Recuerda el Futuro
Por Bryant Delafosse
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Recuerda el futuro, de Bryant Delafosse
Un adicto a las apuestas va al auxilio de una mujer clarividente, que cree que ha vislumbrado su propia muerte, mientras huye de dos misteriosos hombres de negro.
Recuerda el futuro
Grant Frederickson encuentra las palabras “Tiempo de pagar” pintadas con aerosol en las paredes de su departamento y recibe un plazo de veinticuatro horas para aparecer con el dinero que debe a un mafioso en Houston o morir.
Con nada por lo cual vivir, Grant escoge aceptar las consecuencias y entregarse al criminal que cree que asesinó a su esposa hace un año.
Antes de poder hacerlo, Grant se encuentra a sí mismo en el lugar correcto y en el momento correcto para proteger a una misteriosa mujer, que huye de dos perseguidores de traje oscuro a quienes llama Los Hombres Blancos.
Pero, ¿fue su encuentro realmente accidenta? Maddy parece saber más de lo que debiera—no sólo acerca de Grant, sino acerca del futuro en sí mismo y dónde los guiará inevitablemente: a Nueva Orleans y a la Muerte.
Bryant Delafosse
Bryant Delafosse (autor) -- Nací en Texas y actualmente vivo en el sur de California con mi esposa, hijo y dos terriers, Luna y Jules. Soy el autor de novelas de horror, ciencia ficción y misterio, incluyendo HALLOWED, THE MALL, y REMEMBER THE FUTURE.
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Recuerda el Futuro - Bryant Delafosse
PROLOGO:
Maddy despertó con el recuerdo inconexo de un sueño—uno tan vívido que era incapaz de liberarse de su eco, incluso después de que salió el sol. Más tarde recordaría este instante como el que cambió su vida para siempre, aunque no hubiera podido saber en el momento.
En el sueño, se aproximó a la escena de un accidente, las luces de los vehículos de emergencia desplegando luces carnavalescas en la superficie del camino, húmedo por una temprana lluvia matutina. Un temor se construía lentamente dentro de ella, junto con una claridad cristalina de que alguien que le importaba estaba justo en el centro de esa carnicería. No, no solamente le importaba. Este individuo era el centro de su existencia.
Caminó hacia el personal de emergencia, el cual estaba ansioso gritando órdenes los unos a los otros, y conoció el desesperanzado sentimiento de que con cada paso estaba abandonando su vida anterior y caminando dentro de la oscuridad de un futuro incierto. Sabía que el momento inminente la enviaría a la deriva completamente sola sin su roca—lo único que la anclaba a este mundo.
Cuando finalmente despertó, fue con un frío vacío que le provocó escalofríos incontrolables durante la siguiente media hora, sin importar bajo cuántas mantas se acurrucara. Era una permanencia sicológica que la sacudió hasta el núcleo de su ser.
Aun así ella sabía que el sueño no era suyo. No era un sueño en lo absoluto, de todas maneras.
Era un recuerdo que le pertenecía a alguien más.
Ella nunca había amado a nadie como el dueño de este recuerdo había amado a la víctima del accidente. Por supuesto, había amado y deseado pero nunca compartido un amor recíproco como el que solamente había atisbado en la pesadilla.
Era una visión, lo sabía. Un terror nocturno tomado prestado de alguien.
¿Pero quién era esta otra persona?
Más importantemente, ¿qué hacía tan especial a esta otra persona que sintió este dolor antes de tener el placer de conocerlo en la realidad?
I.
HOUSTON, TEXAS
1
Grant se sentó tras el volante de su abollado Toyota Corolla de 1995 color blanco e intentó llegar a una suerte de paz con respecto al hecho de que iba a morir.
No conservaba ilusiones románticas acerca de su vida. Era un hombre de clase trabajadora en la cuarta ciudad más grande de los Estados Unidos y era bien pagado y de manera justa en una profesión altamente estresante.
Se le había dado un plazo límite hace un año para reunir una suma de dinero particularmente grande- una suma que lo había obligado a liquidar el último de sus recursos (incluyendo su póliza de seguro de vida), vender su casa, trabajar cada hora extra que pudiera conseguir, y, cuando no, vivir de un tacaño presupuesto. Había incluso restringido su alimentación, a veces subsistiendo, al parecer, únicamente de estrés y moviéndose a través del vaivén de la tediosa tarea de vivir solo por inercia. En un punto dado, se había vuelto tan macilento que el Encargado de Seguridad del trabajo le preguntó si necesitaba tiempo libre por razones de salud, al tiempo que cuidadosamente circunnavegaba la temida palabra con C
.
