Juan Moreira: Edición enriquecida. La lucha de Juan Moreira por la justicia y la redención en la Argentina del siglo XIX
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Eduardo Gutiérrez
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Juan Moreira - Eduardo Gutiérrez
Eduardo Gutiérrez
Juan Moreira
Edición enriquecida. La lucha de Juan Moreira por la justicia y la redención en la Argentina del siglo XIX
Introducción, estudios y comentarios de Bruno Ortega
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547822400
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Juan Moreira
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Entre el honor y la ley, entre la dignidad íntima y la maquinaria pública que castiga sin escuchar, Juan Moreira se erige como la historia de un hombre empujado desde el trabajo y el afecto hacia una violencia que nunca buscó, un trayecto donde cada agravio estrecha el cerco, donde la justicia se contamina con venganza y la supervivencia exige coraje físico, astucia y un código moral propio, en una pampa que a la vez ampara y amenaza, hasta volverlo emblema ambiguo de resistencia, mito popular y espejo de una sociedad en transformación.
Escrita por Eduardo Gutiérrez, escritor y periodista argentino, Juan Moreira es una novela de circulación popular publicada originalmente a fines del siglo XIX en formato de folletín, con una ambientación en la pampa y los pueblos de la provincia de Buenos Aires. Se inscribe en la tradición gauchesca y la narrativa de aventuras, con un pulso melodramático característico del periodismo de la época. Su aparición consolidó la figura del gaucho matrero como personaje central del imaginario rioplatense y acercó al gran público una historia que dialogaba con las tensiones sociales de un país en proceso de organización estatal.
Sin adelantar los giros decisivos, la novela presenta a un gaucho trabajador que aspira a vivir en paz, pero sufre atropellos de autoridades locales y de quienes se amparan en ellas, y se ve obligado a defender su nombre y su familia. Desde esa premisa, el relato encadena duelos, huidas, noches de campaña y encuentros en pulperías, con una cadencia veloz y capítulos breves. La prosa es directa, de frases nítidas y acciones que estallan de pronto, y transmite la oralidad popular sin tecnicismos, de modo que la experiencia de lectura resulta intensa, visual y continuamente tensionada.
Como narrador, Gutiérrez combina el pulso de crónica con el brillo de la leyenda: observa hechos concretos y los realza con una épica cercana, concebida para conmover y mantener el suspenso. La voz rastrea gestos, silencios y códigos de honor, y privilegia la economía de detalles útiles a la acción. El paisaje no es meramente decorativo: delimita rutas de escape, emboscadas y fronteras sociales. Esta mezcla de realismo y exaltación heroica, heredera de su práctica periodística, otorga verosimilitud a la violencia y, al mismo tiempo, eleva al protagonista a la dimensión simbólica que le dio perduración en la cultura.
Entre las capas temáticas sobresalen el conflicto entre justicia y legalidad, la fragilidad del individuo frente a poderes locales, y la tensión entre códigos rurales de honor y el avance de un orden estatal que se impone con dureza. Aparecen también la masculinidad puesta a prueba, la amistad como refugio, el peso de la reputación y la pobreza como condicionante que deja a muchos sin defensa. La novela explora cómo una cadena de pequeñas arbitrariedades puede desencadenar una espiral de violencia, y cómo la figura del gaucho marginal se vuelve un prisma para leer una sociedad desigual.
Por su claridad narrativa y su precisión emocional, el libro conserva una vigencia notable: interpela discusiones actuales sobre abuso de poder, acceso a la justicia y estigmatización de quienes habitan las periferias. La pregunta por la legitimidad de la defensa propia frente a la arbitrariedad estatal, así como el retrato de la violencia cotidiana que surge de deudas, favoritismos y humillaciones, resuena más allá de su época. Además, su condición de novela popular invita a pensar cómo circulan los relatos que moldean identidades colectivas y cómo se forman los mitos que aún influyen en debates culturales y políticos.
Leer Juan Moreira hoy es entrar en una narración que no pide permiso, que corre al ritmo de la sangre y la palabra sencilla, y que coloca al lector ante dilemas morales sin respuestas fáciles. Sin revelar sus desenlaces, basta decir que el itinerario de su protagonista invita a cuestionar la relación entre destino y elección, castigo y reparación, heroísmo y delito. Al cerrar el libro, queda la impresión de haber visto nacer un mito y de haber comprendido mejor por qué, en el cruce entre violencia e injusticia, la literatura popular también es una forma de memoria.
