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El extraño viaje del progreso: Discursos sobre la cotidianidad e identidades femeninas durante el desarrollismo franquista
El extraño viaje del progreso: Discursos sobre la cotidianidad e identidades femeninas durante el desarrollismo franquista
El extraño viaje del progreso: Discursos sobre la cotidianidad e identidades femeninas durante el desarrollismo franquista
Libro electrónico463 páginas6 horasHistoria Moderna y Contemporánea

El extraño viaje del progreso: Discursos sobre la cotidianidad e identidades femeninas durante el desarrollismo franquista

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A partir de la frágil dialéctica del discurso político inaugurado por el Primer Plan de Desarrollo Económico y Social (1964-1967), en esta obra se analizan algunas de las líneas que troquelan el camino de la modernización en las últimas décadas del franquismo. El estímulo a la convivencia entre la mentalidad tradicional y la introducción de culturas de la ciencia y la innovación, sustrato seminal de la filosofía neocapitalista, se hallará en la base de una supuesta fórmula original, dejando entrever la rivalidad y la concurrencia entre instituciones y valores que persiguen, como meta final, legitimar al régimen. En este contexto, el discurso que impele a la renovación del imaginario social y la subsecuente aparición de nuevas identidades femeninas se evidencia como indicador de especial relevancia para entender la evolución operada entre 1964 y 1975. El trabajo se desarrolla en tres grandes bloques de contenido. El marco ideológico de la planificación del desarrollismo en España cimenta el perímetro, reflejando las tensiones entre tradición y modernidad. A partir de aquí abordamos la restauración de los escenarios cotidianos a través de la introducción de una axiología consonante con los estilos de vida occidentales, estructurados por la revisión del mito, el milagro y las categorías espacio-temporales como ejes de interpretación de la realidad. Dentro de estas coordenadas, nos enfrentamos al examen de la fisonomía de los sujetos que darán forma a un flamante programa de relaciones íntimas y sociales como clave de bóveda del sistema. Así, vistos en perspectiva, los últimos años de la dictadura dan fe de un modelo de crecimiento económico que elude la alternativa del desarrollo integral, más tangible y sólido. De cara a la promoción de oportunidades en función del sexo, la peculiaridad de las transformaciones y las inmanencias mediatizarán el estatus de las mujeres en las distintas esferas que componen la vida diaria. Ello nos sirve no sólo para aprehender su posición, sino también para comprender el proceso de cambio en general, revelando su gran significación para desbrozar los viejos y los nuevos problemas que debe encarar la sociedad española en estos años y aun hoy mismo.
IdiomaEspañol
EditorialAthenaica Ediciones
Fecha de lanzamiento10 may 2017
ISBN9788416770755
El extraño viaje del progreso: Discursos sobre la cotidianidad e identidades femeninas durante el desarrollismo franquista
Autor

Carmen Romo Parra

Doctora en Historia Contemporánea (Universidad de Málaga, 2009) y Experta Universitaria en Gestión de Proyectos de Desarrollo (Universidad de Málaga) en el año 2000. Es integrante del Seminario de Estudios Interdisciplinarios de la Mujer de la Universidad de Málaga desde 1990. Profesora del Grado de Trabajo Social y de los másteres oficiales en Investigación e Intervención Social y Comunitaria y en Igualdad y Género, titulaciones de posgrado de la Universidad de Málaga, entre su actividad investigadora puede subrayarse su labor como investigadora principal del Convenio de Cooperación entre el Instituto Andaluz de la Mujer y la Universidad de Málaga para la elaboración de un estudio sobre El tiempo que mujeres y hombres dedican al trabajo doméstico, extradoméstico y al ocio en Andalucía (1996-1997). Asimismo, ha colaborado en diversos estudios entre los que podemos mencionar el proyecto de I+D Mujer y opinión pública: fourieristas y librepensadoras en la construcción de la ciudadanía (1999 y 2002); Competencias Sociales y Digitales en los Programas Universitarios para Mayores de la Universidad Española, (Ministerio de Educación, convocatoria 2008 y renovación en 2009) y el llevado a cabo con financiación de la Universidad de Málaga El empoderamiento de la microempresaria en la zona norte de Marruecos, entre 2013 y 2016.

