Una historia de las sexualidades
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Una historia de las sexualidades - Christine Bard
HISTÒRIA / 211
DIRECCIÓN
Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)
Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)
M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)
CONSEJO ASESOR INTERNACIONAL
Pedro Barceló (Universität Potsdam)
Peter Burke (University of Cambridge)
Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)
Roger Chartier (EHESS)
Rosa Congost (Universitat de Girona)
Vincent Debiais (EHESS)
Sabina Loriga (EHESS)
Antonella Romano (CNRS)
Adeline Rucquoi (EHESS)
Jean-Claude Schmitt (EHESS)
María Sierra (Universidad de Sevilla)
Françoise Thébaud (Université d’Avignon)
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,
ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,
en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico,
electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
Título original:
Une histoire des sexualités
© Presses Universitaires de France / Humensis, 2018
© Las autoras y el autor, 2018
© De esta edición: Universitat de València, 2024
© De la traducción: Bibiana Erustes, 2024
Publicacions de la Universitat de València
https://puv.uv.es
publicacions@uv.es
Ilustración de la cubierta:
Sola de Henri de Toulouse-Lautrec (1896). Óleo sobre cartón
© RMN-Grand Palais (Musée d’Orsay) / Thierry Le Mage
Coordinación editorial: Amparo Jesús-Maria Romero
Diseño de la cubierta y maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: David Lluch
ISBN: 978-84-1118-377-2 (papel)
ISBN: 978-84-1118-378-9 (papel)
ISBN: 978-84-1118-379-6 (papel)
Edición digital
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN GENERAL, por Sylvie Steinberg
PRIMERA PARTE
SOCIEDADES ANTIGUAS: GRECIA Y ROMA
por Sandra Boehringer
1. TRABAJAR EN LA SEXUALIDAD ANTIGUA
¿Qué documentos existen sobre la sexualidad en la Antigüedad?
Breve historiografía de la historia de la sexualidad antigua
Identidades, género y estatus
Una historia temática
2. EN GRECIA
Eros, el deseo como fuerza
Safo y la dimensión «transgénero» del deseo
El marco conyugal
Fuera del marco conyugal
Las violencias sexuales
Trabajo sexual y concubinato
Homoerotismo masculino entre los ciudadanos
«Pederastia», relaciones eróticas entre mujeres y cuestiones de identidad
Normas sociales y restricciones sexuales
3. EN ROMA
Contexto social y cultural
Los sentimientos amorosos: poesía y teatro
El matrimonio romano
Relaciones eróticas fuera del matrimonio
Violencias y stuprum
La omnipresencia del comercio sexual
La «pederastia» en cuestión
Condena moral de los excesos
El efecto erótico de una Grecia imaginaria
SEGUNDA PARTE
EL OCCIDENTE MEDIEVAL
por Didier Lett
1. EL ACTO SEXUAL Y SU RELACIÓN CON EL PLACER
Rol activo y rol pasivo
Placer condenado por el discurso eclesiástico
Los inicios de un arte erótico en el discurso médico
2. LA SEXUALIDAD MATRIMONIAL
Las reglas estrictas de las prácticas sexuales lícitas
La posición del misionero: el hombre sobre la mujer
Respetar las prohibiciones del calendario cristiano
Valorar la abstinencia
La anticoncepción
El aborto
3. LAS PRÁCTICAS EXTRAMATRIMONIALES
Adulterio masculino y adulterio femenino
Concubinato, un fenómeno muy extendido
¿Adulterio o concubinato?
4. LAS SEXUALIDADES ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO
El «nacimiento de la sodomía»
El «vicio sodomita», un término muy polisémico
Sodomía: un acto sexual y no una orientación sexual
La persecución de sodomitas en los siglos XIV y XV
La «sodomía femenina»
5. LA PROSTITUCIÓN
Una práctica tolerada y circunscrita a los burdeles públicos
Madamas, proxenetas y prostitutas
6. LAS VIOLENCIAS SEXUALES
Las injurias de carácter sexual
La violación
Los abusos sexuales a menores
TERCERA PARTE
DEL RENACIMIENTO A LA ILUSTRACIÓN
por Sylvie Steinberg
1. EL PLACER SEXUAL
Placer y procreación según la medicina antigua
Semejanzas y diferencias en la anatomía femenina y masculina
¿Por qué se concedió el placer sexual a los humanos?
