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Tagus - Julio García Blázquez
TAGUS
Julio García Blázquez
Contenido
Página del título
INFORMACIÓN IMPORTANTE PARA EL LECTOR
PRÓLOGO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CapíTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CAPÍTULO
EPÍLOGO
NOTA HISTÓRICA
© 2023, Serendipia Editorial
© 2023, Julio García Blázquez
Edita:
Serendipia Editorial, S.L.https://serendipiaeditorial.com/contacto@serendipiaeditorial.com
Una edición de:
SerendipiaEditorial
Diseño y maquetación:
Las Ideas del Ático
Producción e impresión:
Las Ideas del Ático
ISBN:978-84-19793-36-2
Primera edición en castellano:
Serendipia Editorial, noviembre de 2023Impreso en España
Gracias por comprar una edición original de este libro y por respetar la legislación sobre derechos deautor/a y copyright. Respetando las leyes del copyright favoreces el desarrollo de la cultura, la creatividad,la divulgación del conocimiento y la diversidad en la creación artística.
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TaGVs
—
Julio García Blázquez
Para Marimé y Clara
INFORMACIÓN IMPORTANTE PARA EL LECTOR
El Imperio romano tenía cincuenta millones de habitantes a principios del siglo II, e Hispania cinco. La Península Ibérica estaba dividida en tres provincias: Baetica al sur, Lusitania al oeste y Tarraconensis el resto del territorio.
Es muy difícil concebir el poder adquisitivo de los ciudadanos del Imperio romano en ese momento histórico porque hay muy poca información sobre cuánto ganaban los trabajadores o costaban los bienes, pero sí sabemos que durante el mandato de Domiciano el sueldo de un legionario era de cien sestercios al mes y la gratificación por su jubilación doce mil, en dinero o en tierras, aunque también obtenían beneficios adicionales como el botín de guerra; un jornalero cobraba noventa sestercios al mes más la manutención y el alojamiento, y un obrero especializado el doble; un litro de aceite o un celemín de trigo, seis kilogramos y medio, valían tres sestercios, y unas sandalias o una túnica quince.
El día estaba dividido en veinticuatro horas, pero las doce diurnas empezaban al amanecer y acababan al ocaso, y las nocturnas viceversa. Como la duración de la luz solar es distinta en las cuatro estaciones del año, la de las horas también variaba, por tanto, era difícil saber en qué momento justo del día se encontraban.
Las calzadas eran muy importantes porque permitían desplazar el ejército con rapidez y favorecían el desarrollo del comercio. Y ellos no se detenían ante ningún obstáculo, como ocurrió con la ruta entre la colonia Norba Caesarina (actual ciudad de Cáceres) y Conimbriga (Coimbra), que tenía en el trayecto el río Tajo, o Tagus, como ellos lo llamaban.
Al final del libro encontrará un glosario con el nombre actual de las ciudades que aparecen en la novela y una lista de personajes, por orden de aparición y alfabético, aunque es aconsejable consultar solo el término del que se tiene dudas y no los demás porque puede revelar información sobre los sucesos futuros del argumento.
PRÓLOGO
—
Germania Superior, invierno del año 98
—
Sentado encima de su cama, Trajano se tomó un momento para reflexionar sobre los últimos acontecimientos: Nerva había fallecido tras su corto mandato, y eso le convertía en el nuevo césar, ya que su antecesor lo había elegido como hijo adoptivo.
Hacía varios años que la situación en el Imperio era convulsa, pero no se marcharía de allí hasta dejarlo todo completamente organizado y dispuesto. Antes de irse debía mejorar la red de calzadas y construir varias fortificaciones a lo largo del Rin destinadas a asegurar aquel territorio hostil ganado por el aciago Domiciano. Después, en Roma, consagraría su vida a mejorar el bienestar de sus compatriotas.
Rápidamente se centró en el presente. Mañana, a la hora primera, convocaría a sus oficiales para discutir la estrategia de los próximosmeses,asícomolasaccionesinmediatasenlacampaña de castigo contra las tribus bárbaras que amenazaban el este de Germania Superior.