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    El extraño viaje del progreso - Carmen Romo Parra

    HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA

    Directores del Consejo: Alberto Carrillo-Linares

    Universidad de Sevilla

    Jaime García Bernal

    Universidad de Sevilla

    Consejo editorial: María Ángela Atienza López

    Universidad de La Rioja

    Miguel Cardina

    Univesidad de Coimbra

    María José de la Pascua Sánchez

    Universidad de Cádiz

    Mª Dolores Ramos Palomo

    Universidad de Málaga

    Rubén Vega

    Universidad de Oviedo

    Pues bien, el presente argumento indica que en el alma de cada uno hay el poder de aprender y el órgano para ello (…) Por consiguiente, la educación sería el arte de volver este órgano del alma del modo más fácil y eficaz en que puede ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino, en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire adonde debe, posibilitando la corrección.

    Platón, República, Libro VII

    Gracias, querida Lola, por tomarme de la mano, orientar mi mirada y acompañarme durante el camino, siempre inacabado.

    Introducción.

    La ironía del progreso

    En una de las primeras escenas de la película El extraño viaje, dirigida por Fernando Fernán Gómez en 1964, se muestra el baile semanal en un pequeño pueblo del interior. Este discurre en el Círculo «El progreso», un lugar de reunión social sujeto a la mirada atenta de una cartelería que recrea la publicidad de una modernidad tan gris como el paisaje humano que la circunda y la música que la orquesta. Estos pocos minutos de metraje sintetizan el escenario en el que se inserta la programación del desarrollismo en España.

    Las páginas que siguen intentan desbrozar algunas de las claves de aquel desarrollismo, centrándonos básicamente en los mensajes lanzados por el poder a partir de la ejecución del Primer Plan de Desarrollo Económico y Social (1964-1967). Una dialéctica frágil marcará el camino de la modernización de las estructuras productivas dentro de un estado autoritario que dicta la dinámica del cambio social, a través de la tipificación de una singular concepción de la realidad. La promoción de la convivencia entre la mentalidad tradicional y la introducción de culturas de la ciencia y la innovación, sustrato seminal de la filosofía neocapitalista, se hallará en la base de una supuesta fórmula original, enfrentada a la homogeneidad cultural y al malestar del bienestar contemporáneo, dejando entrever la rivalidad y la concurrencia entre instituciones y valores que persiguen, como fin último, legitimar el régimen. Tejer una malla de preguntas y respuestas alrededor de todo ello puede aportarnos una información fundamental para entender la evolución operada entre 1964 y 1975. En este contexto, el discurso político y económico que impele a la renovación del imaginario social y la subsecuente aparición de nuevas identidades femeninas, se evidencia como indicador de especial relevancia.

    Para cumplir con estos retos, nuestra mirada se apoya en las teorías de la modernización, en los enfoques de la sociología del conocimiento, con las aproximaciones que ofrecen la fenomenología y la hermenéutica, que nos sitúan y ayudan a comprender el desarrollo de las transiciones. Asimismo, la historia social y la psicosociología de la vida cotidiana abrirán las vías, revelaran las huellas y denunciaran las fallas de las perspectivas positivistas que poco inciden en los canales íntimos y comunitarios. El análisis de la estratificación de género, los roles y funciones que lleva aparejados y cómo se producen las transformaciones en ellos, auténticos puntos cardinales del puzle de la modernización, adquieren pleno sentido a la luz de los estudios de las mujeres. Dentro de ellos, la antropología feminista nos facilita las pautas para traducir un dominio socio-cultural preciso, donde instituciones e ideologías, también concretas, operan.

    En fin, la definición de nuestros objetivos se inserta en un modelo de cambio social donde, como recalca Biderman, «cada indicador ha de relacionarse con un concepto sobre la sociedad, que sea parte de una teoría de la sociedad explícita o implícita»¹. Ello induce la utilización de diversas, heterogéneas, fuentes. Entre ellas destacamos las hemerográficas, los datos de encuestas de la época, los estudios teóricos de corte sociopolítico y económico publicados en el momento y los mensajes hallados en el cine.

    Una serie círculos concéntricos organizan nuestro análisis, desplegados en tres grandes bloques de contenido. El marco ideológico del desarrollismo en España cimenta el perímetro, reflejando las tensiones entre tradición y modernización, confrontando de forma somera los paradigmas occidentales al modelo franquista. A partir de aquí, nos situamos en el núcleo que aglutina nuestro interés. En la segunda parte abordamos la restauración de los escenarios cotidianos a través de la introducción de una axiología consonante con los estilos de vida occidentales, estructurados por la revisión del mito, el milagro y las categorías espacio-temporales como ejes de interpretación de la realidad. El bloque tercero se enfrenta al examen de la fisonomía de los sujetos femeninos, que darán forma a un nuevo programa de relaciones íntimas y sociales como claves de bóveda del sistema.

