Días de cambio: Habana 1933
Por Enrique Bosch
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Martín Estévez, un joven secretario del presidente Gerardo Machado, se enfrenta a la desesperanza luego de los días que siguieron al 12 de agosto de 1933, cuando su jefe renuncia y abandona abruptamente el país, dejando atrás un traumático y violento cambio de gobierno.
Alejado del caos y en medio de una natural incertidumbre conoce a Dora
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Días de cambio - Enrique Bosch
DÍAS DE
CAMBIO
Habana 1933
DÍAS DE
CAMBIO
Habana 1933
ENRIQUE BOSCH
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Publicado por Ibukku
www.ibukku.com
Diseño y maquetación: Índigo Estudio Gráfico
Copyright © 2020 ENRIQUE BOSCH
ISBN Paperback: 978-1-64086-688-1
ISBN eBook: 978-1-64086-689-8
Tabla de Contenido
AGOSTO 1933
El último encargo / La Teje
/ Expectante misiva / De vuelta en Palacio
SEPTIEMBRE 1933
Estudiantes y Soldados / Noticias de la Habana / El Comité de los cinco / Linda visita / Nuevo gobierno / Reunión en Palacio / Un pueblo tranquilo / Las columnatas del Saratoga / Cumple años feliz
OCTUBRE 1933
La Habana, un campo de batalla / Injusta realidad / Emergencias / Alguien especial / En Reina Mercedes / Sospecha de traición
NOVIEMBRE 1933
Estado de guerra / Con el doctor Presno
DICIEMBRE 1933
Misa y amonestaciones / Vísperas de navidad / Noche Buena
ENERO 1934
Gestión Presidencial / Visiteo
inesperado / Tiroteo en Palacio / Encuentro / Al día siguiente / El Faro
/ Un espontaneo clamor / Epílogo
Agradecimientos
A mis padres por inculcarnos el hábito a la lectura
A mis colaboradores y correctores de lectura, mis hermanos Alexis, Alberto (Coco) y mi prima Electra (Chichi).
A mi primer lector y Rosareño
Amadito Coto
A nuestro diseñador Vladimir
Notas
Días de cambio
, es una novela de ficción donde los sucesos y personajes están concebidos desde la verdad psicológica expresada por el autor.
Para la gente común, la historia no es más que el pasar de sus propias vidas.
La verdad y la justicia suelen estar en el punto medio, en el fiel de la balanza. Labor del gobernante es lograr que esta balanza funcione correctamente.
AGOSTO 1933
El último encargo
Finalmente tomó rumbo al centro de la ciudad, había decidido de último momento recuperar la foto de su madre olvidada después de su abrupta salida hacia Santiago de las Vegas ¹, donde junto al Presidente, había pasado los últimos tres días. Pensó, solo se desviaría un momento, un pequeño despego no dilataría demasiado su regreso al aeropuerto de Columbia
² donde sabia lo esperaban con apremio. La foto era su único recuerdo y no dejaba de lamentar haberla descuidado, así que tomo la calle Neptuno
en dirección al Palacio Presidencial. En el camino noto que cada vez había más gente merodeando las esquinas, y se palpaba una vehemente inquietud; grupos de curiosos cuchichiaban en las entradas de los negocios, y algunos más exaltados corrían de un lado a otro sin finalidad patente. Era evidente que los habaneros presagiaban que algo inusitado estaba pasando. Las emisoras fantasmas del ABC
³ advertían en horas de la madrugada desde sus exiguas trasmisiones, que el Tirano
había huido y el pueblo escéptico comenzaba a salir en busca de respuestas.
Al llegar al Paseo del Prado
, una multitud bulliciosa concurría a los contornos de lo que parecía ser un hombre herido en medio de la calle. Martín detuvo el auto y ansioso decidió ver que sucedía. Cuando pudo acercarse reconoció el rostro del coronel Antonio Jiménez que agonizaba en plena acera sobre un inmenso, denso y negruzco charco de sangre. Se acercó vacilante más allá de los mirones, dejándose llevar por un insólito primer impulso. El desahuciado al sentirlo cerca balbuceo algo inaudible en un intento final antes de quedar totalmente inmóvil. Aterrado por la dantesca escena regreso al auto tratando de evadir la realidad, mientras reagrupaba inconsciente sus ideas; todavía tenía un encargo importante que cumplir, así que después de una necesaria determinación, continuo viaje a pesar de la lánguida y aterradora mirada del coronel moribundo que continuaba persiguiendo cada uno de sus pensamientos.
Un soldado seguía cabizbajo, fusil en mano frente al cuerpo ya sin vida del desdichado, otro hacia poses de triunfo sobre una de las estatuas en forma de leones que adornaban el elegante paseo habanero, mientras era vitoreado en desatino por una turba que colérica gritaba ¡A Palacio!… ¡A Palacio!
