Un chelo bajo dos lunas
Por H. G. Quintana
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César, escritor exiliado, se muda de Madrid a París para reencontrarse con una chica de su pasado. Mizuki Hashimoto, chelista japonesa, se casa en la misma ciudad con un músico francés que conoció en Minnesota. La vida les va a tender una trampa, les tiene preparado un encuentro donde pondrán a prueba sus propias convicciones sobre las relaciones humanas y los vínculos con sus parejas actuales.
Novela donde, además de amor, se habla del arte, de las relaciones humanas, de filosofía, de literatura, de cine y de temas que pueden ser compartidos entre dos artistas de formación y proyecciones contrarios que son cautivos del azar: un latinoamericano y una asiática cuya única cercanía es el arte, el carácter de insularidad y el amor, entre sí mismos, y por las novelas de Haruki Murakami.
El argumento de la novela es el amor, las relaciones humanas, la sexualidad, el misterio de la atracción entre dos personas diferentes; la reflexión de cómo manejamos las relaciones contradictorias entre el erotismo, la pasión y el amor compartido o no correspondido y con situaciones imprevistas que no siempre podemos controlar.
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Un chelo bajo dos lunas - H. G. Quintana
ÍNDICE
Portada
Título
Citas
UNO:Dos lunas
DOS: Tsukasa
TRES: Buscar a Arantxa
CUATRO: Jerome sin Geraldine
CINCO: Il est à Paris
SEIS: Lutece Langue
SIETE: Ichi-Kew
OCHO: Mujô
NUEVE: Hachi-Yon
DIEZ: Ichi-Kew-Hachi-Yon
ONCE: Kafka y Sugar Man
DOCE: Algo más que nostalgia
TRECE: Two Musician’s Home
CATORCE: Música y desconcierto
QUINCE: ¿Una novela de ganga?
DIECISEIS: Conjunción de lunas
DIECISIETE: Kuchidzuke
DIECIOCHO: Kenkyo
DIECINUEVE: Las leyes universales del amor
VEINTE: Shijūhatte
VEINTIUNO: Un aprendizaje
VEINTIDOS: Tante Charlotte
VEINTITRES: Ganarse la vida
VEINTICUATRO: Amor no consumado
VEINTICINCO: Umarekawaru
VEINTISÉIS: Castigo y absolución
VEINTISIETE: El reloj Mujô
VEINTIOCHO: Nuestros techos de cristal
VEINTINUEVE: Un olimpo de bienaventuranza
TREINTA: Malditos sentimientos encontrados
TREINTAIUNO: Perdón y compromiso
TREINTA Y DOS: Leer el aire
TREINTA Y TRES: La feliz casualidad
TREINTA Y CUATRO: Julián y Estela
TREINTA Y CINCO: Ojamashimasu
TREINTA Y SEIS: Vivir en japón
TREINTA Y SIETE: ¿Mûjo en Kobe?
TREINTA Y OCHO: Amor y dolor
TREINTA Y NUEVE: Fukuin
CUARENTA: Rota
CUARENTA Y UNO: Kintsugi
CUARENTA Y DOS: Como Naoko
CUARENTA Y TRES: La última vez
CUARENTA Y CUATRO: Armador de puzles
Otros libros
Un chelo bajo dos lunas
H. G. QUINTANA
© H. G. Quintana, 2023
© De esta edición, Realificción, 2023
www.realificcion.com
© Imagen de portada: Shuugetsu (Autumn Moon)
ISBN: 979-83-96359-31-4
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización previa y por escrito del editor, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático. Todos los derechos reservados.
Que un ser humano ame a otro es quizás la tarea más difícil que se nos ha encomendado, el trabajo para el cual todos los demás trabajos no son más que una mera preparación.
(Rainer María Rilke. Cartas a un joven poeta)
...los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía.
