Sed de otras cenizas
Por Richard Sabogal
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Los matices de la humanidad se descubren llegando al fondo de la psique de cada persona, los actos que calla, los demonios que esconde, la debilidad de su fe y cada una de las virtudes que van naciendo en cada uno.
En el ejercicio del escritor, el mundo se nos revela desde la crudeza del peculio de cada uno de los personajes que van tejiendo, en todas las historias, una madeja de verdad y naturaleza humana: imperfecta, descrita desde lo que nace corrompido y busca redención.
Richard Sabogal, autor ganador del Premio Palíndromus de Cuento 2018, nos brinda en «Sed de otras cenizas» un libro lúcido, cargado pero real, de las tantas situaciones a las que
se enfrentan cada día muchas de las personas en el mundo actual, mediante escenarios distópicos y cotidianos, para hacernos encarnar lo que origina las cenizas: nuestro infierno personal.
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Sed de otras cenizas - Richard Sabogal
EDICIONES
PALÍNDROMUS
DEDICATORIA
A las ratas, los traidores, los falsos amores y los malos amigos
INDICE
DEDICATORIA
INDICE
Calles
La bicicleta
Habitación de hotel
El trance de mi destino
La partida
El secreto tras el poema
La oscuridad del metal
Temiendo la suavidad de tus brazos
SOBRE EL AUTOR
CRÉDITOS
COLOFÓN
Calles
La calle me consume en cada salida. Abro la boca y trago excremento de carro. Quiero morderle la nalga a la morena que va más adelante agarrada de la mano del tonto que seguramente la insatisface. Un niño con ojos tristes me pide una colaboración para comprar un pan de la panadería de vitrinas desnudas. Camino por el tubo digestivo de esta ciudad que me da cobijo y me drena cada semana que la visito. Le arranco la ropa a las mujeres bellas con las que me cruzo, a la del escote que asoma senos turgentes, a la de senos con cicatrices de maternidad, a la de pantalones cortos con una autopista como piernas. Pongo mi mano en el bolsillo, atrapo el celular que el tipo de la moto miró con lascivia. Arriba, como un dios silencioso, el pedazo de Ávila nos mira, en días como este quisiera que sus paredes verdes crujieran como un trozo de galleta y se desmoronaran sobre las casas; sobre la soberbia catedral en lo alto del pueblo, con sus rezos, sus culpas y sus muñecos de yeso; sobre la pendiente solitaria donde siempre roban; sobre la morena de nalgas hermosas; sobre los tipos de las motos que buscan víctimas; sobre las mujeres escotadas y de piernas desnudas; sobre el hospital, la maternidad, el supermercado. Sobre todos. Que al final solo queden bolas de humo y escombros. Que salgan las lombrices de la tierra removida y queden gallinas que las traguen como un fideo. Que muera todo, que no quede nada, que renazca este pueblo, esta ciudad, este país. El mundo entero. Para así dejar de oír las letanías de los moralistas desde su color preferido, con sus figuras de cartón y sus líderes en forma de muñecos inflables. Quiero atravesar la autopista sin mirar a los lados para que los histéricos recuerden a mi madre.
La ciudad es soleada, siempre hace calor, pero empieza a llover. Caen gotas gordas, que encharcan el piso. Son gotas escarlata. Pronto la ausencia de cañerías forma pequeños ríos de agua que se acarician con los restos de acera. Huele a bujía, a papas podridas, a bolsas de basura abiertas. Un perro callejero, con el hambre tatuada en sus costillas, va en un trote suave huyendo de la escena llevando en el hocico un pañal lleno de crema amarilla. Me dejo bañar, mi cabello se tiñe de rojo, las gotas descienden por mi frente, siento el sabor metálico en mi boca. Levanto la vista al cielo, camino en dirección a la autopista, los cauchos rechinan y siento como la montaña cruje. Abro los ojos para ver el destino descender colina abajo.
La bicicleta
La bicicleta de mi infancia era amarilla con verde, rin 20, con una silla amarilla de plástico duro. Brillaba al sol y por un tiempo fue mi amiga. La silla se me metía por el fundillo y me lastimaba. Mi papá no quiso dejarme las ruedas de seguridad y sin anestesia tuve que aprender a manejarla conociendo el sabor del suelo. Mi tío homosexual se entallaba sus pantalones cortos de jean y su sonrisa eterna, y me llevaba a la cancha de mi barrio. Él se sentaba en la pequeña silla y yo de lado, en el marco de la bicicleta. Mi barrio era una pendiente pronunciada y la descendíamos a toda velocidad. Era un placer efímero esos pocos segundos que tardábamos en llegar a la cancha.
La bicicleta estaba llena de calcomanías de autobús y hasta le puse un aviso de mototaxi. Aprender a manejar bicicleta es de los pocos recuerdos dolorosos y felices de mi infancia.
La cancha la recorría en círculos, mi tío me sostenía de la silla y corría a mi lado, a veces volteaba a verlo para que aplaudiera mi hazaña, pero estaba treinta metros atrás, siempre sonriendo, yo me veía abandonado, perdía el equilibrio y estampaba mi suerte contra el concreto de la cancha, a pocos metros de la portería. Mi tío se carcajeaba, me ayudaba a levantar, me soplaba la arena
