Información de este libro electrónico
Axie Oh
Axie Oh is the New York Times bestselling author of The Girl Who Fell Beneath the Sea, XOXO, and ASAP and the Rebel Seoul series. Born in New York City and raised in New Jersey, she studied Korean history and creative writing as an undergrad at the University of California San Diego and holds an MFA in writing for young people from Lesley University. Her passions include K-pop, anime, stationery supplies, and milk tea, and she currently resides in Las Vegas, Nevada, with her dogs, Toro and Leila.
Autores relacionados
Relacionado con El mundo flotante
Libros electrónicos relacionados
Sobrepotencia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesHastío De Sangre: Serie ‘Vinculo De Sangre, Libro 10 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Concordia Ii: El Favor De La Luna Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesHeiron Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl ermitaño del vacío Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones"Almuerzo en el Faetón" Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesProyecto ficción Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El Terror de Noroda Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSara Cho y los cinco elementos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCaballero Halcón Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLeon Dekar y el Jardín del Cielo: Leon Dekar, #1 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa fábula de la montaña mágica: La fantástica aventura de Clara, Elsa, Iago y Álex contra el malvado Yermén Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl medallón misterioso: El mentagión (Vol. 2) Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa verdad en los relatos I Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAntes de que el sol se apague Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos hijos del caos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLaberinto: Una fantasía épica de Lilliehaven, #2 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesA los pies del halcón Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl dios dormido Calificación: 5 de 5 estrellas5/5A las puertas del abismo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa sangre de los Redon Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCuentos y Recuerdos: La Colección Latina Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSombra, El Asesino De La Oscuridad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Forja del Destino: Enemigo del Destino, #3 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Libro de Nombres: Hechiceros de Syndrial Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl valor del samurái Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPrimos en tiempos de magia (Cousins in the Time of Magic) Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTAEB Y LA PUERTA NEGRA: El cierre de la trilogía Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTempus Umbras: Realidad, Magia y Destino Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAtrapado entre sueños Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Biografías y autobiografías para niños para usted
Crónicas arcanas 2. La Muerte Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Crónicas arcanas 1. La Emperatriz Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Pablo Picasso: El mayor artista del siglo XX Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesFrida Kahlo: La artista que pintaba con el alma Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Octavio Paz: Cuenta y canta la higuera Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Platón: El filósofo que amaba las ideas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMis pequeños héroes: Personajes admirables que han hecho historia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAkita y los grizzlies Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Florence Nightingale: La primera enfermera de la historia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMaria Montessori: La maestra que enseñaba a través del juego Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Amadeus Mozart: El gran genio de la música clásica Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMiguel Ángel: El genio que pintó el cielo en la tierra Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesKiss & Cry Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMe llamo Albert Einstein Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMe llamo Picasso Calificación: 1 de 5 estrellas1/550 personajes de la Historia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl códice perdido Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Artistas: 22 genios de la pintura de todos los tiempos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDe generación en generación: Mitos y leyendas de pueblos originarios Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesJefferson (ebook) Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCleopatra: La última faraona del Antiguo Egipto Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesIsaac Newton: El científico que descubrió la ley de la gravedad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl cuaderno de Celia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLudwig van Beethoven: El compositor que venció al silencio Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesVincent Van Gogh: El gran artista incomprendido Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesClaude Monet: El pintor de nenúfares Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPequeño&Grande Ernest Shackleton Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTres (no) son multitud Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Pequeña&Grande Mary Shelley Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMe llamo Marie Curie Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Comentarios para El mundo flotante
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
El mundo flotante - Axie Oh
CAPÍTULO 1
REN
Al este de las montañas Haebaek
El redoble del tambor sonó cada vez más rápido mientras Ren se dirigía dando volteretas hacia el centro del círculo; luego, hacía una pirueta lateral y avanzaba apoyándose en las manos, con los pies apuntando hacia el cielo. Cuando notó que la máscara se le deslizaba por la barbilla, se la volvió a colocar bien enseguida para procurar mantener la ilusión de que no era una chica, sino un demonio de rostro rosado.
