Los grandes ladrones
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Eduardo Gutiérrez
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Los grandes ladrones - Eduardo Gutiérrez
Los grandes ladrones
Copyright © 1881, 2021 SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726642261
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
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LOS GRANDES LADRONES
Ofrecemos hoy la curiosísima historia del ladrón más fino y más inteligente que haya venido á suelo americano.
Es la historia del célebre Serapio Borches de la Quintana, cuya astucia poco cumún puso en serio apuro á los más sagaces y viejos empleados de nuestra policía.
Serapio Borches de la Quintana no era lo que en el mundo lunfardo se llama un punguista que se dedica á robar el reloj ó la cartera de los bolsillos con más ó menos limpieza y maestría.
No era tampoco el escroshante que descerraja una puerta ó asalta una casa, exponiéndose á caer entre las garras del gallo policial, porque no ha tenido el tino ni el talento de tomar sus medidas para escapar á la acción de la justicia policial, ya errando el golpe, ya lográndolo.
No era tampoco el caballero de industria que, sin talento para crearlas, espía las ocasiones que le depara su buena suerte, para hacer un tiro cuyos resultados y beneficios ignora él mismo.
Serapio Borches de la Quintana era un ladrón de alto mundo, un ladrón aristocrático, que preparaba sus golpes con una sagacidad poco común, y los ejecutaba con increible talento, pensando y evitando de antemano, cualquier contratiempo con que pudiera tropezar.
Serapio Borches de la Quintana reunía á una inteligencia clara y robusta, una educación esmeradísima.
Sus modales distinguidos y su trato afable é interesante, lo hacían fuertemente simpático y predisponían en su favor al hombre menos confiado.
Por otra parte. Borches poseía un corazón de temple completamente español.
Bravo y sereno, no se arredraba ante ningún peligro.
Por el contrario, aquel las empresas para las que se necesitaba un ánimo de primer orden y un espíritu valeroso, eran las que emprendía con mayor placer.
Jamás, aún tomado infraganti delito, se le vió palidecer ante la presencia de ningún agente de policía.
Siempre sonriendo y con su aspecto de hombre honorable, trataba de evitar y destruir todos los cargos que pudieran hacérsele.
Con semejantes dotes, Serapio Borches de la Quintana era un ladrón temible, de cuyas manos era muy difícil salir ileso.
Serapio Borches de la Quintana debía pertenecer á una familia aristocrática.
Esto se comprendía á primera vista, en sus modales distinguidísimos y en su educación esmerada.
En cualquier otra senda de la vida habría sido un hombre notable y útil para la humanidad.
Pero su espíritu pervertido, á pesar de la manera delicada con que había sido cultivado, lo llevó por un camino en que fué célebre también, pero de una celebridad bien triste.
En la época de que arranca nuestro relato, Borches era un joven bastante hermoso, que vestía lujosamente, llevando las prendas que constituian su vestido con extremada elegancia.
La mujer más exigente se hubiese considerado feliz admitiendo los galanteos del joven que nos ocupa, cuya palabra persuasiva y apasionada hizo conquistas que hubieran sido la desesperación de muchos tenorios no vulgares.
Y merced á estas conquistas amorosas Borches realizó sus más famosos tiros y sus empresas más difíciles.
Borches tenía que luchar entonces con la admirable policía del señor O’Gorman, que ha sido la mejor que hemos tenido como organización y como personal de agentes.
Él tenía que luchar con la penetración y actividad pasmosa del comisario Francisco Wright, especie de Mr. Lecoq para cuya mirada de Mefistófeles policial no había artimaña posible ni medio eficaz de borrar el rastro de que se apoderaba.
Y sin embargo, Serapio Borches de la Quintana luchó con ellos, hasta el extremo de hacerse humo cuando más seguro lo creían.
Varias veces fué conducido al hotel del gallo después de serios trabajos, y enjaulado con todo género de precauciones.
Pero otras tantas Serapio Borches logró burlar á la justicia valiéndose de medios ingeniosísimos y del amor de una de las tantas víctimas de su finjido cariño, que le guardó fidelidad abnegada hasta el último trance de su vida aventurera.
