El lunes no puedo, me muero
Por Carles Monereo
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Si quiere saber un poco más, he aquí algunos spoilers.
Si aún no ha presenciado ninguna muerte, lo hará más pronto que tarde; si, como es probable, aún no le ha ocurrido personalmente, le ocurrirá (le deseo que más tarde que pronto). Y sepa que, a pesar de su frecuencia e inevitabilidad, no sabrá lo que realmente ocurre hasta que le ocurra… y lo más probable es que no pueda contárselo a nadie y se lleve esa experiencia con usted… ya sabe dónde.
Sí, puedo garantizarle, que aquí encontrará aproximaciones al fenómeno (aunque ninguna certeza). Hallará formas de morirse sin querer, otras que dan vergüenza ajena, alguna sagazmente inducida, las hay desesperadas y morbosas, también épicas, vengativas y delirantes. Bonitas y, no puedo engañarle, alguna asquerosa.
Si quiere dar una última vuelta de tuerca a esta especie de prólogo y me pregunta de qué puede servirle la lectura de este conjunto de narraciones, le diré que no de mucho. Porque en realidad morirse no es algo que se escriba, se lea, se piense. Ni siquiera stricto sensu, algo que pueda temerse o desearse. Morirse es algo que solo puede hacerse y casi siempre sin querer.
En todo caso, a mí me ha entretenido mucho escribir estos relatos y, a riesgo de resultar presuntuoso, aventuro que harán por usted algo parecido: distraerle. En mi caso, además, he llegado a considerar que, en el último y fatídico momento, repasaré mentalmente alguna de estas historias y confío en que aligerarán esa despedida con un amago de sonrisa.
Una cosa sí puedo prometerle con absoluta seguridad, cuando procese la última palabra del último relato, que es «brillante», sabrá a ciencia cierta que, en ese preciso instante, usted sigue vivo.
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El lunes no puedo, me muero - Carles Monereo
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Carles Monereo
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-225-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Dedicatorias
Ave, lector, morituri te salutant
A en Gonzalo i en Jordi, sempre amats
Als mortals que m’han aconsellat, recriminat, elogiat, insultat, valorat, criticat, estimat, detestat, acompanyat, plorat, traït, envejat, senyalat, calumniat, salvat i condemnat, moltes gràcies.
Prefacio
Este libro trata, no tanto de la muerte, como del morirse. De algunas de sus causas, circunstancias y consecuencias.
Si quiere saber un poco más, he aquí algunos spoilers.
Si aún no ha presenciado ninguna muerte, lo hará más pronto que tarde; si, como es probable, aún no le ha ocurrido personalmente, le ocurrirá (le deseo que más tarde que pronto). Y sepa que, a pesar de su frecuencia e inevitabilidad, no sabrá lo que realmente ocurre hasta que le ocurra… y lo más probable es que no pueda contárselo a nadie y se lleve esa experiencia con usted… ya sabe dónde.
Sí, puedo garantizarle, que aquí encontrará aproximaciones al fenómeno (aunque ninguna certeza). Hallará formas de morirse sin querer, otras que dan vergüenza ajena, alguna sagazmente inducida, las hay desesperadas y morbosas, también épicas, vengativas y delirantes. Bonitas y, no puedo engañarle, alguna asquerosa.
Si quiere dar una última vuelta de tuerca a esta especie de prólogo y me pregunta de qué puede servirle la lectura de este conjunto de narraciones, le diré que no de mucho. Porque en realidad morirse no es algo que se escriba, se lea, se piense. Ni siquiera stricto sensu, algo que pueda temerse o desearse. Morirse es algo que solo puede hacerse, y casi siempre sin querer.
En todo caso, a mí me ha entretenido mucho escribir estos relatos y, a riesgo de resultar presuntuoso, aventuro que harán por usted algo parecido: distraerle. En mi caso, además, he llegado a considerar que, en el último y fatídico momento, repasaré mentalmente alguna de estas historias y confío en que aligerarán esa despedida con un amago de sonrisa.
Una cosa si puedo prometerle con absoluta seguridad, cuando procese la última palabra del último relato, que es «brillante», sabrá a ciencia cierta que, en ese preciso instante, usted sigue vivo.
Carles Monereo
1. Historia de la novia Blanca
A ella le importaba un bledo el congreso. Fue, simple y llanamente, a por él.
Le hizo gracia eso del «nada humano me es ajeno». Lo decía en una entrevista, con esa sonrisa seductora y soberbia, de quien se sabe especial y respira falsa modestia, sabiendo que es falsa; puro narcisismo.
