Quadrivium: Ii Premio Internacional De Novela Nuevo León 1989
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Una novela neobarroca que sumerge al lector en un vórtice espejeante y surrealista, donde la búsqueda de una meta idealizada con frecuencia se convierte en un espejismo. Las cuatro protagonistas, Li-Tzu, Candy Slice, Dhalia Meanor y Adela Carroza ansiosamente aguardan la llegada de Mr. Ioso, el griego que completará sus sueños.
Es durante esta ansiosa espera que cuentan la historia de sus vidas turbulentas, casi siempre distorsionadas por el deseo, la ambición, o la venganza.
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Quadrivium - Carlos Rubio Albet
Primera edición: 1990
Ediciones Castillo S.A. de C.V.
Monterrey, México
ISBN: 968-6635-20-3
Copyright © 2006 by Carlos Rubio Albet.
All rights reserved. No part of this book may be reproduced or transmitted in any form or by any means, electronic or mechanical, including photocopying, recording, or by any information storage and retrieval system, without permission in writing from the copyright owner.
This is a work of fiction. Names, characters, places and incidents either are the product of the author’s imagination or are used fictitiously, and any resemblance to any actual persons, living or dead, events, or locales is entirely coincidental.
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Xlibris Corporation
1-888-795-4274
www.Xlibris.com
36559
Contents
MOTHERS’ DAY
WAITING FOR MAO
TRICK (F)OR TREAT
MEIN KAMPF
¡VIVA FIDEL!
PIÑA COLADA BLUES
Endotes
A Marisa
MOTHERS’ DAY
Alabardas áureas, halcones de plomo, llovizna de lava. Como tarralí la buscan, la cubren, la envuelven en olas alucinantes hasta clavarla en el fondo caluroso, reflejarla —temblante— sobre el mar: espejo travieso de casa de diversiones.
Abajo: zarpan, raudos —escurridizas líneas espumosas— en el agua de la bahía los primeros veleros del día.
Ya brillan, relucen en el esplendor del amanecer tropical los edificios anclados al pie de la bahía. Pasan Porsches zigzagueantes en el tráfico lento de la autopista; camiones repletos de cerveza importada; motonetas chirriantes bajo el peso de adolescentes hirsutos —estilo punk— de oreja perforada; turistas canadienses rumbo a la playa.
Ascienden lentamente, en vaharadas cada vez más concentradas, las emanaciones nocivas de los tubos de escape del tráfico anudado gordianamente en las rampas de salida, los sonidos de mil radios estridentemente bilingües, el súbito alarido de un locutor que anuncia a toda voz el próximo baile en el country club: WQBA, la cubanísima.
Miami despierta.
Se singularizan sin dificultad, en la media luna de la bahía de Biscayne, dos edificios: el de Bacardí, con sus excelentes mosaicos de colores exuberantes, que manifiestan plenamente las latitudes semitropicales donde se encuentra emplazado. Como contrapunto el Omni, oscuro, tétrico en comparación, como un siniestro ataúd verticalizado por fuerzas foráneas y bruscamente empotrado sobre la hirviente arena coralina. Se elevan sin interrupción, de los cimientos a la azotea, planchas de cristales azogados por el lado que da al mar.
En el lobby, exhalando suspiros de placer al percibir sobre el cuerpo la bocanada de aire acondicionado que se mantiene día y noche a un nivel casi polar, unos se escurren presurosos en las exclusivas boutiques que ocupan la planta baja; otros se pierden en los ascensores de acero niquelado que horadan incesantemente las entrañas del edificio para conducirlos a otras tiendas casi inaccesibles y obscenamente caras, a salones privados permanentemente arrendados por ausentes millonarios tejanos, potentados árabes con un sobreexceso de petrodólares o colombianos sonrientes de riquezas adquiridas por su asociación con Blancanieves.
Ya penetran en el bar que domina todo el paisaje, desde el penthouse, los puntos ojerosos y sin afeitar para inaugurar el día con un bloody mary que les alivie la resaca producto de los excesos de la noche anterior.
Continúa el ajetreo alocado, el sube y baja desquiciado, con bostezada regularidad.
A un suite particular en el décimo piso, cuya pared mayor —cristal ahumado y acero inoxidable— absorbe enteramente la bahía, enmarcándola nítidamente en pesados y tupidos cortinajes de terciopelo azul Prusia, se abre el elevador destinado a los V.I.P.s.
QUADRIVIUM CRIOLLO
Se precisan, alrededor de una mesa ovalada, demasiado suntuosa para ser cotidiana, las cuatro elegidas. Coinciden, como si sus destinos imantados —tributarios de un mismo río— confluyeran en el estuario de la mesa, de la cubeta helada donde queda atascada la botella de champán importado rodeada de amplias bandejas de un cristal muy facetado —baccarat— y repletas de hors d’oeuvres y de caviar Beluga.