Un estallido de carcajadas retumbó al otro extremo del círculo, donde el tito menor contoneaba las caderas frente al público, con el pecho desnudo bajo la chaquetilla. Él también llevaba máscara, al igual que Ren, aunque la suya era blanca y tenía unos puntos azules pintados en las mejillas. El tito menor sacudió la muñeca para abrir un abanico de papel y lo agitó con coquetería. Unas cuantas mujeres mayores gritaron comentarios subidos de tono, mientras que algunos jóvenes se sonrojaron y se dieron empujones para poder ver mejor el espectáculo.
Ren empezó a avanzar hacia el tito menor, saltando sobre una mano y luego sobre la otra, al mismo tiempo que balanceaba las piernas para mantener el equilibrio.
Este año había menos público que el anterior, aunque los espectadores rebosaban entusiasmo. Algunos aldeanos habían arrastrado barriles hasta el borde del círculo y golpeaban los costados con las palmas de las manos para sumarse al ritmo que marcaba el tambor del tito mayor.
La troupe de Ren llevaba media hora actuando. A ella le habría gustado continuar más tiempo, pero la caravana debía partir al mediodía si querían llegar a Gorye antes del fin de semana. El tito mayor golpeó con rapidez ambos lados del tambor con forma de reloj de arena, uno tras otro, para indicarles que se apresuraran a terminar la función.
Ren dio un brinco y volvió a apoyarse sobre los pies al mismo tiempo que recorría la multitud con la mirada. Se fijó en una niña, de unos siete u ocho años, sentada con las piernas cruzadas delante de un grupo de otros mayores. Aunque estos la empujaban por la espalda, la niña no les prestaba atención y, en cambio, miraba fijamente a Ren con cara de asombro.
Ren notó que se le aceleraba el corazón al sentirse identificada, pues ella era igual a esa edad. Cuando actuaba la tita, no se atrevía ni a pestañear siquiera por temor a perderse el más mínimo movimiento de muñeca o de cabeza. La tita era capaz de evocar personajes y mundos enteros empleando únicamente su cuerpo: se transformaba en un ciervo que corría veloz por el bosque a la luz de la luna o en un marinero perdido en el mar al que engullían las olas. Ren se reía cuando imitaba a un taimado zorro al que los planes le salían mal y debía salir huyendo con el rabo entre las patas y lloraba cuando interpretaba a una viuda, que en una montaña, llamaba a gritos a su amado, el cual nunca regresaría.
A través de los relatos que contaba la tita, Ren había experimentado un millar de vidas, se había enfrentado a demonios y había vencido a dioses con su astucia.
Ahora, aquella niña la estaba mirando como si Ren también fuera capaz de obrar tales maravillas.
Se suponía que el tito menor y ella estaban representando una pantomima sobre un demonio que trataba de engañar a un noble, pero sus intenciones se veían frustradas; sin embargo, habían perdido el hilo de la trama hacía un rato. Algo que debían corregir de inmediato para poder concluir la función, aunque no sin antes realizar un último truco.
Ren cruzó corriendo el círculo y se subió de un salto al barril situado más cerca. Entonces, se giró hacia el tito mayor, que ya estaba aguardando a ver qué se proponía hacer. El tito mayor aporreó dos veces el lado izquierdo del tambor con la maza, produciendo un sonido sordo y entrecortado, y luego golpeó el lado derecho una vez con la palma abierta.
Un salto y una voltereta en el aire bastarían para impresionar al público, pero…
Ren cerró los ojos. Podía sentirla, la luz que siempre estaba allí presente, como una llama eterna que aumentaba y disminuía al ritmo de los latidos de su corazón. Recurrió a ella entonces, aunque solo una pizca. La calidez de la luz se extendió hacia fuera desde sus entrañas y le recorrió los brazos hasta brotar de las yemas de sus dedos.