(Haruki Murakami. Los años de peregrinación del chico sin color)
UNO
Dos lunas
Antes de conocer a Mizuki Hashimoto no dejaba de mirar al cielo con la esperanza de ver dos lunas. Mirar arriba en las noches se había convertido en un ritual y lo era más o menos un año antes de que aquella japonesa de nombre de luna apareciera destrozando todas sus certezas y, sin imaginar, el vuelco que ella iba a provocar en su vida.
Era un automatismo inevitable: girar las llaves, tirar el bolso sobre el sofá, llenar una copa de un buen tinto, ir hasta el lector de CDs llenando el ambiente con la voz de Sissel Kyrkjebo interpretando en vivo O Mio Babbino Caro, y salir al balcón a dejar correr la mirada entre las estrellas.
La culpa era de Murakami, que había perturbado parte de la existencia que conocía.
En su vida pública de lector de novelas, que por momentos le apetecía más que aquella malograda donde pretendía escribirlas, pocos libros le obligaban a reinventarse la realidad. Disfrutaba muchos, incluso libros de poco o escaso valor estético, leía otros por disciplina, por esa maldita manía de intentar descifrar los entresijos de la creación de ficción, pero desde Doktor Faustus o El filo de la Navaja, pocos le habían hecho explosionar.
Había vivido una larga pausa en la que leer había dejado de ser una catarsis. Le había pasado mientras iba soltando las pesas de la adolescencia. Antes, casi cada nuevo libro le abría el alma en dos, le dejaba bocarriba en una mesa de autopsia, incapaz de mover un músculo; dispuesto a ser vejado, diseccionado sin piedad y con pocas protestas. Ya no creía que pudiera pasar, ni con aquellos, ni con nuevos libros. Leer era ahora un pasatiempo más, una manera de poder conversar con los compañeros de la plataforma de tele márquetin, de crear un encanto social que no tenía, acercarse al grupo con quien, en el fondo, apenas tenía nada en común.
Por entonces no sabía qué hacer con su vida. El 2012 estaba a punto de ser viejo, había dejado detrás dos divorcios, una prometedora carrera como escritor que no pasaba de una novela de la que se arrepentía según caían las hojas en otoño o florecían los tulipanes, un ensayo sobre la prosa de Hermann Hesse que apenas se vendía, un montón de colegas de profesión que lo detestaban por no superar, ni acercarse al baremo de lo que debería ser un buen cubano exiliado, y un trabajo de consejero para la Comunidad de Madrid donde ganaba mucho más que la media en gran parte de España, pero que lo aburría como una ostra.
Las normas del buen hacer ordenaban tener una buena disposición hacia los otros, así que intentaba escuchar largas y sesudas disertaciones sobre la telenovela de la semana, el último partido de futbol o la salida del último concursante de Gran Hermano. En una de esas conversaciones con una compañera de trabajo que leía bestsellers, ella sacó de su magnífica imitación de Calvin Klein, los tres tomos de 1Q84. César ocultó como pudo su cara de fastidio y fingió una sonrisa que trataba de ser agradecida.
Odiaba que le regalaran libros. Adoraba los libros, claro, y si se los regalaban, mejor, pero los que tienen gran aclamación general le creaban una sospecha inmediata. Casi nunca eran de su interés y le instauraban un imprevisto que detestaba. Cuando te hacen un regalo que no te gusta, puedes ocultar que no es de tu agrado con cierta habilidad, lo pones a la vista de quien lo regaló durante las visitas y hay poco más que hacer. Con un libro el otro espera que comenten juntos la lectura. Tiene que haber una mínima interacción o se notará el desajuste. Leer por una obligación impuesta le hacía arquear las cejas a modo de fastidio.
Tampoco era de bestsellers. Le pateaba el estómago cada vez que debía adentrarse en libros que se venden mucho, porque le desencantan, le decepcionan, le dejan un mal sabor de boca. Y aquel Murakami estaba en boca de tanta gente que no le apetecía el viaje.