Sujeta al cuello de la botella, con una cinta de seda azul pálido, una tarjeta:
Welcome to Miami
Make yourselves at home
Mr. Ioso
36559-RUBI-layout.pdf(Alguien —probablemente Miss Ann Thrope— pone en marcha el estéreo que deja escapar una música salpicada de cencerros, timbales y un piano martillante con un güiro de fondo.
Las cuatro, con las copas en alto, de inmediato se incorporan al repiqueteo y marcan el ritmo con los pies, con las caderas desenfrenadas, con las manos que sostienen las copas de champán. Alguien —probablemente Miss Carriage— da un tropezón con la pata de la mesa y salpica la alfombra. Todas ríen.)
(Desde el fondo del apartamento se escucha el zumbido de un abejorro enloquecido.
Cesa la conversación.
Tan repentinamente como había comenzado, el ronroneo desaparece.
Sonriente, con una bandeja en la mano —la cabellera platinada, al pasar por frente al ventanal abierto, devuelve destellos que subrayan la piel de ébano— aparece Miss Ann Thrope.)
(Sobre una mesa de plexiglass, Miss Ann Thrope deposita la bandeja cargada de daiquiríes. En sillas de niquelada armadura tubular, con asientos de lona tricolor, se acomodan.
Los vasos helados de daiquirí, al ponerse en contacto con la atmósfera cálida, ya cargada de humedad, chorrean riachuelos que, al llegar a la superficie de la mesa, engendran charquillos lacustres que a la postre encuentran, por entre el plexiglass y el metal niquelado, una ranura por donde gotear lentamente sobre el piso de mosaicos italianos de la terraza soleada. Beben satisfechas.)
a eternidad no probaba nada así. ¡Imagínense! Lo único que se consigue en esa isla, si se tiene suerte o un marinovio en el partido, es una botella de vodka ruso. ¡Peor que el aguarrás!
(El sol ascendiente, conspirando lentamente con los vahos etílicos del Bacardí que van ingiriendo, engendra unas esférulas ínfimas de sudor que se manifiestan en las frentes de las bacantes. Se conjugan a medida que la ringlera de daiquiríes se va haciendo más vertiginosa, más frecuentes las libaciones escarchadas, en gruesos goterones.)
(Abandonan, después de diezmarlos rápidamente, los vasos sobre la superficie de plexiglass. Por la puerta corrediza, desaparecen.
Desde el fondo del apartamento se oyen las risotadas aguijoneadas por los espíritus del Bacardí.)
TRUE CONFESSIONS BY THE POOL SIDE
(Agua clorinada; chapoteo juguetón; sombrillas coloridas; sillas de lona.
Aroma a Coppertone.
Ir y venir, incesante, de empleados uniformados portando bandejas repletas de tragos gélidos destinados a los bañistas que dividen el tiempo entre la piscina y las sillas de tomar el sol.
Bajo una sombrilla de rayas multicolores, sentadas alrededor de una mesa y en bikini, cuatro figuras.)
(Aparece, meloso, como un genio extraído de una lámpara mágica frotada por la mano conminante de Miss Carriage, un empleado del hotel.
No leen el menú.
Todas piden lo mismo, para que sea más rápido.
El camarero se aleja, presuroso, por entre las filas de sillas que sostienen cuerpos expuestos, lentamente bronceándose bajo el sol miamense de las dos.)
(El camarero, con el saco rayado, aparece de nuevo, ahora jadeante a causa del calor y el peso de la enorme bandeja donde se precisan variadas escudillas repletas de botanas, frascos de salsas picantes y unos cubalibres preparados en vasos altos y delgados, como canutos de bambú y con una rodajita de limón insertada en el borde chorreante.)
36559-RUBI-layout.pdf36559-RUBI-layout.pdf36559-RUBI-layout.pdf36559-RUBI-layout.pdf36559-RUBI-layout.pdf(Hacen una pausa en la conversación; ahondan en las botanas y en los recuerdos y después se apoderan de los cubalibres. Sobre el cenicero, a medio consumir, cigarrillos humeantes.)
36559-RUBI-layout.pdf(Se ríen; beben; atacan las botanas.
Al unísono, se ponen de pie.
Apagan los cigarrillos. Con el trago en la mano, entran en la piscina.
Chapotean ruidosamente, eructan, ríen de nuevo.
El camarero se acerca. Alzan los brazos, enseñando los vasos vacíos.)
36559-RUBI-layout.pdfWAITING FOR MAO
Alabardas áureas, halcones de plomo, llovizna de lava, nubes de ceniza. Como tarralí la buscan, la cubren, la envuelven en olas alucinantes hasta clavarla en el fondo montañoso, reflejarla —temblante— sobre el mar: espejo travieso de casa de diversiones.
