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Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo): Edición enriquecida.
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Libro electrónico556 páginas7 horas

Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo): Edición enriquecida.

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En "Miguel Strogoff", Julio Verne nos sumerge en una narrativa de aventuras que se desarrolla en el contexto de la Rusia imperial del siglo XIX. La obra narra el viaje heroico de Miguel Strogoff, un mensajero del zar que debe atravesar vastos territorios y enfrentar múltiples peligros para llevar un mensaje crucial y salvar a su madre. El estilo literario de Verne combina una prosa vívida y descriptiva con una estructura de suspense, manteniendo al lector en vilo a lo largo de las peripecias del protagonista en un paisaje lleno de adversidades que resalta tanto la belleza como la brutalidad de la naturaleza. Este libro se inscribe en el contexto literario del realismo y el nacionalismo del siglo XIX, formateando un relato lleno de acción que refleja las preocupaciones sociopolíticas de su tiempo. Julio Verne, conocido por ser uno de los pioneros de la ciencia ficción y la literatura de aventuras, utiliza su vasta erudición en geografía, tecnología y cultura para dar vida a sus personajes y escenarios. Su experiencia viajera y su interés por los avances científicos de su época se reflejan en sus obras, creando relatos que no solo entretienen, sino que también educan. El contexto histórico y cultural de Rusia, así como las tensiones entre Oriente y Occidente, son temas que Verne aborda con agudeza, lo que enriquece la trama de "Miguel Strogoff". Recomiendo encarecidamente "Miguel Strogoff" a cualquier amante de la literatura de aventuras y la historia. Verne ofrece una experiencia literaria que combina emoción, conocimiento y crítica social, haciendo de esta obra una lectura indispensable para entender no solo su legado literario, sino también la complejidad de la condición humana ante la adversidad. La habilidad de Verne para crear personajes memorables y situaciones tensas asegura que esta novela cautive a los lectores de todas las edades.

En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
IdiomaEspañol
EditorialDigiCat
Fecha de lanzamiento13 nov 2023
ISBN8596547720454
Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo): Edición enriquecida.
Autor

Júlio Verne

Julio Verne nació en Nantes en 1828. Estudió leyes en París y allí conoció a Victor Hugo y a Alexandre Dumas padre, y más adelante a su hijo. Bajo la influencia de Edgar Allan Poe -que lee en las traducciones de Baudelaire- empieza a interesarse por la escritura y la ciencia-ficción. En 1857 se casó con una joven viuda, madre de dos hijos. Ejerció de corredor de bolsa hasta la publicación, con gran éxito, de Cinco semanas en globo (1863), a la que seguirían obras como Viajeal centro de la Tierra (1864); Veinte mil leguas de viaje submarino (1869); La vuelta al mundo en ochenta días (1872), basada en el viaje del americano George Francis Train (1829-1904); La isla misteriosa (1874), y La casa de vapor (1880). Compartió editor con Balzac y George Sand. A lo largo de su vida realizó muchos viajes que le sirvieron de inspiración para algunas de sus novelas, como su viaje a Estados Unidos o sus travesías a bordo de su propia embarcación. Murió en 1905.

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    Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo) - Júlio Verne

    Julio Verne

    Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo)

    Edición enriquecida.

    Introducción, estudios y comentarios de Lucas Paredes

    EAN 8596547720454

    Editado y publicado por DigiCat, 2023

    Índice

    Introducción

    Sinopsis

    Contexto Histórico

    Biografía del Autor

    Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo)

    Análisis

    Reflexión

    Citas memorables

    Notas

    Introducción

    Índice

    Un mensajero atraviesa un imperio en llamas para cumplir una misión que nadie más puede asumir. Con el tiempo en su contra y una distancia que parece infinita, su camino convierte cada río, cada estepa y cada ciudad en una encrucijada. Así se abre Miguel Strogoff, una novela donde el deber no admite excusas y la geografía se vuelve destino. La tensión nace de la urgencia: un mensaje debe llegar, cueste lo que cueste. El viaje no solo desafía la resistencia física; también explora la fortaleza moral de un hombre enfrentado a enemigos visibles e invisibles, a la intemperie y a sí mismo.

    La obra ocupa un lugar de honor en la tradición de la aventura porque combina energía narrativa con claridad ética y precisión de oficio. Miguel Strogoff es clásica no por antigüedad, sino por eficacia: la intriga avanza con un pulso inagotable, la peligrosidad del terreno alimenta el suspense y la decisión del protagonista contagia sentido de propósito. Sus escenas memorables, su arquitectura de obstáculos crecientes y su concentración temática han modelado el ideal de la novela de viaje heroico. Ese equilibrio entre entretenimiento vigoroso y reflexión sobria sobre el deber explica su permanencia en el canon.

    Julio Verne, figura central de la literatura francesa del siglo XIX, publicó esta novela en 1876 dentro del ciclo de los Viajes extraordinarios, un ambicioso proyecto editorial dirigido a instruir deleitando. La época estaba fascinada por la cartografía, las comunicaciones y la expansión de fronteras. Verne trasladó esa curiosidad a la ficción con una combinación de rigor enciclopédico y sentido dramático. En Miguel Strogoff no domina el artilugio científico: la tensión reside en la logística del viaje, en la fragilidad de las redes de información y en la responsabilidad personal cuando las herramientas del progreso fallan.

