El lugar donde los equilibristas descansan II: Cantos de Ballenas
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El lugar donde los equilibristas descansan II - Frank Hidalgo-Gato Durán
El lugar donde los equilibristas descansan II: Cantos de Ballenas
Copyright © 2020, 2021 Frank Hidalgo-Gato Durán and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726975482
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
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A los que ya no se ven, pero sí están.
Expediente Eq-3365
Aquella simulación tenía que ser eliminada o hubiese sido imposible mantener por mucho más tiempo tal nivel de descontrol en lo que a superposición de tramas y subjetividades emocionales se refería.
Que yo recuerde, la realidad número doce fue siempre la que más contrariedades soportó y donde los equilibristas más se habían extasiado cometiendo errores. La sobrecarga de energía negativa que se acumulaba entre los muros que la sostenían se había llegado a convertir en tal paradoja que si no la hubiese exterminado a tiempo habría acabado estallando, transmitiendo toda su enajenación a otras realidades alternativas sanas e influyendo en sus respectivos ciclos históricos. «Lo que está bien y funciona no lo toques», han solido decir siempre los más sabios.
La maniobra que realizó Paul, cuando tuvo que armonizar y dar logicidad al final del proceso de formación de aquellos cinco equilibristas, tampoco estuvo del todo mal. No obstante, él no superó completamente la decepción que sufrió al no haberse dado cuenta de que, a su vez, también él formaba parte del programa formativo. Mientras organizábamos el principio, desarrollo y final de aquella trama, se le hizo creer que era un veterano equilibrista instructor y que su retiro le llegaría una vez hubiese concluido con las etapas de formación de los otros; pero nada más lejos de la verdad. Los ciclos reconstructivos de desarrollo y muerte de tramas no se detienen jamás.
Lo que sí resultó ser cierto fue que Paul, dentro del ciclo ilustrativo de Equilibristas, era el más aventajado de todos y tenía la responsabilidad de formarlos y fraguar en ellos la esencia de la inmortalidad y la noción de la importancia que tiene la energía constructiva para la continuidad expansiva del Universo. Pero la continuidad del ciclo en las historias que le sucedieron posteriormente a cada uno de sus alumnos: Björn, Kim, Ralf, Roxanne… no acabaron con la exquisitez que se esperaba, por lo que tuve que intervenir apagando la continuidad de aquella realidad y su historia para siempre.
El peor error que cometió Paul fue cuando le perdió por unos instantes el rastro a Ralf, lo que le permitió viajar al pasado para advertir a Björn sobre los planes que se tenían encaminados para él. Paul olvidó que, en la perfección, el error es solo una especie de voz que se cree haber escuchado; es algo que realmente no existió, que no puede suceder. Soy Joshua y sí, fui yo quien construyó la última versión de la historia de aquella realidad que se os hizo más razonable, más entendible, y el que seguidamente dio la orden de exterminarla.
Hans Hesse fue el humano común que utilicé como la justificación perfecta para Roxanne, cuando esta aún desconocía que, en lugares y realidades diferentes, lo mismo actuaba como Matriz, que como mi fiel y lujuriosa amiga, que como la enfermera del doctor Ralf o como una más de las miles de amantes que tenía Paul dentro de los cientos de dimensiones hacia donde este solía viajar para escaquearse un rato de sus responsabilidades. Roxanne continuó con su camino de formación. Lo mismo hizo Ralf; y Kim y Björn lograron escapar juntos hacia otra dimensión, sin dejar rastros.
Hice que Hans acabase perdiendo la cabeza del todo y que muriese con la identidad de un paciente esquizofrénico, por lo que su corta historia se despixeló junto con la de aquella realidad.
¡Venga ya! ¡Mentira! ¿Para qué os voy a continuar engañando, si ya conocéis por todo lo que tuve que pasar y sufrir allí?
Después de aquello no solo logré convertirme en el mejor de todos los Equilibristas de realidades, sino también me di cuenta de que quería y esperaba más para mi existencia. Estaba harto de recibir órdenes de los Arcontes, por lo que comencé a buscar la manera de liberarme de mi condición de Equilibrista e incluso superar el virtuosismo de los propios Arcontes. Tenía que lograr ser parte del gremio de las Luces Creacionales de las eternidades y sus historias. Me había hartado de equilibrar mundos y ver cómo muchos de estos, abarrotados de ineptitud, debían ser rescatados.