En uno de esos momentos en que no tenía ganas de otros entretenimientos se sentó en el balcón con una copa, abrió el primer tomo de aquel título tan irreverente hacia un clásico y le sucedió algo inesperado. ¡Una historia de escritores, puaf!, se dijo tras las primeras páginas; los escritores siempre mirándonos al espejo. Un tipo al que se le encarga de forma extraoficial la rescritura en negro de la novela La crisálida de aire, para que gane el premio más prestigioso de Japón. Luego, una entrenadora personal que mejora su entrada de capital con una secreta vida paralela como asesina. ¡Nada nuevo! ¡Un cliché de la literatura contemporánea!
Pero cuanto más avanzaba menos encontraba motivos para dejarlo o saltarse páginas. Había algo en aquel libro que le inducía motivos de crítica, pero a la vez lo encadenaba a su prosa. Aquella historia de dobles simulaciones le obligó al buceo ineludible en la lectura de un estilo original. Era el tono profundo, la sencillez del verbo, a veces impreciso, con salidas de tono y ocurrencias casi melodramáticas, pero de una profundidad introspectiva sobrenatural. Era una filosofía muy personal, una indagación peculiar sobre los seres humanos y sus actos que no había visto en otros escritores y que aparecía en cada nuevo capítulo, con esa extraña concepción de un mundo diferente donde existen dos lunas en el cielo.
Aquel japonés que antes se había negado a leer había creado en aquella novela este mundo nuevo, un universo con similar fuerza alegórica a Comala, Macondo o Yoknapatawpha, pero en las antípodas de la cultura de Occidente y con referentes novedosos. Una ciudad que se parece a Tokio, una ficción que quizás es Tokio, pero uno que el escritor quizás guarda en su memoria, donde existe una especie de vida underground, a la que sólo unos pocos tienen acceso. Estos pocos elegidos, que siquiera son conscientes de ello, logran ver dos lunas en el cielo, transitan la vida diaria junto al resto de los no elegidos en un universo donde se confunden el mundo de los seres normales con un mundo paralelo que no se alcanza a saber si es mejor o peor, pero es sin dudas diferente.
Al terminar el libro después de una lectura casi compulsiva, fue consciente de haber sentido aquel cambio profundo que recordaba que provoca la literatura, aquel vendaval emocional que producen los buenos libros, o al menos, los que están bien construidos, el desconcierto del alma que tantas veces había intentado explicar cuando daba clases de literatura en la universidad de Pinar del Río, aquella villita que pretendía ser ciudad, donde había nacido.
Aquella idea de unos pocos elegidos que ven dos lunas lo inquietaba y deslumbraba a la vez. Un mundo medio fantástico dentro de un mundo real. César era consciente de que jamás vería dos lunas. El pensamiento racionalista no permite dudas en ese juego de percepciones. No existía la más mínima posibilidad lógica de ver dos lunas, porque en definitiva no hay más que una. Esa es la lógica natural, razonable y cuerda del sistema en que creía.
Había, sin embargo, en aquella metáfora algo que no dejaba de seducirlo. La idea de que, al levantarse, brillaran dos lunas en una madrugada, o una noche a la salida del metro, al regreso del trabajo. Era una manera de salir del tedioso círculo en que había convertido su día a día. ¿Por qué no vivir con ese sueño de saltar el espacio tradicional, de salirse de la racionalidad y pensar que llegaría a ese sitio que parecía un oasis en medio de los edificios, el recorrido de los coches y los anuncios lumínicos de la vida moderna? Y ya que estaba, ¿por qué no esperar que pudiese haber alguien que en algún lugar de la ciudad buscaba como él la misma luna? ¿Que se encontraran una noche bajo el despejado cielo estrellado y descubrieran que compartían un secreto que el resto del mundo desconocía?
A ratos se dejaba vencer por la posibilidad de que la ilusión entrara en su vida real. ¿Qué haría después? ¿Mirar las caras de la gente para ver si algo había cambiado en ellos? ¿Tratar de seguir las noticias por si alguna cadena de noticias se hacía eco del fenómeno? ¿Preguntar a algún amigo? Sólo algo tenía claro: no pararía de buscar hasta encontrar alguien que viera dos lunas.