Sinopsis
Índice
Juan Moreira, publicada por entregas en 1879 por Eduardo Gutiérrez, es un folletín que ficcionaliza la vida de un gaucho célebre y la convierte en relato de aventuras y denuncia social. Ambientada en la campaña bonaerense de fines del siglo XIX, la narración combina escenas de acción con apuntes costumbristas y una mirada crítica sobre el funcionamiento de la justicia local. El protagonista encarna la tensión entre la ley escrita y los códigos del honor rural, mientras el Estado intenta consolidar su autoridad en un territorio vasto y desigual. El libro se propone registrar hechos populares y, a la vez, construir un mito.
En sus primeros capítulos, Gutiérrez presenta a Moreira como un hombre de trabajo, arraigado a la vida del campo y a su familia, cuya conducta busca ajustarse a la honradez y a los usos del paisanaje. Esa estabilidad se resquebraja al toparse con el poder menor: autoridades locales que administran favores, castigos y deudas a conveniencia. Un reclamo aparentemente trivial, unido a arbitrariedades burocráticas y a la prepotencia de algunos funcionarios, empuja al protagonista a una cadena de agravios. La narración subraya cómo un conflicto privado, mal tramitado por la justicia de paz, puede convertirse en desgracia pública para quien insiste en su dignidad.
A partir de ese punto, el relato muestra el pasaje de Moreira de paisano respetado a matrero perseguido. Un incidente en una pulpería y un duelo a cuchillo, narrados con vibración folletinesca, agrandan su fama tanto como su prontuario. Gutiérrez detalla el saber del campo —la monta, la rastreada, el manejo del facón— y la solidaridad que a veces lo protege, mientras la policía y auxiliares lo cercan. El héroe popular emerge ambiguo: defensor de su honor ante agresiones injustas, pero también figura temida por su destreza. La persecución lo obliga a la movilidad constante, a refugios precarios y a decisiones cada vez más arriesgadas.
La política irrumpe como engranaje que tritura y a la vez ofrece resquicios. Caudillos de la zona y comisarios con ambiciones electorales buscan capitalizar la valentía del gaucho, prometiéndole protección o perdón a cambio de servicios. Moreira tantea esos pactos inestables, empujado por la esperanza de regularizar su situación y por la necesidad de sobrevivir. La novela expone la manipulación del paisanaje en contiendas locales y el uso de la violencia como herramienta partidaria. Entre avances y retrocesos, se acentúa el dilema moral: sostener su código personal o someterse a una lógica que lo convierte en instrumento de otros.
El libro se detiene en escenas de la vida rural que funcionen como contrapunto: bailes, guitarreadas, jineteadas y conversaciones en los caminos. Allí se fijan los códigos de trato, los desafíos rituales y las vías informales de resolución de conflictos. La voz narrativa, que combina simpatía popular con admoniciones morales, enfatiza la ética del cumplimiento de la palabra, la lealtad entre paisanos y la responsabilidad ante la familia. Ese tejido comunitario explica tanto el respaldo ocasional que Moreira recibe como la reprobación que despiertan sus excesos, construyendo un entorno social que lo acompaña y, al mismo tiempo, lo limita.
Con el cerco cada vez más estrecho, la tensión narrativa crece a través de emboscadas, huidas nocturnas y desafíos que arriesgan su vida y su fama. Entre amistades fragorosas y traiciones discretas, Moreira busca una salida que no lo aparte de sus afectos ni de su sentido del honor. Los intentos de negociación con la autoridad alternan con episodios de violencia seca, y la posibilidad de un perdón oficial aparece y se desvanece. Todo conduce hacia un enfrentamiento decisivo que reúne los hilos políticos, sociales y personales del relato, cuya resolución Gutiérrez administra con el pulso teatral que hizo célebre a la obra.
Juan Moreira trascendió rápidamente su publicación periodística y se volvió emblema de la literatura popular argentina. Su impacto se amplificó en el teatro criollo y, más tarde, en el cine, consolidando la figura del gaucho como signo de identidad y disputa. La obra invita a pensar la formación del Estado, la criminalización de los sectores rurales y el conflicto entre justicia legal y justicia de honor, preguntas que conservan vigencia. Leída hoy, exige situarla en su época y reconocer su carácter de folletín, pero también permite discutir desigualdades, violencia institucional y mitologías políticas sin depender del desenlace específico que el relato reserva.