Naturalización de los comportamientos sexuales prescritos por la Iglesia
Prohibición de anticonceptivos y abortivos
Lo que dicen los médicos sobre la deuda conyugal y la impotencia en el matrimonio
Reciprocidad, violación y consentimiento
2. REPRESENTACIONES ARTÍSTICAS EN LA FRONTERA DE LAS PROHIBICIONES
Nuevas representaciones artísticas: el desnudo y la fertilidad en el matrimonio
Representaciones mitológicas: la figura de la castidad y la figura de la amazona
Representaciones y realidades de las relaciones sexuales entre mujeres
Representaciones y realidades de las relaciones sexuales entre hombres
3. REFORMA Y CONTRARREFORMA: EL DISCURSO ECLESIÁSTICO
¿Una época de represión religiosa? La moralización del clero
Una renovada pastoral del matrimonio
Preocupación por regular la sexualidad juvenil
Prostitución, entre la Reforma y la Contrarreforma
¿Podemos evaluar los efectos de las reformas religiosas en la vida sexual?
4. EL CONTROL DE LA NATALIDAD
La posibilidad de no tener hijos
¿Un «plan familiar», ya?
El siglo de los «vapores»
El miedo a la despoblación
Obsesión por el onanismo
Banalidad de la masturbación
5. SEXO POLITIZADO
Crítica a la sociedad artificial y anhelo de naturalidad
Acusación contra el clero
Gran señor, hombre mezquino
Sexualidad y desacralización de la realeza
6. EL LIBERTINAJE, EN TELA DE JUICIO
Una época de búsqueda del «compañerismo conyugal»
Las figuras complementarias de la esposa estéril y la hija de la alegría
Algunos comportamientos masculinos
El mercado del placer masculino
Subcultura homosexual y heterosexualidad triunfante
¿El comienzo de la emancipación sexual?
CUARTA PARTE
EL SIGLO XIX
por Gabrielle Houbre
1. CÓDIGOS AMOROSOS Y APRENDIZAJES SEXUALES
Modelos culturales y prácticas de las élites
Por parte de los chicos
El modelo católico de la «oca blanca»
La influencia protestante y la difusión del flirteo
En la Francia rural
Tendencias prematrimoniales marcadamente regionales
Omnipresencia de la comunidad rural
2. LA NORMA: PROCREAR EN EL SENO DEL MATRIMONIO
Discursos convergentes de la Iglesia y de la profesión médica
La pesadilla del desperdicio onanista
Los cánones de una buena sexualidad
El adulterio o los efectos secundarios del matrimonio
3. LAS PROSTITUCIONES: SEXUALIDADES PERIFÉRICAS
Nacimiento del reglamentarismo
Pluralidad de la sociedad prostitucional
Prostitución y homosexualidad
La fotografía pornográfica: un nuevo medio, un nuevo mercado
4. LA AFIRMACIÓN DE LA HOMOSEXUALIDAD
La homosexualidad masculina: entre la despenalización y la estigmatización
Hacia una medicalización de la «inversión»
Sociabilidad y figuras homosexuales en el cambio de siglo
5. VIOLENCIAS Y DELITOS SEXUALES: ENTRE LA NEGACIÓN Y LA CONDENA
La noción de «ataque moral»
Necrofilia e incesto: debate sobre la impunidad
Mayor castigo a la violación
Delitos conyugales
QUINTA PARTE
SIGLO XX-PRINCIPIOS DEL SIGLO XXI
por Christine Bard
1. LA REVOLUCIÓN SEXUAL COMO PRISMA
El legado de la revolución sexual de 1880-1930
Reflexiones sobre la revolución sexual del 68
¿Una revolución para la investigación?
Una revolución cognitiva
2. EL CONTROL DE LA FECUNDIDAD
Del neomaltusianismo a la planificación familiar
La liberalización de la anticoncepción
El derecho al aborto
La interrupción voluntaria del embarazo (IVE): una «conquista» del feminismo siempre amenazada
3. CAMBIOS EN LA HETEROSEXUALIDAD
Regresión de tabúes y nuevas normas
Los derechos sexuales de los jóvenes
Los hombres «a la sombra» de las mujeres
4. HOMOSEXUALES, LESBIANAS Y TRANS EN REVOLUCIÓN
1971: el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria
El legado represivo y la puesta de relieve de la homofobia
Movimientos y culturas LGBT
La revolución lésbica
La revolución trans
5. ¿UNA LIBERACIÓN SEXUAL?
Los orígenes culturales de la revolución sexual de la década de 1970
Una «avalancha» de pornografía
Las prostitutas alzan la voz
Cuando empieza a hablarse de la violación
Pedofilia y delitos contra menores
Las críticas feministas
6. UNA REVOLUCIÓN CONTROVERTIDA
¿Una revolución universal?
¿Una revolución global?
¿Revolución política o revolución antropológica?
