Encontrándome en Amy
Por Daan Gallop
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No es un detalle de sus venturas y desventuras, es un relato de esperanza y lucha en la difícil tarea de encontrarse a sí mismo.
No tiene que ver con logros o fracasos, sino con la impersonal forma que toma eso que elegimos llamar amor.
55 años, es todo y es nada, es una vida encerrada en un suspiro, es saber que empezar de nuevo sin mirar hacia atrás, puede ser tan especial como las mariposas en el estómago de nuestro primer amor.
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Comentarios para Encontrándome en Amy
1 clasificación1 comentario
- Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Sep 1, 2022
Una historia fascinante, para enamorarse de la vida y abrazar los sueños....
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Encontrándome en Amy - Daan Gallop
Encontrándome en Amy
Daan Gallop
Dedicatoria
A mis padres, que, a pesar de los años que han pasado desde que no están, aún me orientan y me guían.
A Raquel, cuya estrella sigue brillando para mí todas las noches.
A mis hijos, Diego, Nicolás, Francisco, Ivón, Tomás y Hernán, que permanentemente sostienen y cobijan mi camino.
A la vida, que me ha dado y quitado tanto, pero, al fin, he aprendido que es maravilloso vivirla.
Resumen a modo de introducción
(Cincuenta y cinco años, un parpadeo)
Esta es la historia de un hombre caminando a lo largo de su vida en búsqueda de la felicidad.
No es un detalle de sus venturas y desventuras, es un relato de esperanza y lucha en la difícil tarea de encontrarse a sí mismo.
No tiene que ver con logros o fracasos (estos últimos son los que, en definitiva, nos fortalecen), sino con la forma impersonal que toma eso que elegimos llamar amor.
Cincuenta y cinco años son todo y no son nada; es una vida encerrada en un suspiro, es saber que empezar de nuevo, sin mirar hacia atrás, puede ser tan especial como las mariposas que sentimos en el estómago con nuestro primer amor.
Y todo esto porque sí, por lograr tener, al fin, la alegría que se alcanza al haber vivido agradeciendo.
Daan Gallop
Encontrándome en Amy / Daan Gallop. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4116-87-1
1. Narrativa Argentina. 2. Exilio. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.
ISBN 978-987-4116-87-1
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
1
Caminaba despacio, con la vista perdida mirando al frente. Hablaba poco y raras veces sonreía. Parecía que la vida social era algo que no formaba parte de la suya. De todos modos, existía, indiferente al reconocimiento y la convivencia.
Hacía todo tipo de trabajos menores: cortaba pasto, limpiaba zanjas, barría canaletas. Solamente recaudaba lo que necesitaba para sobrevivir.
Por el momento, había conseguido un trabajo de lavacopas en un ruidoso y pequeño restaurante de comida rápida, y su pago consistía en alimentos y un lugar en la trastienda, entre trastos, restos de sillas y mesas rotas, donde dormía poco y mal, pero, aun así, era mejor que pasar la noche en la calle. El comedor estaba situado en la parte oeste del Bronx, en Little Italy, cerca del Parque Botánico de Nueva York (Botanical Garden). Su horario comenzaba a las dos de la tarde y terminaba cuando el último cliente se retiraba, alrededor de las ocho de la noche. Algunos días, temprano en la mañana, tomaba el autobús hacia el norte y llegaba hasta la 241 Street Station, en Wakefield, donde se encontraban los barrios residenciales de clase media del Bronx, y allí solía recorrer las calles llamando a las puertas de las casas con el objetivo de ofrecer sus servicios para realizar cualquier trabajo, ya fuera desmalezado, limpiando terrenos, haciendo pequeños arreglos eléctricos o de mamposterías, etc.
Un día, se presentó en una vivienda cercada por una seta baja y un portoncito de madera pintado de blanco, de no más de 60 cm de altura, que desembocaba en un jardín visible desde la calle y en una puerta al costado, que conducía a la entrada. Una señora de color y edad madura, sin abrir demasiado, le respondió que no, que no necesitaba nada y cerró rápidamente. Como de costumbre, Fran comenzó a caminar hacia la siguiente casa para repetir su ritual.
Había avanzado solo unos pasos cuando la misma señora lo llamó en voz alta.
—Usted, venga. —Le hizo un ademán para que se acercara a la puerta, que ahora estaba abierta en su totalidad.
Al llegar, vio a una anciana en una silla de ruedas, que lo miraba con ojos azules y curiosos.
—¿Cómo se llama usted? —le preguntó con voz viva y clara.
—Me llamo Fran, señora.
—¿Qué trabajos puede hacer?
—Lo que precise: cortar pasto, limpiar piletas, barrer, arreglar el jardín, reparar cercas...
—Muy bien. El jardín ha estado un poco descuidado últimamente, ¿puede ponerlo en condiciones?
