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El nadante - Héctor Sevilla
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Héctor Sevilla
www.hectorsevilla.com
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-344-0
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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.
Para Sofía y Adriana
PRIMERA PARTE
Un drama sobre la vida
1
El día que todo comenzó a girar
Primera carta
«Hasta hoy, he sido Vittorio Di Giacomo, pero eso ya no importa más. Todo lo he perdido, no tengo ninguna compañía más que yo mismo y lo que pueda crear con mi imaginación. Soy un contemplador de la nada, una nada absoluta que lo contiene todo. Soy un nadante, hundido en el vientre del mundo, parido sin motivo ni deseo.
Cargo con un diagnóstico y cuento con pocos meses para seguir disfrutando de la luz del sol. Es muy poco el anhelo que se esconde tras mis ojos, nada de lo que he dicho antes tiene valor. Ante la evidencia de mi próxima muerte, mi único interés es escribir en soledad.
Será cotidiana la anormalidad de lo que se presente ante mí. No estoy seguro de estar solo por completo, pero no encuentro a nadie conmigo. Permanezco inmóvil, aunque todo ha comenzado a girar. Hace tiempo que no sé dónde vivo, solo observo muros que se acercan a mi frente. Tampoco distingo si es de día o de noche, he perdido la noción del tiempo y no sé cuánto tiempo he pasado así. Solo sé que no quiero salir, debo mantenerme encerrado para poder ofrecer algún mensaje. Pocas cosas encuentro en mis recuerdos, pero todo saldrá a la luz. Me han dicho que es recomendable hablar de lo que uno siente, poner palabras a las emociones y expulsarlas, por más grotesco que pueda parecer. Aquí no hay alguien para hablar conmigo, así que quizá tenga que crearlo.
Tengo la sensación de haber vivido esto antes o de que alguien lo había vivido por mí. Tal parece como si pudiera ver el futuro, al menos, la parte que se asocia conmigo. No siempre tengo lucidez, mucho menos cuando intento que la medicación calme la ansiedad y aminore otros síntomas. Pasado un tiempo, no recuerdo la última cosa que dije, así que tendré que escribir cada sensación, imagen o premonición que mi cansada mente perciba. No tengo otra forma de encontrar liberación ante esta situación. Algunas veces no hay palabras acordes, solo puedo esgrimir una sentencia que apenas se acerca a lo pensado. Hay dos momentos de inspiración: 1) cuando puedo escribir, como ahora, alguna carta que descifre de manera antecedente lo que creo que va a venir; 2) cuando, con mayor frecuencia, un trance precede a lo que expreso. No hay manera de distinguir si lo que escribo lo está diciendo alguien más. Recibí la orden de redactar una serie de cartas. Cuando termine de expresarme, podré morir.
He estado percibiendo voces, como si alguien hablase conmigo. Cuando volteo, solo veo manchas en el aire, formas poco concretas que desaparecen. Sonidos y llantos lejanos suelen venir con frecuencia. En ocasiones, no encuentro diferencia entre ellos y yo, entre lo que sucede afuera o dentro de mí, entre lo que es y lo que no, entre la vida y la muerte, entre la fe o su pérdida, entre lo que soy y lo que no soy, entre el presente y lo que será. ¿Soy el que habla a otras personas o son ellas las que hablan en mí?
De alguna manera, me siento comunicado contigo que ahora lees; no dudes que eres la única compañía en este instante. Algo me dice que debo invitarte a que no detengas tu cercanía con estas letras. Habremos de construir un sentido a tu vínculo con esto, al menos, eso espero. ¿Realmente hay alguien que lee mis párrafos? Al final, solo soy un personaje, alguien que cubre un rol, igual que todos los demás. Otros llegarán a esta historia y se presentarán ante quien ahora está frente a estas líneas.
El principio es el final en muchos casos, lo entendemos cada vez que logramos recomenzar. Quien quiera convertirse en guionista debe leerse a sí mismo, ver su apariencia y lo que ha mostrado de sí. El trance inicial está por venir, quizá el primero de varios. Estoy observando el espejo con total atención. ¿Alguien me habla detrás de él? ¿Hay algo desconocido en mi mirada? ¿Debo esconderme para ver? ¿Esto es una ilusión o hay un lazo entre tú y yo? ¿De qué manera podemos comprobar que esta es la realidad? ¿Qué tanto debemos padecer antes de contemplar? ¿Podemos tocar el cielo sin que la vida termine? ¿Cuál es el mensaje que justifica nuestro existir? ¿En qué consiste la dignidad de lo que somos? No creo ser el único con estas incertidumbres.
No sé si esto sea el guion de una vida, un patrón o esquema que alguien deba de seguir, lo que sé es que, sin elegirlo, esto acontece en mi existencia. ¿Qué sentido tiene sobrevivir si nunca tenemos éxito al final? ¿La locura es antesala de la sanidad o debe ser a la inversa? Creí que debía saberlo todo, pero el golpe de la ignorancia me ha tumbado cada vez. Nuestra vida trae incluida la angustia de perderla. Se aprende a vivir cuando más dispuesto se está para morir. Nuestra idea de Dios siempre ha sido la evidencia de nuestro miedo a la nada. Lo absoluto habita en las páginas vacías, en el silencio que nada nos dice de la deidad. Lo divino persiste en quienes han dejado de buscarlo. Adentrarse al misterio es lo único que nos hace girar.
