del apremio de la vida"

    Sigmund Freud

    Entre optimismos y desilusiones, navegando entre hipótesis y desconciertos, observamos y trabajamos en un mundo que se empeña en mostrarnos su cara más oscura. En ese valle, que entremezcla pantanos y matices, a cada hora se alternan las preguntas cuando advertimos las detenciones del campo popular en simultáneo con la intrusión de una derecha cada vez más exhibicionista.

    El malestar en la cultura. ¿El avance mundial de las derechas radicalizadas es una expresión del malestar en la cultura en el sentido freudiano¹? ¿es compatible con el malestar en la cultura? Si no estoy errado, el malestar en la cultura, repito, en el sentido freudiano, es una categoría que explica cómo la cultura, es decir, la comunidad humana, se organiza para resistir el empuje de la irreductible agresividad de los sujetos. Podemos decirlo de otro modo: para Freud hay un antagonismo entre hostilidad y cultura, y la idea de antagonismo no solo supone que hay dos elementos en pugna sino, sobre todo, una tensión en que ninguno de los términos puede quedar suprimido. ¿Estamos en esa situación? ¿O más bien, estamos atravesando una etapa en la que uno de los contendientes, en este caso la agresividad, le está ganando por goleada al otro, a la cultura? Una primera hipótesis, entonces, es la siguiente: mientras el malestar en la cultura expresa el costo anímico, singular y colectivo de cuidar la vida, la ideología libertaria consiste en la expansión de las tendencias mortíferas y, por lo tanto, va a contramano del malestar en la cultura.

    La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna. Este es otro de los títulos² de los textos freudianos que vienen en nuestro auxilio. Hoy escribiríamos La moral libertaria y la destrucción cultural.

    El núcleo del planteo de Freud es que cierta moral tiene como destino la destrucción cultural. De hecho, a poco de comenzar su texto alude a que bajo esa (doble) moral que se le impone a los seres humanos corre peligro la meta cultural última. Y luego agrega: Cada individuo ha cedido un fragmento de su patrimonio, de la plenitud de sus poderes, de las inclinaciones agresivas y vindicativas de su personalidad; de estos aportes ha nacido el patrimonio cultural común de bienes materiales e ideales ³.

    Esta es una entre tantas otras ocasiones en que Freud marcó el antagonismo entre violencia y cultura. Dicho de otro modo, no hay cultura sin renuncia a la ilusión de omnipotencia.

    ¿Y si no es el narcisismo? Ya desde hace un tiempo es frecuente describir la época en que vivimos como una cultura del narcisismo. Entonces se habla del valor que tiene la imagen, tener seguidores, que nos pongan me gusta en una foto, etc.

    Sin embargo, intuyo que la situación social es aún más compleja y que ni siquiera nos hemos detenido en una regresión hacia el narcisismo, sino que hemos ido más allá de él y estamos en un estado más propio del autoerotismo, en que el otro ni siquiera es un espejo.

    El autoerotismo. No se crea que estamos hablando de la masturbación. Para Freud se trata de un estadio cuya permanencia haría que la pulsión sexual no se pudiera valorizar en el futuro ⁴.

    La lógica autoerótica es aquella que le permite al bebé alucinar un pecho, alucinar que se alimenta mientras, en los hechos, no está comiendo nada. El bebé, pues, succiona su propio dedo y cree que le están dando de comer. Claro que esa creencia es funcional si dura un rato, si no se perpetúa. En cambio, si se transforma en duradera el sujeto queda apresado en una paradoja enloquecedora, consistente en el esfuerzo por creer algo que no es. Por eso los adultos, para graficar que no nos dejamos engañar, decimos yo no me chupo el dedo.

    La situación autoerótica actual describe bien que cada sujeto se basta a sí mismo, que cada sujeto se autoconvence de que lo que piensa es idéntico a la realidad; un período caracterizado por la lógica alucinatoria. Un estado de situación en que se alimenta y explota la combinación entre odio y pánico, en que un número creciente de sujetos busca creer en una ficción sin advertir que, progresivamente, lo gana la inanición.

    El autoerotismo libertario. Mientras la derecha gobernó Argentina desde 2015 a 2019, le decían a los ciudadanos que les hicieron creer que tenían derechos. Esto es, les dijeron que la realidad vivida previamente había sido una alucinación. Hoy insisten en que tener derechos y desarrollar una política de la solidaridad son cosas totalmente falsas.