Luego de aquella confrontación, Grant finalmente se había mirado bien a sí mismo en el solitario espejo que poseía en el departamento de un dormitorio al final de la calle del Aeropuerto Internacional Bush, y se encontró con un par de ojos protuberantes contemplándolo de vuelta, en una cara malnutrida con la misma luz menguante que había vislumbrado en los niños hambrientos de los comerciales nocturnos de la TV para organizaciones sin fines de lucro al otro lado del océano.
El doctor de la compañía, a quien le habían obligado a visitar, le dijo que, si no comenzaba a comer, estaría muerto dentro de un año.
Aún no, se dijo Grant a sí mismo. No hasta después de pagar lo que ella había tomado prestado.
Pagar su deuda con el gamberro Arturo Torres se había convertido en el único motivo de su existencia, como si teniendo éxito en ello fuera a liberarse de la culpa que lo había acosado durante el último año. Ahora con el fin a la vista, sintió que apenas tenía suficiente fuerza restante para empujar su cuerpo por la línea de la meta.
Cogiendo la bolsa de papel café del asiento del pasajero, abrió de un empujón la puerta del conductor e instintivamente alcanzó la llave en el encendido. Se detuvo en medio del movimiento, dio un único oscuro suspiro a sí mismo mientras se daba cuenta de que éste era, con toda probabilidad, un viaje sólo de ida, y dejó las llaves atrás en el auto sin cerrar.
La única luz de arco en la cima de un poste en la distancia daba a la luz del estacionamiento vacío la palidez gris de una barrena lunar. Nada más que polvo y vacío.
Grant se sintió momentáneamente aturdido de excitación.
Este es el fin, lo sabía. Una ráfaga de adrenalina dio combustible a su avance hacia el solitario edificio, un taller automotriz de pintura y carrocería, y el único hombre parado afuera fumando un cigarrillo. Tuvo la sensación de estar cayendo desde una gran altura.
El hombre de ojos oscuros que esperaba vio con los ojos entrecerrados a Grant desde abajo del toldo de la puerta, que lo dejaba en la sombra. Usando una chaqueta de cuero negra, el hombre parecía desaparecer completamente cuando se posaba fuera de la luz.
Linda chaqueta, pensó Grant aleatoriamente. Se ve costosa.
Grant nuevamente sintió al instante la firme realidad de la tierra debajo de sus pies.
¿No estás pensando en intentar algo gracioso, o sí?
Grant sacudió la cabeza, sin registrar completamente la realidad de lo que se le había preguntado.
"¿Entonces para qué es la sonrisita de imbécil en tu cara?
Solo terminemos con esto,
respondió Grant apagadamente, volviendo conscientemente a la expresión funesta que se había acostumbrado a llevar.
El hombre arrancó la bolsa de su mano y estimó el peso. Finalmente, arrojó el cigarrillo que había estado fumando a sus pies y abrió la puerta a sus espaldas de un empujón, dirigiendo a Grant un único chasquido con el dedo para que lo siguiera al tiempo que regresaba al interior.
Grant comenzó a avanzar, tomando los momentos más breves para encontrar el cigarrillo descartado y machacarlo con la punta de su zapato.
Entraron al pasillo de una laberíntica oficina y siguieron los distantes sonidos agudos de tuercas de llanta siendo removidas.
Mi nombre es Grant Frederickson.
Sé quién eres,
replicó con indiferencia el hombre de piel morena.
Ingresó un código en la puerta en el extremo opuesto del pasillo y entró a un gran taller lleno de costosos vehículos europeos: Mercedes, Lamborghini, BMW, Ferrari. Había diez o quince hombres trabajando duramente para remover y reemplazar grandes piezas de varios vehículos. Lejos en la parte de atrás, dentro de una tienda de plástico limpia, varios hombres ajustaban porciones de un auto deportivo futurista que Grant no reconoció en preparación para pintura.
Como un golpe en la parte trasera con un instrumento filoso, Grant se percató de que se le había permitido entrar a un desarmadero ilegal. En vista de esto, concluyó que sólo podía haber una razón para que se le diera libremente esta dirección-una única tarjeta corporativa gris humeante con elegantes letras negras dejada encima de su máquina contestadora—y se le permitiera ver la actividad ilegal en marcha de un hombre al cual le debía dinero.
Como si leyera la mente de Grant, su escolta de ojos oscuros lo miró notoriamente justo afuera de la gran puerta de la oficina como haciendo una pregunta retórica: ¿Estás mirando bien todo, Frederickson?
Grant asintió una sola vez al hombre mientras ingresaba un código en otro teclado, empujaba la puerta y lo guiaba a través de una gran oficina justo lo suficientemente grande para amortiguar el ruido de la segunda oficina dentro de ella. Media docena de hombres de cara sombría alzaron la mirada desde sus varias tareas- uno de hecho limpiaba un arma de mano en medio de un bar repleto. Varios gruñidos afirmaban que el hombre que ingresó era esperado. Uno se incorporó y golpeó con peludos nudillos en la única puerta ubicada en la lejana pared.