Cogió su coraza de la percha y salió a alentar a sus legionarios. Cuando apartó el cuero que hacía las veces de puerta, se topó con el gélidovientodeaquellabelicosaregión.Suasistenteseacercóaél y ambos pasearon entre las alineadas tiendas de campaña. Muchos soldadosestabancenando,congregadosalrededordelashogueras, o preparaban su jergón antes de un merecido sueño reparador. Algunos legionarios, al verlo, agachaban la cabeza en señal de auténtica veneración, y otros incluso se postraban ante él, hincando una rodilla en tierra, aunque sus camaradas no tomaron aquel gesto como una exagerada adulación hecha con el fin de ganarse su favor, sino como una sincera demostración de respeto equiparable a lo que sentían por él, pues Trajano era un comandante justo e íntegro, y también un audaz compañero en el campo de batalla que compartía suspenalidades.Regresóasutienda,satisfechoconlasmuestras de aceptación y lealtad. Poco después, envuelto en las mantas de su lecho, un súbito sopor lo invadió, y empezó a soñar con todo el bien que podía hacer.
CAPÍTULO
I
—
Roma, primavera del año 100
—
—No hay nada imposible —afirmó Trajano, convencido.
Desde la ventana de su despacho, el césar contemplaba el grandioso Circo Máximo y las casas circundantes, donde el pueblo de Roma iba y venía a sus quehaceres diarios. El espléndido foro romano exhibía sus arcos, templos e inmensos edificios públicos en el otro extremo de la residencia imperial.
Cortinasdeterciopeloazulcubríanloscuatroventanales, dos mosaicos el suelo y varias pinturas las paredes. Tres hombres ocupaban sendas butacas alrededor de la gran mesa del centro, junto a un largo aparador que recorría la pared izquierda y a cinco metros de un espacio independiente, formado por dos cómodos sillones y un precioso velador labrado: el delgado y enérgico consejero Marco Quinto Lépido, un anciano exsenador experimentado en política; Décimo Severo Emilio, aquel filósofo sumamente gordo conocido por todos; y el prudente general Cayo Longino, que observaba a los asesores con sus serenos ojos verdes, enfrente de ellos y de espaldas a la ventana.
—Apolodoro de Damasco es el más indicado —dijo Décimo—, pero no puede dirigir la obra porque está planificando la construcción de un puente sobre el río Danubio necesario para controlar la Dacia.
—Según el informe —Marco releyó con rapidez el papiro colocado anteélsobrelamesa—,elríoTagusdiscurreencañonadoentodo su curso y tiene muchos afluentes que lo hacen profundo y de gran caudal. A causa de estas peculiaridades topográficas, no se puede aplicar el procedimiento habitual.
—Conozco ese río —Trajano se sentó al lado del general—, está al norte de mi tierra natal. Es imposible transportar las mercancías por las cuestas de sus márgenes, y después habría que cruzarlo con una balsa, algo imposible con esa corriente y los cambios de caudal. Necesitamos un arquitecto cualificado.
—Losfuncionariosdelasoficinasdeobrapúblicanoshanrecomendado a un candidato —informó el consejero Décimo.
—Lo recibiré mañana a la hora segunda —ordenó Trajano.
Aldíasiguiente,CayoJulioLaceresperabaenlaantesala deldespachoantesdeentrevistarseconelmismísimoemperador del Imperio romano. El único mobiliario de la sala rectangular lo componían dos bancos contiguos al zócalo rojo de las paredes laterales y la mesa de la esquina en la que trabajaba el secretario del césar, inmerso en la lectura de un documento. El arquitecto paseaba de un lado a otro en un vano intento de controlar sus nervios y aplacar la incertidumbre que lo embargaba, mientras miraba subrepticiamente a los dos pretorianos situados a los lados del acceso al despacho.
El secretario abrió la puerta puntualmente y lo condujo al interior, seguido por los soldados. Olía a una mezcla de madera, aceite quemado y perfume. Al fondo, sentados alrededor de la imponente mesa, se encontraban las mismas personas del día anterior: los dos consejeros, el general Longino y el césar. Los pretorianos flanquearon la entrada y Cayo se paró en medio del opulento despacho sin saber qué hacer, a la vez que contemplaba al maduro emperador, su cara proporcionada en forma de avellana, rasurada con esmero bajo los cortos cabellos cobrizos caídos sobre la frente, y su cuerpo esbelto cubierto por una impoluta toga blanca.