Serapio Borches de la Quintana frecuentó los salones de nuestra alta sociedad, y encontró abiertas las puertas de las principales familias de Montevideo, donde dejó profundas huellas de su espíritu malvado y de sus uñas filosas.
En cualquier senda de la vida honesta, Borches hubiera llegado á ser hombre de gran fortuna, porque tenía las condiciones necesarias para ello.
Muchas veces halló á su paso personas importantes de nuestro comercio que, prendadas de su educación y hermosa inteligencia, le ofrecieron toda clase de protección para que se labrara una posición social de primer orden.
Pero él despreció todo esto, prefiriendo seguir por el camino de la perdición y de la crápula, hasta rodar á las crujías y los presidios, cuyos libros guardan su nombre como el del más famoso criminal que haya pasado por ellos.
¿Á qué podía obedecer esta tendencia hacia el crimen, en un hombre de espíritu tan bien cultivado?
Además de sus conocimientos generales, Borches era un grabador de gran mérito, cuyos trabajos de buril llevaban el sello supremo del arte.
Dedicándose á esto sólo, podía haber hecho una buena fortuna, aquí donde todavía no ha venido un grabador verdaderamente artista.
Pero él quiso hacer fortuna en menos tiempo, dedicando sus conocimientos á grabar planchas para fabricar billetes de banco y acuñar falsa moneda.
Y fué así el autor de una gran falsificación de billetes y de moneda tan perfectos, que sólo la casualidad pudo descubrir, después que Borches los hizo circular en todos los Bancos de Buenos Aires y Montevideo, donde por esta causa se vieron arruinados muchos comerciantes.
Tomada la falsificación con su autor y cómplices, Borches pudo aún entrar en la buena senda, pues muchas manos amigas se le tendieron.
Pero lejos de servirle de escarmiento este primer revés de la suerte, más bien le sirvió de estímulo, pues fué desde entonces que se lanzó de lleno en la vida del crimen.
Al ver su frente espaciosa que acusaba la inteligencia de que se se hallaba dotado, su mirada franca y suave, bañada por la mansedumbre de sus ojos castaños;
Al ver su nariz aristocrática y la expresión bondadosa de su boca siempre sonriente, nadie hubiera creído ver en Borches otra cosa que un joven opulento que viajaba en el mundo por placer.
Al través de aquella mirada que tomaba admirablemente la expresión que se le quería dar, no se podía entrever otra cosa que un espíritu gentil y caballeresco.
Y sin embargo, era todo lo contrario.
La vida de Borches está llena de episodios curiosísimos y variados.
Borches ha robado de todas maneras, logrando hacerse muchas veces de fortunas considerables, que gozaría hoy tranquilamente, á no ser por el comisario Wright, que fué el escollo donde se estrellaron siempre sus planes mejor combinados.
—Este maldito comisario Wright, solía exclamar, cuando caía en las garras de éste; este maldito á quien todo le sale bien, se ha propuesto cortarme las alas, sin duda por ser consecuente al significado de su apellido!
Se ha convertido en mi sombra perseguidora; pero no importa, lucharemos.
Lucharemos, y á la larga yo he de salir con la mía.
Y asi fué.
Durante los muchos años que Borches habitó Buenos Aires y Montevideo, mantuvo una lucha sin tregua con el inteligente y astuto comisario.
Muchas veces cayó en las trampas que éste le preparaba, pero muchas también supo burlar las combinaciones más seguras.
Y es que Borches no se lanzaba á la ejecución de un plan, sin haber meditado friamente todos los contratiempos que podía tocar y buscado una salida rápida y eficaz á las dificultades que preveia con un tino asombroso.
Por eso es que la policía se declaró impotente más de una vez, para descubrir robos que más tarde se supo habían sido cometidos por Serapio Borches de la Quintana.
Jamás empleó la violencia, ni entró ésta por un momento en sus planes.
No se asoció tampoco á otros ladrones, porque no encontró ninguno que estuviera á su altura.
Ocupaba algunas veces á otros ladrones, cuando materialmente él no daba abasto para la ejecución de algún buen negocio.
Pero no era más que para convertirlos en simples operarios ó peones, cuando falsificaba moneda, y no podía perderlo la torpeza ajena.
