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El tío Rafael o la huida del peregrino - Silvia Molina
Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.
El tío Rafael o La huida del peregrino
Primera edición en papel: 2024
Edición ePub: marzo 2024
D.R. © 2024, Silvia Molina
D.R. © 2024,
Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.
Hermenegildo Galeana #116, Barrio del Niño Jesús,
Tlalpan, 14080, Ciudad de México, México
editorial@bonillaartigaseditores.com.mx
www.bonillaartigaseditores.com
ISBN: 978-607-8956-48-7 (impreso)
ISBN: 978-607-8956-49-4 (ePub)
ISBN: 978-607-8956-50-0 (pdf)
Cuidado editorial: Bonilla Artigas Editores
Responsable de la edición: Jorge Sánchez Casas
Diseño de portada: d.c.g. Jocelyn G. Medina
Diseño editorial: Maria L. Pons
Realización ePub: javierelo
Imagen de portada: Camino por Alfredo Just (Valencia, España, 1898-Arizona, EEUU, 1968)
Hecho en México
Contenido
Preludio
La última vez que lo vi
Refugio y Helena
Clic, clic
Siente…
La sorpresa
Primera parte
Allegro con spirito
Lo primero
Sueño
Clic, clic
Lo segundo
Algo de su familia
Primera carta: el dinero
Segunda carta: el amor
Sueño
Vuelvo a los libros
El desvelado
Clic, clic
De la infancia
Los años mozos
Sueño
Retomando sus primeros años
Clic, clic
Los primeros pasos públicos
Clic, clic
Sueño
Retrato de Rafael
Por la reforma
Sueño
Clic, clic
Tercera carta: Joven España
Segunda Parte
Adagio
París: l´amour fou
Sueño
El señor conde
París había cambiado sin él
Marburgo o la nostalgia
Sueño
La presión por el regreso
Sueño
Los años gloriosos
Las guerras
La diplomacia
La carrera
Tercera parte
Allegro gentile
México
Clic, clic
Fin de la carrera
Encore
Sobre la autora
El exilio no es una cuestión material,
es una cuestión moral. Todos los rincones
de la tierra resultan lo mismo.
Victor Hugo
Gracias, Maestro. Me inclino ante tu genio,
y saludo con mi verso nada terso
como de coplero rudo ésta tu sabiduría
de ir trocando en Universo el grano de cada día.
Coplas corridas a Rafael Sánchez Ocaña,
Juan Rejano
Para mi prima
Mercedes Oteyza,
sobrina de Rafael
Preludio
La última vez que lo vi
La última vez que vi al tío Rafael fue a mediados de septiembre de 1961. Tenía 73 años y yo cumpliría 15 en octubre. Aquella mañana no había mandado por mí:
—Si está la Dulcinea, que la cruce la mucama.
Me llamaba Dulcinea
, como lo he contado, pero una vez que me vio morder y darle de patadas a mi hermano mayor, se quedó azorado y me desconoció. Tuve que explicarle:
—Tengo a cuatro encima de mí todo el día, si no me defiendo… Noté su mirada maliciosa, pero lo había visto alterado, sorprendido de que yo pudiera ser también una fierecilla
. Me dolió su distancia temporal, porque lo quería como al abuelo que no tuve. Era cariñoso, tenía sentido del humor y me enseñaba muchas cosas: saborear platillos extraños como percebes, cocido madrileño, fabada asturiana, salmorejo, rabo de toro, pulpo a la gallega, migas… (platillos que llevaba en cazuelitas de barro de las cantinas que frecuentaba —El Puerto de Cádiz, El Gallo de Oro, el Casino Español, la Puerta del Sol, el Salón España—), tomar vino en la mesa, aprender de memoria romances —que me gustaban porque son pequeños cuentos—, poemas, versos.
Yo prefería lo triste, y eso le causaba gracia. Me aprendía más pronto lo que me daba ganas de llorar, como el Romance del Prisionero:
Que por mayo, era por mayo
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor.
Cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor…¹
Cuando mandaba por mí a la casa de la abuela y yo era más pequeña, Pastora, la mucama
, me tomaba de la mano y cruzábamos la calle. Tenía órdenes de no soltarme de la mano, y yo no hacía otra cosa más que intentarlo porque me lastimaba su fuerza.
—Soy un borreguito que se le escapa a la pastora —tiraba de ella.
—No dejaré que, por desobediente, se la coma el lobo —me apretaba con saña.