Pero la vida seguía en su círculo gordiano, impasible a sus deseos y sus ilusiones. Por más que intentaba convencerse de que hacía lo correcto, no le satisfacía aquel vivir cada día la rutina de ir a una oficina, coger cuantas llamadas entraran, fingir atención a temas que le aburrían en los pocos descansos que tenían, y regresar a casa a someterse a un silencio luctuoso añorando lo que nunca tuvo ni tendrá, o lavarse el cerebro frente a la tele buscando temas de conversación para el día siguiente.
Ya no podía presumir de haber sido escritor. No recordaba la última vez que había escrito una línea, que había siquiera reflexionado sobre la idea de crear nuevos mundos que antes no existían para intentar convencer a alguien que no los conocía y emocionarlos en una aventura que ambicionaban vivir. Imaginaba que podía crear un blog, tan de moda hacía unos años entre mucha gente harta del mundo o que pretendía decir algo más allá de la rutina diaria, pero el mundo de las redes sociales estaba ahogando poco a poco.
Tenía encajado en el hígado aquella incertidumbre que alguien llamó temperamento artístico, esa incomodidad romántica con el mundo que arrastraron casi todos los que dijeron algo útil desde Aristóteles hasta Amy Winehouse, a través un cuadro, una novela o una pieza musical, pero ya no era un artista, si es que alguna vez pudo serlo.
De los textos que arrastraba desde que había salido de Cuba hacía más de diez años, le quedaban dos novelas de las que no se fiaba. Las había enviado a varias editoriales y todas las rechazaban con un largo silencio, o cuando menos, una explicación que le había hecho perder toda esperanza: el tema cubano ya agotaba. César creía que era por su propio origen como autor. Luego de una década de alejamiento de la isla se había convencido que aquella sentencia lacónica y descorazonadora era una palabra de santo. Sus dos novelas no eran más que dos provincianas salidas de tono creadas en un universo particular fuera del que no tendrían ninguna trascendencia, y estaba seguro de no tener nada nuevo qué decir más allá de la experiencia vivida. ¿Cómo crear otro tipo de historia que no fuera aquella que respiraba desde niño? Había comprendido algo tarde aquel veredicto que decía que el exilio era el cementerio de los escritores cubanos.
En cierta forma no había perdido su capacidad para apreciar las buenas lecturas. Había consumido libros en estos diez años más que en toda su vida anterior. Incluso obras que antes le provocaban una mueca de disgusto como Tus zonas erróneas o El poder de la imaginación ahora pasaban por sus manos con una mirada abierta y menos distante. Había comprendido que la obra perfecta no existía, y que, en todo texto escrito con sinceridad, había algo qué aprender.
No había perdido la ilusión de encontrar algún autor que le sacara las entrañas como Murakami, o como antes lo hicieron Hesse, Waltari o Maugham, pero sabía que eso era un lujo que no se daba a menudo en lectores escrupulosos. Se conformaría con un libro, apenas una novela corta que fuera capaz de dejarlo de nuevo sin aliento. Casi le había pasado con Cormac McCarthy y Coetzee, que abrieron en él viejas heridas y le dieron nuevos zarpazos.
Aquella noche de diciembre de 2012 el remanso repetido en que se había convertido mirar al cielo buscando dos lunas iba a cambiar. En su cabeza se repiten aún hoy las imágenes de aquel 6 de diciembre. Recuerda haber vaciado el contenido de una botella de un Viña Albali de la cosecha de 2003, había dejado que O Mio Babbino Caro entrara despacio en su cuerpo, recorriera sus venas como una droga y se instalara en el centro de su cerebro mientras miraba a la luna, intentando duplicarla a fuerza de la mente.