    En conclusión, los acontecimientos no constituyen unidades aislables, se manifiestan sucesivamente como los eslabones de una cadena. Multidimensionales, intentaremos aprehenderlos bajo la óptica de la construcción/deconstrucción del conocimiento en la vida cotidiana, la evolución de los modelos y roles femeninos, el planteamiento de la comunicación interpersonal, los cambios en la valoración del trabajo, de los trabajos, retroalimentados por términos como crecimiento económico, progreso, productividad, movilidad social o igualdad. En su seno, el debate alrededor del desarrollismo requiere de puntos de vista diferentes, focalizados en un par de interrogantes sugeridos por M. Ángeles Durán: «¿quién debate con quién y sobre qué?», «¿quién marca las reglas de juego, juzga y escoge?»².

    Más allá, las preguntas iniciales —qué investigar y buscando qué— obedecieron a la necesidad de ponernos en juego en primera persona. Para Milagros Rivera esto implica «arriesgarse a juntar, también cuando se habla o se escribe la razón y la vida, evitando repetir como la ninfa Eco lo que se ha oído decir, eco nunca original y casi nunca peligroso. Juntar la razón y la vida, juntar lo que los filósofos occidentales llaman la cultura y la naturaleza, es una necesidad que históricamente hemos sentido y sentimos especialmente las mujeres en las sociedades patriarcales»³.

    La cuestión qué investigar, pues, surgió de mi raíz biográfica, instalada en los últimos años del franquismo. De ellos fui testigo directa, aunque muda por mi corta edad. La curiosidad se condensaba en las contradicciones entre la apertura a nuevas formas de vida y las diferenciadas expectativas en función del sexo, entre preceptos «modernos» y normas tradicionales. El propósito central de este trabajo se muestra justamente ahí, en la necesidad vital de hacer una parada en el camino para meditar sobre nuestros propios recuerdos y poder así explicarnos a nosotras mismas. Esos recuerdos, esenciales en la memoria, tan originales de los niños y las niñas de la transición política española, han pasado en gran medida inadvertidos como objeto de estudio, quizá por esa íntima relación con nuestra historia individual, tan vigentes en nuestros comportamientos, tan chocantes a veces cuando afloran en nuestra forma de relacionarnos con el entorno. En ello quizá resida en último término la utilidad de todas y cada una de las siguientes reflexiones.

    Parte primera.

    Procesos de modernización y cambio social. La planificación franquista del desarrollo

    Capítulo 1. El cambio social contemporáneo: modelos, valores, sujetos

    1.1. Modernización versus tradición

    En la tradición europea, como dice J. A. Maravall, lo moderno se enfrenta a lo antiguo, se opone a lo medieval⁴, toda vez que la mentalidad generada en este entorno es eminentemente positiva, discurre hacia la objetivación de la realidad⁵. Enlazado a ello, el estancamiento económico de las sociedades tradicionales, sujetas a insostenibles períodos de escasez, dará paso a una contemporaneidad productora de la progresiva homologación de los conceptos desarrollo y modernización. Desde este escenario, los procesos de modernización se consolidarán a partir de la puesta en marcha de las políticas de crecimiento económico en el contexto socio-histórico que se expande tras la Segunda Guerra Mundial, dando paso a la institucionalización de los Estados del Bienestar. Modernización y crecimiento aparecerán, pues, a partir de aquí unidos indisolublemente, bifurcándose, a medida que avanza el período, en distintas estrategias y modelos. Así, las fórmulas se sintetizarán alrededor de diferentes escalas de valores en base al «mayor o menor interés económico o social de los objetivos»⁶ a perseguir. Tras los primeros ensayos, el principio democrático tomará fuerza, dando voz a los sujetos individuales de cara a la germinación de un desarrollo socioeconómico más sostenible.

    En este contexto, la modernidad se erige esencialmente como «un orden postradicional»⁷. De la transversalidad de un dinamismo extremo devendrá, obviamente, la ruptura con las formas de vida previas. Concretamente, ese dinamismo se licuó en la configuración de tres grandes ejes universalizadores que explican la potencia con que se derriban los modos tradicionales de ver el mundo. La reorganización y separación del tiempo y el espacio y la prevalencia de los mecanismos de desenclave removerán las concepciones anteriores, servidas de la aparición de la reflexividad contemporánea⁸. Esta última, sin embargo, terminará por colorearse de escepticismo, no solo respecto a las tradicionales razones providenciales, también hacia la creencia sin reservas en la bondad facilitadora de la ciencia y la tecnología.