Lo buscó. Por la edad podría ser abuelo y, sin embargo, parecía un Dorian Gray cincuentón, sin apenas pelo, pero sin ninguna arruga. El paso del tiempo le iba mejorando y la metáfora vinícola (adoro el vino) era inevitable.
Más que un impulso, fue un plan consciente pero tácito, una especie de querencia, tan sentida como inevitable.
Se plantó frente a él tras su conferencia.
—¿Quieres una foto? —dijo él.
—No, bastante más, tu alma…
Tras el primer gesto de perplejidad y un rápido (e indisimulado) vistazo panorámico, susurró:
—Ya la vendí al diablo, pero creo que me queda un resquicio que podría negociarse…
—Espero que con un Malbec.
—Yo, de entrada, un Sauvignon Blanc.
—No soy para nada racista.
—21.15. WineWorld. Torrente Ballester con Bolívar….
—Extraña pareja.
—Cosas veredes, amiga Sancho…
—No…, Marta.
Era rápida. La cita quijotesca le gustó. Aunque sus ojos entreabiertos no reflejaban ni panzas, ni molinos… lascivia en estado sólido.
Ella llegó a la cita, puntualmente retrasada. Él había escogido unos taburetes altos, en una mesa circular.
Bla, bla, bla… Apenas atendía a lo que él decía.
—Es que la investigación actual… Estoy más por una validación híbrida de los datos registrados… Lo importante siempre es el para qué, la finalidad última del estudio…
Eso actuó como resorte. Ella pensó exactamente eso, el para y el qué
—A ver si paras de charlotear y te centras en el qué hacemos aquí.
Al regresar del lavabo de… ¿señores? (en la puerta había una figura coniforme…vaya usted a saber), se abalanzó sobre su boca. Compartieron un último sorbo a medio deglutir.
—Este…
—Anda, cierra el pico… Cualquier cosa que digas será peor que una buena actitud.
—Sip…
—Hablemos del partido… Querrás un descanso… A pesar de lo bien que te conservas, sigues teniendo una edad…
Ahí sí se transformó en una criatura vulnerable:
—Seguramente —balbuceó.
Ella, a sus ojos, mostraba una pasividad agresiva. Como si fuese evaluando cada una de sus acciones y decisiones. Pero se dejaba hacer.
A medida que él desnudaba esa whiter shade of pale que entona Procol Harum, iba olvidando los cuerpos bronceados que no hacía tanto tiempo le deslumbraban.
Besó y lamió cada pedacito de cera, merengue, nata, trufa blanca, algo ácido, algo amargo, algo dulce… degustando y gustándose.
Ella agradeció su largo e íntimo paseo, uniéndose al festín de lugares y sabores. Después, canibalismo simbólico de mordiscos, pellizcos, tracciones, empellones… En definitiva, posesiones.
Segundos antes del éxtasis, ella le separó con ambas manos:
—Ya.
Imantado, él trató de regresar a sus pechos, pero ella mantuvo un brazo tensionado y colocó un índice en sus labios:
—Shhh…
Cumplió la orden, se detuvo y guardó silencio.
—Es solo una primera vez.
Se estiró frente a él cruzando los brazos bajo su cabeza y doblando ligeramente las piernas. Ahora dejaba que la contemplase. Su piel tan blanca, más blanca que las sábanas blancas.
Él recordó las fotos que le hizo Douglas Kirkland a Marilyn. Belleza infinita. Buscó su teléfono móvil y en lo que tardó en enfocar, ella ya se había tapado con un gesto preciso y elegante.
—Vamos déjame… —suplicó—. No querrás que viva los próximos meses sin nada de ti.
—Y esa capacidad representacional de sabio que se te supone…
—Me iría bien un soporte tangible para mis imaginaciones… científicas.
—Nunca me he dejado, ni me dejaré, sabes que es peligroso.
Él le lanzó su móvil.
—Vale, fotografíame tú primero. Yo me jugaría más que tú, soy más famoso…
—¡Ja! ¡Tardó en aparecer el machote huevón!
—Ostras, lo siento, no quería…
—¡Eh!, ¡no te achantes! Vamos… En tu caso también lo intentaría —sonrisa traviesa—. Voy al lavabo.
Él se echó en la cama compungido. Repasó mentalmente ese cuerpo magnífico que aún estaba en sus dedos y en su lengua. Ella salió ya vestida.
—Tengo que irme.
—Pero si es temprano. Quédate a dormir.
—Creo que no te dije, pero tengo compañera de habitación. Puedo regresar tarde, pero debo regresar.