Muy seguido puso una selección de temas que, de forma inevitable incentivaban su nostalgia. Desde Inventario, de David Torrens hasta Somebody to Love, de Queen, y pasando por End of the Road, de Boyz 2 Men o Pueblo Blanco, de Serrat, todos los temas le daban una patada en el alma, le sacaban aquellas evocaciones de un pasado que su imaginación había mejorado. Había sido más triste, pero menos solitario, más pobre, pero con más ilusiones.
La nostalgia es una amante infiel. Lo sabía desde hacía mucho tiempo. Casi todo lo que guardamos como bellos recuerdos es una selección muchas veces inconsciente de la insatisfacción presente. Pero eso no le impedía sumergir los malos recuerdos en el fondo de una copa y soñar, dejarse llevar por aquello que a ratos le reportaba placeres olvidados, o nunca tenidos, porque sabía que algunos recuerdos eran ficciones edulcoradas de la mente, lo decían muchos investigadores del cerebro.
Entonces sonó el teléfono:
–Hola, ¿sí?, ¿¡Arantxa!?
DOS
Tsukasa
Había que dejar caer la palma de la mano con suavidad, con mimo, en el ángulo adecuado y con la fuerza adecuada.
, pensó Mizuki antes de recordar reflexiones de Aomame, aquella otra chica que admiraba, y como si buscara una perfecta ejecución de gimnasia.
Arqueó la espalda en rítmicos movimientos, unas veces hacia atrás y adelante, otras con pequeños respingos hacia los lados. Sintió el agradable calor de la tela sobre su piel pulcra y sin arrugas, y percibió un escalofrío de placer y dolor que le erizó los pelos del brazo hasta llegar a la nuca. Con su brazo derecho describió amplios movimientos que arrancaban lamentos de su acompañante, que apenas alcanzaba a dejarse acariciar, a veces golpear, impotente y dócil. Estiró los pies como una bailarina, arqueándolos de manera casi imposible, marcando unos gemelos perfectos, ganados después de tantos años de esfuerzo.
Los dedos de su mano izquierda se movieron de arriba y abajo por el brazo de su acompañante, con inusitada destreza, provocándole frenesíes incontenibles y caprichosos. Las yemas de sus dedos estaban dotadas de una intuición especial
, como si lo hubiese escrito para mí, pasó raudo por su mente en un instante mínimo de lucidez.
Hizo un movimiento brusco con la pelvis y se dejó vencer por un gemido mientras sus brazos se relajaron a la vez que su acompañante enmudeció de golpe. Las notas de la Suite nº1 para cello, de Bach dejaron de esculpir el aire.
Terminó, como casi siempre, exhausta y con agudas sensaciones de haber despertado de un sueño inusitado y milagroso. Sus ojos se fijaron en un punto concreto de la habitación donde colgaba un póster de Haruki Murakami recuperando la visión que hasta ese momento había estado velada entre brumas espirituales de las que no era consciente hasta que dejaba caer los brazos a la buena de Dios.
A pesar de las incontables veces que ensayaba diariamente no era inusual sentirse cansada y desconectada del mundo; cada vez diferente, pero igual en el fondo. Esta vez sudaba la conciencia junto a la frente y las manos. Sabía que podía ser el último ensayo en su ciudad, con todo lo que ello implicaba. El paso de la extenuante faena de coquetear con las cuerdas del violonchelo a la placentera calma que la sucedía, acarreaba su propio signo cada vez, siempre que ejecutara con las vibraciones del alma y no por órdenes de su cerebro.
No siempre lograba vencer esta paradoja. Había organizado su vida de forma que las emociones no entorpecieran sus decisiones más interesantes. Las había aparcado casi desde niña, cuando empezaba, allá por los seis años, y se dio cuenta que ejecutaba piezas musicales perfectas y sin el más mínimo error.