Piensas que solo eres lector, pero juegas un papel en esta historia; ya lo verás, si no te alejas. Todos somos vulnerables, pues hay alguien que nos engaña a todos. El verdadero guionista está oculto y no podremos descubrirlo. Jugar el rol del que comienza a darse cuenta es parte de nuestra actuación. Experimentamos múltiples ilusiones, sabotajes, persuasiones, contradicciones, silencios no deseados y palabras enaltecidas; en suma, padecemos la condición humana. Hemos sido engañados con la idea de que poseemos un yo, de que hay un Dios que nos vigila, un sentido que buscar, un camino único que seguir, personas que idolatrar o sistemas cuyo sometimiento no debemos enfrentar. Este es un grito de auxilio, una dosis de soledad para no postergar el encuentro con los que están y con los que se han ido, con los que son y los que aún no nacen.
Te haré llegar otra carta cuando venga una nueva premonición. Ya no tengo miedo. Nada puedo perder, aparte de vanidad. He comprendido que solo soltando me poseo. Soy un suspiro que existe y se desvanece, una mirada que se diluye cada vez que lo mirado se va. Soy una esperanza nunca dicha y un pasado que es presente, la germinación de la desdicha, el portador de una vida que es amiga de la muerte. Sé cuál será el desenlace y estoy dispuesto a seguirlo desde ahora, letra a letra, capítulo a capítulo y vida a vida. Te ofrezco un testimonio que habrá de renacer de entre sus letras. Este es un libro que antecede la fusión».
2
Soledad
Su habitación era similar al espacio al que se alude en El Dormitorio en Arlés de Van Gogh, pero un poco más amplia. Vittorio estaba sentado sobre una dura y fría silla de metal color azul. Esperaba con paciencia. Hacía calor, pero él no sentía la temperatura. De pronto, escuchó que alguien se acercaba y se puso de pie con ansiedad. Cuando percibió que se abría la puerta, volvió a su lugar un poco intimidado. Enseguida, observó a un hombre de semblante serio que se sentaba frente a él. Parecía desenfadado y vestía un suéter color gris, de esos que parecen demasiado confortables, pero que, en realidad, son ásperos una vez que se los toca. Vittorio permaneció en silencio. Ambos se observaron de manera minuciosa al menos cinco minutos.
—Aprecio que hayas venido a la consulta —manifestó el hombre con el suéter gris.
Vittorio no hizo comentario alguno, se quedó observando a su interlocutor. Respiró profundo y fijó su mirada en el piso, solía hacer eso cuando intuía que lo reprenderían o lo enfrentarían de alguna manera.
—Estoy aquí para escucharte. ¿Acaso no deseabas verme? Tú sabes que, cuando no rompes el silencio, tengo que hacerlo yo. Hablo cuando tú no lo haces. ¿Te sientes un poco solitario por la incomprensión? ¿Confiaste y fuiste traicionado?
Las palabras vertidas no produjeron ningún efecto en Vittorio. De reojo, vislumbró la pared que tenía enfrente y notó que una mosca caminaba despacio hacia el techo. Quiso distraerse con algún adorno, pero no encontró nada en el sitio. De pronto, escuchó nuevas preguntas.
—¿Sufres de miedo por las noches? ¿Te resulta desagradable no ser capaz de pedir ayuda? ¿Te angustia mirar al cielo y no encontrar a nadie? ¿Perdiste a tus aliados? ¿Te llena de ansiedad encontrar que todo el dolor del mundo no es ajeno a ti? ¿Te agobia estar seco tras derramar lágrimas de olvido? ¿Encuentras algún placer en el sufrimiento? ¿Deseas rasgar tu cuerpo para correr junto a su sangre hacia la muerte? ¿Has intentado desaparecer últimamente? ¿Anhelas dejar al mundo sin ti y no prolongar la agonía? ¿Te consideras raro por tratar de evitar el dolor o te mantendrás en la idea de que eres feliz? ¿Vives harto de las sonrisas de los niños porque sabes que se convertirán en llantos? ¿Has preguntado qué sentido tiene sentir alegría si al final se escapa como el sonido en el aire, como el agua entre las manos, como el frío ante el sol?
Vittorio lo miraba sin realizar ningún gesto. De pronto, cerró sus ojos; se sentía algo confuso, no sabía si deseaba seguir escuchando o si sería mejor solicitar que se detuvieran los cuestionamientos.
—Sé que te saturo con mis preguntas, pero de esta manera te puedo hacer reaccionar. Si no deseas confrontaciones, puedes ir a buscar otro tipo de ayuda, mucho más gentil y confortable, como las que abundan por doquier en los consultorios o en los libros. Dime qué es lo que te tiene aquí. Tienes toda mi atención.
Vittorio se acomodó de nuevo en su silla. Respiró de manera profunda y volteó hacia una diminuta ventana que estaba a su lado izquierdo. Luego de ello, sin considerar la presencia de quien lo escuchaba, comenzó a expresarse.
—Hoy la luna es lo único lleno frente a mí. Ha dejado de interesarme lo que antes me apasionaba, estoy separado del mundo y no me interesa volver. He dejado mis miedos y no pienso retenerlos, te los regalo completos. Me he cansado de escupir en mis máscaras y de ofrecerlas a otros para que cubran su miseria natural. Ya no me intimidan las cosas que no puedo manejar, no ansío controlar, no tengo algo que demostrar. Considero que los aplausos y los reconocimientos son como polvo que se dispersa con un soplo. Ha habido personas que me buscan para encontrar un sostén en su vida, para convertirme en una rígida tabla que las salve de hundirse en el océano de su existencia; esperan hacer de mí una raíz que las ate a la tierra, pero no he sido el idóneo y han tenido que comprender que mi espíritu divaga en el anochecer y que aborrece codearse con la humanidad nauseabunda. No puedo sostener a nadie, sin querer, caeríamos juntos; no lograría mantener a nadie en la superficie porque suelo hundirme en el mar y hacerme uno con él. No sirvo para dar a otros los gozos de la Tierra, prefiero escarbar, esconderme bajo el piso y no salir jamás.
—No es momento de precipitarte, sosiega tus impulsos o terminarán dominándote —dijo el hombre, tratando de calmar a Vittorio.