    El planteamiento es tan nítido como absorbente: ante un conflicto que compromete la seguridad del imperio, y con las comunicaciones oficiales interrumpidas, un correo del zar recibe la orden de llevar un mensaje vital hasta Irkutsk. Debe avanzar de incógnito, atravesar miles de kilómetros y evitar el cerco enemigo para advertir a su destinatario y coordinar la defensa. La novela acompaña esa marcha implacable, describe los medios de transporte disponibles, las estaciones, los ríos y las rutas, y contrapone la vastedad del territorio con la determinación individual que intenta vencerla.

    Verne construye la tensión con un arte minucioso. Alterna episodios de acción y momentos de observación, dosifica la información sobre el panorama político y hace de cada tramo un problema táctico. La geografía es dramaturgia: los desfiladeros, los pantanos, el clima y las corrientes no son decorado, sino fuerzas activas que modelan decisiones. La prosa, sobria y precisa, permite que el lector trace un mapa mental del itinerario mientras siente la presión del reloj. La novela se sostiene en escenas secuenciadas con cálculo, donde el riesgo nunca se diluye y el objetivo permanece claro.

    El tema del deber recorre cada página y dialoga con otros motivos perdurables: el valor frente a la incertidumbre, la disciplina como forma de libertad, la lealtad que no se declama sino que se ejercita. Miguel Strogoff plantea una ética de la acción basada en la palabra dada y en la responsabilidad de portar información crítica. En paralelo, interroga los límites del cuerpo y de la voluntad cuando todo conspira para quebrarlos. La misión obliga a evaluar cuándo contenerse, cuándo exponerse y cuándo confiar, no por ingenuidad, sino por cálculo y convicción moral.

    La solidez del mundo representado responde a la vocación documental de Verne. La ruta descrita se apoya en datos geográficos y culturales disponibles en su tiempo, integrados con sobriedad en la peripecia. El lector aprende mientras avanza: nombres de lugares, cursos de agua, distancias, medios de transporte, hábitos locales. Lejos de interrumpir la acción, esos elementos le dan textura y verosimilitud. La novela no pretende ser guía exacta, pero aspira a un realismo funcional: suficiente precisión para que el viaje parezca tangible, suficiente economía para que el relato no pierda impulso.

    Los personajes se definen por su función en la travesía y por rasgos morales nítidos. El protagonista encarna el arquetipo del mensajero estoico: reservado, eficaz, consciente de que la discreción es parte de la seguridad. A su alrededor, compañeros circunstanciales aportan humanidad, humor, contraste social y apoyo táctico. En el otro extremo, figuras movidas por la ambición o la traición intensifican el riesgo, recordando que el peligro no proviene solo de la naturaleza o del frente militar, sino también de las zonas grises de la conducta humana.

    Desde su aparición, la novela se convirtió en una de las obras de aventura más conocidas de su autor. Su combinación de ritmo sostenido, claridad de objetivos y escenarios poderosos consolidó la reputación internacional de Verne y amplió el alcance de su proyecto narrativo. Lectores de distintas generaciones han encontrado en este relato una experiencia completa: emoción, información y una ética del coraje sin grandilocuencia. Esa mezcla explica por qué el libro se ha mantenido vivo en catálogos y bibliotecas, y por qué su protagonista forma parte del imaginario popular.

    En el legado literario, Miguel Strogoff afianzó un modelo de relato de misión contrarreloj en territorio hostil, donde la geografía organiza la intriga tanto como los antagonistas. La figura del mensajero que debe sustituir a una red de comunicaciones caída sigue alimentando novelas, películas y series. La obra también ha conocido adaptaciones en distintos medios, prueba de su potencia visual y dramática. Su influencia se reconoce menos por citas que por estructuras: el viaje segmentado, la escalada de obstáculos, la alternancia entre exposición informativa y acción precisa.

    Leída hoy, la novela dialoga con preocupaciones contemporáneas: la fragilidad de las infraestructuras, la circulación de información sensible, los dilemas del deber en tiempos de crisis y el coste personal de las decisiones estratégicas. En un mundo interconectado, donde la velocidad es promesa y amenaza, el argumento recuerda que la fiabilidad humana puede convertirse en el último bastión. También invita a reconsiderar cómo se construyen las fronteras, no solo en términos políticos, sino como espacios de tránsito, malentendidos y aprendizajes inevitables.

    Esta introducción propone leer Miguel Strogoff como lo que es: una travesía moral y física guiada por una prosa de precisión artesanal. Su vigencia no depende de la nostalgia, sino de la claridad con que organiza el conflicto y de la energía con que lo conduce. Al cerrar estas páginas preparatorias, el lector entra en un camino de pruebas donde el paisaje respira y la decisión pesa. La novela promete riesgo, lucidez y un pulso narrativo que no se agota. Por eso permanece: porque cada misión urgente vuelve a empezar en quien la lee.