Contexto Histórico
Índice
Juan Moreira se sitúa en la pampa bonaerense de la década de 1870, cuando la organización nacional argentina entraba en una fase de consolidación tras las guerras civiles. Bajo las presidencias de Bartolomé Mitre (1862–1868), Domingo F. Sarmiento (1868–1874) y Nicolás Avellaneda (1874–1880), el Estado buscó fortalecer su autoridad en las provincias. La llanura pampeana, eje del emergente modelo agroexportador, vivía una transición acelerada: expansión de estancias, llegada del ferrocarril y mayor integración a los mercados. En ese marco, la vida rural combinaba prácticas tradicionales del gaucho con nuevas formas de control estatal, fricción que estructura el trasfondo histórico de la obra.
En los partidos rurales de Buenos Aires funcionaban instituciones locales con amplio margen discrecional. Los jueces de paz y comisarios de policía, designados desde la capital provincial, administraban justicia menor, organizaban milicias y tramitaban denuncias y reclutamientos. La Guardia Nacional servía para convocatorias periódicas y para reforzar el orden en campañas o elecciones, en un sistema político aún sin voto secreto ni registro universal. Los comisarios controlaban pulperías, expedían permisos y ejecutaban bandos que regulaban circulación y trabajo. Ese entramado, atravesado por clientelismo y lealtades personales, enmarcó tensiones entre pobladores, patrones y funcionarios, tensiones que la narrativa de Gutiérrez registra con énfasis documental.
El periodo coincide con la expansión estatal sobre territorios indígenas del sur, culminada en la llamada Conquista del Desierto (1878–1885) bajo la conducción de Julio A. Roca. Aunque la acción de Juan Moreira transcurre en el corazón bonaerense, la frontera próxima incidía en la vida rural: fortines, partidas y destacamentos requerían hombres, caballos y suministros. Las autoridades locales practicaban levas para cubrir contingentes de la Guardia Nacional o servicios auxiliares, medidas impopulares que afectaban a peones y pequeños propietarios. La presencia de patrullas y la vigilancia de caminos incrementaron fricciones entre pobladores y policía, un clima que la obra recoge en sus descripciones ambientales.
El paisaje productivo de Buenos Aires cambiaba con rapidez. La difusión del alambrado en la década de 1870 redefinió límites y usos del suelo, favoreciendo la gran estancia y restringiendo la libre circulación de jinetes y haciendas sueltas. El auge lanar, impulsado desde mediados de siglo, y la consolidación de saladeros y vías férreas integraron la campaña al puerto. En los pagos, la pulpería era centro de abastecimiento y sociabilidad, con guitarras, payadas y juegos, pero también bajo supervisión policial. Ese entorno material y cultural, atravesado por nuevos cercamientos y viejas costumbres, enmarca la figura del gaucho que la novela convierte en emblema.
En ese mundo convivían códigos de honor rurales y normas estatales cada vez más precisas. El uso del facón, los desafíos y las riñas en bailes o pulperías formaban parte de prácticas conocidas, perseguidas por bandos policiales que castigaban portación de armas, ebriedad y alteración del orden. Las figuras jurídicas de vago y malentretenido habilitaban detenciones y traslados forzosos, herramientas habituales de control social. La justicia de paz resolvía pendientes menores y elevaba causas, a menudo basándose en testimonios sumarios. La tensión entre reputación, honra y expediente oficial nutre el trasfondo legal frente al cual Eduardo Gutiérrez coloca a sus personajes.
Eduardo Gutiérrez, periodista y folletinista porteño, cultivó una narrativa inspirada en crónicas policiales y episodios notorios. Juan Moreira apareció por entregas en 1879 en el diario La Patria Argentina, siguiendo el modelo del folletín europeo que privilegiaba el suspenso y la observación de costumbres. La elección del gaucho como protagonista dialogaba con un público urbano en expansión, lector de diarios y atento a relatos de la campaña. Gutiérrez recogía datos de expedientes, prensa y testimonios orales para construir tramas verosímiles, en sintonía con una literatura que convertía hechos recientes en materia novelable y ponía en primer plano la violencia institucional.
La publicación dialoga con la tradición gauchesca vigente. El Martín Fierro de José Hernández había aparecido en 1872 y su segunda parte en 1879, denunciando abusos del reclutamiento y la frontera desde la voz del payador. Gutiérrez, desde la prosa folletinesca, concentra su relato en un personaje histórico de la campaña bonaerense, retomando motivos del gaucho matrero y del conflicto con la autoridad. La circulación simultánea de estas obras consolidó al gaucho como figura literaria central, capaz de condensar tensiones entre cultura popular y Estado, entre movilidad rural y orden legal, en un momento decisivo de modernización y centralización del país.