Empezó a rasgar las cuerdas del chelo en casa, mirando a su padre tocar el piano, que había sido su deseo desde niña. En el colegio público musical de su barrio en Kobe había niños con mejor posición para acceder al piano y tuvo que conformarse con el violoncelo. Con el tiempo aprendió que fue una de esas malas pasadas que juega el azar, que llevan por caminos más fascinantes que si se hubiera obtenido lo que quería. Se había percatado que sus dedos tenían una desacostumbrada vitalidad, que sus brazos parecían tener independencia y que su cerebro era capaz de concentrarse sin esfuerzos ni pérdidas de atención en varias tareas a la vez, siempre que estas tuvieran que ver con la ejecución musical.
Ariko, la virtuosa hija del maestro de piano, que podía hacerle sombra en su camino a la perfección musical, era apenas una sombra de su talento. Todos los que conocía alababan su manera de ejecutar las piezas más obscuras con aquel instrumento, aquella forma tan perfecta de transitar senderos musicales imposibles como si cruzara rauda por una llanura intransitable y no dejara huellas en la nieve. Todo aquello había quedado detrás cuando se dio cuenta a los quince que había llegado a un punto en que ningún elogio ni cumplido le satisfacían. Tocar el violoncelo no significaba para ella mucho más que los amoríos que empezó con chicos de su misma edad.
Se levantó despacio tratando de acomodarse al entorno. Sí, era 2012, una mañana extrañamente fresca de julio en la que su vida iba a cambiar, esta vez de forma considerable. Movió los dedos de sus pequeños pies enfundados en un calcetín gris, el derecho, y el otro, de rojo. No entendía donde los metía la lavadora. Caminó hasta la escalera que separaba su cuarto del resto de la casa, y la bajó con ligereza. No había nadie en casa. Sus padres habían ido al trabajo. Fue a la nevera y se sirvió un vaso de zumo de naranja. Lo bebió en pequeños sorbos, dejando que el sabor invadiera su boca.
De aquellas relaciones pasadas apenas tenía recuerdos claros. No de Tsukasa. Conocerlo había sido una suerte, por lo menos en aquel momento. Mizuki buscaba entonces sensaciones fuertes que dieran un cambio a su vida. Los desgarrones de la adolescencia eran apenas una coartada minúscula frente a su falta de emoción por la vida. Llegó a creer que el punto máximo de sus posibilidades profesionales había pasado cuando dio varios conciertos en Tokio, New York y París, en grupo y en solitario.
Cuando regresó a la imperturbable tranquilidad de Kobe el mundo se le había quedado pequeño. El lugar que hasta entonces era todo su universo y que era suficiente en su perspectiva vital, ahora le resultaba insoportable. Sus ansias de algo más la estaban ahogando en medio de una atmósfera muy pausada y restrictiva. Y apareció Tsukasa. Aún se estremecía cuando pensaba en él.
Hijo de un historiador reconocido de Kobe y una bailarina que dejó su carrera luego del matrimonio, Tsukasa apenas tenía tres años más que ella. Era guitarrista de un grupo de cámara que hacía conciertos por diferentes países europeos. Había estudiado en la Ecole Normale de Musique Alfred Cortot, en París, adonde quería regresar a vivir si se lo permitía el tiempo y la economía. Tsukasa era inquieto y con unas ganas de experiencias nuevas que trastornaba. Nada parecía importarle más que su guitarra. Mizuki sabía que, con ella, él había descubierto una pasión que hasta entonces creía imposible y él, sin proponérselo la había llevado a ella a un punto de autorreconocimiento que ella había venido dando por perdida.
Mizuki sintió, por vez primera, ganas de vivir fuera de las barricadas mentales que le habían impuesto y por las que nadie le había preguntado. Tantas normas sociales y morales la habían convertido en una sublime Kokeshi de mármol con alma de Geisha, lista para ser una buena esposa, pero no apta para el gran mundo que había soñado en sus raptos con el violoncelo.
