Fútbol, goles y girasoles
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Así, estas historias nos presentan a un portero que sigue tapando incluso después de quedarse ciego; un hombre que viene de un país formado por una cancha de fútbol, un niño que conoce al Pibe y otro que conoce al Tino; un chico que se enamora de una hincha de un equipo contrario, otro que desea ser árbitro…
Estas y otras historias conforman este homenaje de Jairo Aníbal al deporte que mueve los corazones de aficionados de todo el mundo, con poesía, ingenio y, sobre todo, mucha pasión.
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Fútbol, goles y girasoles - Jairo Aníbal Niño
Contenido
El crack
Arte mágica
Franciscana
Perseguidores
De nación
Domínica
El equipo de fútbol más malo del mundo
Los hinchas
La camiseta
Hermanal
La Copa Universal
Los dinosaurios
El árbitro
El guardameta
El ángel
Sinfonía del fútbol
La estrella
Correverás
Abendmusik
Historia
El crack
El estadio, desde hace un par de semanas, no tiene nada que hacer. El campeonato nacional de fútbol ha terminado y se reanudará después de la pausa que imponen las festividades de fin de año. El estadio está solo y nada es más solo que un estadio solo.
El viento es un recuerdo lejano de la voz de los hinchas, y empieza a caer una llovizna que cala los huesos, similar a la lluvia que recorre las manos de un portero ante la inminencia del trueno terrible que súbitamente estalla desde el punto del tiro penalti.
De manera extraña, la solitaria figura de un hombre ocupa un lugar en la tribuna. Y nada es más solo en un estadio solo que un hombre solo.
La soledad la rompe otra figura que aparece en la parte baja del estadio. Es un joven. Pasea su mirada a lo largo y ancho de la cancha. En la portería norte han florecido los dientes de león. Las florecillas amarillas parecen solecitos celebrando un gol. El joven descubre al hombre lejano de la tribuna. Sube ágilmente los escalones. De repente se detiene tocado por un extraño temblor.
El hombre sentado es el Pibe Valderrama. La melena rubia del legendario jugador ha cambiado con el paso del tiempo. Ahora es de un brillante color blanco. El futbolista acaba de cumplir setenta y tres años de edad. El joven lentamente se le acerca y se sienta a su lado. La llovizna ha cesado. El Pibe Valderrama no aparta sus ojos de la cancha.
—Pibe —dice el joven—, ¿qué hace aquí, solo, a esta hora, en el estadio?
—Juego. Juego al fútbol —exclama el Pibe Valderrama.
Arte mágica
—¿Usted ha visto una alfombra mágica? —le preguntó Aladino al camellero.
—No. No la he visto.
—¿Alguien ha visto una alfombra mágica recientemente? —preguntó Aladino a los habitantes de una aldea situada en lo alto de las rocas.
—No, no la hemos visto —contestaron los aldeanos.
Aladino continuó su marcha. Estaba desconsolado. La alfombra mágica no solo era un medio de transporte sino un lugar al que llegaban fácilmente los sueños y en el que el corazón era una estrella en las manos del tiempo. En la alfombra el aire creaba un tejido de ilusiones, un territorio para echar a rodos la alegría. Allí, el cuerpo se encontraba de manos a boca con movimientos sabios pertenecientes a la danza. Aladino no se conformaba con su pérdida. Su ausencia no solo lo afectaba a él, sino que estaba convencido de que era una pérdida para todos los seres humanos. Aladino no canceló jamás la búsqueda de la alfombra voladora. Tiempo después llegó a una gran ciudad y, al doblar una esquina, se encontró con un niño.
—¿Usted ha visto recientemente una alfombra mágica? —le preguntó Aladino.
—Sí, la he visto —dijo el niño.
—¿Y en qué lugar se encuentra? —preguntó Aladino con ansiedad.
—Está muy cerca de aquí —explicó el niño.
—Por favor, lléveme a ese sitio —rogó Aladino.
El niño guió al viajero a través de las calles y finalmente llegaron frente a una edificación enorme.
—Ahí adentro está la alfombra mágica —dijo el niño.
Aladino y su acompañante penetraron en el lugar. Subieron por unas anchas escaleras y desembocaron ante un paisaje que parecía la sala de recibo del sol. Toda la luz cantaba en el aire.
—Ahí está —dijo el niño.
Aladino sonrió y no pudo contener las lágrimas de su alegría, al contemplar la enorme alfombra de intenso color verde. La alfombra había crecido. Ahora era una mágica cancha de fútbol.
Franciscana
Dicen que cuando san Francisco —en su humildad y en su sabiduría— inventó la pelota de trapo, la chutó con