    Sinopsis

    Índice

    Publicada en 1876, Miguel Strogoff de Julio Verne es una novela de aventuras enmarcada en la serie Viajes extraordinarios. Ambientada en la Rusia zarista durante una ofensiva tártara en Siberia, narra la travesía de un correo del zar enviado a advertir al Gran Duque en Irkutsk ante una crisis que amenaza las comunicaciones imperiales. Verne combina el pulso del relato de viaje con la tensión militar y el retrato de vastos territorios, poniendo en juego honor, disciplina y deber. La obra integra observación geográfica y avances técnicos, como el telégrafo, para explorar cómo se sostiene un imperio cuando la información se corta.

    Al inicio, la desestabilización de la frontera oriental se acelera: tribus aliadas bajo Feofar-Khan irrumpen en las estepas, y líneas telegráficas y rutas fluviales quedan amenazadas. En Moscú, el zar encarga a Miguel Strogoff, su mensajero más fiable, llevar un aviso crucial a su hermano, aislado en Irkutsk. La misión exige viajar de incógnito, evitando tanto a los invasores como a espías internos. Verne establece así una carrera contra el tiempo en la que un mensaje puede cambiar el equilibrio militar. El itinerario elegido recorre ferias, ríos y rutas postales, bajo la premisa de máxima discreción para no comprometer el objetivo.

    En la feria de Nizhni Nóvgorod, punto de tránsito y observación, el relato presenta a dos corresponsales, el francés Alcide Jolivet y el británico Harry Blount, cuya rivalidad profesional aporta un contrapunto informativo y a veces irónico. También aparece Nadia Fedor, joven decidida a alcanzar Siberia para reunirse con su padre desterrado. Aunque sus metas difieren, la coincidencia de trayectos forja vínculos prácticos entre viajeros que comparten riesgos. Strogoff, obligado a guardar su identidad y prioridad, equilibra el auxilio a los demás con la prudencia de su encargo. Ese cruce de perspectivas amplía el mapa humano del periplo.

    El avance hacia oriente despliega la variedad de medios de transporte del siglo XIX: vapores por el Volga, tarantas y troikas por caminos polvorientos, barcazas y trineos cuando el clima lo impone. A cada etapa crecen los obstáculos: averías, cierres de puentes, controles y rumores del frente. El telégrafo, orgullo de modernidad, se interrumpe en tramos críticos, intensificando el aislamiento. En paralelo, aparece la figura de Iván Ogareff, antagonista que actúa entre bastidores para aprovechar la confusión y penetrar en Siberia. La tensión narrativa se apoya en esta doble carrera, oficial y clandestina, que se estrecha conforme las rutas se cierran.

    Las ciudades de paso, como Perm, Ekaterimburgo y Omsk, muestran la huella de la guerra en mercados, cuarteles y estaciones. En Omsk surge un momento íntimo que introduce la dimensión familiar de Strogoff, obligándolo a sopesar afectos frente a disciplina. Verne subraya cómo la identidad del correo, si se revelara, pondría en peligro el mensaje. La convivencia con Nadia alterna protección y distancia, mientras los periodistas buscan relatos verificables sin poner en riesgo a terceros. El equilibrio entre crónica y secreto refuerza el conflicto central: cumplir el deber sin quebrar la humanidad, en un escenario donde la desconfianza y la vigilancia se multiplican.

    A medida que los tártaros consolidan posiciones, se multiplican los desplazamientos forzados y las historias de refugiados. El paisaje siberiano se vuelve personaje: estepas dilatadas, bosques cerrados, ríos caprichosos y tormentas que dictan el ritmo. Strogoff adapta su avance con disciplina y economía de movimientos, evitando confrontaciones innecesarias. Ogareff, por su parte, explota alianzas oportunistas y la confusión del momento para acelerar su propio plan, basado en la intriga y el engaño. Las rutas divergen y convergen, prefigurando choques inevitables. La novela acentúa la resistencia de los civiles y la fragilidad de las infraestructuras cuando el conflicto las convierte en objetivos.

    Los episodios de mayor riesgo incluyen emboscadas, detenciones y fugas que ponen a prueba la entereza del protagonista y la lealtad de quienes lo rodean. La amenaza de castigos ejemplares, usada para intimidar y arrancar información, introduce una violencia calculada que no eclipsa el foco ético: preservar el mensaje y proteger a los inocentes. Verne administra el suspenso a través de misidentificaciones, retrasos y giros de fortuna, sin abandonar el rigor geográfico. La presión psicológica gana terreno: cada decisión de Strogoff pesa sobre la misión y sobre sus vínculos, tensando la línea entre obediencia ciega y compasión.

    El tramo hacia Irkutsk bordea el Baikal y se interna en territorios donde la autoridad imperial fluctúa. Las soluciones improvisadas —rutas alternativas, cambios de identidad, aliados circunstanciales— se vuelven indispensables para atravesar zonas volátiles. Nadia asume un rol más activo, afirmando su propia búsqueda en medio de la campaña. Los periodistas, con recursos limitados, persisten en documentar sin entorpecer. La ciudad sitiada opera como polo de atracción de todas las tramas: defensa local, intrigas de paso, comunicaciones cortadas. La narrativa instala la expectativa de un encuentro decisivo cuyo resultado implicará no solo a un ejército, sino al tejido civil.