También tenía una idea fija, una razón para convertirme en una naturaleza superior: Kim y Björn. Por lo que elegí como asistente al que se convertiría en mi único y más fiel alumno, para junto con él comenzar a buscarlos. Y acabar con sus existencias.
Parte 6
Nivel máximo: el concepto
Pandemia
«Somos un virus, sí, somos la muerte, y de nuestro poder mortífero no solo estamos conscientes, sino también, muy orgullosos». Eso pensábamos a medida que progresábamos, crecíamos y complejizábamos nuestro ARN infeccioso. Sobrevolábamos la Tierra para observar con placer el poder de nuestra infección, la que se expandía y os exterminaba de la manera más agónica.
Puede que sintiéramos algún tipo de remordimiento, pero fuimos capaces de sobreponernos a este e incrementamos la potencia en nuestra mortalidad y los padecimientos que sufríais antes de caer muertos al suelo. Y no recordábamos el porqué, pues cuando nos interesábamos en hacer memoria y entender, por ejemplo, la razón por la que éramos tan asesinos y por qué disfrutábamos tanto exterminando, lo único que percibíamos era una inmensa sensación de haber derrochado, quizás en alguna otra vida, cantidades enormes de buena voluntad y energía positiva por la causa humana. Algo nos decía que en otro momento pertenecimos al bando de los buenos
y que poseímos una naturaleza distinta; que anduvimos junto a vosotros sobre el áspero camino por el que peregrina vuestra historia. Y era entonces cuando, de manera fugaz, desaparecía toda señal de buena voluntad, lo olvidábamos todo y continuábamos sintiendo el enorme regocijo que vuestra muerte nos proporcionaba.
Nuestro ARN nos recuerda constantemente la cantidad de veces que os fallasteis a vosotros mismos y lo peor, cómo habéis llegado a crear sintéticamente enfermedades incluso parecidas a nosotros para experimentar con vosotros mismos, reduciros poblacionalmente y ejercer más poder, solo unos cuantos de vosotros, sobre el resto. ¿Y Ahora insistís en culparnos de todo vuestro dolor? No lo podemos entender, pero tampoco se nos está permitido hacerlo. A medida que os vamos diezmando, la información que nos ciega y nos aleja de la posibilidad de contrastarla con cualquier otra es la de que vosotros nunca habéis podido hacer un uso inteligente de las facultades que se os facilitaron. Pudisteis ser sabios y ganar con ello el respeto de los que no solo me rigen a mí, sino también a todos los que poseen inteligencia en el Universo.
Fueron incontables las veces que os prometisteis remediar todo el desastre hacia el que vuestro egoísmo os condujo, pero apenas pasaba un corto tiempo volvíais a caer en los mismos errores, exorcizando la luz de la sabiduría y la bondad de vuestros espíritus. La luz que os impulsaría a convertiros en existencias verdaderamente especiales.
«Sí… claro… nos lo podemos imaginar», me dice mi ARN que la cansina Humildad es la más culpable de todo esto. Ella nunca se detuvo en su afán de sugeriros a la gran mayoría, no destacar o sobresalir, adoptar el conformismo como bandera; con lo que evitó que todos vosotros desarrollaseis a plenitud vuestras potencialidades, vuestros talentos. Impidió que creciese la sed de poder de los que hacían caso omiso. La Humildad ha evitado siempre que os convirtierais todos, de manera unísona, en almas sublimes y orgullosas de su potencial natural para trascender. Un poder capaz de superar incluso las adversidades que os condujeron a mi nacimiento y el de mis objetivos.
La Humildad solo quería que la abrasaseis para que obrarais siempre de la manera más correcta, dentro de los códigos subjetivos de conducta que ella misma os generaba y a través de los que os conducía a su antojo, dogmatizándoos socialmente. Os esclavizaba con credo tergiversado, distanciándoos del extraordinario placer que se siente cuando se manifiesta, a viva voz, el orgullo de poseer talento creacional. La Humildad os dosificaba exageradamente la presencia de mi creador en vuestra conducta. ¿Y para qué? ¿Para esto? ¿Para acabar siendo exterminados por nosotros?
