Voy contigo: Acompañamiento
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Voy contigo - Ángel Moreno de Buenafuente
Encrucijada
Vamos a volver al Señor,
el que nos hirió, nos vendará (Os 6,1-2).
El acompañamiento espiritual
Paradójicamente, en un tiempo en que impera el individualismo y los autodidactas, se retorna a la mediación del acompañamiento espiritual, se busca al maestro, al amigo testigo, al acompañante que pueda decir una palabra de sabiduría, o al menos sea referencia de sentido en medio de tantos impactos especulativos que intentan captar la voluntad de la persona por motivos económicos, ideológicos, políticos...
El acompañamiento espiritual es una mediación humana gratuita, favorable en un marco de libertad, empatía y trascendencia, y, si asumes su limitación, que es la de toda respuesta de quienquiera que te acompañe, te ofrece la mano tendida, la riqueza del contraste, el privilegio de expresar con palabras tu conciencia. Aunque puede afrontarse desde referencias distintas —antropológicas, psicológicas, sociológicas—, es esencial recurrir a la dimensión teologal. Así, en cualquier circunstancia te sabrás comprendido, perdonado, amado y esto sólo se da mediante la palabra sacramental o la referencia a la fe.
La experiencia te deja comprobar constantemente el límite de las respuestas humanas, sea por su temporalidad, sea por la insatisfacción que te producen, pues quien te las da parece incapaz de hacerse cargo de cuanto te sucede. Mi palabra, aunque desea mantenerse en el ámbito de tu intimidad, también tiene su limitación. La lucha que debes mantener permanentemente es para no ceder ante la tentación de escepticismo frente a todos los demás y apoyarte en la ayuda que se te da o se te ofrece para expresar tu alma, contrastar tu búsqueda y compartir tus hallazgos.
Si en algún momento acudes a la mediación del acompañamiento, no te quedes únicamente en narrar los hechos, en su posible recuerdo doloroso y humillante. Asume tu identidad de barro, reconoce tu debilidad, discierne el consejo que recibes y si la persona a quien recurres es sacerdote, ábrete a recibir el perdón y, una vez más, podrás comenzar de nuevo.
La herida que no se cura
Es posible que en algún momento, al percibir tu debilidad, sufras la tentación del desánimo y hasta sospeches que no crees, sentimientos que te insinúan de forma sutil abandonar la lucha y la instancia a cualquier mediación, aunque intuyes que, si dejaras entrar en tu corazón la insidia, iniciarías un camino desolador y destructivo. Llegas a experimentar tanta impotencia, que te parece que no hay más salida que sucumbir derrotado. Incluso, con algo de crueldad, aceptas el juicio y la condena inmisericordes de tu historia.
Es normal que te desorientes cuando, después de un tiempo, vuelves a caer en los mismos errores, al sufrir el rebrote virulento de lo que te parecía superado. No es extraño que cuando se te impone en primer plano tu pobreza, que te hace palpar lo más bajo de ti mismo y de tus heridas reabiertas, que despóticamente intentan paralizarte con el espectro de lo irremediable, te veas inclinado al desprecio, al desaliento, a la tristeza, a la huída, al abandono...
Vives circunstancias desconcertantes, en las que por un lado te asaltan desengaño, vergüenza y miedo, hasta quizá se asoma el halago del mal, y por otro, la justificación y hasta la invitación a asumir como normal lo que sabes que es dañino. En tal encrucijada, deseo ofrecerte algunas notas para tu discernimiento. Así, al menos, no te hundirás por desorientación y falta de sentido.
Te deseo que tu itinerario sea siempre un camino acompañado, aunque la compañía la experimentes únicamente en el secreto de tu corazón, que se convierta en iniciación en la sabiduría, y que mis palabras te sirvan de ayuda para comprender posibles procesos de otros que se acercan a ti.
«No juzgarás»
Si no sufres en tu propia carne el dolor de la quiebra del deseo más noble o del proyecto responsable, pero vives junto a quienes descubres débiles, no te vuelvas intransigente, ni juzgues de manera despiadada a los que pasan por el momento de creer que el mejor camino es el abandono de la lucha, la independencia de todo parámetro objetivo, el individualismo relativista, y piensan que la solución de todos sus problemas sería alcanzar algún equipamiento, mantener cierta relación afectiva, vivir con mayor libertad, consentirse lo que les dicta el sentimiento.
Bien sabes que el apremio de la conciencia asfixia, el sometimiento a las estructuras subleva, la soledad afectiva no se soporta, la inestabilidad emocional humilla, la experiencia de debilidad o necesidad no agrada y el fracaso engendra rechazo incluso hacia uno mismo.