—Sí, señora, trabajaré hasta la una de la tarde.
—Bien, Amelia le indicará dónde encontrar las herramientas que necesite. Lo veré, entonces, a la una, cuando haya terminado.
Una vez dicho esto, Amelia se interpuso delante de la anciana cerrando la puerta e indicándole a Fran que la siguiera por el exterior de la casa hasta la parte trasera, donde estaba construido un pequeño cuarto lleno de herramientas, polvo, trapos y muebles viejos desmontados.
Fran miró un poco todo lo que tenía frente a sí y, sin más, comenzó la tarea. Primero, buscó unas bolsas para juntar el pasto suelto, las ramas caídas y restos de papel que se arremolinaban alrededor de la pileta y a los costados del jardín (en ese momento, casi inexistente, ya que solo era un pastizal de distintas alturas, seco y duro, que se había adueñado del lugar). Trabajó sin parar hasta que sintió la boca seca a causa del calor y el esfuerzo, y se detuvo a tomar agua de una canilla que encontró en el extremo sur del patio, con la manguera reseca y rota enrollada a su alrededor. En ese momento, apareció Amelia con una bandeja, una jarra y un vaso con limonada fría. Con mirada recelosa, la apoyó sobre una vieja mesita de hierro que había visto tiempos mejores y se alejó sin decir palabra.
Cuando calculó que sería la hora de irse, puso todo lo que había juntado dentro de tres bolsas grandes y las llevó hacia el frente de la casa para que fueran retiradas por los recolectores. Golpeó la puerta y abrió Amelia.
—Es hora de marcharme. Puedo volver mañana y continuar con la limpieza, si le parece a la señora.
Sin emitir sonido alguno, Amelia salió de la casa y caminó hacia el jardín para inspeccionar el trabajo. Entró nuevamente y, al cabo de unos minutos, apareció con unos billetes y le encargó:
—Venga mañana a la misma hora, veremos qué trabajos hay.
Fran caminó con prisa hasta la estación de autobuses y a las dos en punto ya se encontraba en el restaurante limpiando pisos y cocina.
Al otro día, recorrió el mismo trayecto y llamó en la casa blanca. Salió Amelia y lo hizo pasar al recibidor. Estaba la señora sentada en su silla, quien lo miró a los ojos durante unos segundos y le dijo:
—Buenos días, Fran. Amelia me comentó que su trabajo estuvo bien, así que, si está de acuerdo, puede venir todos los días y ocuparse de que toda la parte trasera de la casa quede en condiciones para que puedan venir mis nietos, nuevamente, a disfrutar de la pileta y el jardín.
—Muy bien, señora. Así será.
Volvió Fran al cuarto de las herramientas, sacó una pala y se dirigió al jardín para continuar con su labor. De igual forma que el día anterior, al cabo de un rato apareció Amelia con la bandeja y la limonada y, al terminar, inspeccionó el trabajo, le entregó unos billetes y le informó que lo estarían esperando al día siguiente.
Esta rutina se repitió por cuatro días. Al quinto, cuando Fran llegó a la casa, Amelia le indicó que entrara y esperara a la señora. La habitación estaba oscura, con pesados cortinajes azules y colores opacos en las paredes. El piso de madera presentaba un abandono que se apreciaba al instante, pues no solamente se veía deslucido, sino que también faltaban pedazos en algunos sectores, haciendo que crujiera más de lo habitual.
—Buenos días, Fran —sintió de repente desde atrás, mientras aparecía la señora en su silla de ruedas empujada por Amelia.
—Buenos días, señora.
—Fran, hace ya unos días que viene usted a trabajar y Amelia me ha informado que lo hace bien. ¿Puedo hacerle algunas preguntas?
Fran se retorció, incómodo, pensó unos segundos y respondió:
—Trataré de responder lo mejor que pueda.
—Bien, ¿de dónde es usted?
—De Sudamérica. De Argentina, señora.
—¿Dónde vive?
—Por ahora, en Little Italy, en la trastienda del restaurante donde trabajo por la tarde.
—¿Está feliz con ese trabajo?
—Estoy feliz con estar vivo, eso solo lo hago para mantenerme.
—¿Tiene o ha tenido problemas con la ley, aquí o en su país?
—No, señora, ninguno.
Amelia escuchaba en silencio, con la mirada fija en Fran, y aunque no lo verbalizara, era evidente que no estaba cómoda con ese hombre metido en la casa. No obstante, no trataba de disimular el fastidio que le ocasionaba la situación.
—¿Tiene papeles de residencia?
—No, señora.
—¿Y cuánto hace que está en este país?
—Mañana se cumplirán nueve meses.
—Bien, Fran, voy a confiar en usted. Quiero proponerle algo. En esta casa hay mucho trabajo