    Sin revelar resoluciones, Miguel Strogoff mantiene su vigencia por la manera en que vincula técnica, geografía y carácter bajo presión. La novela pregunta qué significa el honor cuando la información se convierte en arma estratégica, y cómo se sostienen los lazos humanos en medio de la guerra. Su estructura de viaje permite a Verne cartografiar un espacio inmenso y, a la vez, explorar la responsabilidad individual frente a causas colectivas. El mensaje amplio insiste en la integridad y la solidaridad como recursos tan necesarios como la velocidad y el ingenio. Ahí radica su perdurable fuerza narrativa y moral.

    Contexto Histórico

    Índice

    Miguel Strogoff, publicado en 1876, se inscribe en el marco del Imperio ruso de mediados y fines del siglo XIX, un espacio vasto y jerárquico regido por la autocracia zarista, la Iglesia ortodoxa, la burocracia imperial y un ejército reformado pero aún disperso. La narración se despliega desde Moscú hacia Siberia, con Irkutsk como foco oriental, y está atravesada por instituciones que controlan y a la vez revelan la fragilidad de un territorio inmenso: el servicio postal y de mensajeros, la gendarmería, los cosacos, y la red telegráfica. Este entramado ofrece la base histórica para la trama de un correo del zar enviado en misión urgente.

    El reinado de Alejandro II (1855-1881) proporciona el trasfondo político. Tras la derrota en la Guerra de Crimea (1853-1856), el imperio emprendió reformas para modernizarse: emancipación de los siervos (1861), reorganización judicial y creación de zemstvos (1864), y reforma militar con servicio universal (1874). Estas medidas buscaron acelerar comunicaciones, justicia y defensa, pero convivieron con inercias y vacíos de poder en regiones remotas. La obra sitúa su acción en ese intermedio entre modernización y distancia: la autoridad central dispone de herramientas nuevas, pero la geografía obliga a depender de mensajeros de confianza para sostener la soberanía en la periferia.

    La expansión rusa en Asia Central forma el horizonte geopolítico inmediato. Entre 1865 y 1876, el imperio sometió a los kanatos de la región: Tashkent cayó en 1865, Samarcanda en 1868, el Kanato de Jiva fue derrotado en 1873 y el de Kokand quedó anexionado en 1876. Tales campañas, dirigidas por mandos como Kaufman y Skóbelev, consolidaron el Turquestán ruso. La novela ficcionaliza ese frente al inventar un poder tártaro y un traidor ruso que amenazan las comunicaciones con Siberia, trasladando a un mapa literario las tensiones reales entre una metrópoli que avanza y unas fronteras reacias a ser estabilizadas.

    En ese mismo periodo tomó forma el llamado Gran Juego, rivalidad estratégica entre el Imperio ruso y el británico por la influencia en Asia Central. La competencia impulsó expediciones topográficas, redes de informadores y un clima de sospecha sobre espías y sabotajes. Aunque el libro no introduce a actores británicos, su atmósfera de guerra de nervios en el límite imperial, la importancia de la información oportuna y la movilidad de pequeñas unidades militares reflejan las lógicas de la época. El mensajero del zar encarna, en clave novelesca, la urgencia de la comunicación segura en un tablero geopolítico volátil.

    Siberia, escenario central de la obra, era a la vez reserva de recursos y espacio de castigo. Desde el siglo XVIII y durante el XIX, el Estado ruso utilizó el destierro administrativo y judicial, así como la katorga (trabajos forzados), para enviar a criminales comunes y opositores políticos. Tras el fracaso de los decembristas (1825) y los levantamientos polacos (1830-1831; 1863-1864), miles fueron desplazados hacia el este. Irkutsk, capital administrativa de Siberia Oriental, concentraba poder civil y militar. La presencia, en la novela, de viajeros que buscan a familiares expatriados alude directamente a esta práctica, sin necesidad de describirla exhaustivamente.

    La revolución de las comunicaciones es otro fundamento histórico clave. Desde mediados del siglo XIX, Rusia extendió líneas telegráficas a lo largo de su territorio; hacia comienzos de la década de 1870 la red enlazaba Europa rusa con Siberia y el Pacífico, integrándose con cables internacionales. El telégrafo prometía gobierno a distancia y coordinación militar, pero su vulnerabilidad a cortes y a la intemperie era evidente. En la novela, la interrupción telegráfica obliga a recurrir al mensajero a caballo y en trineo, subrayando un rasgo central del momento: la coexistencia —y las fricciones— entre tecnologías modernas y medios tradicionales.

    Las infraestructuras de transporte reflejan ese mismo contraste. En 1876 no existía aún el ferrocarril Transiberiano (iniciado en 1891 y completado a inicios del siglo XX). El avance ferroviario se concentraba en la Rusia europea, con líneas que facilitaban el acceso a nodos como Nizhni Nóvgorod. A partir de allí, el viaje hacia los Urales y más allá combinaba postas de caballos, trineos, tarantas y navegación fluvial. La navegación a vapor en el Volga, extendida desde mediados del siglo XIX, agilizó el comercio y el movimiento de personas. La novela explota este paisaje logístico verosímil, alternando modos de transporte según estación, río y relieve.