    Bajo estas premisas se pondrá el acento en el estudio y la promoción del cambio social como proceso necesario, acelerado a instancias de «una imagen idealizada de las sociedades occidentales»⁹. La modernidad pivota ahora alrededor de la industrialización, el capitalismo y el auge de la organización. En su epicentro, el control institucional de las relaciones sociales se erige en herramienta y la vigilancia ejercida por el poder, en términos foucaultianos¹⁰, se despliega de manera inédita, sutil, efectiva, en las sociedades de capitalismo avanzado.

    En este entorno, las dos grandes corrientes dentro de las teorías de la modernización, liberal y crítica, defienden un cierto paradigma de la modernidad industrial heredera de la idea de progreso, «sustentada en un engañosa metáfora del crecimiento según la cual se presuponía una analogía entre el cambio en la sociedad y los procesos de crecimiento de un organismo individual»¹¹. En esta línea, el cambio se interpreta en términos evolucionistas, por etapas, hacia «el destino final de la modernidad», como «proceso acumulativo de los niveles de vida»¹². En él, cada paso posee características cerradas por confrontación a las de la era preindustrial.

    En términos dicotómicos, pues, la terna tradición/modernización se dibuja como polos opuestos dentro de una teoría unidireccional del cambio social, mostrando separadamente la serie de valores y condiciones de cada uno de estos extremos: uno como punto de partida y otro como referente de llegada. M. Fraga redundará en ello definiendo la modernización como tránsito entre los sistemas «tradicional-subdesarrollados» y «racional-desarrollados»¹³. Así, las sociedades tradicionales se estructuran alrededor de su naturaleza adscriptiva, particularista y difusa¹⁴. Frente a ellas, las modernas están fundamentalmente dirigidas hacia la acción, hacia el logro, poseen una especificidad funcional y un carácter claramente universalista¹⁵. El elitismo y el igualitarismo para Lipset¹⁶ también constituirán parámetros medulares para explicarlas. D. Lerner¹⁷, por su parte, menciona tres estadios de paso y les asocia una serie de características generales. La sociedad contemporánea será una sociedad urbanizada, alfabetizada, participante en los medios de comunicación de masas y en política, donde los ciudadanos y ciudadanas, en principio, poseen ya una opinión formada y responsable, hacia un modo de vida que prima las tareas de la colectividad.

    Asimismo, la transición entre lo tradicional y lo moderno implicará una predisposición social y psíquica que Morgan sintetizó en una escala denominada «preocupación por el progreso»¹⁸. A partir de aquí, las teorías de la modernización ensanchan sus parámetros de análisis incluyendo los llamados factores no económicos y su rol como aceleradores o frenos de los procesos. El cambio en los valores y actitudes se configura como «prerrequisito crucial»¹⁹. Sobre ello insiste Manuel Fraga. A través de estas transformaciones, «el hombre adquiere una personalidad móvil, abierta, que cree en los cambios y no los teme. Los grupos se hacen más conscientes y activos»²⁰. A. Portes se centra en los supuestos que dominan la planificación del desarrollo en España, influida por el sustrato de la teoría desarrollista: la metamorfosis social está condicionada por el número de individuos modernos. La cultura tradicional se define como un obstáculo, sus valores dominantes, por tanto, deben ser irremisiblemente reemplazados²¹, negando en este sentido la posibilidad de convivencia entre diferentes sistemas axiológicos. Sin embargo, ello se supeditará a la dimensión eficiente de una cultura que anuda viejos y nuevos valores²². A su análisis dedicaremos los capítulos siguientes.

    Carlota Solé propone tres tipos de teorías de la modernización. Para las teorías de la comunicación la clave de bóveda se hallaría en el desarrollo de los medios de comunicación de masas, mientras que para las de la diferenciación, el epicentro se localiza en el «notable incremento de la complejidad y de la heterogeneidad del sistema social, así como de sus subsistemas socioeconómico, político-institucional y simbólico-cultural». El tercer tipo pondría el acento en el cambio científico-tecnológico²³.