—Buenosdías—saludóTrajano,observandoelrostroafablede nariz recta y finos labios del recién llegado—. Siéntese. ¿Cómo se llama?
—Cayo Julio Lacer.
—¿Quéobraspúblicasyprivadashadirigido?—lointerpeló Décimo.
—Varias casas en el centro de la ciudad —El arquitecto tomó asiento enfrente del emperador—, dos de ellas de considerable importancia, cerca del foro. Obra pública, he arreglado desperfectos del acueducto Aqua Claudia.
—Un acueducto —repitió el césar con satisfacción, y afirmó levemente con la cabeza después de mirar al anciano de su derecha, aceptando al candidato a pesar de su juventud.
—Queremos que construya un puente sobre el río Tagus, en Lusitania —anunció Marco.
—¿Dónde?
—EnLusitania,aloestedeHispania—Décimomiróalosojos azulados del arquitecto—. ¿Se cree capacitado?
—Sí, podría hacerlo.
—No está contento —Trajano apoyó las manos sobre la mesa—, lo veo en sus ojos.
—No me esperaba algo así —se justificó Cayo.
—Es un gran honor que le reportará prestigio y beneficios — Décimo frunció la frente—. ¿Qué le pasa?
—Estoy casado y tengo un hijo de siete años —se atrevió a responder el arquitecto—, e Hispania está muy lejos, en el extremo occidental del Imperio.
—Llévese a tu familia —terció Marco.
Se quedaron callados un momento durante el cual Cayo pensó en la provechosa oportunidad que suponía dirigir esa obra y en quien le estaba requiriendo.
—Será un honor, césar.—El arquitecto agachó ligeramente la cabeza.
TrajanomiróaMarcoensilencio,yelancianoempezóadarle instrucciones precisas a Cayo:
—Tardaréis unos cuarenta y cinco días en llegar a vuestro destino. Os escoltarán dos pretorianos y ocho evocati, legionarios veteranos reenganchados al servicio de la Legión VII Gemina. Os entregaremos un salvoconducto imperial y ocho mil sestercios. Cuando lleguéis a Lusitania, estudiará la viabilidad de la obra y, en caso de que sea posible construir el puente, nos informará especificando su ubicación exacta, qué recursos humanos y materiales necesita y el tiempo estimado de construcción. Mientras esperáis nuestra respuesta os instalaréis en Augusta Emerita. Háganos saber vuestra dirección en esa ciudad. — El consejero levantó un cilindro de cuero que había sobre la mesa —. En este informe están los datos topográficos del río y un mapa de la zona donde encontrará acotado un tramo de seis kilómetros, lugar de la ubicación del puente siguiendo la ruta natural de la calzada. Va a ser una tarea difícil porque el Tagus discurre encañonado en todo su curso.
—¡Pretorianos! —Longino levantó la voz, provocando que los soldados se irguieran aún más—. Vais a escoltar al arquitecto y a su familia hasta Lusitania. Tito Livio, comandarás la expedición con el rango de centurión, y Lucio Furio será tu lugarteniente con el grado de optio. Si finalmente se construye el puente, estaréis al mando de los legionarios y al servicio del arquitecto, que será quien esté al cargo de todo lo concerniente a la obra y los trabajadores.
—¿Algo más? —preguntó Trajano.
—Sí —solicitó Cayo—. Necesito a mi ayudante y contratar un topógrafo.—De acuerdo. Si construye el puente le recompensaré adecuadamente. El césar levantó la mano derecha con la palma hacia el frente.
La reunión había terminado.
CAPÍTULO
II
—
Viaje a Lusitania, primavera del año 100
—
No es fácil abandonar el lugar donde uno ha vivido durante toda su vida. Pese a ello, dos semanas fueron suficientes para que los miembros de la expedición rescindieran los contratos de sus alquileres, se despidieran de familiares y conocidos, malvendieran sus pertenencias y pagaran sus deudas.
Los dos pretorianos llegaron a la casa del arquitecto poco después del amanecer, acompañados por ocho legionarios, cinco a caballo y tres guiando sendas carretas. El alto oficial al mando se presentó brevemente, al tiempo que su hosco asistente ordenaba a los soldados cargar en la carreta del bagaje las pocas pertenenciasde Cayo, su esposa e hijo. Un legionario las colocó entre los víveres, tiendas de campaña, ropa, objetos personales, utensilios de cocina, armas y los ocho mil sestercios asignados a la misión. Luego, esperaron durante media hora al topógrafo hasta que, al fin, salieron de Roma en dirección noroeste después de recoger al ayudante del arquitecto por el camino.