Pero en sus robos nunca empleó ajena ayuda, con excepción de una vez en que para lograr la más productiva de las estafas que realizó, necesitó un corista ó figurante.
Pero de tal manera lo educó y pulió para el acto, que fué un digno compañero de su admirable maestro.
Sólo entonces lo ocupó Borches, convencido de que, ni aun queriendo, podía cometer una torpeza perjudicial al negocio ni á su libertad.
Este cómplice fué un tal Torres, famoso criminal también, aunque de otro género, que nuestros lectores verán figurar más adelante, como autor de un célebre robo cometido en casa de la señora Ramona Salas, y de las heridas que recibió don Francisco Chas, que lo sorprendió en el acto de perpetrar el robo y que salvó milagrosamente de ser asesinado.
Esta fué la única ocasión en que Serapio Borches se valió de un cómplice, tan bien enseñado, que le dió los mejores resultados.
La víctima fué el señor Otero, acaudalado comerciante de Montevideo, para quien aquel robo fué la ruina.
Pero no apresuremos los sucesos que han de figurar en esta curiosísima historia, la más célebre en todos nuestros anales de Policía.
Ningun criminal se ha evadido del presidio con la astucia asombrosa de Serapio Borches.
Cada vez que ha sido preso, se ha empleado con él la más severa vigilancia, sabiendo que era un criminal difícil de conformarse á la pérdida de la libertad.
Y por más rigurosa que fuera esa vigilancia, por más cuidado que con él se tuviera, no sólo logró evadirse cuando menos lo hubieran pensado sus guardianes, sino que facilitó la evasión de otros criminales peligrosos, entre los que figuraban su cómplice Torres y el célebre Chavarria que asesinó á su esposa en un rasgo de celos.
Conociendo, pues, nuestros lectores al protagonista de la interesante historia que vamos á narrar, tomemos nuestro relato desde el año 1863, en que apareció en Buenos Aires, junto con dos hermanos suyos, el célebre Serapio Borches de la Quintana.
___________
LOS TRES HERMANOS
En el año 1863, se hallaban establecidos en el partido de Mar Chiquita, con una casa de pequeño capital, el joven Serapio Borches de la Quintana, en sociedad con sus dos hermanos José María y Miguel.
El pequeño establecimiento marchaba viento en popa, protegido por todo el vecindario.
Los tres jóvenes eran á cual más activo y honrado, lo que les valió le aprecio y cariño de cuantas personas los trataban.
Entre ellos descollaba Serapio, por su ingenio travieso y su trato jovial y ameno.
El tal Serapio trabajaba en el negocio con una constancia á toda prueba, lo que no le impedía divertirse como un desesperado en cuanta fiesta se daba por los alrededores.
Los dos hermanos lo querían apasionadamente, y aseguraban que Serapio era el que hacía prosperar el establecimiento porque tenía un talento especial, según decían, para los buenos negocios.
—No se aflijan mucho por este negocio, les decía, que esto no es más que vegetar para no perder el tiempo.
Dentro de poco hemos de realizar ganancias en grande, que ya se me han ocurrido y con las que en menos de un año vamos á ser ricos como ninguno.
Y los hermanos, que tenían una fe profunda en el talento y buen tino de Serapio, vivían contentos y mecidos por la alegre esperanza de ver pronto realizados todos aquellos planes de buena fortuna.
Cada vez que se daba algún baile en los alrededores, la gente alegre hacía toda clase de empeño por que asistieran los tres hermanos, pero siempre eran infructuosos todos ellos, pues respondían que no podían desamparar el negocio.
Serapio era el primero en decir:
—Más tarde, cuando nos hallemos más desahogados, hemos de armar cada jaleo que meta miedo.
Por ahora es preciso atender el negocio para que no se lo lleve la trampa.
Sus hermanos influían con Serapio para que fuera, asegurándole que ellos lo atenderían como si él no faltara.
Tenían, como hemos dicho, un amor entrañable por Serapio y deseaban verlo feliz y contento, conociéndolo amigo de fiestas y diversiones.
Éste cedía por fin á los empeños de sus hermanos, é iba á los bailes donde era el niño mimado de concurrentes y dueños de casa.