    Frente a todos estos supuestos, se desvelan muchas fallas en los análisis del momento. Sin duda, la confusión entre modernización y occidentalización es una de las más señeras. En base a una concepción etnocéntrica, el subdesarrollo se interpretó «como una consecuencia directa de las características internas de un país especialmente de su economía tradicional, sus rasgos culturales y psicológicos tradicionales y de sus instituciones tradicionales»²⁴. La oposición tradición/modernización se solventa en este entorno a través de la apuesta por la globalización cultural. En lo que concierne a las costumbres religiosas y morales, por ejemplo, «¿puede legitimarse, en nombre de la cultura tradicional de ciertas naciones, que se mantenga la subordinación/exclusión de las mujeres?»²⁵. Desde este escenario, las tesis neomarxistas denunciarán la culpabilización de las propias víctimas del capitalismo. Una buena forma de solventar cualquier simplificación de las proyecciones nos la ofrece L. Cafagna. Este autor aborda el problema desde el análisis comparado bidimensional, sincrónico y diacrónico. Así, «sincrónicamente, entre un grupo determinado de áreas hoy consideradas ‘modernas’ y el resto del mundo; diacrónicamente entre las mismas y su pasado»²⁶.

    También se revela la falacia del estatismo y la homogeneidad cultural de las sociedades tradicionales, derrotadas y finiquitadas con el acceso a la modernización. En esta línea, a partir de las últimas décadas del siglo pasado, se acentúa la brecha entre las visiones que apuestan por la convergencia de los valores, subrayando el declive de la óptica secular, frente a las tesis de la persistencia de las viejas normas y actitudes más allá de cualquier cambio económico o político. En esta tesitura, «la convergencia alrededor de un determinado conjunto de valores ‘modernos’ es improbable», la axiología tradicional seguirá ejerciendo influencia independientemente de la modernización económica²⁷. Sauvy nos dirá que la evocación y la añoranza de los buenos tiempos de antaño, de un pasado feliz, sobreviven a lo largo incluso del occidente industrializado del siglo XX²⁸.

    La oposición teórica, en resumidas cuentas, se dirimirá entre la concepción de una modernidad simple y otra reflexiva que trata de modernizar la modernización, cuestionando «los problemas y deficiencias de la razón»²⁹. Ciertamente, frente a los esquemáticos planteamientos evolutivos de las doctrinas clásicas, se desvelan «las grandes tensiones, contradicciones y el tira-y-afloja de diferentes influencias»³⁰. En términos amplios, pues, no debemos buscar la distinción entre sociedades tradicionales y modernas en las diferentes prácticas y creencias sino en la manera en que estas se organizan. Desde esta perspectiva, el interés por las discontinuidades de las instituciones contemporáneas aglutina una nueva forma de acercamiento a la controversia. A partir de aquí, los cambios se dirimen alrededor del ritmo y del ámbito en el que se desarrollan³¹. La transformación total requería, a la postre, no solo la evolución de las instituciones, también la de los roles y funciones tradicionales, individuales y colectivos³². La modificación de la realidad cotidiana, se halla, por tanto, en su epicentro.

    Las tensiones fluyen alrededor de una serie de pares que subrayan el despliegue de la modernidad en la vida diaria. El desplazamiento y reanclaje permite la intersección de lo cotidiano, de lo familiar, con lo extraño, mientras la habilidad experta y la reapropiación consiguen que los sistemas abstractos convivan con el conocimiento de sentido común. Por su parte, la terna intimidad e impersonalidad posibilita la coexistencia de la confianza particular con los lazos impersonales, toda vez que la privacidad y el compromiso hacen compatibles la aceptación pragmática con el activismo³³. Así, en tanto que los valores podían ser determinados como direcciones de acción³⁴, los estilos de vida quedarán definidos como conjunto de prácticas rutinizadas, evidentes, por ejemplo, tanto en hábitos a la hora de vestir como en formas de actuar concretas. La crisis entre modos y estilos de vida, productores de sentido en distintos modelos de sociedad, plantea el dilema de la mixtificación entre culturas apoyadas en la tradición y la costumbre y las que promueven la innovación como motor de la modernización, un contraste inherente a los escenarios sociales en transición.

    La instauración de la modernidad supone y propone cambios en última instancia en la propia identidad personal, construyendo un nuevo sentido del yo. Así, «la modernidad coloca al individuo frente a una compleja diversidad de elecciones y, al carecer de carácter fundacional, ofrece al mismo tiempo poca ayuda en cuanto a qué opción se habrá de escoger». Y esto en un escenario donde «las marcas puestas por la tradición están ahora en blanco», ofreciendo potencialmente la posibilidad de una planificación estratégica de la vida en función de la propia biografía personal³⁵. La modernidad, por tanto, también plantea las contradicciones de la apertura a la emancipación individual y social y el sostenimiento de identidades segregadas en función del sexo: la visibilidad del espacio doméstico en manos femeninas, brecha abierta entre la distinción público-privado, desvela los hándicaps para el modelaje de una vida propia, derecho de ciudadanía que debe ser reconocido también a las mujeres, convirtiéndose en palanca de reivindicación social.