El sol de mediodía animó a Cayo a sentarse en el pescante del carro destinado a su familia, junto al legionario que lo gobernaba y detrás de la vanguardia, donde las monturas de Tito y un soldado avanzaban al paso por una calzada recta que discurría entre tierras de cultivo. Dos legionarios cerraban la marcha en la retaguardia, detrás de las carretas en las que iban el topógrafo con el ayudante y el bagaje. Otros dos evocati cabalgaban en el flanco izquierdo, como sus compañeros, vestidoscontúnicaseinermesasimplevista.Luciotrotabasobre su montura a la derecha de Cayo, serio y con la vista al frente. El arquitecto pensó en entablar conversación con él mientras observaba su cuerpo fornido, el corto pelo negro pretendiendo encresparse y la cicatriz de la mejilla izquierda que bajaba verticalmente desde el ojo hasta la comisura de los labios, pero rápidamente desistió, debido al aspecto del legionario y a su actitud indiferente.
Por las noches se detenían en algún claro del bosque o en los tranquilos sembrados cercanos al camino, y cenaban alrededor de una fogata donde cocinaban sus provisiones antes de irse a dormir temprano; los civiles en los carros, los legionarios al raso y todos escuchando los lejanos aullidos de los lobos. Cuatro soldados hacían las guardias nocturnas, turnándose cada tres horas hasta las primeras luces del alba, momento de reanudar la marcha después de haber desayunado frugalmente.
La tercera jornada de trayecto, se encontraban a medio camino entre Roma y los Alpes. Entraron en Vadis Volateri al ocaso y se alojaron en cuatro aposentos de la posada El Lobo Negro, un vetusto establecimiento limpio y decente, con un mesón en la planta baja y ocho habitaciones en las dos superiores.
EldiminutocuartonúmeroIIIenelquedescansabanCayo, su esposa e hijo no tenía ventanas. Una cama mediana ocupaba el lado izquierdo de la habitación, muy cerca de un brasero vacío y una mesilla que sujetaba dos lucernas. Enfrente de ellos había un estrecho aparador, colocado entre una palangana con agua limpia y un taburete.
—Estoypreocupada—ClaudiaAgripinasetumbósobre elcolchóndelanaconbastas,arrullóasuhijoylesusurróasu marido—, sobre todo por el niño. Debemos cruzar los Alpes, otras montañas altísimas que separan la Galia de Hispania y no sabemos qué peligros nos acechan.
—Tranquila —Cayo se tumbó al otro lado de su hijo y acaricióel sedoso y ondulado pelo negro de su esposa, mientras contemplaba su bello rostro de facciones proporcionadas—, llegaremos indemnes a nuestro destino. Viajar no es tan peligroso como parece, a Lusitania van y vienen comerciantes y correos constantemente. Además, nos protegen diez soldados y tenemos un salvoconducto imperial. El oficial al mando me ha dicho que esa provincia está al oeste de una península tan ancha como larga, y muy montañosa, pero con valles fértiles.
—Tú nunca has construido un puente —afirmó Claudia.
—Pero sé cómo es el procedimiento. No te preocupes, todo va a salir bien. Estamos sanos y juntos, eso es lo importante.
Para cruzar los Alpes no les quedó más remedio que canjear dos carros por seis caballos y repartir parte del bagaje en dos cuadrúpedos. El topógrafo, dos legionarios y el ayudante cambiaron el traqueteo de las carretas por el de las monturas. Después, continuaron su viajeen dirección oeste, bordeando la costa sur de la Galia; cruzando ríos profundos, campos de cultivo, playas desiertas y tupidos bosques.