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
AUTORÍAS
ÍNDICE ONOMÁSTICO
INTRODUCCIÓN GENERAL
¿Cómo escribir hoy una historia de la sexualidad? La historia de la sexualidad ha cambiado de modo considerable en los últimos años a causa de diversos factores. El contexto contemporáneo está marcado por una serie de convulsiones, como la disociación mental y técnica entre la sexualidad y la procreación, las reivindicaciones y lecturas feministas de la sexualidad y la consideración de las «minorías» sexuales, que nos llevan a actualizar nuestra comprensión de las sexualidades en las sociedades pasadas, que se han vuelto más claramente «extrañas» para nosotros.
El relato que sigue abarca desde la antigua Grecia hasta el mundo contemporáneo. Como es una breve síntesis de los conocimientos históricos acumulados en las últimas décadas, se centra sobre todo en Europa occidental, con una serie de aproximaciones sobre Francia, considerada tanto por su especificidad histórica como por su carácter ejemplar. No pretende ser exhaustivo, pero sí mostrar la riqueza del trabajo histórico en lo que concierne a la perspicacia de la investigación documental y a la reflexión que la sustenta.
Como área de investigación, la historia de la sexualidad nació en la década de 1970, impulsada por el contexto social y político de la «revolución sexual» (noción que se analizará en las páginas siguientes) y también por una corriente de estudios que aspiraba a reconstruir los cambios demográficos, la vida cotidiana de los «humildes», el estado biológico de las «masas» y la «vida privada» de los individuos. Bajo la mirada combinada de la demografía histórica, la antropología cultural y la historia social, ha surgido una historia de la sexualidad basada en la hipótesis de que los comportamientos humanos vinculados a la sexualidad (fantasías y representaciones, prácticas eróticas y procreadoras, normas y prohibiciones) también tenían una historia que era necesario rastrear y que no debía separarse de otros ámbitos de la historia humana.
Esta historia fue surgiendo como área específica gracias a la observación de las cifras: mientras que los historiadores de la demografía reconstruían de forma paciente y eficaz la evolución de la población europea desde el siglo XVII mediante el uso metódico de los registros parroquiales, los historiadores de la «vida privada», como Philippe Ariès y Jean-Louis Flandrin, investigaron la vida familiar, los sentimientos hacia la infancia, las condiciones del parto y la lactancia, los ritos matrimoniales, las prohibiciones eclesiásticas, las asociaciones prematrimoniales, la visión social del adulterio y la prostitución, etc. Desde el examen minucioso de curvas y estadísticas, ayudaron a explicar los datos recopilados: la edad al casarse, las temporadas de bodas, el ritmo de la concepción, la duración de los intervalos entre nacimientos, la frecuencia de hijos ilegítimos, todo ello gracias a una renovación completa de las fuentes históricas donde ahora se entrelazaban proverbios, pastorales episcopales, manuales de confesores, legislación real, tratados de pedagogía y registros contables. Gracias a la «invención» de estas fuentes inesperadas surgieron nuevos temas, en particular el de las «desviaciones sexuales», que los tratados médicos y los archivos jurídicos han documentado progresivamente.
La Edad Moderna (y el gran desafío planteado a los historiadores por la necesidad de comprender y esclarecer el proceso de «transición demográfica» del siglo XVIII) fue el primer laboratorio de la historia de la sexualidad, y el estudio del siglo XIX tomó caminos paralelos, los de la historia social, la historia de las sensibilidades, la historia de las representaciones y la historia de las mujeres. Época del romanticismo y de la profundización en los sentimientos, de la novela realista y del movimiento decadentista, de la Revolución Industrial y del triunfo de la medicina, el siglo XIX ha legado a la posteridad un cúmulo de imágenes de sexo conyugal, extramatrimonial y prostitucional que historiadores como Alain Corbin y Anne-Marie Sohn se han esforzado por descifrar, explicar y periodizar. Porque el siglo XIX no solo constituyó una fuente de representaciones de la vida sexual, sino que también inventó nuevas disciplinas académicas dedicadas a explorar esta vida sexual: las ciencias médicas, del higienismo a la sexología, y las ciencias de la psique, de la psiquiatría al psicoanálisis freudiano. Fue en el siglo XIX cuando apareció por primera vez la palabra sexualidad y la «cosa» durante mucho tiempo innombrable se designó como una actividad específica y delimitada, tras lo cual se desarrollaron nuevas taxonomías que designaban a su vez las prácticas, las «perversiones» y a los individuos que se entregaban a ellas.