Después de chequear una y otra vez que el encargo de su jefe seguía fiable bajo su asiento, ya más encauzado, resolvió ir directo a Columbia
, los intentos de rescatar su retrato olvidado se desvanecían ante el pavor de lo inesperado. El General tenía razón tras su renuncia vendría el Caos.
Con un gesto de agradecimiento, el presidente Machado ⁴ abrió el sobre de manila e hizo un rápido conteo del dinero.
Mi querido Martín… Eres la persona más eficiente y honesta que he conocido en mi vida.
—Sólo cumplí con lo que me pidió.
—No amigo mío —aclaró Machado —cualquiera en estos momentos se hubiera aprovechado…
—Sabe que nunca hubiera hecho eso…
—Lo sé… Te daré un poco, lo vas a necesitar —afirmó, mientras su fiel secretario se negaba enfáticamente a recibir el dinero —Tómalo como una compensación a tus servicios… Por favor, lo necesitaras y además te lo has ganado… Tómalo
Martín accedió finalmente ante la efusiva imposición de su jefe, a fin de cuentas, un poco de plata nunca venía mal.
—No creo que sea prudente que regreses a tu apartamento —advirtió Machado cuando se disponía a despedirse de su querido empleado—
No has hecho nada malo —aclaró —pero todo el que se halla relacionado conmigo de una manera u otra en estos días corre peligro… Ten en cuenta eso muchacho, y cuídate.
—Lo comprendo muy bien General… No se preocupe.
—¿Has pensado dónde ir?
—Si, Iré a Santa María del Rosario⁵, allí está el Padre Raúl… ¿Se acuerda?, el hijo de Flores.
—¡Claro!, su padre fue un buen amigo ¿Desde cuándo está en la Habana?
—Hace casi dos años lo asignaron a la Parroquia del pueblo.
—Creo que debes ir… Por lo menos hasta que se calmen las aguas.
Un joven sargento se acercó y tras un saludo militar, se dirigió al Presidente —Señor el Hidroavión
está listo… Ya todos están dentro.
—Gracias sargento ¿Podría hacerme un último favor?
—Al orden señor Presidente
—Necesito que alguien lleve a mi secretario a su pueblo, es en la misma Habana.
—¿Sus Máquinas
⁶ se quedarán aquí Señor?
—Si sargento, los autos oficiales se quedan… Es preciso que use un vehículo de su propio parqueo.
—Me encargaré personalmente… Delo por hecho —afirmó el Sargento tras un repetitivo saludo.
Después de una breve y definitiva despedida, Martín se unió al joven militar que emprendió camino a las instalaciones principales a un costado del aeropuerto. A pesar de ser fin de semana, se advertía movimiento de soldados y técnica en el área; días antes El campamento había permanecido en estado de alerta, leal al presidente ante la inesperada sedición de una gran parte del ejército.
Martín, pequeño de estatura trataba de alcanzar sin éxito al esbelto sargento, que se movía con increíble rapidez hacia el parqueo; y finalmente hacía señas a su acompañante todavía rezagado, indicándole cual era el auto que tomarían.
Un rato después, ya más allá del viejo cacho de muro, construido en los tiempos de la primera intervención militar norteamericana, el ruidoso Hidroavión
pasaba por sobre sus cabezas, dentro iba el abdicado presidente y algunos de sus más cercanos colaboradores.
Una vez el fragor amaino, el Sargento volvió a preguntar a su acompañante cuál era su destino.
—Santa María del Rosario… ¿Sabe el camino?
—Si lo conozco…
Martín mantuvo un abstraído silencio durante el trayecto. La Carretera Central⁷ aparecía después de un rato y el viaje se tornaba más tranquilo y fresco. La Campiña siempre hacia un efecto positivo e involuntario en su estado de ánimo, le trasmitía una genuina felicidad que brotaba fascinante a través del recóndito recuerdo de su niñez. Ya caía la tarde y después de un largo y soleado trecho al fin llegaron al Cotorro, un pueblo donde decidieron hacer un alto para estirar las piernas y tomar algo refrescante.
—¿En Santa María vive su familia? —preguntó el Sargento, mientras alguien que los atendía limpiaba insistentemente el mostrador.
—No, mi familia es de Santa Clara⁸, voy a casa de un amigo —dijo Martín amable pero terminante, mientras les servían algo de tomar.
Después del refrigerio y una escueta conversación en La Vuelta Abajo
, un bodegón frente a la iglesia que les había servido de refugio por unos minutos, volvieron al camino.
—No entraré al pueblo —advirtió el militar —Tendrá que caminar un poco.