    En rigor, esos políticos le hacen creer a cada sujeto en un mundo autoerótico, donde cada uno debe ser un emprendedor solitario, cada uno es su propio patrón, cada uno puede por sí mismo conseguir todo lo que desee.

    Ya no importa en ese mundo escuchar o mirar al otro, y ni siquiera importa ser escuchado y mirado. Cada quien solo se mira y se escucha a sí mismo. Javier Milei es la expresión actual más obscena de ese discurso.

    En todo ello anida, actualmente, el odio: en la exacerbación de un ideal autoerótico en que avanza la fragmentación que todo lo desconstituye. No hace falta rascar demasiado para descubrir que eso es lo que hay en la libertad enunciada por liberales y libertarios, nombres que la derecha usufructúa como precario disfraz. Berardi lo dice así: En la esfera de la desigualdad económica, la palabra libertad no significa otra cosa que privilegio, supremacía y violencia ⁵.

    Apariencia de narcisismo. De eso trata la doble moral denunciada por Freud en el texto que citamos. Una moral que se pretende narcisista y que solo es autoerótica; una moral que nos ilusiona con gozar narcisísticamente del consumo de productos que nos den prestigio y estatus, aunque finalmente no solo no alcanzamos a consumir tales productos, sino que uno mismo es el producto consumido, uno se autofagocita en su autoerotismo.

    Realidad, ternura y pensamiento. Freud plantea, además, que la sofocación de la sexualidad conduce a una inhibición del pensamiento. Por mi parte, creo que actualmente la inhibición del pensamiento no es producto de una sofocación de la sexualidad sino, más bien, de la supresión de la ternura. En efecto, en el mundo autoerótico la ternura no es requerida, así como tampoco se requiere del pensamiento, al menos si lo entendemos como la capacidad de argumentar de manera coherente en base a los hechos. No se puede, de hecho, argumentar sobre la realidad cuando la estrategia es desinvestirla. Por caso, y apenas es un ejemplo, durante su gobierno Macri hizo gala de un crecimiento invisible.

    Por eso Freud cuestiona el autoerotismo, pues como él mismo dice enseña a alcanzar unas sustantivas metas sin trabajo ⁶ y, a su vez, genera un pensamiento que no tiene ningún nexo con la realidad.

    Mentir, siempre mentir. Si nos desveló la pregunta sobre por qué y cómo tantos sujetos pudieron creer en la hipocresía neoliberal, el interrogante hoy continúa con un agregado: qué ocurre cuando la falsedad ya se hizo evidente. ¿Qué le sucede al crédulo cuando descubre que creyó lo no creíble? Sería ingenuo esperar que quién creyó esa mentira, cuando descubrió la verdad, criticará a quién le mintió. Desde Freud, con sus hipótesis sobre la desmentida, sabemos que lo ominoso trabaja de otra manera. Los esfuerzos por desconocer la realidad no se dan fácilmente por vencidos y, además, la vergüenza es muy perturbadora. Así, quien le creyó al odio, en su cíclica inanición, pedirá más del mismo alimento vacío. Le exigirá a quien lo engañó que le provea de nuevos argumentos para seguir creyendo y odiando.

    Sobre este punto volveremos en diversos momentos de este libro, pero cabe recordar aquí la reflexión de Klemperer, cuando en su análisis filológico de la lengua nazi destaca la frecuencia y valoración con la que se utilizaba al término fanático: Cuanto más sombría se mostraba la situación, tanto más se manifestaba la «fe fanática en la victoria final» ⁷. Fue tal la magnitud de uso del significante fanatismo que no pudo menos que padecer un desgaste, lo cual condujo al absurdo de tener que agregarle un adjetivo intensificador, por ejemplo, fanatismo feroz… como si pudiese existir un fanatismo dócil ⁸.

    Mi hipótesis, entonces, es que la derecha crea una paradoja sumamente perturbadora, paradoja que puede enunciarse del siguiente modo: el creciente odio de quienes se acercan cada vez más a la derecha es la expresión de la cada vez mayor imposibilidad de creer en esa misma derecha. Esto es, cuánto más se revela su falsedad, más destructivos son los argumentos que se necesitan para seguir creyendo. Esta paradoja permite que los hechos examinados resulten entendibles. Es la consagración del poder de la mentira: haber comprendido que el engañado solicitará seguir siéndolo y que el dolor rabioso por haberse ofrecido a esa operación continuará dirigiéndose hacia quienes intentan mostrarle la realidad, vuelta ominosa.