Ese día no había viento, pero la luz agitó el aire. Una potente brisa se arremolinó debajo de Ren, subió por el barril e hizo que ondearan sus pantalones. Ren saltó hacia atrás y dejó que la corriente de aire la elevara hacia el cielo. Experimentó un momento de pánico —había ascendido muy alto, tal vez demasiado—, pero luego giró el cuerpo en el aire y dio una voltereta antes de aterrizar sobre la tierra compacta.
Se produjo un instante de silencio y, entonces, la multitud soltó un estruendoso aplauso.
—Ahora sí que la has hecho buena —le dijo el tito menor, que se había acercado corriendo a ella, aunque Ren se dio cuenta por su tono de que estaba sonriendo.
—¿Crees que la tita lo ha visto?
Ahora que la adrenalina se había disipado, la asaltaron los nervios. La tita le había advertido que no debía usar su magia, y mucho menos delante de desconocidos. Ren podría argüir que lo había hecho para animar a los asistentes, pues un público contento se mostraba más generoso; pero, en el fondo de su ser, sabía que eso no era cierto.
—Espero que no —contestó el tito menor con tono alegre—. ¡Allá vamos!
El tito menor agarró la cinta que Ren llevaba alrededor de la cintura. Tal y como lo habían ensayado, tiró al mismo tiempo que Ren giraba en la dirección contraria. La cinta roja, que el tito mayor había teñido con flores de alazor, se desenrolló entre ellos. Ren cayó de espaldas al suelo y luego se quedó inmóvil, con las extremidades extendidas.
Al igual que cuando se extrae una roca de un arroyo, los aldeanos se amontonaron sobre ella y le lanzaron alimentos y monedas a los brazos a modo de obsequios. Ren se puso de pie de un salto para aceptarlos y se rio cuando los niños que le tiraban de los pantalones se quedaron decepcionados al comprobar que no brotaba viento de las costuras. Tardó unos cuantos minutos más en liberarse e ir en busca del tito menor.
Lo encontró sentado sobre una plataforma de madera a las afueras de la aldea, contando las ganancias de la función. Un pino se inclinaba sobre él, como si echara un vistazo por encima de su hombro.
Se había quitado la máscara, dejando al descubierto su atractivo rostro sonrojado. Aunque Ren lo llamaba tito menor —ya que era el hermano pequeño de la tita— para diferenciarlo del tito mayor —que era su marido—, solo tenía dieciocho años, frente a los diecisiete de Ren. Casi diecisiete. Su amigo tenía el pelo apelmazado y alborotado, como si le crecieran brotes de plantas sobre la cabeza. Ren contuvo el impulso de alisárselo y mimarlo como haría la tita.
Se sentó junto a él, se quitó las sandalias y apoyó las piernas sobre la plataforma de madera. A continuación, añadió los objetos que portaba a la pila: una cesta cubierta llena de habas de soja, un botecito de salsa de soja y un trozo de pasta de soja fermentada. Esta aldea era conocida por cultivar esta planta. Luego, se sacó las monedas de los bolsillos y las lanzó sobre la plataforma, donde tintinearon y giraron antes de detenerse.
Hombro con hombro, Ren y el tito menor se inclinaron sobre los diversos bienes y el puñado de monedas. Las ganancias habían sido escasas, sumaban menos de la cuarta parte de lo que habían conseguido en años anteriores. Aunque en las otras aldeas había ocurrido lo mismo, resultaba sorprendente comprobarlo. Ren había esperado más al ver lo animado que estaba el público.
—Bueno… —dijo el tito menor tras una larga pausa—, me encanta la soja.
—Una plaga afectó a la última cosecha —comentó una voz grave tras ellos, provocando que ambos dieran un respingo.
La tita se había acercado sigilosamente por el corto sendero que conducía a la aldea. Algo asombroso, teniendo en cuenta que se había torcido el tobillo dos días antes y usaba un bastón para andar. Unos mechones de cabello castaño oscuro se agitaban alrededor de su rostro severo. Su mirada no se centró en ellos, sino que siguió adelante hasta posarse en los campos vacíos.