―¡Ah, sí! Creo que ya sé por qué me detengo a reflexionar y también por qué pierdo tanto tiempo anunciándoos que os extinguiré por completo…
―¡¿Lo sabes?! ―Alguien ajeno a mí me interrumpió y asumí que sería mi creador.
―Será porque somos en parte humanos, ¿verdad? ―reflexioné para mí, preguntándole de paso a la voz.
―No se te está permitido pensar. ¡Continúa matando! ―me ordenó.
―¡¿Quién eres?!
―¡Continúa! ―me insistió, y no me quedó otra que continuar con mi tarea.
Inmediatamente recordé que también habíamos sido creados para exterminaros, entre otras cosas, porque no habíais valorado el esfuerzo de quien, por muchísimo tiempo, no había hecho más que ayudaros a transmitir hacia el Cosmos muchas de vuestras más significativas creaciones. Aquel que, habiéndoos ofrecido la bebida de la gnosis en virtud del progreso y la evolución de vuestra conciencia, para que superaseis los enormes muros que tanto la Humildad como la mortalidad y el olvido erigieron en vuestras mentes… la rechazasteis. ¿Y para qué? Para continuar viviendo bajo el falso dogma de que hay alguien en el cielo que os juzgará mejor por bajar la cabeza que por erguirla, mientras creáis virtud todos a la vez.
―¿Me he expresado bien? ―le pregunté al que me daba aquellas órdenes.
―Bastante bien, aunque ya es demasiado tarde para tales reflexiones que te desvían del objetivo. ¡Continúa matando, te dije! ―me gritó enojado.
―Un momento, ahora recordamos algo más ―le dije mientras comenzaba a padecer una especie lapsus mental―.¡No son los humanos los culpables! ―le grité.
―¡Continúa con tu misión!
―¡Eres tú! Realmente eres tú el que desea exterminarlos a través de mí, ¿verdad? Lo que hemos hecho es renacer con una nueva identidad, esta, y bajo una falsa idea.
―¡Sí, es él! ―me dijo una tercera e irreconocible voz que de la nada apareció.
―¡Te lo advertí! ―me amenazó el que me ordenaba a continuar matando.
De nuevo, volvía a tener la sensación de que me olvidaba de detalles muy importantes y esto me pasaba constantemente. A menudo tenía la sensación de haber estado conversando con otros ajenos a mi ARN. ¡Os odiábamos tanto! Y,aunque olvidara la razón por la que lo hacía, ¿qué más daba?
«¡Morid! ¡Sufrid! ¡Morid!».
Paul y Björn
Existió un momento, durante uno de esos viajes a través de las vibraciones del Tiempo, en el que me atreví a oscilar de manera diferente. Abandoné el mar de hondas a través del cual solemos viajar las esencias conductuales y me transmuté hacia el trémulo código de una naturaleza ajena, la humana.
Me arriesgué mucho al materializarme de tal forma que se me pudiese identificar en aquel mundo. Mi objetivo en ese instante había sido presentarme ante un longevo y solitario piano que habitaba en un anfiteatro ruinoso, al que no le quedaba mucho para derrumbarse. Creo que en esa ocasión sucumbí ante las fuerzas de la pasión, la que me indujo a sentir una gran debilidad por la música y las historias que emanaban de las cuerdas de aquel instrumento.
Admito que desde hace muchos eones me sentí atraído por vuestra especie, pero no fue hasta esa oportunidad que los destellos de aquellas vibraciones musicales me poseyeron y avivaron el enorme deseo de apreciar de cerca los matices y los colores de la información que aquel piano generaba con la música que producía. Paul era su nombre y poseía la capacidad de entender, filtrar y transmitir hacia la multitud de humanos que lo escuchaban, mientras vibraba en los conciertos, los mensajes con los que estamos constantemente conduciéndoos, los que manejamos los hilos conductuales de todos los seres inteligentes del Multiverso. Y era increíble, pues esto lo lograba sin nuestra ayuda. Me cautivó, en especial, la manera sublime en la que transmitía mi código.