    La Feria de Nizhni Nóvgorod, trasladada desde el monasterio de Makáriev en 1817, fue uno de los grandes mercados del Imperio ruso durante el siglo XIX. Por allí circulaban té, sedas, algodón, pieles, metales y manufacturas, y acudían comerciantes de toda Rusia y de Asia Central. Ese cruce de mercancías y gentes convirtió a la feria en un foco de noticias y rumores, una caja de resonancia económica y social. Las escenas iniciales del libro, situadas en ese entorno comercial y cosmopolita, sitúan al lector en una Rusia conectada por ríos, caminos y periódicos, donde lo local y lo imperial se encuentran.

    El aparato militar y de seguridad atravesaba una profesionalización incompleta. Las reformas del ministro Dmitri Miliutin modernizaron la recluta (1874) y la organización de cuerpos, pero en la periferia el control dependía de guarniciones dispersas, cosacos y gendarmes. La vigilancia de pasos, puentes y estaciones de posta resultaba esencial para la continuidad del gobierno. La novela recoge ese despliegue granular: pequeños destacamentos, patrullas ribereñas, oficiales responsables de comunicaciones y mensajeros con órdenes precisas. En un territorio tan vasto, la confianza en individuos disciplinados y en cadenas de mando cortas resultaba tan importante como la potencia de fuego.

    Siberia se transformaba también por la colonización agrícola y la explotación de recursos. Desde mediados del siglo XIX, la migración campesina desde la Rusia europea, incentivada por la disponibilidad de tierras tras la emancipación, fundó aldeas y reforzó asentamientos. La extracción de oro en cuencas como el Yeniséi y la Lena, en auge desde las décadas de 1830-1860, atrajo mano de obra y capital, junto con la tala de bosques y el comercio de pieles. En la obra aparecen esa trama de pueblos de madera, posadas y estaciones de posta, así como la imponencia del Baikal y la taiga, que constituyen un paisaje económico además de natural.

    La diversidad étnica y religiosa del imperio es otro telón de fondo. En las estepas y montañas convivían rusos, tártaros del Volga, bashkires, buriatos, evenkis y otros pueblos turco-mongoles y siberianos, junto con comunidades de viejos creyentes. En el uso decimonónico ruso y europeo, tártaro se aplicaba con imprecisión a grupos túrquicos variados. La novela adopta ese vocabulario, simplificador, para designar a fuerzas fronterizas asiáticas. El resultado, típico del siglo XIX, mezcla observaciones geográficas válidas con una mirada orientalista que acentúa la alteridad del adversario, aunque no excluye momentos de empatía individual.

    La circulación de la obra se explica por el ecosistema editorial de la época. Michel Strogoff apareció en 1876 en el Magasin d’Éducation et de Récréation de Hetzel y ese mismo año en volumen ilustrado. Hetzel propugnaba una narrativa instructiva, en la que el viaje exponía conocimientos de geografía, técnicas y costumbres. Las abundantes ilustraciones —obra de dibujantes de la casa, entre ellos Jules Férat— reforzaban el efecto documental, fijando imágenes de urbes como Moscú, de la feria de Nizhni Nóvgorod y de paisajes siberianos. El dispositivo editorial apuntaló la recepción del libro como aventura útil.

    El rigor geográfico de Verne proviene de un método de lectura y compilación. El autor trabajaba con atlas, manuales técnicos, prensa periódica y relatos de viaje accesibles en Francia, además de materiales divulgados por sociedades geográficas. Para 1876, la cartografía de Siberia y de Asia Central era relativamente precisa en rutas principales, ríos y relieves, aunque persistían zonas poco descritas. La novela refleja esa combinación de conocimiento sólido (distancias, climas, estaciones) y lagunas que se colman con verosimilitud narrativa. Si hay licencias, buscan tensión dramática sin traicionar en lo esencial la realidad física y administrativa del territorio.

    La coyuntura cultural también favoreció el éxito. El público europeo mostraba gran curiosidad por Rusia y sus fronteras, alimentada por la prensa sobre campañas en Asia Central y por el auge del folletín de aventuras. La obra fue rápidamente traducida y circuló en diversos países, incluida Rusia, donde su reconstrucción de paisajes y usos cotidianos resultaba reconocible. Pocos años después, una adaptación teatral (estrenada en 1880 en París) amplificó su impacto, trasladando al escenario la mezcla de geografía espectacular y conflicto político. Esa expansión intermedial consolidó un imaginario sobre Siberia y el servicio del Estado.

    La tensión entre modernidad y límites materiales atraviesa la trama y su contexto. Vapor, telégrafo y prensa aceleraron la vida imperial, pero la distancia, el clima y la topografía mantenían zonas de silencio y lentitud. La novela dramatiza esa ambivalencia: cuando falla la red, la soberanía descansa en el coraje, la resistencia física y la astucia. Este énfasis no niega el progreso, sino que lo matiza, recordando que toda infraestructura depende de condiciones sociales y naturales que pueden quebrarla. El héroe, más que un tecnólogo, es el eslabón humano que compensa las discontinuidades del sistema.