—Estaré bien, muchas gracias
El militar cumplió su palabra y Martín caminó el último tramo. Nunca había estado en Santa María del Rosario, sus referencias eran solo las que había escuchado de su amigo Sacerdote en sus eventuales visitas a la Habana. Después de un caluroso andar, apareció la torre del campanario entre palmeras que cimbreaban sobre el añoso tejado de la Parroquia. Todo lo que su amigo le había descrito estaba ante sus ojos. El Pueblo era realmente viejo y hermoso, parecía como si el tiempo se hubiera detenido en él. Cruzó la vetusta plaza de armas convertida en parque municipal y llego al portón de la Iglesia que permanecía abierto en su parte más baja, entro y quedó extasiado ante la belleza de la que un día alguien llamo con justicia, La Catedral de los Campos de Cuba
. Un estallido de oros, azules, flores y arabescos, adornaban el fondo. El Altar Mayor
lucias columnas salomónicas cubiertas de oro, entretejidas hojas de acanto y guirnaldas Barrocas.
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó una voz infantil, que esmerado limpiaba uno de los santuarios.
—Quisiera ver al Padre Raúl —respondió el recién llegado al muchacho que lo atendía Plumero en mano.
—¿De parte?
—Dígale que es Martín Estévez, su amigo de Santa Clara.
—Enseguida le aviso —aseveró el mozo con gesto amable.
En minutos, el Sacerdote estaba estrechando en brazos a su amigo de la infancia, detallaba al jovencito las labores pendientes, y agregaba alguna más relacionada con la sorpresiva visita.
—Martín, que sorpresa —exclamó el Párroco —¡Por fin te dignaste a venir por aquí!
—Sí… No como hubiera querido, pero…
—Me imagino que son días difíciles, hasta aquí llegan los rumores que Machado dejó el poder.
—Ya se fue Raúl… Se fue hace unas horas.
—¿De Cuba?
—Sí…
—¿Estuviste con él?
—Sí… Estuve en su finca de Santiago de las Vegas estos últimos tres días.El Padre Raúl tomó la mano de su amigo y dio unas alentadoras palmaditas —Hiciste muy bien en venir a verme.
—Me preocupa el caos —admitió Martín cabizbajo —Tal vez necesite estar unos días por aquí.
—Claro —aseguró el Sacerdote —Esta es tu casa; por cierto, alguien hoy me trajo un guiso de maíz que se ve muy rico, así que dentro de un rato comemos y después te acomodo… Te hace falta dormir, se te nota muy cansado. Mañana es domingo y podremos hablar con tranquilidad después de Misa.
La Teje
La Misa terminó temprano, había estado concurrida como cada domingo, la noticia de la huida de Machado era ya un secreto a voces entre los escépticos Rosareños
⁹, que cuando se trataba de asuntos de gobierno sabían que había tiempos malos y buenos. Así que, más allá de la lógica inquietud que despertaban los sucesos políticos desde la Habana, el desosiego de los fieles esa mañana no fue más allá de la indagación. Mientras tuvieran café y lluvia para sus cosechas todo andaría bien al menos para ellos.
Ya, tarde en la noche, antes de ir a la cama y después de un domingo de platica y reflexión, el Padre Raúl comentó a su invitado que en la mañana visitarían La Teje
, un rudimentario tejar propiedad de Mario Acosta. Acosta un prominente vecino del barrio Cambute, había ofrecido alojar al joven por unos días en su casa, después que el sacerdote una vez terminada la ceremonia le explicara su situación.
—¿Crees que es buena idea? —cuestionó Martín.
—Estarás bien, te lo aseguro, Mario es gente de ley, no te preocupes.
—¿A qué hora salimos?
—Tempranito… Ahora descansa, anoche no dormiste bien
—Buenas noches Raúl.
Al otro día emprendieron el viaje en un Carretón que el religioso solía usar en sus visitas a los intrincados caseríos donde vivían alguno de sus feligreses; el Tejar estaba pasando un deteriorado puente a la derecha, siguiendo el camino semiasfaltado que el mismo Acosta había reconstruido varias veces. La Casona
, como llamaban todos a la residencia de la familia, colindaba con una nave almacén atestada de tejas de todo tipo, que a la vez se comunicaba con otra donde estaban la mezcladora de Arcilla y los hornos.
—No los esperaba tan temprano —evidenció el convidante, que recibía afable a su esperada visita. Él es Martín—indicó Mario a su acompañante, que atento se auto presentaba, estrechando la mano del joven.
—Severino Alberti… Bienvenido muchacho.
—Mucho gusto —reacciono el joven, brindando sus respetos a ambos.Los cuatro a pedido de Acosta se dirigieron a La Casona
, una estructura de madera estilo victoriano de principios de siglo construida por un militar norteamericano durante la intervención después de la guerra de independencia.
Alberti abrió la conversación, una vez se acomodaron en la terraza del fondo intencionalmente cobijada