En su Historia de la sexualidad, publicada por primera vez en 1976, Michel Foucault llamó la atención sobre esta profusión de discursos sobre el sexo en el siglo XIX, y sobre la paradoja de una época en la que la proliferación de discursos convivía con una censura moral reiterada, viva y omnipresente del sexo. Al examinar las secuelas contemporáneas de esta paradoja (¿acaso el siglo XIX sexual no terminó en la década de 1950?), al sacar a la luz los mecanismos de control (religioso, científico, político) sobre el cuerpo y la sexualidad, al desvelar la empresa científica de categorización de la sexualidad y al reivindicar una historia de la subjetividad, Foucault encauzó a los historiadores de la época contemporánea por caminos de reflexión que aún hoy son ampliamente transitados, en Francia y en el resto del mundo.
En Estados Unidos, los dos volúmenes dedicados a la Antigüedad clásica, en los que colaboró el historiador Paul Veyne, también han sido objeto de numerosos comentarios y han dado lugar a nuevas investigaciones en este ámbito. La atención prestada por Foucault a la «estilización» de la sexualidad propuesta por los pensadores de la Antigüedad ha sido retomada por las investigaciones sobre el significado de las palabras que los antiguos utilizaban para designar las actividades sexuales, desde la perspectiva del análisis lingüístico y discursivo, así como sobre las «categorías» de comprensión de la sexualidad propias de las sociedades antiguas, aquellas sociedades que se sitúan antes de la sexualidad (Before sexuality), por utilizar el título de una reciente recopilación de enfoques de este tipo. Numerosos estudios que abarcan desde la Alta Edad Media hasta épocas posteriores abordan el lugar que ocupaban las relaciones entre personas del mismo sexo en esas sociedades antiguas, además de la ausencia de una terminología específica para describir esas prácticas o identidades «homosexuales». En cierta medida, las sociedades medievales y modernas, al menos hasta el siglo XVIII, se pueden describir con el término Before homosexuality. Siguiendo los análisis de Foucault sobre la transposición de la moral antigua por parte de los padres de la Iglesia, publicados hoy con el título Las confesiones de la carne, los historiadores medievales también han hecho hincapié en las complejas adaptaciones de las normas e imaginaciones antiguas sobre el matrimonio y la sexualidad, y en la reconversión de conceptos jurídicos romanos en el derecho canónico, sin por ello desdeñar la importancia existencial del pecado y la culpa para el hombre medieval.
Así pues, escribir una historia de la sexualidad en nuestros días significa recurrir a estos múltiples legados para escribir una historia de las sexualidades que contemple la diversidad de las prácticas sexuales según la edad, el sexo, la orientación sexual y la legitimidad de las parejas, así como las formas históricas de «estilización» de la sexualidad a lo largo del tiempo. Como «hecho social total», la sexualidad se encuentra en la intersección de varios enfoques históricos: social, antropológico, cultural y lingüístico. Pero es imposible interesarse hoy en día por la historia de la sexualidad sin repetir la recomendación, formulada hace tiempo por las historiadoras y los historiadores de la mujer, de recordar que las fuentes disponibles fueron producidas esencialmente por hombres. Es sobre todo bajo su mirada seductora, fascinada, condescendiente o divertida (la risa es un elemento esencial para hablar o no de sexo) como evolucionan las mujeres del pasado y como se registran las relaciones amorosas y las prácticas sexuales.
La historia de las sexualidades de principios del siglo XXI tampoco puede prescindir de las herramientas forjadas en el ámbito de la historia del género. Ambos campos tienen en común que «deconstruyen» las categorías contemporáneas de sentido común para desenterrar las utilizadas por los actores del pasado, que cuestionan las categorías de análisis, útiles para acercarse a los objetos históricos y que ponen de relieve el carácter cultural de acontecimientos aparentemente naturales que, de hecho, están en gran medida naturalizados. Así mismo, la cuestión de las relaciones y los mecanismos de poder es común a ambos campos de investigación. Los estudios sobre la violencia sexual, la esclavitud y la explotación sexual, así como sobre la represión de las prácticas sexuales minoritarias o consideradas «perversas» entroncan con esta problemática. Pero cualquier tipo de sexualidad o relación que implique sexualidad también puede verse como una relación de poder, dependiente a su vez de otros tipos de relaciones de poder, ya sean económicas o políticas, materiales o simbólicas. El hecho de que la sexualidad se encuentre en la raíz de estas relaciones de poder o simplemente refleje otros modos de dominación social es una cuestión que a todas luces se responderá de modo distinto en los diferentes contextos históricos, o al menos suscitará interrogantes historiográficos. En cualquier caso, la historia de las sexualidades, en la actualidad, también se escribe en términos políticos. Jerarquía, dominación, discriminación, desigualdad e igualdad, libertad, liberación, revolución, utopía, democracia: estos son solo algunos de los conceptos que, en referencia a la sexualidad de los hombres y las mujeres del pasado, se dilucidarán en las páginas que siguen, sin quitar por ello ni un ápice de deseo y placer (a la lectura).