—Querías que hablara, ahora debes escucharme. No me interesa hacer planes eternos cuando no tengo eternidad, no estoy dispuesto a amar para siempre cuando el amor me quema los poros, no deseo depender de nadie. Mi fe se ha ido hacia la punta del más alto volcán. No quiero ver sonrisas que tema perder, no anhelo un abrazo que me arderá en el cuerpo cuando me acompañe la ausencia. No puedo vivir de recuerdos, ni siquiera de los que tengo de quien antes fui. No quiero proteger a ninguna persona porque he dejado indefensa a quien confió en mí, no tengo fuerzas más que para levantar el arma sobre mi sien y dejar que el dolor se apague de una vez. No deseo ser visto, espero que el paso del tiempo y las lagañas oscurezcan las imágenes de mí. Ya no hay ideas en mi cabeza para alguien más, he dejado de ser el dueño de mi pensamiento.
—No voy a interrumpirte. Deja que las cosas fluyan. Puedo ser quien quieras que sea. Conoces muy bien el poder de la transferencia. Dime lo que necesites decir, puedo volverme la persona con la que desees hablar —manifestó el hombre frente a Vittorio, abriendo sus ojos con atención.
—Deseo vestir de terciopelo tinto mi locura, delinearla con un poco de carmesí para renombrar la melodía. Solo quiero hacer el baile antes de abandonarme, sentir lo que he perdido para volverme a encontrar. No deseo llover sobre quien desperdició mi agua viva. Anhelo secarme poco a poco antes del amanecer, no quiero la esperanza que surge de la luz del día. Nunca fue suficiente un poco de ceniza sobre mi frente. Hay demasiado odio en mí como para permitir ternura, sé que detrás de mi escondite no me volverán a buscar.
El hombre de suéter gris se quedó mirando a Vittorio. Puso su mano derecha sobre la barbilla y cruzó las piernas, dejando al descubierto un calcetín verde con rombos de color plateado. Vittorio prosiguió.
—Dime qué es lo que somos cuando no tenemos las respuestas, cuando ni siquiera sabemos preguntar. ¿Qué hago al verme en el rostro del espejo? ¿Para qué espero una respuesta si solo aprendí a callar? ¿Qué podemos esperar ante la repetición constante? ¿Cuál de las voces es la mía? ¿La que me pide gritar, esbozar, morder, aniquilar, sostener o destrozar? ¿De dónde sacaremos la energía cuando nos hayamos consumido? ¿Cuál será la luz que nos distinga de las sombras? ¿De dónde proviene el deseo de la diferenciación? ¿Qué me une a ti si lo que deseo es separación? La distancia es lo que hace posible la unión de las personas. ¿Para qué acercarnos si la fusión deshace la relación? No existe mayor igualdad que ser todos diferentes. No hemos pedido nacer, quizá deberíamos volver a la orilla, a la frontera del ser.
El varón de calcetines verdes sintió la boca seca y mostró cierta descortesía al dejar de mirar a Vittorio para ponerse de pie e ir a servirse un poco de agua. Mientras la tomaba, notó que estaba impaciente. No obstante, se sentó de nuevo y cruzó sus piernas, esta vez de manera inversa. Resultó curioso que en su otro pie tuviese un calcetín de tono morado.
—¿Has probado la opción de amar? ¡A muchos les sirve! —comentó con seguridad el hombre del calcetín de tono morado.
Vittorio frunció el ceño, abrió un poco la boca y luego la cerró. Levantó la mano derecha pidiendo un poco de tiempo. De forma intrépida, continuó.
—¿Cómo podremos bailar si nos han cortado las piernas? Cuando me apetece un poco de romance, solo encuentro vestidos con lentejuelas de pasión dormida. Deseo olvidarme de que siento y de que puedo ver a alguien frente a mí, pues, al final, todos somos ilusiones dentro de la manía de nuestra existencia. No cederé esta vez, no puedes forzarme a la caminata paranoica, no permitiré que nadie más deposite sus ansias en mí o que pretenda evitar que el dolor llene nuestras vidas. No deseo un matrimonio en el que la rutina sea la sábana que nos cubra para siempre. Ningún parque corporal ha constituido una diversión mayúscula. Me han mentido cuando dicen estar vivas, son solo musas que se estremecen entre mi deseo delirante. Estoy confundido, pero, al menos, sé que no tengo respuestas. Estoy harto de la aparente elocuencia de quienes no han aprendido a perder las nociones o a revolotear en el abismo del sinsentido.
—Podría apetecerte hacer algo por los demás o realizar alguna actividad benéfica. Eres capaz de ser visto y hacerte notar —masculló el hombre mientras acariciaba una barba que en realidad era inexistente.
—No me interesa la fama porque es un pasaje a la dependencia, no estoy aquí para multiplicar mi falta de saciedad. Poco hay para admirar en mí, solo soy el medio de la voz que señala la mentira de nuestra búsqueda de la verdad. Nuestra perdición es ser humanos, no hemos podido sobrepasar ese límite, estamos perdidos en nuestro raciocinio pueril, vivimos deshechos por la esperanza, siempre buscamos y nunca encontramos, estamos saturados del optimismo barato de los que dejaron de preguntar. Hemos venido de fuera de este mundo, paridos por naturaleza muerta, existimos como polvo de anhelos, respiramos por una causalidad que no comprendemos, sometidos al impredecible azar cósmico. Vivo aislado, alejado, ausente, sin contacto y sin miradas que se crucen, estoy dentro del vientre materno y sin madre, enraizado en un absurdo juego de protección que no protege en sí.
—Todo eso puedo entenderlo, pero no puedes estar completamente separado. Desde el vientre de tu madre debiste sentir alguna conexión. Háblale a la mujer. ¿Qué quieres decirle a una y a todas? —cuestionó el individuo frente a Vittorio.