—Le pasa algo malo a la tierra —añadió.
Ren se estremeció al oír esas palabras. Los integrantes de la caravana habían notado los cambios mientras se dirigían primero al este y luego al norte, desde las pequeñas aldeas que salpicaban los valles fluviales hasta los pueblos costeros más grandes diseminados a lo largo del litoral. La situación había empeorado a medida que se encaminaban tierra adentro, en dirección oeste, hacia las montañas. Los cazadores del grupo describían bosques demasiado silenciosos, en los que al disparar una flecha contra un matorral ni una sola ave alzaba el vuelo, con lagos tan inmóviles que parecían cristal y claros marchitos donde antes abundaban las flores silvestres.
Los habitantes de las aldeas situadas más cerca de las montañas eran personas supersticiosas que culpaban de una mala cosecha a espíritus contrariados o achacaban la enfermedad de un niño a obra de demonios. Gorye, la última aldea que tenían previsto visitar, era la más remota de todas, enclavada al pie de la montaña más grande.
Si dependiera de Ren, no irían allí siquiera, pues aquella gente era hosca y malhumorada. Pero la tita y los líderes de la caravana insistían en regresar cada año. Los habitantes de Gorye dependían del comercio que les proporcionaban y, además, había plantas raras que solo crecían en las profundidades de las montañas y que los ancianos del valle necesitaban para preparar remedios.
«Proteger la montaña es una tarea dura e ingrata —decía la tita cuando Ren se quejaba, cosa que ocurría con frecuencia—. Es un honor para nosotros ayudarlos a aliviar esa carga».
«¿Protegerla de qué? ¿Del aburrimiento?», solía rezongar Ren.
La caravana tardaría cinco días en llegar a la aldea. Durante el trayecto, las imponentes montañas Haebaek se irían acercando cada vez más hasta que un día, al despertar, descubrieran que la luz del sol había desaparecido y las tinieblas envolvían el bosque por completo.
—Me has desobedecido —reprendió la tita a Ren, que se estremeció.
El tito menor, que estaba contando las monedas por tercera vez, levantó la vista.
—Te pedí que no llamaras la atención —prosiguió la tita—. No creo que fuera pedir demasiado.
—Solo fue un poco de viento —arguyó el tito menor, que siempre se apresuraba a defender a Ren.
—El viento al atardecer se convierte en una tormenta por la noche. ¿Y si empiezan a correr rumores?
Ren inclinó la cabeza y dijo:
—Lo siento. No volverá a ocurrir. Lo prometo.
La tita le clavó la mirada.
—Desde luego que no volverá a ocurrir —contestó con calma—. No actuarás en Gorye, sino que acompañarás al tito mayor con la flauta.
Ren se quedó boquiabierta.
—¡Pero es la última función del año!
Cuando regresaran al valle, tendrían que prepararse para los duros meses de invierno. No habría más funciones; al menos, no como las que tenían lugar durante los viajes de la caravana, con grandes multitudes llenas de rostros nuevos. Aunque los habitantes de Gorye fueran lóbregos y carecieran de sentido del humor, Ren estaba deseando actuar una vez más.
—Solo ha sido un error —protestó Ren, sin importarle haber alzado la voz—. ¡No entiendo por qué me castigas por algo tan insignificante!
—¿De verdad fue un error? —inquirió la tita sin levantar la voz, a diferencia de Ren. La tita nunca alzaba la voz, salvo cuando una función lo requería.
Ren tuvo la sensación de que aquellas palabras eran como un puñal que se hundía en su ser hasta llegar a la verdad: había invocado la luz a sabiendas de que la tita se lo había prohibido.
—Solo un poco de viento… —repitió la tita—. Podría ser así en un día como este, cuando brilla el sol y estamos rodeados de amigos. Pero la oscuridad podría abatirse sobre nosotros en un instante. No se trata de un castigo, Ren. Intento mantenerte a salvo. A ti y a todos nosotros.