SYLVIE STEINBERG
En su prefacio a la traducción española de 2004 de La aparición de la sexualidad. La epistemología histórica y la formación de conceptos, el filósofo estadounidense Arnold Davidson hace la siguiente observación (p. 9):
«Somos nuestra sexualidad», o eso nos han dicho una y otra vez […]. En este sentido, no hace falta insistir en ello; no podemos pensar en nosotros mismos, en nuestra identidad psicológica más fundamental, sin pensar en nuestra sexualidad, en esa capa a menudo profunda y secreta de nuestros deseos que revela el tipo de individuo que somos. Y el «triunfo» de las ciencias humanas es precisamente haber sacado a la luz, con toda la fuerza de los conceptos científicos, el papel de la sexualidad en la formación de nuestra personalidad, su lugar privilegiado en el corazón de nuestra vida psíquica.
Antes de comenzar a esbozar las etapas y los grandes temas de una historia de las sexualidades en los mundos europeos antiguos (Grecia y Roma), cabe reflexionar sobre lo que entendemos por sexualidad y los métodos utilizados para crear una historia de esta.
Tal y como señala Arnold Davidson, siguiendo la obra seminal de Michel Foucault, en las sociedades occidentales herederas de una cultura judeocristiana, la sexualidad es un elemento importante para definir quiénes somos. ¿Cuál es mi sexo? ¿Se ajusta mi género a las normas sociales que definen el sexo? ¿Cómo percibo mi orientación sexual? ¿A quién amo? ¿A un hombre, a una mujer? ¿Cuáles son mis deseos confesados? ¿Mis deseos ocultos? ¿Son «normales» mis prácticas? ¿Autorizadas?… Todas estas preguntas que nos hacemos hoy en día, y sobre todo que tantas veces se nos incita a hacernos, son características de un sistema en nuestras sociedades que hace de la sexualidad parte de nosotros mismos, hasta el punto de que en ocasiones nos cuesta historizar esta noción porque nos parece muy natural. El mismo efecto produce la noción de sexo, cuya diferenciación entre hombres y mujeres nos parece muy natural, a pesar de que los trabajos de historia del género han dejado patente cómo esta diferenciación es un hecho cultural y social que evoluciona en el tiempo y el espacio.
No hay nada natural ni eterno en las cuestiones de sexualidad, que estarían fuera de la historia. Se trata más bien de un sistema con variaciones, categorizaciones y jerarquías. En este sentido, una historia de la sexualidad es mucho más que una simple historia de la aparición de determinadas prácticas sexuales y de las normas sociales (prohibiciones, valoraciones) que las enmarcan. Tampoco es una historia de la heterosexualidad o la homosexualidad como si fueran categorías fijas, descriptivas o neutras.
En su Historia de la sexualidad, iniciada en 1976 con La voluntad de saber, Michel Foucault muestra hasta qué punto se han vinculado recientemente la práctica sexual y la identidad personal. El vínculo se estableció entre finales del siglo XVII y el siglo XIX mediante lo que él denomina scientia sexualis, una práctica discursiva que permitía pensar, y hacer pensar, que una forma de verdad sobre el sujeto residiría en su relación con el sexo, y que creaba así las líneas divisorias entre lo normal y lo anormal, lo sano y lo patológico:
La sexualidad, mucho más que un elemento del individuo que sería rechazado fuera de él, es constitutiva de este vínculo que las personas se ven obligadas a establecer con su identidad en forma de subjetividad («Sexualidad y poder (1978)», Dits et Écrits, t. III, París, Gallimard, 1994, n.º 233, p. 570).
En el segundo volumen, El uso de los placeres (1984), que al igual que el siguiente está dedicado a la Antigüedad, explica:
Parece […] que hay todo un campo de compleja y rica historicidad en el modo en que el individuo es llamado a reconocerse como sujeto moral de la conducta sexual (ibíd., p. 39).
La obra de Foucault ha sido fundamental, sobre todo para los especialistas en la Antigüedad griega y romana. Si yo misma utilizo aquí el término sexualidad, es como una categoría «heurística»: es un medio (y no un fin) que nos permite no buscar en los antiguos una categoría fija e inmutable como «el matrimonio por amor en la antigua Grecia» o «la comunidad gay en Roma», sino desplegar un espectro más amplio de interrogantes.
Este enfoque heurístico (del griego heuriskô, ‘buscar’, ‘intentar encontrar’) abre el camino a nuevas interpretaciones de comportamientos que nosotros clasificaríamos fácilmente como sexuales, pero que los antiguos no percibían como tales. Por contra, nos remite a ámbitos que hoy nos parecen alejados de este tema, como la política y la educación.