Él no insistió. A esas alturas ya sabía que solo ella era capaz de convencerse a ella misma.
—Chau.
—Una hora después seguía revisando las imágenes y en cada nuevo pase, sentía que perdía algún detalle, algún matiz. Cuanto más la pensaba, más la odiaba por haberle boicoteado una simple imagen de su maravillosa desnudez, ¡nada pornográfico! Aunque, ciertamente, su dedo meñique, las tiras de su sostén, cada una de sus pestañas, el mohín de sus labios, sus pies entaconados, la raya de su pantalón… Todo en ella le parecía erótico.
Cuando por tercera vez se repitió el: «se te pasará, Charli», sonó una entrada en su móvil. En el lavabo había hecho una selfie de su pie izquierdo. La nota decía: «un académico como tú, sabrá hacer un puzle. El tres de cada mes, una nueva pieza, a cambio de un piropo bien escrito sobre la pieza anterior… Solo si me gusta. A ver si entras en esto, …con buen pie…».
«No sé si el erotismo está en tu pie o en mi mirada, pero no dejo de fantasear con él. He visto tu precioso pie enfundado en unos Jimmy Choo de brillantes, posándose disimuladamente en la entrepierna de mi acompañante, quien, silenciosamente, entrecerraba los ojos suspirando levemente. Luego me pasabas una notita situada entre el tercer y cuarto dedo: te la he dejado a punto de… caramelo.
He sentido los dedos de tu pie en todas mis desnudas cavidades, jugando al escondite para, finalmente, cuando más intenso estaba yo, golpearme levemente el mástil, experimentando un dolor placentero o un placer doloroso.
He soñado con tu pie de cristal, con las uñas pintadas de negro, en el embarcadero del averno y en cómo cada uno de los condenados lo introducía en su boca, lamiéndolo desaforadamente, pecando por última vez antes de ser arrojados al infierno».
Su respuesta: «muy poético te veo, iniciando en Boccaccio, siguiendo por Sade y terminando en Dante. C’est pas mal. Aunque espero que seas más tú…
Va la segunda entrega o mejor, entregas. Pero te la tendrás que ganar. Solo puedes fallar tres».
Una aplicación con preguntas cortas y respuestas de opción múltiple. Con cada respuesta acertada aparecía una parte del dibujo. Solo fallé dos. Dos como sus senos. En blanco y negro. Ni muy grandes ni muy pequeños. Perfectos, como los recordaba. Operados, como me confesó. Lo natural está sobrevalorado.
Emocionado, repliqué:
«Colinas níveas,
Encaje divino de mi rostro angosto
donde ver venir el porvenir
montículos capitales de la pasión culpable
del placer nutritivo,
unidos por un estrecho voraz
en que enfundar mis ansias
que desembocan en tu boca»
Cuarenta y ocho horas tuve que esperar esta vez. ¿Demasiado incisivo? ¿Incluso procaz? ¿Directamente porno? Cuando ya había decidido enviarle un sucedáneo de disculpa, entró un nuevo mensaje:
«Una glosa bastante viejuna y casposa… ¿Colinas? ¿Montículos? Solo te faltó hablar de cerros coronados por dos cerezas y valles aterciopelados… ¿Y eso de la pasión culpable
?... Si tocarme las tetas te hace sentir culpable, puedo evitarte sin problema tal malestar
. Pensaba en sacarte algún punto, pero para que veas que trato de ser comprensiva (después de todo solo eres un pobre profesor universitario), ahí va una nueva pieza… Esmérate esta vez porque estás en la cuerda… y está floja (ya sabes, ja, ja, ja)».
El siguiente fragmento no tenía desperdicio, nuca (visible con su pelo recogido), espalda y, como decían los antiguos, donde esta pierde su nombre: un magnífico culo, sin mácula alguna. No me sorprendió ni su proporcionalidad (toda en ella lo era), ni sus equidistantes hoyuelos, ni mucho menos su imaginable blancura. Lo que me fascinó fue su absoluta lisura sin un pequeño lunar, grano, cavidad. Una sábana esférica dura y altanera. La inspiración fue inmediata:
«En el principio Zeus creó la forma perfecta que debía tener la tierra, la esfera. Luego la dividió en dos partes, exactamente iguales, separadas por un desfiladero que aportaría humedad y fertilidad al valle. Esa noche descansó y su hija Afrodita lo aprovechó para robar la esfera y sustituirla por un geoide de forma irregular, con todo tipo de accidentes en su superficie. Para esconderla, se sentó encima y adoptó su forma. Pronto Zeus advirtió que la exquisita redondez de Afrodita enfrentaría al resto de los dioses y decidió casarla con Hefesto, el Dios del fuego, feo y lisiado. Desde entonces el linaje de Afrodita se fue reproduciendo hasta llegar a ti, Martita.