—¿Y qué pasa con tu tobillo? —quiso saber Ren. Si ella no actuaba, tendría que hacerlo la tita.
—Ya se habrá curado cuando lleguemos a Gorye. —La tita soltó un suspiro—. ¿Dónde está el tito mayor?
—Debe haberse entretenido ayudando a los aldeanos —contestó el tito menor.
A Ren no le hizo falta mirarlo para saber que tenía el ceño fruncido en un gesto de preocupación.
—Que uno de los dos vaya a buscarlo. Tenemos que marcharnos pronto.
Ren se levantó de su asiento.
—Iré yo —farfulló y echó a correr hacia la aldea.
Estaba disgustada, aunque no solo por no poder actuar o por haber decepcionado a la tita, algo que siempre procuraba evitar. Se debía a que la tita ni siquiera había intentado entender por qué lo había hecho.
Ren se había arrepentido de sus actos de inmediato y se había disculpado, así que ¿por qué la tita no podía ceder un poco? Suspiró mientras le daba una patada a una piedrecita que rebotó hasta perderse en la maleza y luego siguió avanzando por el sendero con pasos pesados.
Esta aldea se parecía a las demás en las que la caravana se había detenido durante sus viajes, con sus casas con tejados de paja y sus diminutos patios de tierra. El sonido de unos golpes atrajo a Ren hacia una pequeña casa situada en una esquina donde el tito mayor estaba aporreando una viga de madera con una piedra para colocarla en su sitio. Era tan corpulento que solo tenía que levantar los brazos para alcanzar la parte inferior del techo.
Una pareja de ancianos esperaba pacientemente a su lado. Cuando el tito mayor terminó, el más alto de los dos hombres le dedicó una profunda reverencia, mientras que su marido le entregó un paquetito envuelto en una tela.
—Por favor, aceptad este humilde obsequio como pago —dijo el hombre más bajo—. Ojalá pudiéramos ofreceros algo de valor.
—Esto es más que suficiente —contestó el tito mayor a la vez que aceptaba el paquete con ambas manos.
Al girarse, vio a Ren y le hizo señas para que se acercara. La joven observó cómo apartaba la tela y dejaba al descubierto dos tortitas planas rellenas de miel y canela.
—Humm… —murmuró el tito mayor despacio—. Podríamos compartirlas con la tita y el tito menor —dijo meneando las cejas—. O…
—Podríamos comérnoslas nosotros —añadió Ren con una amplia sonrisa.
El tito mayor le guiñó un ojo. Luego, le entregó a Ren la tortita más grande y echaron a andar juntos hacia donde había acampado la caravana, al este de la aldea.
—La tita está enfadada conmigo —dijo Ren mientras mordisqueaba la tortita. El descontento no le impidió apreciar el postre dulce, que era pastoso por dentro y crujiente por fuera. No precisó explicar qué había hecho para ganarse la desaprobación de la tita—. ¿Me equivoqué?
El tito mayor no contestó durante un rato, aunque se terminó su tortita antes que ella. Ya tenían los carromatos a la vista cuando se detuvo para quitarle un pétalo a Ren de la coronilla. Al soltarlo, dejó que una ráfaga de viento lo arrastrara y se lo llevara a toda velocidad hacia las montañas. Ren observó el pétalo mientras pudo, hasta que no fue más que una mota en el horizonte.
—A veces, sientes algo en tu interior demasiado grande para contenerlo —opinó el tito mayor, cuya voz grave y cálida envolvió a Ren como si fuera una suave ola—. Y tienes que dejarlo salir. Eso no tiene nada de malo.
Ren notó que unas lágrimas calientes le hacían arder los ojos. Esa era la verdad que la tita no parecía entender. Le había advertido que no utilizara su magia; pero, a veces, no podía evitarlo. Experimentaba algo parecido cuando actuaba: en esos momentos, se sentía libre de verdad.
—Tengo algo para ti —anunció el tito mayor—. Pero primero… —Se echó hacia atrás para mirarla—. Déjame ver esa cara que adoro.