Otro factor es que las categorizaciones actuales de la sexualidad, como la homosexualidad y la heterosexualidad, que crean identidades, identificaciones y culturas, aparecieron a finales del siglo XIX. Por ello, resultaría especialmente arriesgado y totalmente anacrónico intentar redescubrir esas subdivisiones creadoras de las mismas identidades con más de veinte siglos de distancia. Para entender las representaciones y los valores asociados a determinadas prácticas sexuales, y para comprender la manera en que los antiguos los caracterizaban y nombraban, debemos considerar el «campo de la historicidad» al que alude Michel Foucault.
Dado que la documentación de la que disponemos es muy fragmentaria y compleja de interpretar, seguimos esta pauta cuando la realidad sobre el terreno y nuestros reflejos culturales nos llevan a recurrir a conceptos o términos contemporáneos.
1. TRABAJAR EN LA SEXUALIDAD ANTIGUA
¿QUÉ DOCUMENTOS EXISTEN SOBRE LA SEXUALIDAD EN LA ANTIGÜEDAD?
Las antiguas Grecia y Roma eran sociedades no homogéneas que existieron durante un periodo de tiempo muy prolongado.
Las poblaciones helenófonas ocuparon no solo lo que hoy conocemos como Grecia, sino también parte de la costa occidental de la actual Turquía, las orillas del Mar Negro conocidas entonces como el Ponto Euxino, y ciudades ubicadas por todo el Mediterráneo; por ejemplo, en el sur de Francia (Marsella), España, Italia y Libia, así como en Egipto y en los territorios conquistados por Alejandro en Asia. Analizaremos esta cultura a partir del siglo VIII a. C., época de la que nos han llegado los primeros vestigios de escritura griega. A partir del siglo II a. C., el mundo griego cayó gradualmente bajo la dominación romana, pero las ciudades griegas continuaron con su vida política y cultural. Era, pues, un mundo muy extenso y diverso.
Cuando hablamos de Roma, nos referimos por supuesto a la Urbs, la ciudad de la península itálica, pero también a todo el territorio bajo dominio romano durante la República y el Imperio, un espacio asimismo inmenso y muy heterogéneo donde se hablaban varias lenguas y que incluía parte de los tres continentes ribereños del Mediterráneo, tan al norte como la actual Gran Bretaña y tan al sur como el actual Marruecos.
Los documentos latinos que vamos a estudiar datan desde el siglo III a. C. hasta el siglo III d. C.; se limitan a lo que se conoce como Antigüedad pagana. Cabe añadir que los romanos también hablaban y escribían griego, y este bilingüismo es solo un aspecto de la importancia de la cultura griega en la cultura romana. Cuando analicemos los documentos, deberemos tener en cuenta esta diversidad lingüística, temporal y espacial a lo largo de más de diez siglos; tendremos cuidado de no establecer vínculos sistemáticos de progresión o continuidad, ya que se trata de culturas especialmente variadas.
En cuanto a las fuentes disponibles, hay que señalar que los historiadores y antropólogos de la Antigüedad trabajan sobre sociedades que han dejado pocas huellas en comparación con periodos más recientes de la historia; es cierto que los documentos a nuestro alcance son numerosos y de índole diversa, pero han llegado hasta nosotros en soportes diferentes, más o menos perecederos según las regiones del mundo y, por tanto, con una frecuencia desigual según las épocas. Muchos de ellos nos han llegado a través de la tradición manuscrita, es decir, la copia de textos siglo tras siglo, en la que los copistas favorecían ciertos textos considerados grandes obras en detrimento de otros.
La naturaleza de las prácticas discursivas que nos ocupan (canciones, sátiras, declaraciones pronunciadas durante juicios cuyo resultado desconocemos, etc.) nos obliga a dominar diversos métodos de análisis. En cualquier caso, este trabajo analítico debe incorporar la noción de que los documentos son huellas de representaciones vivas. Me refiero a los grandes trabajos de Claude Calame y Florence Dupont, antropólogos de la Grecia y la Roma antiguas, que nos servirán de base.
Por desgracia, existen muy pocos documentos de lo que hoy denominamos «archivos privados», como por ejemplo diarios y correspondencia, que serían de gran utilidad para la historia de la sexualidad. Podemos consolarnos señalando que, si esos documentos estuvieran en nuestro poder, los riesgos de proyectar lo que entendemos por intimidad serían grandes.
Por último, los documentos a nuestra disposición suelen ser obra de ciudadanos, un sector muy reducido de la población, pero dominante en términos de poder social y económico. Por consiguiente, es más difícil para el investigador recabar información sobre las capas sociales menos favorecidas y sobre las mujeres. Aunque difícil no significa imposible, y veremos lo valiosos que son algunos testimonios, como el poema escrito por un autor espartano llamado Alcmán, que nos permite escuchar canciones interpretadas por chicas jóvenes en las que se expresa un fuerte sentimiento homoerótico.
