Clara como un fantasma
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Clara como un fantasma - Alejandro von Düben
1
No es bueno despertar en tu cumpleaños y darte cuenta de que estás desapareciendo.
Así comenzó mi día.
Lo primero que hice fue quedarme en la cama con los ojos cerrados. Quería recordar mi sueño. Apreté los párpados, rebusqué en mi mente modorra y sólo di con el frío de la mañana. Me cobijé más y me esforcé menos. De cualquier modo, estaba segura que había vuelto a soñar con ella.
Últimamente había dormido poco. Más o menos tres o cuatro horas. Tenía unas ojeras enormes con las que asustaba a las chicas bonitas. Parecía mapache adicta al internet. No me importaba. Prefería comerme el día a bostezos en vez de babear la almohada toda la noche. Igual, tarde o temprano, caía rendida. Me iba al sueño como en bicicleta sin frenos y despertaba con los ojos hinchados, el alma greñuda y la mente en otra parte, en un mundo de otra galaxia.
Noté mi gran cambio un minuto después de levantarme. Estiré mi cuerpo hasta escuchar cómo tronaron mis huesitos, fui al baño, me senté en el retrete, imaginé cuántos cumpleaños lamentan las almejas islandesas, enjuagué mis manos y, al mirar hacia el espejo, vi mi reflejo empañado. Quizás el cristal estaba sucio. Lo salpiqué de agua, le pasé la manga de mi sudadera y me restregué los ojos. Ni así se me quitó la cara borrosa, como si fuera el error de un videojuego llevado a la vida real.
¿Y si a partir de ahora tenía que usar anteojos? Me agradó la idea, me vería bien con ellos. El único inconveniente era que nada más me servirían para mirarme, pues todo lo demás lo percibía en alta definición. Ni las toallas, ni los cepillos de dientes, ni siquiera la ropa que traía puesta la notaba distinta. En cambio, al echarme una mirada encima, mis ojos perdían visión. Cada parte de mi piel, afantasmada. Cada cabello, desteñido. Cada lunar, pixelado. Incluso debajo de las uñas tenía algunos borrones. Me percibía mal coloreada, poco visible. A pesar de todo, no me asusté. Creo que ni tuve tiempo.
—¡Clara, apúrale! ¿O quieres que te saquemos con el destapacaños? —gritó Aarón, mi hermano, quien por ser catorce meses más grande que yo, e ir a la universidad, creía tener el derecho al trono.
Me dejé en paz por un momento y salí. Junto a la puerta estaban él, mamá y hasta Meme, nuestro gato gris, que de meme no tenía mucho porque no era nada chistoso. La que faltaba era Luz, mi hermana mayor. Ella vendría en la noche acompañada por su marido, Luis, y Luisito, mi sobrino.
Apenas di tres pasos y bloquearon mi ruta de escape. Mamá se puso en frente con un pastel tamaño pingüino; pero no de los que caminan como si tuvieran las nalgas rozadas, sino de los empalagosos que venden en las tienditas. El pastel miniatura tenía una vela encendida. Era para festejarme. Aarón me dijo felicidades, ya estás más vieja
, y apuradísimo entró al baño. Mamá empezó a cantar:
—Éstas sooooon las mañaniiiiitas que cantaaaaba...
A una sola voz sonaba demasiado triste. Yo no la acompañaba porque ni modo que me cantara a mí misma, sería como darme un abrazo. Ni siquiera Meme maullaba por comida o por fastidio o por cualquier cosa; perdió el interés por la humanidad y mejor se fue a la cama a soñar que dormía. Y Aarón, bueno, a él de plano no lo queríamos oír porque, cuando se sienta en el retrete, siempre canta pero por donde nadie quiere oírlo, ni mucho menos olerlo. Mejor nos fuimos a la cocina. Ahí estiré mis labios a fuerzas y fingí una sonrisa en lo que mamá terminaba de avergonzarme.
—¡Que le sople! ¡Que le sople! ¡Que le...!
Me dejé llevar. Soplé y soplé y soplé como un huracán o, mejor aún, como un lobo queriendo comer cerditos. Pero antes de apagar la vela, pedí un deseo.
Ese día, en mi extraño invierno número diecisiete, mi mayor deseo fue que a ninguna persona le pasara lo mismo que a ella.
Que ni una más desapareciera.
2
El mejor momento del día fue durante el desayuno: me celebré con un plato de chilaquiles rojos con mucho queso, un bolillo y mi pastelito. Lo malo fue que apenas si disfruté la comida, pues se me hizo tarde y tuve que correr rumbo a la escuela.
Era lunes, el peor día para cumplir años.
