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Quiero ser la que seré
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Quiero ser la que seré
Libro electrónico51 páginas30 minutos

Quiero ser la que seré

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Cuando María del Carmen lee o escribe cambia las letras de lugar o las confunde con otras, por eso sus maestras la regañan, pues creen que es rebelde y caprichosa. Mari relata los días de su vida cotidiana en los que, debido a su peculiaridad, se tiene que enfrentar a las burlas de los demás niños y comentarios negativos de las personas. Pero Mari no lo hace intencionalmente, sino que tiene una dificultad que no le permite leer y escribir como los demás. Ella nos relata su historia, que se desarrolla en una época en la que no se conocía la dislexia y mucho menos se sabía que necesita un tratamiento especial.
IdiomaEspañol
EditorialFondo de Cultura Económica
Fecha de lanzamiento29 jun 2017
ISBN9786071650948
Quiero ser la que seré

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    Oct 25, 2024

    Que está chido el cuento y que cuenta la vida de la escritora

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Quiero ser la que seré - Silvia Molina

Mi escuela

Tenía un portón inmenso, tan grande, que sólo abrían la puerta pequeña hecha en una de sus hojas. Me divertía pensar que de una puerta salía otra, como si fueran muñequitas rusas; o como si fuera la casa de Los tres ositos: la puerta grandota para el Papá Oso y la pequeña para el Osito.

Por ahí entraba y salía de mi escuela: el Instituto Francés.

No recuerdo si la abertura estaba en la hoja flechai izquierda o en la derecha flechad porque siempre confundí flechas un lado y el otro flechas .

Cuando comencé a escribir, era la única en el salón de clase a la que la maestra cambiaba el lápiz de mano y hacía repetir en voz alta:

De arriba a abajo;

de la izquierda a la derecha.

De arriba a abajo;

de la izquierda a la derecha.

Porque empezaba al revés que el resto de mis compañeras.

Al decir: De arriba a abajo..., no tenía ningún problema, pero cuando iba en: ...de la izquierda a la derecha, se me olvidaba flechas cuál lado era cuál flechas . Entonces, tenía que mirar de reojo a Isabel para ver cómo escribía ella, y la imitaba.

Mi escuela tenía el piso de los pasillos de mosaico. Me encantaba caminar por él porque me recordaba la casa de mi abuela.

En mi escuela había tres patios: el primero, pequeño; el segundo, mediano; y el tercero, grande (como para Los tres ositos), en ellos jugábamos a la hora del recreo las chiquillas, las medianas y las muchachas.

Tenía, además, muchos salones de clase. Nunca los conté, aunque contaba muy bien; pero debieron ser... como cincuenta.

Mi escuela, el Instituto Francés, era grande y tenía tanto prestigio que a ella íbamos muchas niñas que nada teníamos que ver con Francia ni con su cultura ni con su idioma.

Las profesoras eran religiosas, vestidas, disfrazadas, encubiertas de mujeres comunes y corrientes: sin hábito; aunque no era difícil darse cuenta de que eran religiosas, venidas

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