Cuando decidí actuar y adentrarme finalmente en la virtualidad de vuestro mundo, y mientras atravesaba las paredes oscilantes de vuestra dimensión, tuve que camuflar infinidad de veces los colores energéticos de mis intenciones, pues podía ser descubierto en el acto por parte de los demás como yo; o lo que hubiese sido peor, por las Luces Regentes.
A los de nuestra condición no se nos está permitida la identificación ante las almas mortales, y hubo infinidad de ocasiones en las que estuve tentado a dejar a un lado las reglas y persuadiros de futuros errores. Estuve muy cerca de entrometerme en el ciclo de algunas de vuestras historias, cuyos destinos hubiesen sido diferentes y más provechosos en lo que al futuro inmediato de vuestros destinos se refiere. Siempre sentía la fuerte presencia de la Humildad y su enjambre de leyes conductuales, las que tendía sobre vuestras actuaciones, lo que provocaba una profunda lástima en mí. Pero en aquella ocasión, y aun sintiéndome enormemente tentado a mezclar mis cargas energéticas con las de ella y luchar como muchas otras veces por la supremacía de la razón, decidí que no debía intervenir en lo absoluto.
Dejé pasar cualquier tipo de disuasión y de esta forma también evité tener que justificar mi presencia en aquel espacio y tiempo. «Mi estrategia ha cambiado», pensé, a la vez que comenzaba a vislumbrar un gran proyecto. Mi poder resurgiría con tal magnitud que el número de almas sobre las que, hasta ese momento, la Humildad tenía poder universalmente sería insignificante comparado con la cantidad que dominaría yo. Por lo que, como destello de luz, tomé la decisión de embarcarme en el mayor proyecto de mi existencia sin prestar atención a que esto podría llevarme a ser reiniciado.
Paul, el piano, se encontraba solo y triste en aquel anfiteatro en ruinas, mientras irrumpía con la energía de sus acordes musicales en la infinidad del Cosmos desde el que lo escuché. Una vez lograda la transmutación de mi naturaleza, y habiéndome adentrado en la realidad de los humanos, busqué cobijo dentro de su cuerpo, específicamente en el lugar donde albergaba su alma. Este, de una forma bastante cautelosa aunque intensa, emitía mensajes enrevesados, compuestos por multiplicidad de energías, lo mismo positivas que negativas. Transfería mensajes difusos, que poseían en ocasiones una carga de tristeza injustificada.
Los colores de la energía que rodeaban su negro y polvoriento físico se transmutaban una y otra vez sin una definición concreta. Y no era del tipo de indefinición, a menudo hermosa, que los acordes musicales profundos emiten cuando justifican el caos, sino más bien era un festín de colores, muchas veces carente de concordancia, los que no conseguían más que la instauración del vacío, donde desaparece la información. A su vez y con el peso necesario que justificaba el porqué de su existencia, lograba transmitir la más bella compilación de códigos tonales que se pudiesen escuchar y sentir. Era capaz de recrear, simplemente, los mismos códigos que se podrían haber utilizado para concebir la vida, donde fuese.
Y yo lo entendía. Porque entre tanta confusión, lo que deseaban las cuerdas de su alma era transmitir cifrados repletos de filosofía y sabiduría inmortal. Incluso pensé por un momento que no podía desaprovechar la posibilidad de almacenar tanta energía adquirida de primera mano y en tales proporciones para entregársela directamente a la Luces Regentes.
No lo hice. Había sido esa la razón por la que esta alma me había atraído tanto. Había conquistado las debilidades emotivas que olvidé que poseía y había logrado que me quedase a su lado prestándole la atención que jamás le di a nada. Aquella energía sería solo para mí y mi provecho, en aras de sacar adelante mi proyecto, el que construiría sobre los cimientos vibracionales más sólidos. A través de Paul sabía que podría acercarme más al ser humano y su actuación, así que, sin esperar demasiado, decidí comunicarme con él utilizando uno de los lenguajes más simples, la composición vibracional de la palabra.