Ni me bañé, no había ningún motivo para hacerlo, que al cabo ya no veía bien lo mugrosa que estaba. Perder mi propia imagen tenía sus ventajas. Quería encontrarle un lado positivo a lo que me ocurría, tomármelo con humor. Por ejemplo, me parecía irónico llamarme Clara y que en mi cumpleaños me hubiera despertado menos clara que antes, que perdiera mi claridad. Me convertí en un mal chiste.
Aunque no todo era risa y diversión a costa de mí, también me sentía preocupada. En mi imaginación existía la posibilidad de que ¡puf! desapareciera por arte de magia y mi ropa quedara en el suelo, incluyendo los calzones. Había un montón de dudas dando vueltas en mi cabeza. Una de ellas era si los demás, al igual que yo, notaban mi apariencia indefinida. Desde antes de irme a clases, traté de averiguarlo. Observé con mucha atención a mamá, a Aarón y a Meme para saber si me miraban de una manera distinta, si acaso eran capaces de distinguirme por completo. Cada que volteaban a verme, les leía el rostro en busca de sorpresa, de inquietud o de algún gesto extraño. Pero no encontraba nada. Ponían las mismas caras de los lunes. Mi segunda opción fue escarbar en los ojos de mamá, preguntarle si me veía algo diferente.
—¡¿Ahora qué locura te hiciste, Clara?! ¿Ya te cortaste más el cabello? ¿Qué te pusiste en la lengua? A ver, enséñame, porque esas moditas de ahora...
Tampoco. La paranoia típica de mamá seguía intacta. Era el pan de cada día. Le dije que me refería a mis ojeras y me regañó por desvelarme, aunque sin ocultar su alivio.
A Aarón de plano ni le pregunté. De haberme visto de otro modo ya se hubiera burlado. Me habría dicho que me estaba yendo a mi planeta, que era un programa mal diseñado —estudiaba informática— o me pellizcaría fuerte para saber si era real.
Y en cuanto a Meme, ni al caso. Era más indiferente que una piedra en un concierto de rock.
En pocas palabras, teníamos otro punto de vista. Me volvía menos visible y nadie, aparte de mí, tenía ojos para notar mi desaparición. Para ellos yo aún era Clara, la misma de siempre. La única diferencia era que ahora tenía diecisiete años y, sin que nadie lo notara, me estaba volviendo loca.
3
Llegué tarde a la escuela. El profesor Lunares ya había pasado lista. Me dejó entrar, pero sin ponerme asistencia. Ni modo. Le enseñé la lengua, se molestó y me dijo que sería la última en salir al receso. Era la mayor prueba de que aún no había desaparecido.
Tomé asiento en una butaca detrás de Lily y a la izquierda de Sara, mis dos mejores amigas. Se rieron por lo deslenguada que soy y murmuraron las mañanitas. También les enseñé la lengua. Después fingí prestar atención a la clase. Fingía mal porque no podía ni concentrarme. El profesor Lunares hablaba sobre... sobre... la verdad no me acuerdo sobre qué, mientras yo me miraba las manos, los brazos, las partes de piel que no quedaban cubiertas por el uniforme. Sin duda, estaba medio desvanecida, pero no lo suficiente como para atravesarme con la mirada. De hecho, seguía igual que cuando me levanté. No había ningún cambio evidente... aún. Ni para bien, ni para mal.
No sé cómo fue que nos hicimos amigas, si éramos tan distintas. Lily, por ejemplo, amaba practicar deportes y estar a la moda, lo que quiere decir que tenía un cuerpo de envidia, con miles de likes, y sabía bien cómo alimentarlo y vestirlo. Era guapa, no tanto como para volverse una celebridad, pero sí lo justo para hacer que los hombres giraran la cabeza —como la niña de El exorcista— con tal de verla. Bueno, quizás exagero. Lo cierto es que Lily deseaba ser popular y tenía el encanto para serlo, a diferencia de Sara y de mí. Además, era inteligente, pero no lo demostraba porque, según ella, no iba con su estilo.
—Lo mío —nos decía mientras se tomaba selfies guiñando un ojo o parando las nalgas— es no pensar tanto, sólo dejarme llevar.
Y vaya que lo demostraba.
Sara parecía ser su contraste. No era fea o poco atractiva, sólo bastante insegura. Se comía las uñas con un hambre llena de nervios. Aunque supiera muchas cosas, prefería no llamar la atención. Tenía fobias de todo tipo: a los payasos, a las estatuas, a los pollos vivos o rostizados, a los sabores ácidos y hasta a los ventiladores, quién sabe por qué, ni ella conocía los motivos. También era distraída como una flor creciendo en la luna, bastante tímida y la que menos participaba