Ahora entenderás porqué los hombres vamos de puto culo por ti.
P.D.: Adjetivar de culpable
la pasión es solo un modo de expresar el (fingido) sentimiento de disculpa de alguien que tiene el privilegio de disfrutar en primera persona de un objeto deseado por toda la comunidad hetero, es decir, tu piel».
Tuve muchas dudas. La cosa mitológica se daba de bofetadas con ese final vulgar, ramplón… Pero a la vez sonaba muy iconoclasta y yo sabía que a ella le gustaba un pellizco de irreverencia en todo.
Tuve que esperar mucho tiempo a la siguiente entrega. Ya quedaba menos, básicamente su cara y su sexo. No sabía en qué orden llegaría y fue lo primero.
Sin ninguna duda era su cara, pero con la misma convicción podía decir que era la cara de una muerta. No solo eran sus ojos cerrados. Su palidez habitual tenía una tonalidad morada característica, y su cuello y mandíbula aparecían crispadas, rígidas. Poco que ver con su sempiterna expresión, dulce y serena.
Tras el estupor inicial, que no sé si duró segundos o minutos, aparté la mirada de la fotografía y traté de serenarme. Ninguna nota, señal, signo, aparecía en el correo electrónico. ¿Qué significaba esa foto? ¿Realmente había muerto y alguien, conocedor de nuestra relación, me la enviaba? ¿Era una broma de mal gusto? ¿Una selfie con mucho maquillaje y mala leche?
Cuando me calmé, contesté al remitente: «Marta, no sé de qué va esto, pero no le veo la gracia… Si se trata de una broma, por favor no me dejes así, lo estoy pasando realmente mal».
Al siguiente día sin noticias, siguieron otras dos semanas. Había escrito un sinnúmero de mensajes sin respuesta y buscado, horas y horas, algún indicio en Internet, sin encontrar ni una sola pista.
El último mensaje tenía ya forma de ultimátum: «Marta, ya no te escribiré más. Si pretendías gastarme una broma, te has pasado tres pueblos y no creo que pueda perdonarte. Si ha sido otra persona la que envió esa fotografía, no pido que se delate, pero por caridad le ruego que me comunique lo que sea mediante una carta o una llamada anónima. Le juro por lo más sagrado que no preguntaré nada ni mucho menos trataré de localizarlo. Se lo juro por todo lo que más quiero en este mundo.
-------------------------
A mi llegada al aeropuerto de Santiago de Chile, tomé apresuradamente el primer taxi de la fila y le pedí que me llevase a la comisaría de policía más grande y próxima.
En información expliqué que quería poner una denuncia en relación con una persona desaparecida. Di los datos que sabía: nombre, edad (me dijo que 37), nacionalidad (pensaba que chilena), domicilio (sabía que vivía en el barrio de Vitacura… Según busqué, el más exclusivo de la capital), última vez que la vi: en un congreso en la Pontificia Universidad Católica de Chile, hacía cinco meses. Relación: (aquí dudé, pero pensé que si no confirmaba una relación estrecha, igual no me tomarían en serio) … Es mi prometida, mi novia.
Me hicieron pasar a una salita con otras personas que esperaban. Me llamarían.
Abrí una vez más la fotografía que nos hicimos el día que se presentó en el congreso. Ella se lo pidió al primero que pasó por allí.
—Me dejarás que la cuelgue en mi Instagram, ¿verdad?
—Tengo un caché alto —le contesté. Mientras nos hacían la foto me susurró:
—Uy caché… Viene de cachear o de dar cachetes…
Estaba ensimismado recordando la escena, cuando la chica de al lado me comentó:
—¡Vaya! ¡Está con Yuli!
—¿Cómo dice?
—Perdone, es que me emocioné al verle en la foto con Yuli… Me encantaba.
—¿Usted la conoce?
Me miró boquiabierta…
—Todo el mundo la conoce, ¿no?… Parece que usted también. —No me dio tiempo a decir nada más. Se levantó y se sentó lejos de mí.
Estaba perplejo. ¿Yuli? Se llamaba Marta… Bueno, eso me dijo.
Tomé la foto y la doblé por la mitad, dejando mi imagen fuera del campo visual. Me acerqué al señor que estaba dos asientos