Refugio y Rafael vivían en la esquina de Morelia (90-A) y Colima, contra esquina de la casa de mi abuela materna, sonorense, Dorotea Campos de Celis, cuya casa la habían comprado sus hijos, los tres generales revolucionarios, en la colonia Roma.
El de Rafael era un departamentito de renta congelada: 90 pesos mensuales. Ni el trabajo de ir a cobrarla, ya en aquel tiempo. La construcción de los departamentos A y B había recortado el vértice de la esquina, de tal manera que las dos puertas rojas hacían un frente amplio en la acera. El A corría por Morelia y el B por Colima. Ahora esas puertas son blancas.
En la parte inferior de ambos departamentos había varias accesorias. Y un poco más allá de donde terminaba el de Rafael, estaba el Cine Morelia, donde iba a las matinées de tres películas por un solo boleto de dos pesos, con mis hermanos o primos. Dábamos mucha lata a la abuela que usaba sus tardes para remendar la ropa de los nietos que le iban cayendo por los divorcios o por tremendos. Ella los metía en cintura, pero los consentía al mismo tiempo. Así que, para entrar en el departamento que olía a un recuerdo de licor y tabaco, se subía por una escalera de granito rojo como las puertas, que tenía veintitrés escalones, con un descanso amplio y unos barandales de madera cómodos y seguros.
Ya arriba, mirabas un pasillo por el cual se repartían las habitaciones. A la izquierda, una sala pequeña y acogedora, con un sillón confortable junto al cual alumbraba la lectura del periódico o de los libros una lámpara de pie art nouveau. En las paredes colgaban fotografías de personas desconocidas para mí, qué lástima; luego venía el estudio, con las paredes atiborradas de libros, un escritorio grande lleno de papeles y una maquinota de escribir marca Corona.
Por las ventanas de ambas habitaciones se veía la casa de la abuela: como la mayoría de las casas de la colonia Roma, afrancesada, con un pórtico lleno de geranios coloridos y dos terrazas cuyas balaustradas daban a las dos calles. Cuando yo dormía ahí, por las ventanas de los cuartos veía siempre la luz del estudio de Rafael encendida, no importaba la hora. Si me levantaba al baño, sabía que Rafael no se había acostado todavía.
A la derecha del pasillo estaba el baño, amplio y soleado porque daba a un cubo de luz. Al fondo, la recámara y, si continuabas por la curva del pasillo a la derecha, encontrabas el comedor, pequeño y de finos muebles ingleses, con una vitrina llena de copas de bacará, de donde Rafael sacaba una pequeñita para darme un poco de Jerez, que me encantaba: tanto la acción como el Jerez porque en mi casa no tenía permitido beber nada más que el rompope que le ponían a mi licuado en el invierno. Me gustaban las sillas delicadas cuyo respaldo no era plano sino afiligranado; y, finalmente, la diminuta cocina por cuya puerta se subía a la azotea, donde quedaba el cuarto de servicio lleno de papeles: los archivos que desaparecieron con eficacia cuando comencé a indagar sobre él. El egoísmo de una prima me impidió el acceso a su biblioteca y a sus archivos. Fueron a dar a ella por cosas del destino.
En un cuartito contiguo a la cocina, a manera de alacena, había toda clase de cazuelitas de barro, en las que Rafael llevaba lechón, pecho de ternera, alubias, callos, chipirones y todo lo que dije antes… Refugio no cocinaba. Es obvio decirlo. Le era más fácil cruzar la calle. Llevaban una vida doméstica tranquila y hasta modesta, donde nunca faltaban el pan, el queso y el vino.
Aquella vez había atravesado sola las dos calles: soplaban los primeros vientos locos del otoño y arrastraban no sólo las hojas de los árboles del Parque Amado Nervo, frente a ambas casas, sino la tierra de su suelo reseco. Llegaba a mí en un remolino obligándome a detener la falda del vestido que volaba hacia la cara y me dañaba los ojos. Los árboles del parque se inclinaban obedientes para no caer. Y se veía una polvareda que quitaba el hipo.
Cerré los ojos, y apresurada toqué el timbre: iba a despedirme de Rafael, porque otra hermana de mi madre, diplomática, me había invitado a ir con ella a París.
Por el terregal, toqué la puerta con insistencia, hasta que Refugio abrió.
—Qué escándalo. Tu tío está enfermo.
Se dio cuenta en el acto de los remolinos y me jaló. El polvo comenzaba a entrar en el departamento como si fuera una fina lluvia de verano.