    El texto deja ver, además, las tensiones políticas de su tiempo. Por un lado, exalta la disciplina, la lealtad y el servicio a una autoridad central como garantía de orden ante amenazas internas y externas. Por otro, muestra el reverso del poder autocrático: el destierro, el control de vías de comunicación y la arbitrariedad posible en regiones donde la ley llega con dificultad. Escrita en la Francia de la Tercera República temprana, la obra sintoniza con debates europeos sobre nación, ejército y seguridad, sin convertirlos en tesis explícita, pero proponiendo una ética del deber en un mundo incierto.

    La mirada cultural francesa hacia el Este también pesa. En la segunda mitad del siglo XIX, la literatura de viajes y las ciencias geográficas codificaron a Rusia y Asia Central como espacios de extremos físicos y morales. Verne participa de esa tradición, pero la somete a una pauta didáctica que busca describir costumbres, técnicas y paisajes con detalle. Al hacerlo, reproduce categorías de su presente —como el empleo amplio de tártaro— y a la vez les otorga profundidad al situarlas en contextos comerciales, militares y familiares. El resultado es un espejo de la curiosidad y los prejuicios de su público lector europeo.」「Finalmente, la novela funciona como un espejo crítico y afirmativo de su época. Afirma la necesidad de un Estado capaz de comunicarse consigo mismo, al tiempo que exhibe los costos humanos de sostener esa comunicación en el límite imperial. Integra reformas, conquistas, ferias, tecnologías y migraciones en un relato de velocidad y resistencia. Su verosimilitud geográfica y su atención a instituciones concretas anclan la aventura en la historia. Leída hoy, ilumina cómo el siglo XIX imaginó la relación entre territorio, poder y técnica, y cómo esa imaginación modeló la figura del mensajero como salvaguarda del orden.

    Biografía del Autor

    Índice

    Julio Verne (Jules Verne), nacido en 1828 en Nantes y fallecido en 1905 en Amiens, fue un novelista francés cuya obra inauguró, junto con otros autores de su tiempo, una forma moderna de narrar la ciencia y la exploración. Es recordado por integrar conocimientos técnicos, geográficos y científicos en relatos de aventura accesibles a un amplio público. Publicó la mayor parte de sus títulos dentro de la serie Viajes extraordinarios, concebida para trazar un panorama completo de los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos de su época. Su influencia se extendió rápidamente por Europa y América mediante traducciones y adaptaciones.

    Formado inicialmente en Derecho en París, Verne combinó los estudios con una intensa vida literaria, escribiendo piezas teatrales y relatos breves mientras frecuentaba bibliotecas, periódicos científicos y crónicas de exploradores. La atmósfera portuaria de su ciudad natal, así como el auge decimonónico de la geografía, la ingeniería y la prensa ilustrada, nutrieron su imaginación. Admiró a autores como Edgar Allan Poe, a quien rendiría homenaje en una novela posterior, y siguió con atención los avances técnicos que transformaban los transportes y las comunicaciones. Esa convergencia de lecturas, escenarios y novedades científicas moldeó los cimientos de su proyecto narrativo.

    El despegue de su carrera llegó con Cinco semanas en globo (1863), novela que fijó el tono de su producción posterior: aventuras plausibles sustentadas en información verificable. Su asociación con el editor Pierre-Jules Hetzel fue decisiva para definir la colección Viajes extraordinarios y un riguroso método de trabajo, que combinaba documentación, asesorías y un aparato iconográfico pensado para el gran público. Bajo ese marco editorial, Verne alternó el asombro por la invención con una voluntad didáctica, sin convertir la ficción en tratado, y consolidó una relación estable con lectores de diversas edades y países.

    Entre sus títulos más conocidos figuran Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865) y su continuación Alrededor de la Luna (1870), Veinte mil leguas de viaje submarino (1869–1870), La vuelta al mundo en ochenta días (1872), Los hijos del capitán Grant (1868), La isla misteriosa (1874–1875) y Miguel Strogoff (1876). Estas obras, ambientadas en continentes, océanos, desiertos y espacios aéreos, articularon personajes con formación técnica y viajeros amateurs, incorporando diagramas verbales y explicaciones que reforzaban la verosimilitud. Su recepción fue amplia y sostenida, con ediciones ilustradas que circularon masivamente en el ámbito francófono y en traducciones.

    Verne no escribió desde el aislamiento: viajó por Europa y el Mediterráneo, y en 1867 cruzó el Atlántico a bordo del Great Eastern, experiencia que inspiró Una ciudad flotante (1871) y reforzó su interés por la ingeniería naval. Propietario de yates con los que recorrió canales y litorales, observó puertos, paisajes y tecnologías emergentes. Complementó estas experiencias con un trabajo sistemático de archivo: consultó atlas, informes de expediciones, revistas científicas y manuales, y se apoyó en ilustradores para ofrecer al lector un contexto visual coherente. Su método buscó que la invención narrativa descansara sobre bases técnicas reconocibles.