Las fuentes no tienen género, en el sentido de un género que englobe todos los dominantes. No obstante, podemos percibir los matices, giros y juegos que cada hablante o autor aporta a las normas y convenciones dominantes de la sociedad en la que vive: esto también forma parte del ámbito de la historicidad que nos ocupa.
BREVE HISTORIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DE LA SEXUALIDAD ANTIGUA
Los primeros estudios sobre la Antigüedad relativos a cuestiones de sexualidad son bastante recientes. Proceden de corrientes científicas muy diferentes al principio, pero que luego convergieron en puntos que nos interesan. Durante mucho tiempo, y todavía hoy, en el marco de los estudios clásicos o de los manuales didácticos sobre la Antigüedad, se hablaba de «vida privada» para referirse a las relaciones heterosexuales extramatrimoniales de los antiguos; cuando se mencionaba a las mujeres, se trataba del matrimonio, del embarazo o, a veces, de la prostitución –de las esclavas, por ejemplo–. Las cuestiones políticas consideradas importantes (vida pública) solo concernían a los hombres. Rara vez se abordaba la cuestión de las relaciones homosexuales y su relevancia en estas sociedades. Se hablaba con pudor del «amor griego» o de un modo despectivo del «vicio griego». Muy a menudo, estos aspectos se silenciaban, y los pasajes demasiado explícitos de Platón u Ovidio se eliminaron de los textos clásicos estudiados en el instituto o la universidad. Las ediciones científicas del poeta latino Marcial no tan antiguas todavía contenían algunos pasajes muy osados traducidos al griego antiguo. ¿Para qué despertar el interés de las jóvenes mentes curiosas?
En este contexto de censura moral, las obras interesantes sobre sexualidad en el campo de los estudios clásicos en el siglo XIX y principios del XX, sobre todo en el espacio cultural germanoparlante, donde la historia antigua y la filología clásica gozaban de gran reputación, se crearon a menudo al margen y fuera del ámbito universitario. La antropología desempeñó una función destacada en el desarrollo de los estudios sobre la sexualidad en la Antigüedad, sobre todo en lo relativo a los ritos de paso. En el mundo anglosajón, a principios del siglo XX, investigadores como Margaret Mead estudiaron sociedades lejanas –Papúa Nueva Guinea, por ejemplo–, analizando los sistemas de afinidad y parentesco, y la cuestión de la identidad masculina/femenina, considerándola «el resultado del condicionamiento social». Simone de Beauvoir analizaría más tarde este proceso. En El segundo sexo (1949), escribió: «No se nace mujer, se llega a serlo», lo que significa que ser mujer es el resultado de una construcción colectiva que combina estereotipos, mitos, ideologías y prejuicios. Se asociaban así lo que aún no se llamaba género –del inglés gender– y la sexualidad.
En Francia, al final de la Segunda Guerra Mundial ciertos temas aún no habían encontrado su lugar en la corriente de la Nueva Historia (la historia económica y social de la Escuela de los Annales) y estas cuestiones, cuando se les prestó atención, se integraron en el subestimado plano de la vida privada. Con la aparición de la historia de las mentalidades y las aportaciones de la tercera generación de historiadores de los Annales, la historia de las mujeres y con ella las cuestiones de género y ciertos aspectos de la sexualidad se integraron más en las cuestiones históricas. En las décadas de 1970 y 1980 se publicaron obras sobre la Antigüedad en el campo de la historia de las mujeres en Francia y en el de la gender history en Estados Unidos, donde las cuestiones sexuales se trataron de forma más explícita, aplicando un enfoque transdisciplinar que combinaba la sociología, la historia y la literatura, entre otras disciplinas.
Un poco antes, en la década de 1960, en un contexto de segregación racial, se desarrollaban en Estados Unidos las luchas por los derechos civiles, y en la década siguiente confluyeron las reivindicaciones de los derechos de las minorías en general: negros, mujeres negras, homosexuales, transexuales, como se les llamaba entonces. De esta efervescencia política e intelectual nacieron campos disciplinarios muy fecundos: los gay and lesbian studies, seguidos más tarde por los postcolonial studies, los queer studies y los subaltern studies, todas ellas disciplinas en las que las cuestiones sexuales ocupaban el lugar que les correspondía.