Abajo: ir y venir de juncos y sampanes que, sobre el agua tábida de la bahía, se deslizan perezosos.
Las magañas gigantescas vibran, se expanden con una silente explosión humana: sucedio, gesticulaciones, tempranos malentendidos.
Sube, con el bochorno amaneciente, un vaho mareante en crecientes espirales.
Hong Kong despierta.
Close up: Aeropuerto de Kai Tak, cementerio chino, puerto de Aberdeen, mercado de Shep Kip Mei.
Nos acercamos aún más. Frente al Hong Kong Cricket Club, etérea, la encontramos.
De las sombras artificiales —vestido buriel, burchaca con iniciales repujadas— como una tatagua que pretendiera esquivar los dardos áureos, adargar las pupilas dilatadas por la noche perpetua del local, emerge: a typical case of acute photophobia.
Se coloca los calovares cuyos lentes ciñen incontables e ínfimas perlillas apócrifas.
Por supuesto, no es otra que Li-Tzu, prestidigitadora de renombre, experta en el Ho-Ku oriental instantáneo y traficante de opio part time.
Otra fugitiva de la China de Mao.
Mueve la cabeza de un lado a otro —un buzo que se dispone a sumergirse— otea, se alisa el pelo enmarañado con las uñas.
Escupe.
Extrae, del balsopeto repujado, una boquilla de carey de exagerada longura. Le inserta, delicadamente, el cilindrillo nicociano. Haciendo equilibrio sobre la pierna izquierda, alza el tacón derecho.
Enciende el fósforo.
Inhala; cierra los ojos. Exhala suavemente en el aire de la mañana.
Se pone en marcha.
Camina con los ojos semicerrados, como si desempeñara la requisa inescrutable de un sonámbulo alucinado. La punta flamígera del pitillo la guía, previene una tabalada solapada en la resbaladiza proliferación lucífuga de la mañana.
Remeda, con la boquilla en la mano, una cerofararia anacrónica con un cadre accidentado.
Verdín encendido: rueda una bola/risas/gritos infantiles.
En la calle: explosión de motonetas con escape directo; autobuses chirriantes… los olores de la ciudad la guían, la arrastran como una inexorable resaca hasta llegar a la playa colorinesca, bulliciosa —y, a veces, lunfardesca— que es el mercado al aire libre de Shep Kip Mei.
Abre los ojos.
Ánades en conserva; peces y serpientes disecados; cermeñas importadas; cintas pendientes que estallan con un vociferío de colores estridentes; cajones de naranjas —orbes áureos— que compiten con el sol en su derrochada brillantez mañanera.
Se le hace la boca agua ante la cuchipanda arrogante, estruendosa, que se despliega sin inhibiciones en el mercadillo hongkonero.
Ya se prepara a escamotear el desayuno: sus ojos semicerrados dan acceso a la luz al concentrarse en unos huevos con varios años de antigüedad. Con pasos fluidos, como si flotara —o, mejor, como si se deslizara sobre un hielo inexistente— se acerca al kiosco que con ademanes adélficos rige —un pachá en su bajalato— un soporoso mercader cuya fláccida corporalidad parece rodar calle abajo por entre la bahorrina que se conjuga en colinillas fétidas a ambos lados de la avenida.
Súbitamente, al precisar a Li-Tzu —un latigazo neurálgico le corrige los humores— recobra su solidez, rebota, cuaja con una sonrisa prête à porter frente al tabaque mayor al mismo tiempo que lanza el "¡Ni-hao!" de rigor.
Pero Li-Tzu ya conoce la engañifa del rotundo balandrón. Lo había visto rebotar en la balumba basurera, saltar como un saltimbanqui al divisar el punto, coincidir con el reverberante foco frutal.
Da un zapatazo.
Vuelve a escupir.
Con la boquilla —la empuña como un cetro real— señala hacia la fruta que sonríe bajo el sol cegante.
Las palabras del baldragas —peces muertos sobre la arena— rebotan en sus oídos. No son importantes.
Gesticula —las greñas en desorden—, finge una indignación que no siente, vuelve a señalar la fruta con la boquilla.
El comerciante rota, toma una de las frutillas para mejor exaltar sus cualidades.
Y, claro, es éste el momento que aguarda la taimada. Con un movimiento que de estudiado se hace imperceptible escamotea las codiciadas ovas mientras que, con un chasquido de los dedos, libera una calinilla encubridora que momentáneamente ocluye el campo visual del amorfo buhonero.
Dejando atrás al pedigón, rauda, con la misma ligereza con que había arribado se desplaza hasta confundirse con la invariada albórbola del gentío.
Ya en posesión del tesoro, marcha hacia Shep Kip Mei.