Al cabo de dieciséis días de odisea se encontraban a una jornada de Massilia. Aquella tarde, la calzada discurría entre dos laderas repletas de castaños, y pese a que el sol calentaba la tierra con vigor, debajodelasdensasramasdelosárboleselambienteerafresco. De repente, una flecha surcó el aire antes de atravesar el cuello del soldado situado al lado de Tito, en la vanguardia. El legionario cayó al suelo, muerto al instante, y su caballo huyó hacia adelante siguiendo el camino. La expedición paró su avance, escrutando a su alrededor sin encontrar nada. El optio se adelantó para situarse junto al centurión, mientras sacaba su gladius, una ancha espada puntiaguda que llevaba oculta bajo la silla de su montura. Entonces apareció delante de ellos un corpulento individuo desgreñado, cabalgando despacio sobre un espléndidocaballonegro,ycuarentapersonasdedistintasedades salierondesuesconditetraslosárbolesaambosladosdelcamino, provistos de arcos con los que apuntaron a los expedicionarios.
—¿Dóndevais?—Elmugrientosujetoseparóaochometrosde Tito y Lucio, y se mesó la larga barba entrecana.
—Vamos de paseo. —Lucio se rio sin ningún temor a pesar de la amenaza que se cernía sobre ellos.
—Responded con rapidez si queréis vivir, soldados.
—¿Soldados? —se sorprendió Tito.
—Es evidente por la disposición escoltando el carro, vuestras cicatrices y el porte.
—Vamos a Lusitania —masculló el centurión, molesto por tener que darle explicaciones a ese desaliñado individuo insolente.
—Dádmelo todo y marchaos a pie —exigió el bandido.
—Eso no es posible —le espetó Lucio.
—Vais a morir e igualmente me quedaré con vuestras pertenencias.
—Sí, nosotros moriremos —Tito levantó su poderosa espada—, pero vosotros también. Vamos a Hispania para construir un puente y es un encargo del mismísimo césar. Tengo un salvoconducto imperial por si tienes alguna duda. Cuando el emperador se entere de vuestro crimen, os barrerá de la faz de la tierra.
—Sí, he oído hablar de él, Trajano —puntualizó el engreído salteador con calma—, el primer césar natural de una provincia. Ha dejado de pagar el tributo a los dacios. Ya veremos cómo os va cuando estalle la guerra.
—Estás muy bien informado —dijo Lucio.
—Por aquí pasan viajeros de todo tipo, no es difícil saber lo que ocurre en el Imperio.
—Entonces también sabrás que el nuevo césar no se deja intimidar por nadie —Tito bajó el gladius, pero no lo soltó—, y mucho menos por un ladrón.
—Me da igual cómo sea Trajano —el bandido encogió los hombros con desdén, como si no pudiera evitar su actitud—. Vuestras pertenencias darán de comer a mis amigos y a los pobres de la zona durante algún tiempo. Siempre reparto el botín con los necesitados de las aldeas cercanas. Eso me hace feliz.
—Pues ya tienes algo en común con el césar —otorgó Tito, y en ese momento se dio cuenta de que era una explicación innecesaria, pero ya había empezado a decirlo—. Nuestro emperador presta dinero a los compradores de tierras, a un interés del cinco por ciento, y con las ganancias proporciona asistencia a los niños pobres de las localidades cercanas a esas parcelas. Es el plan Alimenta.
—MecaebienTrajano—elsalteadorsonrió—,porquetambién ayuda a los desfavorecidos.
—¡Un poco de respeto! —gritó Lucio, enfurecido—. ¡No te atrevas a compararte con él!
—Ha sido tu compañero el que nos ha equiparado —se justificó el bandolero antes de sacudir la cabeza varias veces, pues aquella discusión era irrelevante, así que se centró en su propósito—. Decidme cuánta plata tenéis y negociemos.
—¿Negociar? —preguntó Tito, asombrado.
—Sí, negociemos, u os mato a todos y me arriesgo con nuestro augusto emperador.—Siete mil seiscientos sestercios —informó el centurión de mala gana.
—Dadme seis mil.
—No —dijo Tito—. Con ese dinero tenemos que subsistir durante el trayecto a Lusitania, nada menos, y después mientras esperamos instrucciones de Roma en Augusta Emerita. Somos quince personas…
¡Ahora catorce, habéis matado a uno de mis hombres!
—No era nuestra intención. El arquero apuntó al caballo, pero falló. De acuerdo, entregadme la mitad, todo sea por el nuevo césar, y aquí se acaba la negociación. Decídete u os aniquilamos ahora mismo.