    Con todo, el cambio social contemporáneo nos devuelve una imagen dual, donde el avance en ciertos sentidos implica retrocesos en otros. Como apostilla W. Moore, «la fase industrial de la modernización no siempre conduce a la democracia y puede seguir trayectorias que permiten el desarrollo de versiones autoritarias —fascistas y comunistas— de movilización política de las masas». A su vez, su carácter acumulativo, la rapidez de las transformaciones y las contradicciones de estas, terminan por proyectarse en la experiencia individual, afectando al desenvolvimiento de la vida cotidiana de todos y todas, configurando una medular característica del cambio social a mediados del siglo XX³⁶. En fin, «las conciencias individuales ‘internalizan’ los ‘programas’ institucionales» y «estos, a su vez, encauzan las acciones del individuo» a través de procesos múltiples que alcanzan la fusión total. A partir de aquí, las estructuras sociales se condensan en estructuras de la conciencia³⁷, alimentando, por ejemplo, el moderno sistema de relaciones de género.

    1.2. De la racionalización a la secularización

    Las bases de una nueva organización social nos remiten a estos dos fundamentos rectores. Las tesis de Tönnies, Weber o Durkheim —a través del análisis funcional de la división del trabajo— intentarán aprehender sus cimientos³⁸, y la empresa industrial, como foco de la racionalización modernizante, implementará los cambios en el trasvase del capitalismo familiar al capitalismo burocrático-gerencial³⁹. En este paraje, la racionalización como nos dirá Habermas «significa en primer lugar la ampliación de los ámbitos sociales que quedan sometidos a los criterios de la decisión racional», promoviendo la penetración de la acción instrumental que domina el mundo del trabajo industrial en otros ámbitos de la vida⁴⁰.

    Germinada bajo el sustrato de la racionalización, la burocratización introducirá ventajas pero también peligros, como alerta M. Weber. El perfil de lo que él llamó «jaula de hierro» muestra el efecto deshumanizador de los sistemas racionalizados⁴¹, de enorme significación cultural. Un terrible aparato calculador en el seno de la gran industria, se expande progresivamente a los estilos de vida de los/as trabajadores/as⁴². Su análisis acerca de las funciones específicas de la burocracia habla por sí solo⁴³. Indudablemente, unida a esa prevención de Weber se hallaba la creciente sofisticación de las herramientas de dominación y vigilancia dentro de las sociedades contemporáneas. Desde la forma directa reflejada en el panóptico de Bentham, la vigilancia se hará más sutil, imperceptible, por ejemplo, alrededor del control de la información⁴⁴. La visibilidad ahora se convierte en trampa, dibujando en su premisa extrema la pesadilla de Orwell⁴⁵. La preocupación por la expansión futura de aquella jaula de hierro se halla implícita aquí: la creciente racionalización culminaría con la dominación de todos los aspectos de la vida, hasta encerrar a la gente en «una serie de estructuras racionales y donde su única movilidad consistiría en ir de un sistema racional a otro no menos racional»⁴⁶.

    La burocracia, en última instancia, no solo controla a la gente que trabaja dentro de ellas sino que también encamina la acción de sus usuarios y usuarias, instándolos/as a que se comporten de una manera determinada⁴⁷. Qué se debe hacer y cómo hacerlo constituye la esencia del conjunto de sus técnicas. Ciertamente, el seguimiento de las normas liquida la toma de decisiones individuales y colectivas, rendida a los dictados de la jerarquía⁴⁸. Dentro de este paraje, la racionalización y la burocratización progresiva alumbra un concepto del ser humano sujeto-objeto de un conjunto de organizaciones de dominio, en el que destacan la empresa o sociedad económica y el estado o sociedad política, promoviendo una dependencia antropológica⁴⁹. El resultado se patentiza en la pérdida de la autonomía y de la capacidad de defensa de la individualidad, como nos dirá Marcuse⁵⁰. Y Friedmann concluye: «el hombre de las sociedades opulentas, capitalistas o colectivistas es el hombre modelado por el medio técnico, condicionado por las culturas de masa de las que frecuentemente solo recoge lo peor a falta de saber escoger lo mejor, el hombre replegado sobre su pequeño perseguimiento de bienestar, indiferente a los grandes problemas colectivos..., perdiendo contacto con la naturaleza, solicitado por todos los gadgets»⁵¹.