Refugio y Helena
Refugio era una mujer guapa, delgada, de ojos negros y vivos, dulces, mucho menor que Rafael. Quiero decir, realmente menor. Había nacido en 1910 y él en 1888, como decía el carné de inmigración, cuando Rafael pisó México. Es decir, le llevaba 22 años. Por cierto, me impresionó que el tío hablara francés, inglés y alemán.
En el acta de matrimonio de 1937 —que saqué del Registro Civil junto con su acta de defunción—, Rafael se quitó la edad, tal vez para no asustar más a la abuela que no quería que su hija se casara con un hombre mayor y vivido
por muy bueno que fuera.
Testigo de él fue Marcelino Domingo —a quien había conocido en Madrid allá por 1909—, domiciliado en el Hotel Regis de Paseo de la Reforma.
Por pura suerte encontré dos carnés de migración del tío Rafael. El primero decía casado y el segundo, divorciado. Y en el acta de defunción equivocaron el segundo apellido de su padre, como comprobé después.
Lo que más llamaba la atención de Refugio era su frescura, su natural elegancia. Como mi madre y su otra hermana, parecía artista de Hollywood. Es cierto que son guapas las sonorenses.
Cuando vi, tiempo después, el retrato de su primera esposa, Helena Antipoff, nacida en 1892 en Rusia, me fui para atrás. Eran muy parecidas, como gemelas, pero Refugio ofrecía una sonrisa tímida y una mirada ingenua. Helena, en cambio, envuelta en un abrigo de astracán, sostenía en la foto unos ojos profundos, maliciosos, fuertes, algo retadores. Sin duda, una mujer de carácter que había sufrido y una intelectual.
Refugio, que trabajaba en Estadísticas —lo que ahora es el Instituto Nacional de Estadística y Geografía— picando tarjetas, como mi madre y otra de sus hermanas, era una mujer inteligente pero inculta. Después se pondría un poco al corriente. Tocaba medianamente el piano, y nos entretenía, a los niños, cantando y jugando backgammon. A mí me cantaba, cuando niña, estos versitos: ¿Quién te quiere, quién te adora, quién te cortó de la rama, que no estás en tu rosal?
Una distorsión del poema Era un jardín sonriente de los hermanos Álvarez Quintero, como por casualidad descubrí un día.
La rusa Antipoff pintaba ya como un ser ávido de conocimiento. Psicóloga y pedagoga de formación universitaria en París y Suiza, donde se contactó con la Escuela de Ginebra de pedagogía progresista. Sería, ni más ni menos, quien cambió la manera de ver y entender la educación de los niños en Brasil. De la generación de Piaget, Freinet y otros maestros formados por el maestro Claparède, neurólogo, especialista en la psicología del niño y en la pedagogía experimental, y sin duda más tarde su amigo sentimental.
Durante mucho tiempo no supe quién había sido su primera esposa, hasta que encontré su nombre, en una esquela de 1917 en Internet. Daba cuenta de la muerte de Máximo, el hermano menor de Rafael, fallecido en El Pardo a los 26 años, donde la asientan entre los hermanos políticos; y a Rafael sólo le quedaban dos hermanas. Es decir, allí estaban dos cuñados y ella. Apareció sólo en una esquela, porque en las de otros periódicos fue suprimida. O no se habían casado o estaban separados, pensé. Me imagino el enredo, siendo hijo de una familia conservadora. Luego supe por qué la habían suprimido, pero lo contaré más tarde.
El gusanito de la curiosidad comenzó a inquietarme.
Cuando vi su nombre en la esquela, me puse a indagar quién habría sido y dudé al encontrarla como toda una eminencia de la educación, con una vida intensa en Brasil, donde murió. La pesquisa me llevaría más tarde a encontrar junta otra vez a la pareja. Y entendí también otras cosas que después diré.
Aquella tarde turbulenta, Refugio se veía demacrada y flacona: no podía ocultar las ojeras de noches en vela.
Subí los escalones contándolos, como siempre, aun sin proponérmelo, como si no quisiera olvidarlos. Y no los olvidé ni borré de la memoria esa tarde. Aún me veo alegre, subiéndolos con la idea de que Rafael me diera un abrazo y me dijera: Te voy a extrañar, Dulcinea
. Porque yo sí lo echaría de menos.
—Vengo a despedirme —enteré a Refugio.
—No le gustan las despedidas.
Una noche entendería por qué.