En este contexto, Juan Moreira funciona como espejo y denuncia. Al presentar choques entre un paisanaje con normas propias y un aparato policial-judicial que afianza su poder, la obra expone prácticas de coacción y arbitrariedad presentes en la campaña bonaerense de su tiempo. Su recepción masiva convirtió al protagonista en figura de mitología popular y alimentó debates sobre justicia, honor y legitimidad. La posterior adaptación escénica por los hermanos Podestá en 1884 consolidó su alcance cultural. En conjunto, el relato interroga los costos humanos de la modernización estatal y deja constancia literaria de un orden social en plena reconfiguración.
Juan Moreira
Tabla de Contenidos Principal
Prólogo
Los amores de Moreira
Un castigo terrible
El cacique
La pendiente del crimen
Un gaucho flojo
Un encuentro fatal
El nido de desventuras
El último asilo
La vuelta al hogar
La fuerza del destino
La soberbia del valor
El guapo Juan Blanco
La policía en jaque
El cuerudo
Jaque mate
El epitafio de Moreira
La daga de Moreira
Epílogo
Prólogo
Índice
Como fiera perseguida
piso una senda de abrojos,
sin sueño para mis ojos
ni venda para mi herida,
sin descanso ni guarida;
ni esperanza ni piedad
y en fúnebre soledad
mi dolor amarrado,
voy a la muerte arrastrado
por mi propia tempestad[1q].
R. Gutiérrez.— Lázaro
Juan Moreira es uno de esos seres que pisan el teatro de la vida con el destino de la celebridad; es de aquellos hombres que cualquiera que sea la senda social por donde el destino encamine sus pisadas, vienen a la vida poderosamente tallados en bronce.
Moreira no ha sido el gaucho cobarde encenegado en el crimen, con el sentido moral completamente pervertido.
No ha sido el gaucho asesino que se complace en dar una puñalada y que goza de una manera inmensa viendo saltar la entraña ajena desgarrada por su puñal.
No; Moreira era como la generalidad de nuestros gauchos: dotado de una alma fuerte y de un corazón generoso, pero que lanzado en las sendas nobles, por ejemplo, al frente de un regimiento de caballería, hubiera sido una gloria patria, y que empujado a la pendiente del crimen, no reconoció límites a sus instintos salvajes despertados por el odio y la saña con que se le persiguió.
Moreira sabía que peleando defendía su vida amenazada de muerte, y peleaba de una manera frenética, y haciendo lujo de un valor casi sobrehumano.
Moreira tenía los sentimientos tiernos e hidalgos que acompañan siempre al hombre realmente bravo.
Educado y bien dirigido, cultivaba con esmero su propensión guerrera y su astucia inherente a la mayor parte de nuestros gauchos ya lo hemos dicho, hubiera hecho una figura gloriosa.
Hasta la edad de treinta años fue un hombre trabajador y generalmente apreciado en el partido de Matanzas, donde habitó hasta aquella edad, cuidando unas ovejas y unos animales vacunos, que constituían su fortuna pequeña.
Domador consumado, se ocupaba en amansar aquellos potros que, por indomables, llevaban a su puesto con aquel objeto.
No concurría a las pulperías sino en los días de carreras en que iba a ellas montado sobre un magnífico caballo parejero, aperado con ese lujo del gaucho que reconcentra toda su vanidad en las prendas con que adorna su caballo en los días de paseo.
Nunca se le había visto beber con exceso, ni andando en aquellas fatales parrandas de los gauchos donde nacen las peleas que terminan generalmente enterrando un cadáver más en el cementerio y proporcionando una nueva alta a los cuerpos de caballería que guarnecen las fronteras, cuerpos de línea que guardan las leyendas más tristes de pobres gauchos enviados allí con el pretexto de ser vagos o no tener hogar conocido.
Pero dejemos aquellas fúnebres historias de que algún día nos ocuparemos, y volvamos a Juan Moreira.
Si alguna vez se le vio desnudar su daga y guardarla en la cintura sucia de sangre, era cuando mezclado a la Guardia Nacional[1] salía en persecución de alguna invasión de indios que hubiera venido a los partidos vecinos.
En esos días en que los buenos guardias nacionales abandonaban el lazo y la marca para seguir al Comandante militar del partido, Moreira se presentaba montado en su mejor caballo, llevando de tiro a su soberbio parejero.