A partir de entonces se trató de promover y estudiar las culturas, no una cultura dominante, con sus propias historias y periodizaciones, sus propias especificidades, en un intento de evitar el punto ciego de la heterosexualidad, demasiado poco cuestionado. Muy pronto, este trabajo sobre las personas consideradas fuera de la norma, marginadas, excluidas o discriminadas, reveló que, al igual que la historia de las mujeres era también la historia de los hombres, la historia de la homosexualidad es también la historia de la heterosexualidad.
El descentramiento se convierte entonces en un enfoque necesario: hay que estudiar lo «normal» no como orden natural que está fuera de la historia, sino como un orden «normalizado», como nos recuerda Éric Fassin en L’Inversion de la question homosexuelle (2005), un orden normalizado que es el resultado de un proceso social y cultural. Michel Foucault, por aquel entonces profesor en el Collège de France, desempeñó una función esencial en este campo de investigación al otro lado del océano; su Historia de la sexualidad, obra que se tradujo muy rápido en Estados Unidos y que incluye dos volúmenes sobre la Antigüedad, tuvo una gran repercusión en este país sobre las ciencias humanas en general y la historia antigua en particular.
En Francia, el historiador Paul Veyne inició en 1978 una reflexión sobre la sexualidad en Roma, en particular centrada en la familia y el matrimonio. Sus trabajos fueron fuente de inspiración para Michel Foucault, con quien mantuvo una larga amistad y relación intelectual. Sin embargo, el campo francés de la ciencia antigua ha evolucionado poco durante mucho tiempo, en una universidad en la que las disciplinas siguen estando muy compartimentadas. En Francia, las obras actuales sobre sexualidad antigua se benefician de la importancia del pensamiento de Michel Foucault en gran parte gracias a los investigadores estadounidenses.
A finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, David Halperin y John Winkler, dos grandes especialistas en la antigua Grecia, se reivindicaron como parte del movimiento historiográfico conocido como lesbian and gay studies. En 1990, un grupo de investigadores franceses y estadounidenses publicaron Before Sexuality, obra fundamental sobre la experiencia erótica en la Antigüedad. El resultado fue una verdadera profusión de investigaciones, debates apasionados y libros sobre la sexualidad antigua que ha perdurado hasta nuestros días, con la publicación póstuma del cuarto volumen de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault, Las confesiones de la carne.
IDENTIDADES, GÉNERO Y ESTATUS
Abordemos ahora la Antigüedad con herramientas metodológicas más refinadas. Exploraremos la sexualidad en la antigua Grecia y Roma como mundos exóticos, muy diferentes del nuestro por muchas razones.
En la Antigüedad, las personas no se definían íntimamente por su sexo. Las mujeres griegas no formaban un todo homogéneo, un grupo social consciente de la desigualdad de trato y la dominación por parte de los hombres, y menos aún un grupo que se identificara con una identidad o naturaleza femenina. Del mismo modo, hombres en general no alude a la mitad de la humanidad, ya que los esclavos, por ejemplo, no eran considerados por los antiguos como andres, el término griego, o viri, el término latino, que significa ‘ciudadanos’ u ‘hombres libres’, y que se suele traducir muy alegremente como «hombres».
El sexo de la pareja tampoco era un criterio suficiente para definir o caracterizar una relación erótica. Los hombres y las mujeres de la Antigüedad no se identificaban a sí mismos como heterosexuales u homosexuales. Habría parecido absurdo, incluso ridículo, que un ciudadano fuera incluido en la misma categoría que un esclavo, un extranjero o una mujer simplemente atendiendo a la atracción erótica por una persona del sexo opuesto o por una persona del mismo sexo. Por último, le habría parecido aún más extraño que se esperara de él que se definiera de una manera íntima, incluso psicológica, en función de sus parejas o del tipo de práctica sexual que prefería. Así pues, la homosexualidad no era algo exclusivo de los individuos que la practicaban.
En la Antigüedad, por tanto, las normas y costumbres en torno a lo que consideramos sexualidad no eran una cuestión de identidad o intimidad, y si se infringían ciertas normas en el ámbito del erotismo, no se evaluaban desde una perspectiva médica o psicopatológica. Por todas estas razones, los investigadores pudieron englobar sus obras en 1990 bajo la expresión Before Sexuality, refiriéndose a mundos anteriores a la sexualidad. Pero si la sexualidad no existía en el sentido que acabamos de definir, las normas y las prácticas de los antiguos revelan una cartografía erótica que no era la del erotismo libre y sin restricciones.
Los criterios que regían la percepción o la evaluación de los comportamientos sexuales eran ante todo de carácter social, pero se modulaban sutilmente conforme a otros parámetros propios de cada contexto. Sin que esto se mencione de forma explícita en las fuentes, se distinguía principalmente entre la situación de las parejas libres y no libres, el estado civil en el caso de las mujeres libres,