—¿Dónde estabas cuando esperaba tu rostro? ¿En qué sitio te escondías cuando te buscaba para mí? ¿En qué lugar pusiste tus labios cuando esperaba un beso? ¿Dónde estaba tu cuerpo cuando deseaba no morir de frío? ¿Por qué me ocultaste tus ojos maternos cuando esperaba ser visto? ¿Acaso frecuentaste templos que acallaron tus culpas? ¿Buscaste ahí a Dios para olvidarte de mí? ¿Dónde estabas cuando me sentí indefenso? ¿Qué hacías cuando me causaron daño? ¿En qué te distraías cuando perdí la noción, cuando no supe de mí, cuando mi indefensión parió el dolor de mi vida? ¿Dónde estaba el canto que esperé para arrullarme? ¿En qué parte se extravió el corazón cuyos latidos quise sentir? ¿Dónde escondiste el pecho que quise tocar, a la mujer que quise amar, a la verdad que quise escuchar, a las explicaciones que nunca recibí? ¿Por qué no me viste cuando perdí el sentido, la brújula, el entusiasmo, la inocencia, la pasión? ¿Acaso esparcías tu propia soledad? ¿Fue tu vida tan desagradable como para provocar que odie la mía? ¿Dónde dejaste tus promesas, tu cercanía femenina, las caricias que calmaban mis punzantes degradaciones? ¿A partir de qué momento festejaste mi ausencia? ¿En qué instante dejé de verte y verme? Siempre me perdí cuando me sentí encontrado.
—Sí, sé que el pasado es perturbador, pero existe el presente. Sé que estoy errando un poco al tratar de convencerte de que encuentres algún sentido o un motivo para persistir, pero tengo que intentarlo de ese modo. Dime, ¿acaso no es posible encontrar motivación en tu paternidad? ¡Está tu hija! —señaló de manera retadora el hombre de calcetines dispares.
—Reproduje el dolor otra vez, transmití lo que soy: podredumbre sin más, frialdad que desea arder, desamor que desea entregarse, incongruencia congruente, firmeza sin sostén, miradas ciegas, sacralidad profana, un padre que desampara, alguien que no sabe estar. No puedo dar mi mejor voz cuando dentro solo hay silencio, no soy capaz de ofrecer la melodía idónea cuando se han roto mis instrumentos, no puedo soplar cuando me han quitado el viento, no puedo ver porque mis ojos yacen en el piso, mi rostro está vacío y las cenizas no logran encender de nuevo. No puedo arrullarla porque mi garganta ha sido destruida. Quisiera cuidar a mi pequeña cuando se siente sola, pero yo mismo permanezco en soledad. Desearía salir a protegerla, pero estoy encerrado en esta cárcel que soy yo. ¿Algún día preguntará dónde estaba su padre cuando lo necesitó? ¿Se cuestionará qué hacía cuando fue débil y no la sostuve en mis brazos? ¿Preguntará por qué la he dejado sola y sin poder andar? Su ser se desprendió de mí, ¿le parecerá contradictorio que ahora me dirija hacia la nada?
Vittorio volvió su mirada hacia el hombre que estaba frente a él y lo encontró cabizbajo. Al notarlo, se detuvo un poco y esperó una nueva invitación para hablar, la cual sabía que llegaría. El hombre movió un poco la manga izquierda de su suéter gris y observó un reloj sin manecillas que estaba sujetado a su muñeca.
—Aún tenemos tiempo. Puedes hablar con ella si la sientes aquí, entre nosotros —invitó el hombre.
Quien había dejado de hablar sabía que estaba jugando con fuego. La hija de Vittorio padecía de parálisis cerebral, nunca había podido caminar.
—Querida hija, tú eres un grito continuo en un cuerpo que no responde, tú eres quien fui y quien mira hacia el cielo esperando una solución. ¿Acaso podrás maldecir a la divinidad? Tú eres como yo cuando no quería ver, eres todo lo que he sentido, eres todo lo que he olvidado, eres mi vulnerabilidad, eres el dolor que he guardado dentro de mí y que ahora me aturde con su salida; no puedo soportar los barrotes de mi prisión, mi cráneo ha rebotado en ellos, me golpeo sin cesar y solo espero tu perdón. No puedo soltar lo que soy porque es eso lo que me sostiene. Quisiera caminar hacia ti, pero soy yo quien no puede andar. Quise estar contigo, pero no he podido estar sin mí. ¿Acaso habrás de salvarme? ¿Serás tú quien ahora me proteja ante las tinieblas? ¿Será que solo los niños se entienden entre sí? ¿Te entiendes con el que fui? ¿Algo en ti podrá tranquilizarme? ¿Tu voz imperfecta y tus palabras cortadas hablarán con mi soledad? ¿Tu mirada perdida se encontrará en mis ojos? ¿Serás quien rompa lo irrompible con su mínima fuerza? ¿Partirás la armadura que me paraliza? ¿Serás tú quien con su pequeñez me mostrará la grandeza? ¿Hablarás en mi silencio? ¿Harás que la nada sea y que esta vida perezca para poder vivir una distinta? Estoy solo en mi espantoso y gélido interior, derrotado y aniquilado por mi culpa enorme sobre ti. No tengo más que espadas para penetrarme una y otra vez, me siento desaprobado por el universo, una escoria que ha sido vomitada por el vientre de la Tierra, un desastre orgánico que solo atina a destruirse.
—Quizá puedas pedirle algo —invitó el oyente de Vittorio, mientras se rascaba un poco la rodilla derecha con discreción.
