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¿Un atardecer, un beso y una loca idea podrán hacer que ella se quede en Sunset Beach?
Siempre hay un hombre en tu vida que nunca olvidarás y un rincón especial donde todo comenzó…
Olivia Jones vendió su alma al director ejecutivo de Financial Freedom. Sexy, rico y con poder en Wall Street, Brent Atwood quería a Olivia. Ella quería la firma de Brent en su nómina. Hasta que se dio cuenta de que él no era su dueño. Olivia dimite, rompe con su acuerdo con Brent y acepta la invitación para el rencuentro del décimo aniversario con sus amigas en Sunset Beach.
Vuelve al alto roble desde el cual solía ver los atardeceres con Jacob Adams. Su primer amor; el que dejó atrás con un corazón roto. Se pregunta si ha habido demasiadas millas y demasiados años de por medio. Sus dudas re resuelven cuando él se junta con ella en su rincón especial.
Angela Ford
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Besos al atardecer - Angela Ford
Prólogo
—Así que esto es un adiós...
Olivia vio cómo le caía una lágrima por la mejilla justo antes de que se diera la vuelta. Jacob Adams se quedó junto al viejo roble. Tenía la mano posada encima del corazón con las iniciales A&J que grabaron en el árbol en el décimo cumpleaños de Olivia. Volvían al mismo lugar cada año para esa fecha.
Olivia había esperado con ansia cumplir dieciocho años. Había contado los meses que le faltaban desde que tenía trece. Cinco interminables años de estudio le fueron recompensados con una beca, la cual haría posible que saliera de aquel aburrido pueblo donde había crecido. No es que no le hubiera hablado a Jacob de sus planes. Él fue el primero en saberlo. Olivia había crecido en la casa de los vecinos. Se preguntaba por qué él reaccionó de una manera diferente aquel día. Extendió el brazo para tocar su hombro, pero Jacob lo rechazó con desdén.
—Jacob, ¿por qué te pones así? Sabías cuáles eran mis planes antes que nadie.
Giró la cabeza lo suficiente como para que ella pudiera verle la cara.
—En serio, Livy, ¿tienes que preguntarlo?
Su mirada la asustó, parecía que estaba enfadado. Intentó recordar si había estado enfadado con ella antes, pero no pudo pensar en ningún momento. Encogió los hombros en un gesto de duda.
—Livy, no quiero decirte adiós. Te quiero. —Derramó otra lágrima y se dio la vuelta de nuevo.
Olivia inspiró profundamente y dirigió su mirada hacia el mar. Como siempre, no respondió cuando él le dijo que la quería. Tenía miedo de que esas dos palabras pudieran complicar sus planes. Las vistas desde el viejo roble la dejaban sin aliento cada vez que las miraba. Jacob y su rincón especial le habían servido de refugio durante años. En su décimo cumpleaños, le confesó que la amistad que tenían y las vistas del atardecer junto el alto roble eran su único consuelo. Las puestas de sol desde su rincón eran simplemente extraordinarias. Sunset Beach siempre había tenido fama por los impresionantes atardeceres; el pequeño pueblo costero atraía a turistas de todo el mundo. La gente venía de mayo a octubre, los únicos meses en los que el pueblo crecía un poco. Los inviernos eran durísimos. Para cuando Olivia había cumplido doce años, aquel rincón privado para ver el atardecer se había convertido en un resort. El viejo roble se quedó a cierta distancia del hotel, pero había perdido toda su intimidad. A pesar de ello, Jacob la seguía llevando allí cada cumpleaños. Olivia le había contado sus planes de dejar Sunset Beach para ir a estudiar y hacer la vida que ella siempre había soñado. Nunca habló de Jacob en esos planes. Él se lo preguntó en una ocasión, y ella le contestó con otra pregunta: ¿sería él capaz de dejar Sunset Beach y su familia alguna vez? Su silencio fue la respuesta. El padre de Jacob tenía una empresa de jardinería y estaba claro que algún día él se quedaría con el negocio. Olivia sabía que no iba a ser capaz de salir del pueblo, ni siquiera por ella. Lo que también tenía claro desde que tenía uso de razón era que ella quería irse de allí.
Amaba a Jacob, aunque nunca se lo admitiera a nadie, ni siquiera a sí misma. No confiaba en el amor. Su madre falleció poco después de su quinto cumpleaños y los pocos recuerdos que había tenido de ella se fueron desvaneciendo con el tiempo. Su padre hizo lo que pudo, pero, entre los muchos trabajos y su adicción a la botella, lo tenían difícil.
Olivia creció prácticamente en la casa de sus vecinos. La madre de Jacob era para ella como su propia madre. Quería escapar de la adicción de su padre y de ese pueblo que no le ofrecía nada. Soñaba con la universidad, con Wall Street y con la emocionante vida que tendría fuera de aquel lugar.
Olivia se fue de Sunset Beach el día de su graduación con una beca completa para Columbia y la convicción de que trabajaría en Wall Street. Lo que dejó en el pueblo fue a Jacob con el corazón partido. No le volvió a hablar después de su encuentro en el árbol en su dieciocho cumpleaños; tenía toda su ilusión puesta en Nueva York.
No volvió a mirar atrás.
Capítulo uno
Diez años más tarde.
—Otro éxito más.
Olivia se volvió hacia él desde el cristal del despacho principal. Brent Atwood, director ejecutivo de Financial Freedom, le pasó una copa de champán. Ella la inclinó para brindar. Sonó un ligero din en el silencio de aquel lugar.
—Gracias, Sr. Atwood. —Una sonrisa maliciosa se le iba formando según posaba la copa en los labios.
—¿Sr. Atwood? —cuestionó la formalidad en la que se dirigió a él—. Por hoy ya todo el mundo se ha ido, Olivia, solo quedamos nosotros.
Las comisuras de su boca dibujaron una sonrisa. Brent raras veces sonreía. En el mundo corporativo, su expresión sombría y sus firmes apretones de manos lo caracterizaban como el banquero de inversión más serio de Nueva York. Ahora que la jornada laboral había acabado, llevó la atención a los labios de Olivia. Ya no podía resistir más las ganas de besarla. Sentir sus labios con los de ella le hacía olvidarse por completo de las asociaciones y el mundo corporativo. Siempre mantenía una actitud formal hasta que se quedaban a solas. Le acarició el labio con la punta del dedo y paso seductivamente al cuello de su camisa. Olivia ya se había quitado la chaqueta y la había dejado en el respaldo de su sillón.
—Gracias Brent—soltó una risita. Tomó un sorbo de champán y dejó la copa en la mesa. Parecía