Durante un momento, Ren se quedó confusa, sin comprender a qué se refería.
Había olvidado que todavía llevaba la máscara puesta.
No era algo raro en ella. A veces, no se quitaba la máscara en días, solo cuando tenía que lavarse la cara. Había adquirido esa costumbre cuando era más pequeña, ya que llevar puesta una máscara le proporcionaba seguridad. De ese modo, nadie podía saber lo que pensaba ni lo que sentía.
Cuando la tita la trajo al valle por primera vez, diez años atrás, le regaló una máscara a Ren, que no se la quitó durante todo un año. El tito menor, que tenía ocho años por aquel entonces, se burlaba de ella y solía decirle: «¿Cómo podemos estar seguros de que eres una niña y no un demonio?».
La tita la había dejado en paz. En cuanto al tito mayor…
Él medía lo mismo entonces que ahora, pero ella era mucho más pequeña. Durante un mes, Ren se echaba a temblar cada vez que él entraba en la habitación, así que el tito mayor había procurado mantenerse alejado. Ren solo era consciente de su presencia por los regalos que le dejaba: bellotas envueltas en hojas, flores con pétalos de formas extrañas o piedras alisadas por la acción del río. Solía encontrar estos regalos sobre la almohada o junto a sus sandalias. El tito mayor le había construido una barca amarrada a la orilla para que pudiera tumbarse allí a contemplar las estrellas y le había ofrecido una bolsa de utensilios de artista para que pudiera imitar a la tita con una flauta o un abanico de papel.
La primera persona a la que Ren le mostró su rostro fue a él.
Lo había encontrado sentado tranquilamente junto al arroyo situado detrás de su casa. Al oírla acercarse, él alzó la mirada. Aunque se giró enseguida, Ren vio que tenía los ojos llorosos. En ese momento, no comprendió el motivo de la tristeza del tito mayor —más adelante se enteraría de que se debía a la pérdida del hijo que la tita y él habían tenido—, simplemente sintió su pesar reflejado en el de él.
Entonces, Ren se quitó la máscara y se la colocó al tito mayor sobre la cara para ocultar sus lágrimas como hacía ella con las suyas. Pero la máscara estaba hecha para la cara de un niño y a él solo le cubría una parte, principalmente los ojos y la nariz. El tito mayor tenía un aspecto tan ridículo que Ren se echó a reír y luego él también soltó una carcajada. Después, la cogió en brazos y ella se sintió más segura que nunca.
—¿Esta cara? —dijo Ren mientras se levantaba la máscara y luego sacó la lengua.
—Sí —contestó el tito mayor, cuya voz transmitía tanto amor como aquella mañana junto al río—. Esa misma. —Entonces, señaló una piedra situada a unos metros—. Espera aquí —le pidió antes de dirigirse hacia los carromatos.
Ren obedeció y se sentó en la piedra con las piernas estiradas. Unos minutos después, el tito mayor regresó con un paquete largo envuelto con una esterilla de bambú y lo puso en su regazo.
—Es un regalo para ti —anunció con orgullo.
Ren desató el cordel con entusiasmo y apartó los pliegues de la esterilla para dejar al descubierto una sombrilla de papel. La factura era tan exquisita que supo de inmediato que era obra del tito mayor. Agarró el suave mango y empujó la corredera hacia arriba. La cubierta de la sombrilla se abrió como una flor. Era de un bonito color rojo, con adornos dorados en forma de espiral.
—Hazla girar —le indicó el tito mayor.
Ren se puso en pie y probó. Los tonos dorados y rojos se difuminaron en el aire como si fueran estrellas fugaces. Incluso el silbido que producía al girar era precioso.
—Ya sé que todavía falta una semana para tu cumpleaños… —dijo el tito mayor mientras se frotaba la nuca.
Ren lo abrazó sin soltar la sombrilla.
—¡Me encanta! Gracias.