—Solo necesito que deposites tu pequeño rostro de aprobación sobre mí, que te recuestes conmigo y olvidemos lo que he sido. Requiero de tu perdón, soltar por fin el peso de lo que he sido, volar juntos sobre el viento, de tu mano y hacia el sol, derretirme contigo y hacerme el que nunca pude ser, crear la felicidad sin esperar una muerte redentora. Quiero verte regocijada y dando vueltas sobre el piso de nuestra pista celestial, captarte sonriendo mientras me calmas con tu tenue voz inocente. Un poco de sosiego deseo poseer para mí. Múltiples mejillas femeninas se recuestan en mi pecho, pero solo te he buscado a ti. La oscuridad confunde al más ingenioso buscador. No importa la carne penetrada, sino la ausencia que lleno con los cuerpos que se posan delirantes en mi alcoba. Persisto perdido en el desierto, solo necesito tu mano para sentirme caminando. Te he buscado ahogándome en el mar, pero solo necesito una gota tuya para encontrarme. Te he buscado llenando mi intelecto de abstracciones estruendosas, pero solo encuentro tu rostro comprensivo que pide que me detenga. Te he buscado en cada distancia recorrida, pero siempre has estado sobre mi espalda y no me he puesto a tu altura. Sufriendo por pensar que te cargo, no he visto que me he cargado de culpa, que el peso de mi dolor es la creación de mi mente cansada, adolorida, desgastada.
He obtenido cierta fortuna, pero continúo sin recursos por no obtenerte a ti. He encontrado algo de fama, pero continúo desconocido porque no sabes quién soy. He buscado respuestas, pero no he respondido tus preguntas. He experimentado múltiples puertas de percepción, pero no he logrado entrar a tu mundo. He anhelado olvido, pero solo me he ganado el tuyo. He buscado evasiones, sustancias que me hagan desentrañarme de mí mismo, fantasías, colores y sonidos de distorsión ambulante, polvos blancos, hierbas, círculos sólidos, embrujos, embriaguez y desenfreno, pero no he logrado más que alucinar sin ti, pues todo, al final, me vacía.
Vittorio tenía los ojos cerrados y apretaba su mandíbula. Seguía concentrado hasta que escuchó el crujir de los dientes del hombre frente a él. Abrió sus ojos y lo observó tenso. Al percatarse de ello, mordió su labio inferior hasta hacerlo sangrar un poco. Esto pareció tranquilizar al tipo del reloj sin manecillas. Después, escuchó de él una nueva invitación.
—Gran parte de lo que te sucede tiene que ver con la relación con tu hija y con todo lo que se asocia con ella. No serás libre si te mantienes en el dolor. Esa niña le habla a alguien más, no solo a su padre. Imagina cualquier cosa y cuéntamelo tal como te viene a la mente, dímelo así, viéndola frente a ti, como si fuese un sueño.
—Permaneces sentada en la soledad de mi habitación íntima, esperando a ser vista junto al niño que fui. Juntos los dos, de la mano, en mi propio olvido. Tu madre me dejó, tal como la mía, me hizo amarla y desear su aprobación, me hizo sentir que era capaz, que podía lograr lo que en mi mente concibiera, me hizo un sol que iluminó su camino por un tiempo hasta que terminé ardiendo; mi vida quema siempre que intento iluminar. Me desgasté al punto de no ser quien quería. He sido radical, pero nunca fue suficiente. Tu madre y la mía me han soltado y ahora quedé en el abismo de mis ambigüedades rotas, teniendo que encontrar algo de lo cual sostenerme. Al no tenerme, me he quedado desvariando, dando vueltas, volviendo y yendo al infinito, al límite una y otra vez. ¿Qué le queda perder al hombre que ha perdido todo? Al buscar en mí, caigo en cuenta de que no me he visto nunca. Al verte, acepto que también me puedo ver. ¿Qué puedo hacer para reconciliarme conmigo? ¿Darme los besos que nunca obtuve al posar mis labios sobre los ajenos? ¿Cuál es el abrazo que requiero si algunos brazos no me han soltado? ¿Cuál es el aplauso que ambiciono si ya estoy aturdido? Me he creído sin voz, pero mi interior grita para hacerse escuchar. ¿De qué manera puedo verme si he depositado mi identidad en los ojos satisfechos de los demás? ¿Cómo me encuentro si no recuerdo el día en que me perdí? ¿Cómo sabré quién soy si me he revuelto en distintos cuerpos? Olvidé la letra de mi canción, perdí el camino que deseaba recorrer. No hay ficción que me convenza y no creo en la realidad, tan solo quiero sentir, al menos, por una maldita vez. Los gemidos frente a mí me han hecho olvidar mi dolor. Las caricias que doy no han suplido las que nunca tuve. Me he engañado al creer que me reivindico al imitar a quienes no cumplieron su propio «para siempre». En cierto modo, soy un niño que se busca en el adulto. Necesito escucharme, pedir ayuda a quien soy de verdad. Mi voz es la única que puede implicar mi respuesta.
Vittorio se detuvo al escuchar un fuerte tosido de su oyente. Lo vio limpiarse la nariz con una especie de pañuelo imaginario y notó que estaba conteniendo sus lágrimas. A diferencia de él, Vittorio sabía contenerse. El hombre de pañuelo imaginario volvió en sí y habló enseguida con autoridad.
—Tu hija te recuerda la indefensión de tu infancia. Necesitas hablar con el niño que fuiste, con esa criatura incomprendida.
—¿Está en mí el niño ofendido y triste? ¿Dónde está esperando encontrarme? ¿Qué debo hacer si deseo rescatarlo?
—Debes hablar en segunda persona, no me preguntes a mí —corrigió quien escuchaba a Vittorio.
Tras sentir que había pasado mucho tiempo en la misma posición, Vittorio arqueó un poco su espalda. Observó un sucio calendario pegado en la pared y notó que había un mayor número de días tachados que antes de iniciar su sesión. Se preguntó si su charla llevaba varios días realizándose. Notó con sorpresa que su interlocutor tenía ahora un suéter de color café. Vittorio habría jurado que era gris.