En el combate se lucía, en la persecución siempre salía adelante en alas de su caballo que parecía volar, y concluido el combate y derrotada la indiada, regresaba a su puesto sin pedir la menor recompensa, apreciando lo que acababa de hacer como el cumplimiento de una obligación ineludible.
En ese género de correrías se había conquistado el nombre de El guapo, con que lo distinguían aún fuera de su pago, llegando sus compañeros hasta no considerar eficaz una persecución a los indios si en ella no había tomado parte el amigo Moreira.
Moreira vivía casado con una paisanita hija de un honrado vecino de su mismo partido, y tenía de ella un hijito que constituía toda su aspiración y todo su haber en el mundo, fuera de su mujer, a quien quería con idolatría.
Jamás se alejaba a las persecuciones de indios, sin estrechar en sus brazos al pequeño Juan Moreira, a quien llamaba mi crédito, y últimamente lo llevaba consigo a todos sus paseos, ya a las cabezadas de su lujoso apero, ya a su lado, gauchamente montado sobre un peticito que domara expresamente para él y en cuyas prendas figuraban los más bellos trenzados de tiento de potro que salían de sus manos primorosas para este género de trabajos.
Moreira poseía una tropa de carretas, que era su capital más productivo y en la que traía a la estación del tren más inmediata grandes acopios de frutos del país que se le confiaban conociendo su honradez acrisolada.
Allá, en su pago y años atrás, él había sido también una especie de trovador romancesco.
Dotado de una hermosa voz, solía templar su guitarra, llena de incrustaciones de nácar, en algún baile de amigos, y echar un par de tiernas y amorosas décimas, con ese sentimiento delicado de que está dotado nuestro gaucho payador, sentimiento que se ve rebosar en su cara inteligente y que da a su canto una ondulación rara y quejumbrosa y que llega hasta el fondo del alma.
Cuando un gaucho canta un triste, parece que vertiera él todo un compendio de desventuras.
Su rostro moreno se baña de una intensa palidez; su voz tiembla: brilla su pupila humedecida por una lágrima; los dedos con que oprime la cuerda sobre el diapasón, parece que quisieran encarnar en ella todo lo que siente; la guitarra gime de un modo particular, y el que escucha se siente dominado por un éxtasis arrobador.
El gaucho trovador de nuestra pampa, el verdadero trovador, el Santos Vega, en fin, cantando una décima amorosa, es algo de sublime, algo de otro mundo, que arrastra en su canto, completamente dominado a nuestro espíritu.
¡Es una gran raza la raza de nuestros gauchos!
Todos ellos están dotados de un poderoso sentimiento artístico.
Tocan la guitarra por intuición sin tener la más remota idea de lo que es la música, y cantan con la misma ternura que improvisan sus huellas, llegando, como Santos Vega, a construir esta sublimidad:
De terciopelo negro
tengo cortinas
para enlutar mi cama
si tú me olvidas.
Y el sentimiento artístico estaba poderosamente desarrollado en Moreira.
Cuando preludiaba la guitarra, la asamblea enmudecía, y cuando de su poderosa garganta partía, como un quejido, una trova, las paisanas se sentían atraídas y los hombres se conmovían.
Hemos hablado una sola vez con Moreira, el año 74, y el timbre de su voz ha quedado grabado en nuestra memoria.
Cuando hablamos con él, entonces Moreira estaba tachado de bandido y su fama recorría los pueblos de nuestra campaña.
Y había sin embargo en el conjunto de su arrogante apostura tanta nobleza, tal sello de simpática bravura, que uno se hacía en su pensamiento esta fuerte conclusión: es imposible que este hombre sea un bandido.
No había en su semblante una sola línea innoble, su continente era marcial y esbelto, y hablaba con un acento profundo de ternura, bañando, por decirlo así, el semblante de su interlocutor con la intensa y suavísima mirada que brotaba de su pupila de terciopelo.
Era una cabeza estatuaria colocada en un tronco escultural.
Entonces Moreira tenía apenas treinta y cuatro años.
Era alto y regularmente grueso, vestía con un lujo pintoresco, el traje nacional que llevaba con una desenvoltura y una arrogancia notable.
Su hermosa cabeza estaba adornada de una tupida cabellera negra, cuyos magníficos rizos caían divididos sobre sus hombros; usaba la barba entera, barba magnífica y sedosa que descendía hasta el pecho, sombreando graciosamente una boca algo gruesa donde se hallaba eternamente dibujada una sonrisa de suprema amargura.