    Para concluir. Dado el carácter originario e irreductible de la agresividad humana, el psicoanálisis no se pregunta por qué surge la violencia sino cómo crear algo diverso, cómo surgen la ternura y la ética en los vínculos. Podemos decirlo de otro modo: ¿cuáles son los esfuerzos singulares y colectivos para tramitar la pulsión de muerte?

    Si se intensifica la violencia, entonces, la pregunta no es qué hemos hecho sino qué es lo que hemos dejado de hacer. Responder a este interrogante es la tarea urgente.


    1 Freud, S.; (1930) El malestar en la cultura, O.C., Vol. XXI, Amorrortu Editores.

    2 Freud, S.; (1908) La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna, O.C., Vol. IX, Amorrortu Editores.

    3 Freud, S.; Op. cit., p. 168.

    4 Freud, S.; Op. cit., p. 169.

    5 Berardi, F.; (2022) El tercer inconsciente, Ed. Caja Negra, p. 69.

    6 Freud, S.; Op. cit., p. 178.

    7 Klemperer, V.; (1947) LTI. La lengua del Tercer Reich, Ed. Minúscula, p. 93.

    8 Klemperer, V.; Op. cit., p. 94.

    Variaciones sobre la irracionalidad

    "La propia existencia queda reducida

    a una sucesión de fragmentos dispersos e incoordinados,

    en un estado de desfallecimiento vital"

    David Maldavsky

    Los que triunfan al fracasar

    Hace más de diez años¹ observé un tipo de configuración clínica que invierte la célebre proposición freudiana sobre los sujetos que fracasan al triunfar. En efecto, si la insidiosa culpa puede activar una incredulidad que no deja más opción que arruinar el propio logro, en ocasiones ocurre algo diverso: el masoquismo, precariamente disfrazado de una ilusión de omnipotencia, prepara otro desenlace, el de los sujetos que triunfan al fracasar². En ellos el displacer opera como guía central para el incremento de una tensión que culmina en aplaudir las propias derrotas. Tiempo después, y por fuera del campo clínico, el estudio de los resortes subjetivos que enciende y aprovecha la derecha nos permitió identificar una lógica similar en su masa de votantes³.

    Freud advirtió no solo que el individualismo y la violencia constituyen una oposición a la cultura, sino que desde esta última también pueden surgir las herramientas de su propia aniquilación⁴. A través de procedimientos que intervienen por ambas vías, precisamente, se entrama la enigmática maquinaria libertaria que opera nutriendo lo que dimos en llamar la moritecracia⁵.

    Si bien resulta una simplificación sintetizar aquí la compleja red de recursos económicos, jurídicos, afectivos y cognitivos que se emplean para tales propósitos, es posible destacar ahora una de las estrategias nucleares, a saber, la de incitar abrumadoramente los afectos displacenteros cual si fueran la vía regia para la consumación de todo proyecto presuntamente vital. De hecho, no en vano se advierte incansablemente sobre el peligro que anida en el poder de los odiadores, los haters.

    La violencia tiene tanta historia como la especie humana, pero solo bajo determinadas condiciones se intensifica, sale de la clandestinidad y se ostenta sin pudor.

    Un lenguaje desquiciado es incentivado por el magma político-empresarial-judicial-comunicacional, cuyos efectos precisó Chomsky al afirmar que ya no se cree en los hechos. Claro que si los hechos ya no tienen crédito alguno, tampoco importan las opiniones y el pensamiento, pues lo que se diga en ese contexto serán solo frases carentes de todo nexo coherente con la realidad. Un lenguaje desquiciado que no configura meramente una desprolijidad sintáctica, sino un profundo atentado contra la cultura y la vida humana.

    Resulta notable el sentimiento ya no de inferioridad sino de autodenigración de aquellos que no cesan de proclamar, cual victoria, que Argentina es un país de mierda.

    La apatía como resistencia

    Según la hipótesis del triple vasallaje el yo de cada quien responde a tres amos: el ello, el superyó y la realidad. Dicho en un lenguaje más simplificado, el yo se ve en la tarea de conciliar lo que desea, lo que debe y lo que puede, y cualquier alternativa que suponga el exceso de una de tales interpelaciones en desmedro de las otras será una fuente de conflictos.

    Sin embargo, la lógica libertaria captura la dinámica del vasallaje al punto que ni siquiera opera uno u otro de los amos de modo excluyente. En efecto, el amo libertario constituye una realidad despótica que se introduce en el superyó como un deber ser que, no obstante, es adoptado por el sujeto cual si fuera un deseo

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