El tito mayor la depositó con cuidado en el suelo y dijo:
—Bueno, ¡regresemos con los demás antes de que se les ocurra marcharse sin nosotros!
Mientras echaban a andar juntos, Ren sintió cómo se desvanecía la frustración que un rato antes le pesaba sobre los hombros. La tita se había enfadado con razón, simplemente se preocupaba por la seguridad de Ren y la de todos los demás integrantes de la caravana.
Ren no se planteaba siquiera elegir entre usar su magia y el bienestar de su familia. Siempre elegiría a su familia. Si debía reprimir sus habilidades para protegerlos, lo haría sin dudarlo.
Y tal vez la tita, al ver su determinación, cambiaría de opinión y le permitiría actuar. Después de todo, faltaban cinco días para llegar a la última parada de la caravana, tiempo suficiente para que Ren demostrara su tenacidad y que podía sepultar la luz en el fondo de su ser.
Esa idea y el hecho de darse cuenta de que en apenas unas semanas volvería a casa, en el valle —con sus frescos días de invierno y sus noches estrelladas, rodeada de la gente a la que quería—, le levantaron el ánimo. Mientras hacía girar la sombrilla, Ren adelantó al tito mayor a la carrera, ansiosa por partir rumbo a Gorye.
CAPÍTULO 2
SUNHO
El Mundo Inferior
Fuera de la fábrica de mitril del distrito nueve
Sunho se apartó de la puerta al mismo tiempo que la sirena de la fábrica emitía una estruendosa advertencia y brotaban columnas de humo de las enormes chimeneas como si fueran alas en medio de la noche. Se cubrió mejor la nariz con una bufanda roja, que estaba descolorida y deshilachada. Ese movimiento hizo que la espada que llevaba envainada a la espalda se sacudiera. Durante quince segundos, la sirena bramó y las chimeneas expulsaron nubes de humo que llenaron el cielo por encima de la fábrica. Cuando todo terminó, Sunho se giró y alcanzó a ver chispas azules en el humo: partículas de mitril.
Oyó el arrullo de una paloma cerca de allí. Siguió el sonido hasta doblar una esquina, donde un chico y una chica aguardaban a la sombra del muro de la fábrica. El chico era de complexión delgada y tenía el pelo plateado. Se llamaba Tag. Sunho recordaba su nombre de cuando se conocieron. Los dos tenían diecisiete años. El agudo gorjeo se interrumpió cuando Tag bajó las manos. La chica, Yurhee, era unos años mayor que ellos y llevaba el pelo castaño, con mechones rojizos, recogido con una pinza. Permanecía apoyada contra el muro, con una rodilla doblada, pero se irguió al ver acercarse a Sunho.
—No estábamos seguros de si conseguirías venir —dijo Yurhee—. Hay patrullas por todas partes.
—Vi unas cuantas de camino hacia aquí —contestó Sunho.
El retumbar de pasos y la luz oscilante de los faroles en las calles oscuras lo habían obligado a permanecer entre las sombras para evitar que lo vieran.
Venía directamente de un trabajo en el distrito ocho, como refuerzo a sueldo en un atraco. Si lo hubieran pillado sin la documentación adecuada que explicara su presencia en la ciudad intermedia, lo habrían metido en la cárcel. Era arriesgado llevar a cabo dos trabajos importantes la misma noche, pero Yurhee le había prometido un buen pago en la nota que le envió esa mañana.
—Sunho, estás herido —dijo Yurhee mientras alargaba la mano hacia su cuello, pero él retrocedió un paso por instinto. Supuso que se habría hecho un rasguño durante el atraco. Yurhee enarcó una ceja y luego apartó la mano—. Lo siento. Es la costumbre. Tengo debilidad por los chicos huraños e inaccesibles emocionalmente.
Detrás de ella, Tag alzó las cejas y frunció ligeramente el ceño.