—No te distraigas, Vittorio, estás tratando de evadir. Habla con el niño que eras, como si fuese un viaje en el tiempo —increpó el sujeto.
Vittorio respiró profundo, pensó en alguna imagen de él mismo cuando era niño y prosiguió enseguida.
—¿Cómo puedo decirte que has crecido y que quiero protegerte? ¿Puedes confiar en mí después de abandonarte tanto? ¿Dónde te has escondido? ¿Acaso estás buscando a tu madre que se escondió de ti como lo hiciste con tu hija al ser mayor? ¿Estás buscando las ausencias, llenando expectativas sustitutas y dejando sangrar tu corazón? ¿Acaso estás en el pasado o aquí frente a mí? ¿Qué necesitas de nosotros? ¿Serás tú quien me proteja a mí? ¿Vienes ahora para alentarme? ¿En qué punto terminas y comienzo? ¿En qué momento me callo y te escucho o hablo y me escuchas? ¿Eres el que escucha o el que habla? ¿Estás sentado frente a mí? Tu madre y la mía nos han dañado, tal como todos lo hacemos con quien nos ama. Tal parece que tarde o temprano nos atormentamos a través del amor, lo permitimos sin darnos cuenta. Hacemos sufrir a quienes tenemos más cerca y escondemos nuestro rostro culpable para no ser captados. ¿Acaso un poco de ausencia hará sanar lo dañado? ¿De verdad pensamos que correr nos alejará del vacío? Somos vacío que vacía la vida de otros que aprenderán a vaciar. ¿Cómo terminar la epopeya de nuestros absurdos periplos? Te prometo que no te desatenderé más, que solo en mí podrás cuidarte y que ahí, conmigo, cuidarás de mí.
—¿Qué es lo que necesitas hacer contigo mismo? —preguntó el que estaba frente a Vittorio.
—Bajar el telón, dejar de actuar. Soy una dualidad que se desatiende. Quiero dejar la farsa y quitarme este maldito uniforme humano que me raspa el interior, deseo liberarme, estar desatado, romper las cadenas, liberarme de la necesidad de ser libre, amar mi desamor, encerrar el universo en mis labios y decírmelo al oído. Poco me importa cuando todo lo suelto. Poco interesa cuando existo afuera, no hay cosa que tenga valor cuando me olvido de mí. Al final no me tengo, me perdí. No me ha dejado mi madre, ni la madre de quien me hizo padre, mucho menos mi hija a quien veo con mi rostro, tampoco me ha dejado un Dios ficticio, el mundo, la vida o la pasión de quienes parecen estar por momentos: nadie me ha dejado porque nadie ha estado conmigo, ningún amor ha terminado porque no ha comenzado nunca, ningún ser me ha abandonado porque nuestra nada nos posee siempre. Quien se ha ido he sido yo, me he desvanecido en un conjunto de ideas que solo son parte de la evasión. Lo absoluto me contiene y es lo que soy, pero me he perdido al tratar de construirme. No obstante, perdiéndome me he encontrado, odiándome me he apreciado. En todos me veo perdido cuando ganó mi propia soledad. Todos los rostros son mi rostro y todas las voces son mi voz, todo lo que es humano se aloja en mi naturaleza, todo lo eterno sobrevive en mi eternidad fugaz. Todo es, menos el que habla; todo es, menos quien lo dice; todo es, sin ser yo. Y solo siendo yo puedo notarlo.
—¿De qué manera se puede estar contigo? Dime qué te solicita la identidad que habita en lo más profundo de ti —pidió el hombre de suéter café.
—No deberíamos pensar que sabemos quiénes somos si cada vez cambiamos. No necesitamos control, nos viene bien un poco de desequilibrio. Podemos aislarnos para estar. Pensar en la muerte para valorar más la vida. Al final, todo termina y la historia importa poco cuando el actor se ha ido y nadie lo recuerda.
—Me parece que has hecho un buen avance hoy —comentó el señor de la bufanda.
—Nunca lo sé, quizá he retrocedido —expresó Vittorio.
Dicho eso, comenzó a escucharse el sonido de un grillo. Vittorio se sintió indefenso, estaba tan cansado como quien acaba de hacer un gran esfuerzo. No obstante, recibió un último impulso.
—¿Cómo te sientes ahora, Vittorio?
—Sé que pronto comenzaré a escuchar voces, está cerca mi bipartición. Me encuentro inmerso en la soledad que me escucha y sé que no habrá un amanecer sin que brote una respuesta del silencio. No estoy seguro de quién he sido, pero sé que dejaré de ser. No soltaré la pluma hasta que las voces cesen. Mis oídos reproducirán lo que les llegue.
—¿De quiénes son esas voces? —dijo de manera abrupta el hombre frente a Vittorio.
—No los he identificado del todo. Sé que volverá el acompañante del que te he hablado en otras ocasiones; de pronto, arribará como alguien confiable y no podré distinguirlo con claridad. Mi cuerpo se separa cuando hablo de esto.
Vittorio comenzó a sobarse las manos y se agitó. Estaba sudando frío. Su interlocutor se acercó y le habló con calma.
—Te daré unos medicamentos y distintas sustancias que te permitirán descansar. Vas a entrar en un sueño profundo, debes de ser valiente porque ya no habrá razonamientos que te cuiden. Vittorio, ya no puedes cubrir lo que explota en ti, tendrás que derramarte en direcciones opuestas, necesitas partirte para poderte ver. Comenzaremos. Vas a sentir que te pierdes, pero podrás ser alguien nuevo en la misma medida en la que logras desarticularte. Confía en que el final será alentador. Si has llegado hasta aquí, ya no debes detenerte. Sé que detestas recibir órdenes, pero debo solicitarte que escribas sobre lo que te está sucediendo; hazlo a manera de cartas para ti mismo, cada vez que te sientas con lucidez. Así podremos distinguir lo que crees de verdad. Hazlo en los momentos en los que la confusión sea menor, delinea una bitácora de lo que te pasa. Notarás que cuando creemos que estamos solos es cuando más compañía tenemos. La soledad es un estado mental. Podrás percibir, tal como lo quieres. Esto no está por comenzar, en realidad, ya comenzó.