Se divisan, súbitamente subrayados por el rojo explosivo de los ladrillos, los cuadrículos blancuzcos. Penden, de los balcones metálicos, tendederas con incontables e inverosímiles artículos —miriñaques; calzones; blusas de colores estrepitosos—, tiestos con plantas exóticas, gatos barcinos y uno que otro garzón momentáneamente descuidado por una abuela dormitante.
De soslayo se acerca a la magaña de hormigón, de desliza oblicuamente para no ser vista por los niños que acosan las aperturas del edificio. Con la mano libre se ajusta los calovares.
Pero todo en vano.
Ya el vociferío chillante de la muchachada se acerca, exigiendo una recompensa, un botín antes de dejarla pasar: quieren un truco. Ve, a través de los lentes ahumados, de las pupilas dilatadas, las imágenes infantiles precipitarse sobre ella: incontenible catarata juvenil.
Queda rodeada.
¡Cómo joden!
, piensa. Todas las mañanas es igual: salida del club; desayuno escamoteado; invasión infantil. En esto último siempre falla. Tienen todas las puertas cubiertas. Y, en los balcones, centinelas como francotiradores solapados siempre dispuestos a precipitar una fulmínea e inesperada descarga.
Accede.
Con un movimiento imperceptible, como si subrayara una frase invisible o cortara una media luna, extrae una pañoleta colorinesca del bolso.
Rota, súbitamente decapita el momento, trunca la imagen y la troca por un ramillete de flores artificiales que arroja al grupillo chillante: se abalanzan; empujan; gatean para tomar posesión de la impostura floral.
Por la grieta del instante se escapa, aprovecha para escurrirse por la puerta entreabierta donde ya rondan las viejas con el primer chisme del día a flor de labios.
Mano/bolso/llave/cerradura.
Entra.
En un rincón, entre marchitas y pálidas ofrendas, languidece un Buda de plástico.
Un camastro. Una mesa de formica. Sillas de mimbre. Sobre el mantel de fineta: un florero vacío.
Momentáneamente añora un baño particular, más espacio. Tal vez un apartamento en Wam Sham.
En una silla, se desploma. Saca los huevos que restara al fláccido comerciante.
Enciende un Chunghua.
A los labios le aflora una sonrisa: recuerda la befa de que hiciera víctima al craso y escrofuloso hafiz frutal.
Ya con una adefagía incontenible se incorpora los huevos que acompaña con una copita de mao-tai.
Penetra, por la ventana abierta, el vociferío de la primera trifulca vecinera. Claro, con tanto calor —para mayor comodidad— pelean en el balcón.
Pasa un jet.
El sonido anula las últimas palabras injuriantes, cancela momentáneamente el último chillido, como si una invisible y bondadosa mano hubiera abruptamente taponado la boca con cera. Se levanta: enciende el ventilador.
Con el mismo ademán con que materializara el manojo de flores hace descender la cortinilla de abalorios que obtura la puerta que da al balcón.
Se desnuda. Sobre una silla, tira el vestido.
Cae, crujiente, sobre el camastro.
Apaga los ojos.
* * *
. . . se desplaza, por entre las plantas colgantes del balconcillo, el maligno: sandalias, pantalones ceñidos de un gris severo, camisa negra. La cara: un demonio del teatro chino.
En la mano esplende la hoja del puñal.
Con el antebrazo separa las mostacillas. Penetra. Se detiene, otea, produce un incensario. De los labios crueles le brota una sentencia —¿una plegaria?— mientras se acerca a la durmiente con el puñal en alto. Parece ejecutar una danza muy antigua, de antemano ensayada para la ocasión. El cuarto se va llenando del humillo que remeda las ofrendas votivas —joss sticks— en un templo budista.
A medida que la silente danza recorre su progresión, desenrosca sus voluptuosos anillos humeantes, la cautiva de las volutas —su descanso interrumpido— cabecea, mueve los brazos como si quisiera disolver el conjuro que el perverso ya concluye.
Sobre una mesilla descansa el incensario. En la artificiosa calinilla reluce el jifero. Doblando las rodillas ligeramente, como si hiciera una genuflexión ante el altar del dios a quien hace la ofrenda. Ya se prepara a saltar, a hundir la hoja chorreante de luz.
Alza el brazo; el puñal corta el humo. Encuentra la meta… un grito entrecortado, un manchón escarlata sobre el pecho.
La explosión del tiesto floral…
. . . la explosión del tiesto floral, al caer sobre el piso del balcón, la devuelve al mundo. Acto seguido se oye la cachetada resonante, el grito ahogado, el llanto: típicos sonidos vesperales.
De un salto se incorpora. Repliega la cortinilla. Los garzones han desaparecido. Todo lo que queda ahora es la silueta de la ciudad tachonada de incontables ojos ciegos y multicolores que guiñan constantemente.
Del tacón hueco de una