—Nos das a elegir entre pagarte o morir —rugió Lucio, encolerizado—. No hay elección.
—Eso es. Me llamo Bulla Félix, salteador de caminos, y estos son mis bosques. Si queréis pasar por aquí, debéis pagar.
—Acabemos —concluyó Tito, y le ordenó a uno de los legionarios darle la mitad de los fondos a ese irreverente ladrón—. Invoca a tus dioses, porque si te vuelvo a ver será la última vez que respires.
Sin más explicaciones, el bandido se apeó de su caballo, subió la ladera boscosa del camino con su montura cogida por las riendas y desapareció con su botín.
Los romanos continuaron su agotador viaje en dirección oeste, con destino al paso occidental de los Pirineos, a fin de cruzar la cordillera aprovechando el deshielo y adentrarse, por fin, en Hispania. Iniciaban la marcha al alba y paraban a descansar cuando el calor del mediodía se hacía insoportable. Por las noches se alojaban en alguna posada, aunque las menos afortunadas en establos de alguna granja cercana a la calzada o a la intemperie.
El trigésimo día de viaje llegaron a Beneharnesium, un pueblo ubicado en las estribaciones de los Pirineos, con desiertas calles de tierra, un diminuto cuartel en el extremo sur y no más de treinta casas apretadas en una reducida planicie. Se alojaron en dos cabañas que alquilaron en el extrarradio del pueblo, el arquitecto con su familia en una pequeña y el resto de expedicionarios en otra mayor y contigua.
Claudiaabrazóasuhijoyexhalóunhálitoblanquecino, pues los dos delgados troncos que crepitaban en la chimenea de la esquina eran insuficientes para calentar la barraca. Cayo se levantó del incómodo jergón de paja y tropezó con una solitaria palangana que había junto a la cama. Se tapó hasta el cuello con su capa de lana antes de salir al gélido exterior y fue hasta una pila de troncos que descansaba en la pared de la cabaña mayor. De pronto, oyó un vigoroso gruñido que le hizo girar la cabeza a la derecha. Un gigantesco oso pardo corría directo hacia él, a treinta metros de distancia. Se subió con agilidad a la alta pila de leña, pues el plantígrado estaba muy cerca ya. El animal le lanzó un zarpazo a las piernas, pero Cayo retrocedió, esquivó el ataque y se irguió, con la espalda apoyada en la pared de la cabaña. El oso intentó subirse a la pila por el lado derecho. Al pisar sobre los maderos, algunos troncos de la base se movieron, arrastrandoalosdeencima,quecayeronestrepitosamente.Alertada porelruido,Claudiaasomólacabezaporlapuertadesucabaña y empezó a gritar. Lucio salió de su barraca seguido por Tito, pero rápidamente volvió sobre sus pasos para ordenarles perentoriamente a tres legionarios que salieran con cinco largas jabalinas. Los soldados rodearon al oso, mientras el centurión instaba a Cayo a no moverse. A todo esto, el animal lanzó otro zarpazo a las piernas del arquitecto, tirando de nuevo gran cantidad de maderos en su intento por alcanzar a su presa. Después apoyó las patas delanteras en la parte alta de los troncos y obligó a Cayo a refugiarse en el pequeño espacio restantede la pila. Consternado, el arquitecto pensó fugazmente en su funesto final, iba a morir devorado. Los legionarios pincharon al plantígrado por detrás y el oso se dio la vuelta hacia ellos inmediatamente. Lo acosaronconsusjabalinasdesdecincoposicionesdiferentes,pero el animal salvaje se abalanzó sobre el atacante de su derecha y, deun certero zarpazo, le rajó la carne desde la cadera hasta la rodilla.El legionario gritó con desesperación, agarrándose los tres profundos cortes de la pierna destrozada. Pese a ello, los soldados continuaron acosando al oso. Retrocedían con el fin de esquivar sus ataques, o avanzaban y le clavaban las jabalinas en los pulmones, el estómagoy el cuello hasta que dobló las patas y se quedó inmóvil sobre un creciente charco de sangre donde no tardó en expirar.
—Parad, ya está muerto —Lucio levantó los brazos—. ¿Está usted bien?
—Sí. —Cayo se tapó la cara con las dos manos.