    Sentadas las premisas anteriores, la secularización alcanza el protagonismo que le confiere ser una «disposición histórica específicamente moderna»⁵². Habermas nos dirá que el diálogo entre la religión y la filosofía ha producido la apropiación por esta última de ciertas ideas capitales, secularizándolas. En ellas, sin embargo, no se ha vaciado del todo su origen religioso. Para este autor, lo dicho se hará evidente en «los conceptos de responsabilidad, autonomía y justificación, historia y memoria, reinicio, innovación y retorno, emancipación y cumplimiento, desprendimiento, interiorización y materialización, individualismo y comunidad»⁵³. En cualquier caso, la oposición tradición/modernización en buena medida puede entenderse a través del término secularización, en tanto que introduce nuevas fuentes constructoras de realidad. En su entorno, la tradición, con sus formas de conocer pre-científicas, con su temor a poderes invisibles, se enfrenta a la explicación racional, que desencanta el mundo. Para nosotras, además, este concepto ocupará un lugar central en la explicación del proceso de cambio en la España franquista, dado que la secularización incide y es a la vez producto «del desplazamiento de la política moderna desde los intereses espirituales [...] hacia los intereses materiales»⁵⁴.

    1.3. La reivindicación del sujeto femenino. La riqueza de las naciones y los capilares del progreso

    1.3.1. El debate feminista en la construcción de las identidades

    Siguiendo a Milagros Rivera⁵⁵, revisaremos aquí algunas de las reflexiones del feminismo germinado sobre el sustrato de los procesos de modernización occidental. En la base, Betty Friedan vino a poner nombre al malestar soterrado de tantas mujeres⁵⁶, en pleno desarrollo del Estado del Bienestar norteamericano. Un vacío producto de la construcción mística —o reconstrucción— de una «mujer nueva» que, tras la Segunda Guerra Mundial, «sabe apreciar la grandeza de ser esposa y madre de familia y no aspira a ser una profesional con una carrera y con ambiciones propias», participando solo de manera ocasional y subsidiaria en el mercado laboral⁵⁷. A partir de este momento, desde otras muchas perspectivas, el disfrute de un trabajo remunerado comienza a desplazarse como panacea definitiva para la consecución de igualdad de oportunidades. Antes bien, la doble presencia había generado nuevas realidades, reforzándose en muchos casos la sobrecarga de trabajo a través de la forja de la doble jornada.

    Las tesis del psicoanálisis y de una parte de la sociología bajo el paraguas del funcionalismo, seguían apuntalando la diferenciación de roles como estructura necesaria para el sostenimiento del equilibrio personal y social. Frente a ello, la pervivencia de la dicotomía privado-público, esferas opuestas y excluyentes que esconden, además, la existencia de lo doméstico como espacio para la realización de múltiples trabajos para la familia, se traza como nudo gordiano para la comprensión de las desigualdades en razón del género. Asimismo, Michelle Rosaldo, como antes lo había hecho Margaret Mead, denunciará el distinto prestigio del que gozan las actividades atribuidas a lo masculino y a lo femenino. La crítica es certera: la esfera doméstica, asociada a las mujeres, frente al mundo de los varones —el espacio público y, en gran medida, el privado—, se instituyen en universos separados tanto en lo material como en lo emocional. En el imaginario colectivo ello se traduce en una estratificación de género que atribuye diferenciados grados de relevancia social, en detrimento de lo doméstico y del sujeto que en él opera mayoritariamente.

    Desde una perspectiva antropológica, el análisis feminista se cuestionará «qué significa ser mujer, cómo varía en el tiempo y el espacio la concepción cultural de la categoría ‘mujer’, y cómo influye esa idea en la situación de las mujeres dentro de cada sociedad»⁵⁸. Partiendo de la trama de la civilización industrial, la asimetría de género se denuncia como compendio de discriminaciones estructurales en tanto «que representa la articulación de un modelo cultural, sociopolítico y normativo patriarcal, tal como ratifica la Historia y la tradición», planteando la reivindicación de nuevos sujetos femeninos que superen las coordenadas vigentes. Estas, además, excluían de la agenda pública las relaciones interpersonales, que ahora se definirán desde un punto de vista cultural e ideológico⁵⁹. «Lo personal es político» será la consigna de Kate Millet. Desde la óptica del feminismo radical, «las mujeres ya no quieren ni deben, después de milenios, insertarse como iguales en un mundo que han proyectado otros, sobre todo, porque no es gratificante participar en la gran derrota del hombre y del mundo por él proyectado»⁶⁰. Los procesos de modernización tampoco habían incorporado su voz, sus vivencias. Situar en primer plano la experiencia íntima y la autoconciencia del papel de los sujetos en las transformaciones económicas y sociales, sus condiciones e incertidumbres, cobrarán la relevancia debida y hasta ahora negada.