—¿Por qué habla usted como si me conociera de verdad? —replicó Vittorio tras incorporarse un poco y tambalearse en su silla.
—Te conozco muy bien, esta no es la primera vez que hablamos —enfatizó el caballero que portaba múltiples suéteres, calcetines de distintos colores y un reloj sin manecillas. Después, se puso de pie y tomó una jeringa entre sus manos.
Vittorio sintió un pinchazo en su brazo izquierdo y todo comenzó a dar vueltas. No había retorno.
3
Ausencia
En la pequeña mesa de caoba estaba una carta que Vittorio escribió. Cada mañana solía leerla, pero no parecía estar en sintonía con lo escrito en ella. En esta ocasión, no estaba seguro de haber programado una sesión para charlar, así que permaneció sentado en la cama de su habitación. Cuando se levantó para observarse en el espejo sintió un mareo que le hizo tambalear. Se preguntó si esas cosas habían sucedido a los autores que él solía leer. Sonrió al pensar que quizá estaba siendo parte de una serie de sufrientes, en los cuales incluiría a Cioran, Nietzsche, Schopenhauer o Leopardi. Justo en ese momento se sintió aturdido y percibió cómo se siente la ausencia. Se preguntó si esta podría pensarse como si fuese una especie de persona, pero no estaba seguro de lograr imaginarla como hombre o mujer. Sin intermedio alguno, escuchó una voz.
—Disculpe usted mi retraso. ¿Puedo serle útil? ¿Quiere platicar de algo? —expresó alguien con una cálida voz femenina.
—¿Quién es usted? —manifestó Vittorio con incertidumbre y sin lograr ver a nadie alrededor suyo.
—Soy la presencia de la ausencia. Puedes confiar en mí. Soy real, estoy aquí ahora y puedo escucharte con empatía. Dime, ¿cómo está tu vida últimamente?
La mirada de Vittorio se volvió turbia, no observaba las cosas con claridad. Comprendió enseguida que no se encontraba con una persona concreta, sino con una voz que le hablaba y que no provenía de una boca, sino de algún sitio que él no podría explicar. Quizá venía de su interior, de su mente o de sus vísceras, pero escuchaba con claridad y, para él, eso era mejor que nada. Decidió cerrar los ojos y centrarse en la conversación. Se sentó en el piso, se recargó en la unión de paredes de una esquina de su habitación y decidió seguir esa especie de conversación.
—Recuerdo que escribía un libro, pero olvidé de qué trataba. Ahora reconozco que vivo en tinieblas y que ya no puedo verme. Mi piel está llena de olvido y se añeja con los días. Ha caducado mi interés, permanezco deseando la noche. Por algún tiempo vi una luz, pero se desvaneció, fui aproximándome a un hoyo negro. Al final, la vida es el regreso a las fauces de la pérdida. Asumí esperanzas, anhelé promesas, valoré deseos, contagié estímulos y sonreí a los que solían creer. Pero el espejo me muestra a un hombre serio, un rostro cuya sequedad no puede refrescarse. Mi reflejo es la carencia de todo embeleso, he triturado mi último suspiro, ya no espero nada más.
—Así suelen hablar los que están en mi compañía, así que no me extraña lo que dices —expuso con calma la Ausencia.
—¿Has estado con otras personas? ¿No me eres exclusiva? —articuló Vittorio, con cierta molestia.
—Una parte de tus pesares consiste en creer que todo debe de ser exclusivo para ti. En eso eres como muchas otras personas. Para serte honesta, estoy presente en todos los humanos vivos, la diferencia es que unos me perciben y otros no —indicó la Ausencia.
—Sí, te percibo, pero ¿acaso todos te escuchan? —preguntó Vittorio, con cierta extrañeza.
—No caeré en la trampa de tu pregunta. Es obvio que quieres resaltar que son pocos quienes logran ponerme voz, pero no voy a admirarte por eso —aseguró la voz de la Ausencia.
Ante tal respuesta, Vittorio se quedó tranquilo y esbozó una leve sonrisa, apenas perceptible. Notó que en esta ocasión él llevaría la batuta, que quizá podría hablar de lo que él quisiera sin tener que someterse a un ritmo ajeno.
—¡Seré yo quien haga las preguntas! —interrumpió la Ausencia—. Centrémonos en el pasado, ¿cómo eras antes?
Vittorio quedó sorprendido de que la Ausencia supiese lo que él estaba pensando. Enseguida percibió un vacío en su estómago, sintió un poco de hambre, pero prosiguió para centrarse en lo que sugirió la Ausencia.
—Solía dotar de diferentes sentidos a la vida, iluminaba con nuevos colores los caminos y los andaba con entero frenesí. Era mi costumbre disfrutar de la naturaleza, escuchar el viento, oler el fresco aroma de los campos, disfrutar con el sutil encanto de las olas, regocijarme con las caricias de la brisa en mi rostro. Amaba a las personas que me veían y a las que no, invertía el tiempo en entender el mundo y decidí encontrar grandeza en la pequeñez, honor en la prudencia, caridad en la obediencia, esplendor en la solidaridad, espesor en la sencillez, fecundidad en la castidad, amor en la cotidianidad, entrega en lo ordinario. Antes sentía pasión por lo extraordinario, amistad con lo divino y sumisión por la paz.