Con su primer gran amor, hizo de la pasión una extensión de su vida como chelista, llevando las brasas de aquella a su propio terreno. En esos años adquirió aquella forma tan peculiar de ejecutar las piezas musicales moviendo todo el cuerpo de manera casi sobrehumana, poseída por un súcubo, entre espasmos y gemidos que muchos asociaban a cómo debían ser sus orgasmos. Había conseguido trasladar el ímpetu que arrastraba de la pasión amorosa a su carrera profesional, dejando detrás aquella perfección de mármol que tuvo en su niñez.
Estuvo con Tsukasa en conciertos de cámara en París, Lyon y Nantes, ambos viajaron junto a Jerome, otro guitarrista parisino y su esposa Geraldine, quien había nacido en Nice, que tocaba el violín y cantaba como los dioses. Los cuatro formaban una mezcla llamativa, atreviéndose con piezas de un amplio repertorio que se salía de los clásicos, e incluía flamenco, algo de blues y jazz, y encantaron a gran parte del público de todas las ciudades donde actuaron.
La idea de ver dos occidentales junto a dos asiáticos, hombre y mujer, iguales y diferentes, chelo, guitarra, bajo, violín y piano, que contrataban en cada ciudad que llegaban, volvía loco a la gente. Mizuki siempre supo que era la atracción principal de aquel peculiar cuarteto, o improvisado quinteto. Ella siempre en el centro, con su distintivo estilo, sus movimientos que tanto recordaban al sexo, y que llenaba las salas de concierto por donde pasaban, y dejaba una sarta de aplausos, que luego se convertían en un rumor boca oreja que llenaba el siguiente teatro o sala.
Pero los años con Tsukasa estaban destinados a terminar. Fue una relación inexperta, alterada por la impericia de ambos sobre relaciones humanas y basada en una admiración profesional mutua, que desaparecía mientras se deterioraba su relación sentimental, y un tanteo desatado con el sexo, propio de dos adolescentes que descubren por vez primera las mieles de las prohibiciones adultas y que, como fruta al fin, no tardó en podrirse, casi en el mismo árbol.
Pero algo había aprendido: existían sublimes emociones raramente conquistables que arrastramos a nuestro pesar como fardos, apetitos velados y seductores que juguetean en el más absoluto silencio y atacan de forma inexplicable cuando se manipulan con una brisa de pasión que no está prevista, eran como senderos escabrosos y tentadores que estamos obligados a recorrer contra nuestra voluntad.
Aún le duelen algunos de aquellos momentos a pesar de haber pasado más de veinte años: la incomprensión, la indiferencia, la separación. Prometió dejar todas esas emociones en el pasado, buenas o malas, pero lejos, estancadas en un arcén. Se permitía sólo aquellas emociones que elevaran a los cielos sus ejecuciones musicales, emociones para la melodía, prometiéndose a la vez que ningún sobresalto sentimental se interpondría en el camino de su profesión, como le habían enseñado sus padres y su gente.
Fregó el vaso y lo puso en el escurridor. Miró por la pequeña ventana de la cocina hacia la privilegiada vista del jardín Sorakuen. Era un día importante, aquel en que tomaba una decisión sensata, alejada de todo sentimentalismo o emoción no dominable, sabiendo además que abría un horizonte inesperado.
Fue al salón y se sentó en el suelo sobre la alfombra beige junto al teléfono. Descolgó y marcó el 0033 seguido de unas cifras que remitían a algún lugar de París.
-Yes? Hi, Jerome, It’s me. I think we should talk.
TRES
Buscar a Arantxa
–Una simple toma de contacto –dijo ella.
Había perdido toda perspectiva de volver a escuchar la voz de Arantxa. Aquel tono dulce y a ratos infantil que le incitaba a hacer de protector, la frase expresada con urgencia, con cierta desesperación por terminar la oración y la accidentada entonación propia de quien quiere decir todo de una vez y no acepta réplicas.
Por más de tres años esa había sido la voz más importante de su vida. No sólo la más deseada, esa otra parte de nosotros que buscamos sin notar el movimiento de las manecillas del reloj, sino la única, que bloquea cualquier intento de llegada a nuestros secretos.
Fue una relación acelerada, con no