—¡Todos a la cabaña! —voceó Tito.
Cuatro soldados tumbaron al herido encima de un camastro, le hicieron un torniquete y le taponaron los tres sangrantes cortes. El legionario rogaba ayuda a gritos y profería estremecedores alaridos de dolor. Cayo se acercó a su alto ayudante para pedirle que curara al desdichado evocatus.
—¿Cómo? —Claudio Clemente encogió los hombros y entornó sus expresivos ojos verdes.
—Tú atiendes al ganado algunas veces —lo exhortó el arquitecto.
—Cuando el veterinario no puede venir y son curas básicas.
Cayo miró a su ayudante fijamente, en silencio, así que Claudio sacó de su mochila una aguja curvada y un hilo y apartó a los legionarios que rodeaban la cama. Mientras tanto, pese al torniquete y el taponamiento, el soldado siguió sangrando por los profundos cortes. El improvisado médico intentó coserle las tres cuchilladas sin éxito porque el legionario no paraba de moverse, de modo que les pidió a dos de sus compañeros:
—Sujetadloconfuerzaysecadlaheridaconcualquiertela. Cayo, ponle un palo en la boca.
Al rato, tres toscas suturas recorrían el maltrecho muslo del legionario desmayado.
—Ha perdido mucha sangre. —Claudio se acercó a Tito.
—Tenemos que continuar el viaje. ¿Podríamos montarlo en el carro?
—En este estado no es aconsejable moverlo.
—Esperaremos. ¿Cuándo se curará?
—Solo los dioses lo saben, si sobrevive.
Dos horas más tarde, Claudio despertó a Tito en mitad de la noche.
—Ha muerto. Es una pena.
—Mañanaprepararemoslapirafunerariaynosiremosdeaquí.
—El centurión se frotó la cara con la mano, apesadumbrado—. Váyase a dormir, yo me quedaré con él.
A diferencia de lo que creían antes de abandonar Beneharnensium, no fue complicado entrar en Hispania, pues el punto más occidental de la gran cordillera era un paso de fácil acceso porque discurría muy cerca del mar.
Llegaron a Toletum seis jornadas más tarde y alquilaron cinco caros apartamentos de dos habitaciones con cocina comunitaria. Comieron varias aceitunas y tres lonchas de queso de sus provisiones, acompañadas de una enorme hogaza que compraron en una tahona de la planta baja.
Cayo,Claudia,losmandosydoslegionariosdecidieronira las termas. Atravesaron media ciudad soportando el tórrido calor estivalhastaqueencontraroneledificiopúblico,encuyointerior agradecieron el baño de agua templada. Regresaron a su alojamiento al ocaso, paseando por las céntricas calles de la ciudad. De improviso, aparecieron al final de una desierta vía cuatro amenazantes individuos, armados con garrotes y dagas que exhibían en alto. Tito se dio la vuelta. Otros tres criminales venían hacia ellos por el otro extremo de la avenida.
—¡No tienen muy buenas intenciones! —exclamó Lucio.
—Nos han tendido una emboscada —repuso el centurión—.Son ladrones, asesinos, y estamos en inferioridad numérica. Elio y tú avanzad unos pasos hacia esos tres. Nosotros dos nos pondremos en este lado de la calle.
Tito les dijo a Claudia y a Cayo que no se movieran, en un tono que no admitía réplica, apuntando hacia la pared, debajo de una antorcha. Los siete atacantes se acercaron despacio por los extremos de la calle, mientras los cuatro legionarios apartaban sus capas y sacaban las anchas espadas. Los ladrones ralentizaron la marcha y se miraron con desconfianza cuando oyeron el ruido metálico de los gladii saliendo de sus vainas, sin embargo, al instante continuaron su avance con paso decidido. Se acercaron a los romanos y empezó la lucha cuerpo a cuerpo. Uno de los cuatro delincuentes que Tito y un legionario tenían delante lanzó un garrotazo a la cabeza del centurión, pero este seagachóyesquivóelgolpe.Actoseguido,conunmovimientoágil y experto de su espada asida con las dos manos, Tito le seccionó la pierna por debajo de la rodilla. El asesino cayó al suelo, agarrándose la extremidad por encima del corte y profiriendo incontenibles alaridos de dolor. El legionario que acompañaba a Tito le