—¡Eso pintaba bien! Pero era falso. No se mantiene tal optimismo más que siendo inauténtico. Si alguien lo hiciese, jamás me conocería —sentenció la Ausencia.
—¿Qué valor tiene conocerte? —enfatizó Vittorio, esperando algún tipo de consuelo.
—No te distraigas ahora. Es mejor que me hables de los momentos agradables que hubo en tu infancia —aludió la Ausencia, al mismo tiempo que cubría por completo a Vittorio.
—Era un niño contento, pero al crecer y ser educado, perdí todo lo que era. La adaptación carcomió mi naturaleza, tuve que someterla a la supuesta virtud de la fraternidad, ser común, ser parte del conjunto. Todo eso es frivolidad de los que quieren sentirse fuertes siendo iguales. No elegí nacer, pero he deseado morir desde que nací. Hemos quedado muertos cuando nos unimos a este mundo al nacer. Llegué frágil y desnudo, tal como todos. Fui arrojado al vientre de lo terrenal, depositado en el caldero de la humanidad. Viví sin distinción alguna, necesitado de los demás. Tal como una solitaria tecla de piano que no puede propiciar una melodía por sí misma; como un pétalo de rosa que sin sus pares jamás podría ser una rosa completa; como una lágrima que no es un llanto sin la compañía de otras como ella; como una porción de vapor que se asfixia al no ser parte de una nube; como una mano sin su brazo, una voz sin boca que la emita, un beso sin otro par de labios que lo reciban. He sido dependiente, incompleto y sin razón, depositado en la existencia, desarraigado y sin motor.
—Podría parecer que te estás conduciendo a través de tu tristeza. Visto sin maquillajes, eso pasa a la mayoría de los humanos. El único camino para comprender mejor la vida en este mundo es aceptar lo que has dicho; y eso solo se logra sin evadirme. A todos les corresponde reconocer en algún momento que están ausentes las respuestas definitivas —confesó la Ausencia.
—¿Por qué debe ser así? ¿Quién nos ha traído a este mundo? ¿Alguien lo decidió? No entiendo el sentido último de todo esto —murmuró Vittorio.
—Habrá tiempo para que esas preguntas sean respondidas más adelante. O quizá nunca suceda. ¿Eres de los que creen que hay una solución para todo? ¿Cuál es tu idea de lo que son los humanos? —interrogó la Ausencia.
—Quedamos inmóviles ante la tempestad, movidos por el vaivén que siempre retorna, repetimos la historia de vivientes que mueren y se van, de venidos que vuelven a irse y de idos que no regresarán. Existimos en el espacio donde otros fueron y ya no son, respirando las ausencias de quienes nos han precedido; nacer da comienzo a la historia insensata de todos los que hemos sido, cargados de un génesis no elegido, delineados por una genética condicional, atemorizados por la locura filosofal de estas evidencias. ¿Cuáles son los motivos para venir a este cuerpo? ¿Cómo explicar el azar, la temible causalidad que se revierte ante nuestro deseo de explicación? ¿De qué manera podríamos despedir a los que ya no están? ¿Acaso ahora ellos existen en donde nosotros no estamos? ¿Aquellos a quienes no vemos entre nosotros han descubierto las respuestas? ¿Qué se dice allá de los que seguimos aquí? ¿Los muertos pueden verse en un sitio donde nosotros no nos vemos? Nos hemos creído la ficción del espíritu y pasamos la vida tratando de comunicarnos con los que se han ido. Somos tan cobardes que no asumimos que la muerte termina con todo lo que fuimos. ¡No hay razón para tener una mente tan incapaz! El límite de nuestra comprensión se vuelve insoportable ante la intuición de lo que nunca hemos comprendido. En el mejor de los casos, sabemos que no sabemos. ¿Cómo se llama este juego en el que nunca es suficiente? ¿Cómo podemos entender que nunca hemos entendido? ¿Cómo salir del embrollo mundanal? ¿Esto corresponde a lo humano?
—Me siento conectada contigo, por completo —expresó la Ausencia, escuchándose satisfecha.
Con sus ojos cerrados, Vittorio percibió que lo rodeaba un vapor oscuro que luego se volvió transparente, y en medio de esa transparencia se encontraba él, siendo invisible, siendo nada. Eso lo asustó un poco, pero no quería romper su trance, sabía muy bien que las cosas no son nunca como las pensamos, que el miedo entorpece los procesos de descubrimiento. Se aceptó como una nada, él mismo ausente de sí y para sí, desaparecido.
—Cuando no está el cuerpo es buen momento de pensar en él. Háblame de tu experiencia corporal –esbozó la Ausencia, luego de transcurrir mucho tiempo en el Sin Tiempo.
—No puedo escapar del cuerpo, es una cárcel que he habitado y que me ata, no hay manera de separarme. No podré salir vivo, existo dentro de esta carne desgastada. Aquí habré de permanecer hasta que cruce la puerta que nos hace perecer. Vivo dependiente del cuerpo: no puedo tomar algo si no es con mis manos, no logro ver si no es con mis ojos, no avanzo si no es con mis piernas, estoy adaptado a un aparato que me contiene, lo necesito para entender mi vida en el mundo. El cuerpo me sostiene y lo alimento para que me haga ser. Detrás de él no hay una contraparte, solo la conciencia que está referida a esta carne. Es poco de mí lo que puedo entender sin la implicación corporal. Luego de ser cortada mi unión umbilical comencé la odisea de la soledad viviente. Llené mis pulmones de aire y estuve condenado a respirar. Comí el primer alimento y, desde entonces, debo hacerlo cada día. Estoy necesitado de afecto y vivo afectado por tal condición. No he elegido lo que me es imprescindible, mi condición humana me ciega cuando me acerco a la orilla del no ser. Hasta hoy había creído que podía elegir, pero sé