¿Qué?
bramó una voz.
¡Es Rudy!
contestó nudillos peludos.
Momentos después, una mujer vestida profesionalmente abrió la puerta, un chihuahua apretujándose alrededor de sus tobillos diminutos que conducían a piernas de forma atlética. Ella intercambió una rápida pero notoria mirada con el hombre llamado Rudy y salió de la oficina interior, rozando muy ligeramente contra el hombre que mantenía la puerta abierta.
Grant dudó por los instantes más breves antes de aceptar su destino y traspasar el umbral. Arturo Torres se reclinó detrás de su escritorio con forma de bote de manera tan cómoda como era posible para un hombre de 1 metro 65 y 130 kilos. Un gordo puro ardía en un cenicero del tamaño del plato de agua de un pitbull.
Rudy dice que tienes mi dinero,
gruñó Torres.
El otro hombre apareció al lado de su jefe y colocó la bolsa sobre el escritorio. El hombre obeso cogió de un tirón la bolsa y la volcó por todo su escritorio sin mirar abajo. Efectivo de distinta denominación estaba sujeto con elásticos en 20 fajos distintos.
¿Cuánto?
preguntó a Grant.
Cada dólar que le prestaste a ella.
Aún está el asunto del interés.
Supongo que ese dinero y la sangre de mi esposa deberían arreglarlo.
Varios hombres aparecieron desde lados opuestos de la habitación como si se materializaran desde la arquitectura. Rudy miró a Grant con los ojos entrecerrados.
Una sonrisa divertida apareció en la cara de Torres. ¿Oh, es eso lo que supones?
Grant contuvo su lengua, simplemente devolviendo la mirada de Torres. Se sintió repentinamente como si estuviera observando la escena remotamente y seguro desde una gran distancia, maravillado e intrigado por lo que el diminuto hombre solo que se parecía mucho a él estaba haciendo en este alboroto de hombres malvados.
La sonrisa de Torres se desvaneció y miró a uno de los hombres de pie alerta en las sombras. Al, ¿sabes alguna mierda de lo que Frederickson está hablando?
No, señor, jefe,
respondió una voz áspera.
¿Tú, Phil?
No, señor,
vino el coro.
Bien, no sabemos nada de eso, Grant,
continuó Torres. Esa es una acusación bastante audaz considerando que tú fuiste el que solicitó mis servicios para comenzar.
Mi esposa era una mujer inteligente que cometió un error tonto,
respondió Grant, sintiendo la emoción que intentaba hacer temblar su voz firme y rechazándola. Como expliqué antes, el trato que ella hizo fue sin mi conocimiento y lo hizo por amor a mí.
Si me preguntas de quien fue la culpa, diría que fue tuya, Grant,
chasqueó Torres, cortando la última declaración de Grant. Tú fuiste el débil.
Grant se puso rígido. El sentimiento volvió súbitamente a sus piernas y el peso de la realidad las hizo tambalear.
Bueno, este es un comienzo saludable, pero no arregla el balance de nuestros libros. Había un buen poco de interés en tu préstamo.
Torres se incorporó recuperando el puro de su cenicero, como un cañón desde su montura-y tomó una larga y relajante bocanada. Dado que has visto nuestras instalaciones y que no tienes manera de pagarnos, en realidad no tengo más que una opción aquí. Un arreglo de negocios que ajustará las cuentas.
Torres abrió el primer cajón de su escritorio deslizándolo y recuperó un pequeño paquete envuelto apretadamente y lo arrojó por el escritorio hacia Grant. Tú entrega esto por mí a la dirección que Rudy te dé, Frederickson, luego hablaremos de nuevo.
Grant contempló el paquete y sintió una sonrisa aparecer como un reflejo de náusea, completamente imposible de contener. Se escuchó a sí mismo resoplar burlonamente y vio a los hombres erizarse como ante una provocación.
Ese efectivo en tu escritorio es todo lo que obtendrás alguna vez de mí,
se escuchó decir a sí mismo Grant. No puedo dar más de lo que has tomado de mí. Si eso no es suficiente, entonces tienes permiso para matarme.
Por un momento, la habitación fue un desierto sin viento. Incluso el taller parecía estar observando un momento de reverencial silencio.
¿Permiso?
La palabra en cuestión pareció flotar como un globo de la masa de expresiones confusas. Tomó a Grant un momento antes de darse cuenta de que fue Torres quien la profirió.
Entonces el hombre grande estaba de pie, moviéndose más rápidamente que lo que tiene derecho un hombre de 130 kilos y chasqueó hacia Rudy sus dedos con apariencia de salchicha. Sácalo de mi vista.
Pero Rudy estaba paralizado. Sus ojos oscuros parecieron crucificados ante el escuálido hombre de pie ante el gran escritorio de roble como si intentara resolver un rompecabezas.