Es posible que quien atraviesa por alguna de estas circunstancias busque la solución de sus problemas y se permita actuar sin reflexionar, y ante el tramo de soledad humana, o el sometimiento a disciplina o jerarquía, o en cualquier otra angostura, encuentre la huída de la forma de vida como algo razonable y liberador, y crea que el arreglo consiste en echarse en manos del ofrecimiento halagador más inmediato. No lo justifico, sólo te digo que no lo juzgues. Y lo mismo te digo si eres tú quien siente semejantes impulsos: no te juzgues.
Reconozco que a pesar de la comprensión o paciencia, la lógica de una salida de emergencia, avalada quizá hasta por algún dictamen profesional comprensivo, tiene el riesgo de no resolver de raíz el problema. Si no se ilumina el acontecimiento desde una perspectiva teologal y creyente, la solución no alcanza a todo el ser.
Dios no desea la destrucción de la naturaleza, no puede contradecirse a sí mismo y crear algo destinado al aniquilamiento. Él no quiere la muerte del pecador ni desprecia al que por inconsciencia o subjetivismo toma un camino diferente al de la obediencia a su llamada primera. En su bondad, cabe el ofrecimiento renovado que cambia el camino del exilio en experiencia de sabiduría, en cántico de liberación, y la prueba, en tiempo de gracia.
Ten por seguro que la plenitud posible de cada persona, su paz mayor y su felicidad máxima, dependen de la relación que mantenga con la voluntad divina. Sólo a la luz del querer de Dios y con el ser abierto a su misericordia, se encuentra el itinerario liberador por el que poco a poco se alcanza la cima de la madurez, la satisfacción íntegra, la serenidad personal. Tú puedes ser en vez de juez, mediación testimonial para que quien busca de manera equivocada la felicidad a la que toda persona está llamada reencuentre el sendero.
Tus ojos en Cristo
Aunque mis palabras se dirigen de manera especial a los que pasan por la prueba de la insatisfacción, si tú vives horas luminosas en las que la sensibilidad religiosa, la generosidad del corazón, la claridad en el discernimiento definen tu estado de ánimo, no te compares con otros. Las etapas de tu camino no tienen por qué parecerse a las de quienes van junto a ti, pero no sientas nunca desprecio hacia el que veas menos generoso y no da el salto definitivo a la radicalidad.
Pon tus ojos en Cristo, mira que va delante, Él es el único modelo en quien fijar la mirada y el único, sobre todo, por quien dejarse mirar hasta el fondo del ser. En este ejercicio también se descubre que Jesús siempre fue compasivo, animó a los débiles y perdonó a los pecadores.
No dudes en entregarte del todo. Y si nunca llegas a sentirte perfecto, es señal de que vas por buen camino.
Tentaciones
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto
para ser tentado por el diablo
(Mt 4,1).
Falsas propuestas
Para que puedas tomar la dirección adecuada, deseo trazarte un pequeño mapa en el que te señalo los lugares de riesgo en el camino. Aunque te los enumere sucesivamente, en la práctica pueden aparecer de forma simultánea, y no sólo una vez, sino de manera cíclica. Nunca se debe estar seguro de que la meta se ha alcanzado para siempre.
No creas que por poner nombre a las diferentes situaciones se resuelven, mas el principio de curación y tratamiento de una enfermedad es conocerla. Un posible error en el dictamen de la dolencia puede producir una intervención fatal o la convivencia con algo dañino.
Te describo algunas propuestas falsas que podrías escuchar en tu interior cuando percibes la debilidad, que quizá te inviten a justificar tu comportamiento o a convivir de manera fatalista contigo mismo. Ante ellas debes estar muy atento porque se presentan con gran sutileza y con piel de cordero, pero se convierten en lobos feroces que devoran lo más noble de tu identidad personal y te apartan de la vocación esencial que tienes de ser feliz, en la medida de lo posible.
La introversión
En el paso a paso de la vida ordinaria, a pesar de tener claro el horizonte al que te diriges y discernida la vocación, quizá te sobreviene el cansancio de la lucha, al no alcanzar la meta que deseas en el tiempo que te has propuesto. No se puede estar permanentemente exigiendo una respuesta heroica y ante tal impotencia, te asalta la tentación de encerrarte en ti mismo para evitar el conocimiento público de tu estado de ánimo y desafección personal.
Cuando te aíslas, aun como reacción aparentemente honrada, te apartas del designio divino, pierdes la referencia a la tierra nativa que son las manos de Dios y la Historia de Salvación concreta,