    A partir de la década de 1880, el tono de algunas novelas se volvió más sombrío, con una mirada crítica sobre el uso del poder tecnológico. Robur el Conquistador (1886), La esfinge de los hielos (1897) y Dueño del mundo (1904) reflejan esa inflexión, al tiempo que mantienen el pulso aventurero. En paralelo, residiendo en Amiens, Verne desarrolló una sostenida actividad cívica como concejal municipal durante varios años, promoviendo iniciativas culturales y urbanas. Su salud se resintió con el tiempo, lo que redujo los desplazamientos, pero continuó escribiendo y revisando textos, atento a debates científicos y sociales de fin de siglo.

    Falleció en 1905 en Amiens. Parte de su obra apareció de manera póstuma y, en algunos casos, con variantes editoriales respecto de sus manuscritos; décadas después se emprendieron ediciones críticas. La publicación en 1994 de París en el siglo XX, novela redactada en la juventud y descartada en su momento, confirmó la amplitud de sus registros, incluyendo una veta distópica. El legado de Verne se percibe en la ciencia ficción, la narrativa de exploración y la divulgación popular de la ciencia. Sus libros siguen leyéndose y adaptándose, y funcionan como puerta de entrada a la curiosidad y al conocimiento técnico.

    Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo)

    Tabla de Contenidos Principal

    PRIMERA PARTE

    1. UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO

    2. RUSOS Y TÁRTAROS

    3. MIGUEL STROGOFF

    4. DE MOSCÚ A NIJNI-NOVGOROD

    5. UN DECRETO EN DOS ARTÍCULOS

    6. HERMANO Y HERMANA

    7. DESCENDIENDO POR EL VOLGA

    8. REMONTANDO EL KAMA

    9. EN TARENTA NOCHE Y DÍA

    10. UNA TEMPESTAD EN LOS MONTES URALES

    11. VIAJEROS EN APUROS

    12. UNA PROVOCACIÓN

    13. SOBRE TODO, EL DEBER

    14. MADRE E HIJO

    15. LOS PANTANOS DE LA BARABA

    16. EL ÚLTIMO ESFUERZO

    17. VERSOS Y CANCIONES

    SEGUNDA PARTE

    1. UN CAMPAMENTO TÁRTARO

    2. UNA ACTITUD DE ALCIDE JOLIVET

    3. GOLPE POR GOLPE

    4. LA ENTRADA TRIUNFAL

    5. «¡ABRE BIEN LOS OJOS! ¡ÁBRELOS!»

    6. UN AMIGO EN LA GRAN RUTA

    7. EL PASO DEL YENISEI

    8. UNA LIEBRE ATRAVIESA EL CAMINO

    9. EN LA ESTEPA

    10. EL BAIKAL Y EL ANGARA

    11. ENTRE DOS ORILLAS

    12. IRKUTSK

    13. UN CORREO DEL ZAR

    14. LA NOCHE DEL 5 AL 6 DE OCTUBRE

    15. CONCLUSIÓN

    Julio Verne

    MIGUEL STROGOFF

    PRIMERA PARTE

    Índice

    1. UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO

    Índice

    —Señor, un nuevo mensaje.

    —¿De dónde viene?

    —De Tomsk[1].

    —¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad?

    —Sí, señor; desde ayer.

    —General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan al corriente de cuanto ocurra.

    —A sus órdenes, señor —respondió el general Kissoff.

    Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la fiesta que se celebraba en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor.

    Durante aquella velada, las bandas de los regimientos de Preobrajensky y de Paulowsky[2] no habían cesado de interpretar sus polcas, mazurcas, chotis y valses escogidos entre lo mejor de sus repertorios.

    Las parejas de bailadores se multiplicaban hasta el infinito a través de los espléndidos salones de Palacio, construido a poca distancia de la «Vieja casa de Piedra», donde tantos dramas terribles se habían desarrollado en otros tiempos y cuyos ecos parecían haber despertado aquella noche para servir de tema a los corrillos.

    El Gran Mariscal de la Corte estaba, por otra parte, bien secundado en sus delicadas funciones, ya que los grandes duques y sus edecanes, los chamberlanes de servicio y los oficiales de Palacio, cuidaban personalmente de animar los bailes. Las grandes duquesas, cubiertas de diamantes y las damas de la Corte, con sus vestidos de gala, rivalizaban con las señoras de los altos funcionarios, civiles y militares de la «antigua ciudad de las blancas piedras». Así, cuando sonó la señal del comienzo de la polonesa, todos los invitados de alto rango tomaron parte en el paseo cadencioso que, en este tipo de solemnidades, adquiere el rango de una danza nacional; la mezcla de los largos vestidos llenos de encajes y de los uniformes cuajados de condecoraciones ofrecía un aspecto indescriptible bajo la luz de cien candelabros, cuyo resplandor quedaba multiplicado por el reflejo de los espejos.

    El aspecto era deslumbrante[1q].

    Por otra parte, el Gran Salón, el más bello de todos los que poseía el Palacio Nuevo, era, para este cortejo de altos personajes y damas espléndidamente ataviadas, un marco digno de la magnificencia. La rica bóveda, con sus dorados bruñidos por la pátina del tiempo, era como un firmamento estrellado. Los brocados de los cortinajes y visillos, llenos de soberbios pliegues, empurpurábanse con los tonos cálidos que se quebraban centelleantes en los ángulos de las pesadas telas.