Sunho los había conocido un mes antes, cuando lo contrataron para robar el cargamento de un gánster de poca monta. Según Yurhee, solo les robaban a «cabrones codiciosos que se lo merecían». Puesto que ninguno de los dos era hábil en el combate cuerpo a cuerpo, habían publicado un anuncio buscando un espadachín a sueldo.
—Voy a comprobar los explosivos —masculló Tag.
A continuación, se agachó junto al muro y apartó un puñado de hiedra para dejar al descubierto dos bombas-lata preparadas para detonar con un temporizador.
A Sunho se le formó un nudo de inquietud en el estómago. Hasta ahora, se había limitado a trabajos de poco riesgo, pero robar en una fábrica de mitril sareniyana era harina de otro costal. Si los pillaban, les esperaba algo mucho peor que la cárcel.
Yurhee se sacó un pergamino de la chaqueta y lo desplegó. Contenía el croquis de los edificios de una zona amplia junto con notas sobre las rotaciones de los guardias y el tiempo estimado para desplazarse entre los lugares marcados.
—Tenemos que ir desde aquí… —indicó donde se encontraban, fuera del muro, en la esquina noreste— hasta aquí.
Luego, señaló con el dedo un punto en el edificio más grande situado en la parte trasera del complejo de la fábrica y que estaba marcado con una X.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Sunho.
Yurhee le guiñó un ojo, enrolló el mapa y se lo guardó de nuevo en la chaqueta.
—Pronto lo sabrás.
Sunho aún estaba a tiempo de echarse atrás, pero entonces no recibiría el pago que Yurhee le había prometido. Desplazó la correa de la funda que llevaba colgada al hombro para que la espada envainada que contenía se ajustara mejor a su espalda y alzó la mirada hacia la parte superior del muro de la fábrica, que apenas resultaba visible a través de la espesa capa de humo.
—Atento —dijo Yurhee. Sunho se giró a tiempo de atrapar el lanzagarfios que le lanzó—. Sabes usarlo, ¿no?
Sin esperar respuesta, se subió a la espalda de Tag. Este apuntó y disparó. El gancho se clavó en el muro, cerca de la parte superior. Entonces, el chico activó el mecanismo de la cuerda y ascendieron a toda velocidad.
Sunho apuntó el cañón del dispositivo a la izquierda del garfio de Tag y apretó el gatillo. Cuando el garfio agujereó el hormigón, se agarró con fuerza mientras salía disparado hacia arriba. Aterrizó en cuclillas en lo alto del muro al mismo tiempo que la sirena de la fábrica bramaba de nuevo y salía humo por las chimeneas.
Descendió por el lado opuesto del muro usando la cuerda y se reunió con Tag y Yurhee detrás de una pila de cajas altas. Yurhee se llevó un dedo a los labios. A través de una rendija entre las cajas, vieron a dos guardias de seguridad que hacían la ronda. Los faroles que portaban proyectaban formas grotescas en las paredes de los edificios por los que pasaban.
Los guardias llevaban máscaras antihumo y espadas cortas reglamentarias en la cintura. Sus voces llegaron hasta ellos y Sunho captó fragmentos de la conversación: habían abierto un restaurante de fideos en el distrito ocho y planeaban cenar allí al terminar su turno.
Los guardias pasaron por delante de la entrada de un callejón, haciendo que la luz de los faroles iluminara el angosto espacio, antes de perderse de vista al doblar la esquina.
—¿Veis eso? —les indicó Yurhee—. Atajaremos por ahí. Es la ruta más rápida.
Salieron en silencio de detrás de las cajas y cruzaron el terreno abierto a la carrera hasta llegar al callejón. Allí el humo era más denso, pues los edificios formaban una especie de embudo. Yurhee, que iba delante de Sunho, se desenganchó una máscara del cinturón de herramientas y se la colocó en la cara. Tenían a ambos lados las refinerías, donde fundían el mineral de mitril para formar barras y desechaban el material sobrante como chatarra. Había montones de metal desperdigados por todo el callejón y Sunho procuró no golpear ningún trozo con el pie para evitar que se deslizara y alertara a los