¡Ahora!
ordenó Torres con una voz potente, y uno de los hombres saltó de entre las sombras justo antes de que Rudy mismo comenzara a moverse.
Grant tomó un profundo aliento y se endureció para el golpe mortal, esperando el crujido ensordecedor de una pistola o la insoportable intrusión de una cuchilla.
En su lugar se sintió a sí mismo volando de vuelta a través del taller y el laberinto de pasillos como si rebobinara una imagen grabada hasta su comienzo. El único dolor que sintió en lo absoluto en realidad fue el pinchazo de manos ásperas en el pescuezo y la presión del cinturón de sus pantalones en su ombligo. Repentinamente, se encontró a sí mismo navegando a través del aire y colisionando bruscamente contra el pavimento del estacionamiento. Rodó y miró hacia arriba a los ojos oscuros de Rudy de pie en la puerta del edificio junto a un segundo hombre mucho más grande, quien volvió su espalda sin interés de vuelta al desguace.
¿Entonces, estamos bien?
preguntó Grant con la pista de una sonrisa burlona floreciendo contra su mejor naturaleza.
Contemplándolo hacia abajo por un momento, Rudy finalmente regresó al edificio y azotó la puerta detrás de él.
Grant tomó un momento para incorporar sus débiles piernas bajo él y levantarse. Desempolvándose, dirigió una única mirada de vuelta a la puerta cerrada y se preguntó si la puerta volvería a abrirse después de que le volvió la espalda. Ciertamente no quería que le diera en la espalda. Todavía era lo suficientemente hombre para querer encontrarse a la muerte cara a cara.
Finalmente, regresó a su auto y trepó de vuelta detrás del volante, donde las llaves lo esperaban en el arranque.
Se sentó en silencio, sujetando el volante y trató de mantener sus manos temblorosas bajo control. Ojos cerrados, tomó un largo e irregular aliento y lo liberó lentamente.
Pudo oír el latir de su corazón en sus oídos y supo que aún estaba entre los vivos.
Finalmente, hizo partir el motor y abandonó el estacionamiento, preguntándose qué hacer para la cena ya que no había hecho ningún plan para el futuro.
2
Un avión rugió en lo alto mientras Grant abría la puerta de su departamento. Incluso si no hubiera estado rota, no se hubiera molestado en colocarle llave.
La habitación estaba como él la había dejado—en completo caos. Cajones volcados. Platos rotos. Colchón y almohadas hechos jirones. Espuma barata mecida a través del piso de linóleo raso por la gentil brisa nocturna.
Casi la única cosa que aún funcionaba era la contestadora en la que el equipo de destrucción había dejado la tarjeta.
Se preguntó cómo podían estar tan seguros de que no iría a la policía primero con la dirección en la tarjeta. Estaban acostumbrados a tratar con gente asustada y cobarde, pensó. Quizás nunca se les había ocurrido que él actuaría de otra forma.
Los vi, Sr. Fred
Grant dio un salto y se giró.
Un chico huesudo de 7 años estaba de pie con el pecho al descubierto detrás de él en el rellano del segundo piso.
¿Justin, qué de...? ¿Qué haces levantado a esta hora?
profirió Grant abruptamente, sintiéndose más enojado por haber sido asustado más que por cualquier otra cosa. Revisó su reloj. Faltaban 15 minutos para la media noche.
¿Has visto a mi mamá?
La cara de Gran expresó frustración y examinó el horizonte. Desde su altura en el segundo piso, podía ver una mujer de tamaño generoso balanceándose por la calle que conducía a la licorería a una cuadra de distancia.
Parece que fue a comprar cigarrillos otra vez,
le dijo Grant con un pesado suspiro. Consideró volver a llamar al servicio de protección infantil, luego recordó que sus líneas telefónicas habían sido dañadas.
Eran blancos,
declaró el pequeño, avanzando para inspeccionar el interior del departamento destrozado. Sólo no quería que fueras a culpar a los tipos equivocados, eso es todo.
Pateó una bolsa de Doritos abierta con su pie sucio descalzo. Parece que se metieron en tu comida también.
Toma, puedes ayudarme llevando algunas de estas.
Grant recuperó una barra de cereal del piso y se la alcanzó a Justin. Sólo no le digas a tu mamá que te di eso,
le dijo Grant, apuntando afuera a la mujer mientras se sentaba en una de las tumbonas bajo la zona de la piscina. Encendió su cigarrillo, inconsciente de que el chico de 7 años la esperaba arriba.
Mirando hacia abajo, Justin ya le había arrebatado la barra y consumido la mitad de ella antes de que Grant pudiera decir una palabra.
Calma con eso
.
Despidiéndose con la mano, Justin trepó de vuelta a su unidad al lado. Gracias, Sr. Fred,
siseó con ese alto