    A través de los cristales de las vastas vidrieras que rodeaban la bóveda, la luz que iluminaba los salones, tamizada por un ligero vaho, se proyectaba en el exterior como un incendio rasgando bruscamente la noche que, desde hacía varias horas, envolvía el fastuoso palacio.

    Este contraste atraía la atención de los invitados que sin estar absortos por el baile se acercaban a los alféizares de las ventanas, desde donde se apreciaban algunos campanarios, confusamente difuminados en la sombra, pero que perfilaban, aquí y allá, sus enormes siluetas. Por debajo de los contorneados balcones se veía también a numerosos centinelas marcar el paso rítmicamente, con el fusil sobre el hombro y cuyo puntiagudo casco parecía culminar en un penacho de llamas bajo los efectos del chorro de fuego recibido del interior. Oíanse también las patrullas que marcaban el paso sobre la grava, con mayor ritmo que los propios danzarines sobre el encerado de los salones. De vez en cuando, el alerta de los centinelas se repetía de puesto en puesto, y un toque de trompeta, mezclándose con los acordes de las bandas, lanzaba sus claras notas en medio de la armonía general.

    Más lejos todavía, frente a la fachada y sobre los grandes conos de luz que proyectaban las ventanas de Palacio, las masas sombrías de algunas embarcaciones se deslizaban por el curso del río cuyas aguas, iluminadas a trechos por la luz de algunos faroles, bañaban los primeros asientos de las terrazas. El principal personaje del baile, anfitrión de la fiesta y con el cual el general Kissoff había tenido atenciones reservadas únicamente a los soberanos, iba vestido con el uniforme de simple oficial de la guardia de cazadores. Esto no constituía afectación por su parte, antes reflejaba la habitud de un hombre poco sensible a las exigencias del boato. Su vestimenta contrastaba con los soberbios trajes que se entrecruzaban a su alrededor y era esa misma la que lucía la mayoría de las veces entre su escolta de georgianos, cosacos y lesghienos, deslumbrantes escuadrones espléndidamente ataviados con los brillantes uniformes del Cáucaso.

    Este personaje, de elevada estatura, afable apariencia y fisonomía apacible, pero con aspecto de preocupación en aquellos momentos, iba de un grupo a otro, pero hablando poco y no parecía prestar más que una vaga atención tanto a las alegres conversaciones de los jóvenes invitados como a las frases graves de los altos funcionarios o de los miembros del cuerpo diplomático, que representaban a los principales gobiernos de Europa. Dos o tres de estos perspicaces políticos —psicólogos por naturaleza— habían observado en el rostro de su anfitrión una sombra de inquietud, cuyo motivo se les escapaba, pero que ninguno de ellos se permitió interrogarle al respecto. En cualquier caso, la intención del oficial de la guardia de cazadores era, sin lugar a dudas, la de no turbar con su secreta preocupación aquella fiesta en ningún momento y como era uno de esos raros soberanos de los que casi todo el mundo acostumbra acatar hasta sus pensamientos, el esplendor del baile no decayó ni un solo instante.

    Mientras tanto, el general Kissoff esperaba a que aquel oficial, al que acababa de comunicar el mensaje transmitido desde Tomsk, le diera orden de retirarse; pero éste permanecía silencioso. Había cogido el telegrama y, al leerlo, su rostro se ensombreció todavía más. Su mano se deslizó involuntariamente hasta apoyarse en la empuñadura de su espada, para elevarse a continuación, a la altura de los ojos, cubriéndoselos. Se hubiera dicho que le hería la luz y buscaba la oscuridad para concentrarse mejor en sí mismo.

    —¿Así que, desde ayer, estamos incomunicados con mi hermano, el Gran Duque? —dijo el oficial, después de atraer al general Kissoff junto a una ventana.

    —Incomunicados, señor; y es de temer que los despachos no puedan atravesar la frontera siberiana.

    —Pero, las tropas de las provincias de Amur, Yakutsk y Transballkalia, ¿habrán recibido la orden de partir inmediatamente hacia Irkutsk?

    —Esta orden ha sido transmitida en el último mensaje que ha podido llegar más allá del lago Baikal.

    —¿Estamos en comunicación constante con los gobiernos de Yeniseisk Omsk, Semipalatinsk y Tobolsk desde el comienzo de la invasión?

    —Sí, señor; nuestros despachos llegan hasta ellos y tenemos la certeza de que, en estos momentos, los tártaros no han avanzado más allá del Irtiche y del Obi.

    —¿No se tiene ninguna noticia del traidor Iván Ogareff?

    —Ninguna —respondió el general Kissoff—. El jefe de policía no está seguro de si ha atravesado o no la frontera.

    —¡Que se transmitan inmediatamente sus señas a Nijni-Novgorod, Perm, Ekaterimburgo, Kassimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Koliván, Tomsk y a todas las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación!

    —Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante —respondió el general Kissoff.

    —No digas una palabra de todo esto.

    El general hizo un gesto de respetuosa adhesión y, después de una profunda reverencia, se confundió entre el gentío y abandonó el Palacio sin que nadie

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