Sus más hermosas facciones eran los ojos y la nariz. Los primeros iluminaban su semblante atrayente, dándola una expresión inteligente y altiva, la segunda ligeramente aguileña, contribuía a aquella expresión de simpática bravura que era la que dominaba en aquel semblante.
Vestía entonces un chiripá de paño negro sujeto a la cintura por un tirador cubierto de monedas de plata, que le servía para oprimir su estómago algo saliente.
De este tirador pendían por la parte de adelante dos brillantes trabucos de bronce, y sujetaba sobre el vacío, al alcance de la mano derecha, una daga lujosamente engastada.
El aseo de su ropa, que se veía en su blanquísima camisa y en el prolijio cribo del calzoncillo, era notable.
Su traje estaba completado por una bota militar flamante, adornada con espuelas de plata, un saco de paño negro, un pañuelo de seda graciosamente enrollado al cuello, y un sombrero de anchas alas.
En su mano derecha, pendiente de la muñeca, se veía un látigo de plata, de los llamados brasileros; en el dedo meñique usaba un brillante de gran valor, y sobre su pecho, cayendo hasta uno de los bolsillos del tirador, brillaba una gruesa cadena de oro que sujetaba un reloj remontoir.
Éste era Juan Moreira, cuyos hechos han pasado a ser el tema de las canciones gauchas, y cuyas acciones nobles se cantan tristemente al melancólico acompañamiento de la guitarra.
¿Qué motivo poderoso, qué fuerza fatal fue la que empujó por la pendiente del crimen a un hombre nacido con todas las condiciones de un bello espíritu, y que hasta la edad de treinta años fue un ejemplo de moral y de virtudes?
Tomemos su vida desde diez años atrás y encontraremos la razón de la conducta que observó Moreira en el último tercio de su vida.
Hemos hecho un viaje expreso a recoger datos en los partidos que este gaucho habitó primero y aterrorizó después, sin encontrar en su vida una acción cobarde que arroje una sola sombra sobre lo atrayente de la relación que emprendemos.
Era una especie de judío errante que combatía eternamente, disputando a la justicia su cabeza, porque sabía que entregarse era morir irremediablemente y porque en su insolente orgullo había dicho y repetido que no existía una partida de policía suficientemente fuerte para prenderlo.
Tomemos, pues, como punto de partida aquella época de su vida, que llamaremos Los amores de Moreira.
La gran causa de la inmensa criminalidad en la campaña, está en nuestras autoridades excepcionales.
El gaucho habitante de nuestra pampa tiene dos caminos forzosos para elegir: uno es el camino del crimen, por las razones que expondremos; otro es el camino de los cuerpos de línea, que le ofrecen su puesto de carne de cañón.
El gaucho, en el estado de criminal abandono en que vive, está privado de todos los derechos del ciudadano y del hombre; sobre su cabeza está eternamente levantado el sable del Comandante militar y de la partida de plaza a quien no puede resistirse, porque entonces, para castigarlo, habrá siempre un cuerpo de línea.
Ve para sí cerrados todos los caminos del honor y del trabajo, porque lleva sobre su frente este horrible anatema: hijo del país.
En la estancia, como en el puesto, prefieren al suyo el trabajo del extranjero, porque el hacendado que tiene peones del país está expuesto a quedarse sin ellos cuando se moviliza la Guardia Nacional, o cuando son arriados como carneros a una campaña electoral.
El gaucho viene así a ser un paria en su propia tierra, que no sirve para otra cosa que para votar en las elecciones con el Juez de Paz o el Comandante, o para engrosar las filas de los regimientos de línea a que tiene horror.
¡Y que tiene razón de sentir aquel horror a los cuerpos de línea!
El gaucho marcha a la frontera, enviado por vago (no encuentra trabajo), por falta de papeleta (no votó con el Comandante sino con su patrón), o simplemente porque su mujer es una paisanita hermosa y codiciada.
Va a la frontera con una barra de grillos en los pies, como si fuera un criminal miserable: allí sufre durante dos años de desnudez, el hambre y los horribles tratos de un cuerpo de línea, pudiéndose dar por feliz si al cabo de este tiempo puede obtener su cédula de baja.
El gaucho vuelve a su pago, creyendo olvidar sus sufrimientos en la tranquilidad de su rancho y al lado de su mujer y sus hijos, pero es precisamente allí en su rancho donde le espera la desventura, el dolor y la vergüenza.
Sus caballos y sus animalitos se lo han repartido como botín de guerra los que han saqueado su rancho; su mujer, sitiada por hambre, vive con el mismo alcalde