    Desde estas premisas, a finales de los setenta surgen las aportaciones del feminismo de la diferencia, incardinando sus reivindicaciones a la crítica al crecimiento económico sin límite. Abogando por una teorización del desarrollo más amplia, plural y sostenible, se proyecta la necesidad de un nuevo modelo de civilización. También la cuestión del reparto del poder entre los colectivos tradicionalmente excluidos cobra fuerza aquí. El feminismo marxista explicará el patriarcado como modo de producción sustentado en el trabajo doméstico, piedra de toque de «la explotación de las mujeres»⁶¹. Así, bajo el concepto «mujer» se esconden diversas situaciones, ocultas bajo una variable homogeneizadora, poco realista.

    Por su parte, el feminismo psicológico de la diferencia indagará en las cualidades que dan forma a la identidad. Esta había quedado determinada casi exclusivamente por la maternidad frente a la importancia de los condicionamientos socioeconómicos de la conciencia, tal y como subrayaba el feminismo marxista. Sumando a estas tesis las posturas del feminismo cultural aparece la síntesis: las diferencias sirven al despliegue de la estructura patriarcal, afectando «a la concepción que las mujeres poseen de sí mismas y de sus capacidades racionales y morales»⁶². El segundo sexo, publicado décadas atrás, había abierto este y otros caminos para la explicación de la subordinación femenina. La respuesta a la cuestión ¿qué significa ser mujer? se encuentra para Beauvoir, de una parte, en la categorización de la alteridad como fenómeno universal, puesto que «el hombre define a la mujer no en sí, sino en relación con él» y así ser mujer significa «ser la otra», mermando la posibilidad de adquisición de autoconciencia⁶³. Aunque, de otro lado, «descarta de raíz un esencialismo femenino que enlaza a su vez con la crítica de las ilustradas a una concepción naturalista de las mujeres, de sus atributos, defectos y virtudes»⁶⁴. Ello niega, por tanto, la existencia estática de lo femenino, enfatizando su gestación cultural, resumida en la célebre frase «no se nace mujer, se llega a serlo». En fin, la revisión de la teoría psicoanalítica encabezada por Nancy Chodorow y Carol Gilligan, enriquecerá el estudio de la identidad del yo. La escuela francesa, siguiendo a Lacan, contestará también a Freud desde la óptica estructuralista y post-estructuralista⁶⁵. Los nuevos caminos para interpretar la construcción de las identidades de género quedaban marcados indefectiblemente a partir de aquí.

    1.3.2. El reconocimiento del factor género en los procesos de desarrollo

    En síntesis, desde la teoría y la práctica, los feminismos de finales de los 50 visibilizan con fuerza inaudita el papel de las mujeres como agentes y garantes del progreso, en tanto que las relaciones patriarcales suponían su freno. Explicar la modernización implica identificar un sujeto y un indicador estratégico: el sujeto femenino y las relaciones de género. La ampliación de derechos o sus trabas, la consecución de una mayor igualdad, de una mayor autonomía, o sus contrarios, serán paulatinamente medida de los éxitos y los fracasos de la modernización económica, política y social.

    Sin embargo, en aras de una neutralidad imposible, la economía desarrollista —unidimensional y tecnocrática— obvió el papel de las relaciones de género con la consecuente marginación de las mujeres en la explicación de los procesos. Esta invisibilidad tiñe no solo las tareas reproductivas —ausentes en la baremación de la riqueza nacional— también se expande al área productiva, en su vertiente formal e informal. El acercamiento a estas situaciones marcará una cesura definitiva, en tanto que la importancia del capital humano se hace cada vez más palpable, desviando progresivamente la centralidad de las élites en favor de la acción de la población en su conjunto. Como nos dirá el propio López Rodó, el hombre, es un «factor clave del desarrollo»⁶⁶. Cómo se trazan los vínculos entre el sistema productivo y el reparto de roles, en qué condiciones se incorporan las mujeres a nuevos entramados cotidianos, cuáles son sus perfiles, más allá de la homogeneidad de la presentación del universo femenino, serán cuestiones seminales a analizar de cara a las políticas del futuro. El eco de estas premisas comienza a oírse en la España de los sesenta a través de algunos comentarios sobre la poca sensibilidad de

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