Otras veces Serapio hacía todo lo posible por quedarse en casa y que fueran sus hermanos á divertirse, pero nunca podía lograrlo.
Ellos, como más amigos del trabajo que de las diversiones, y como en no concurrir no se hacían la menor violencia. Serapio concluía siempre por ser él quien concurría al baile ó á la jarana en cuestión.
La casa de los hermanos Borches, era por otra parte el punto de reunión de la gente acaudalada del partido y del paisanaje, que tenía también un cariño especial por los tres hermanos, al extremo de venir á gastar allí su dinero, aunque tuvieran que hacer largas jornadas.
Los más serios y reposados hallaban un verdadero placer en el trato ameno y distinguido de los tres hermanos.
Los jóvenes pasaban momentos felices admirando la fecundidad de ingenio de Serapio y festejando sus ocurrencias originales y chistes inagotables.
Alables é igualmente buenos para todos, atendían á los paisanos con la mayor paciencia, terciando en sus alegres conversaciones.
Muchas veces juntábanse allí tres ó cuatro payadores de los buenos, y entonces el coparío se multiplicaba, pagando siempre los dueños de casa las dos últimas vueltas.
Los paisanos se hubieran dejado sacar del cuero una corona, para aquellos jóvenes tan buenazos y tan complacientes con ellos.
Entre las muchachas del partido, era Serapio quien se llevaba la palma.
Todas ellas se derretian ante su palabra amorosa y le miraban como al más sublime partido á que pudiese aspirar una mujer exigente.
Pero si Serapio las atendía á todas con igual distinción y agrado, no demostraba preferencia por ninguna de ellas en particular.
—A Serapio no se le conquista á dos tirones, decían las muchachas. Tiene más horror al casamiento que á la miseria.
Y desplegaban todos sus atractivos para reducir al matrimonio aquel corazón rebelde y aquel espíritu galante.
—¿Y por qué no te casas? solían preguntarles sus hermanos, conociendo el empeño que por él tenían varias muchachas.
Aquí hay mujeres hermosas y de regular fortuna para pobretes como nosotros.
Tal vez hallarás entre ellas tu media naranja y tu buena fortuna.
—Es inútil, respondía Serapio.
No está entre ellas la mujer á que yo aspiro y que puede hacerme feliz.
Ya la buscaremos en otra sociedad más elevada, pues no se halla en ésta.
Y seguía alabando á todas sin mostrar una seria preferencia por ninguna.
Sin embargo de esto, no faltaba quien aseguraba que Dorotea había vencido todos los escrúpulos de aquel corazón ardiente y rebelde.
Algunas llevaban sus bromas hasta ofrecérsele de padrino para la próxima boda, pero él rechazaba las chanzas con la finura que le era característica, asegurando que aquello no podía ser, porque la misma Dorotea, estaba seguro, no había fijado en él sus ojos.
Pero no por esto los amigos cesaban en sus bromas, que redoblaban por la misma razón que él no confesaba la partida.
Dorotea era una hermosísima niña, en cuyos ojos se había estrellado más de un corazón amante y apasionado.
Hija de un hombre medianamente rico del partido, Dorotea se había educado en Buenos Aires, frecuentando los centros de buena sociedad.
Así es que en el partido de la Mar Chiquita, era la niña más distinguida, á cuya mano aspiraban los jóvenes más acomodados, como á un beneficio del cielo.
Pero fuera que Dorotea aspirara á un partido mejor, fuera que ninguno hubiera sabido tocar las fibras de aquel corazón delicado, el hecho es que ninguno había conseguido de ella la más insignificante mirada que pudiera alentarlo en su empeño.
Dorotea tendría entonces unos diez y siete años, unos ojos celestes que parecían luceros engarzados en párpados humanos y el talle más gentil y flexible que se halla visto jamás.
Montaba á caballo con una gracia infinita y cantaba en la guitarra con una pequeña vocesita de soprano, pero sumamente afinada y timbrada por un sentimiento lleno de pasión y de dulzura.
Serapio fué el primero que hizo latir aquel corazon, en cuyos senos dormitaba un amor lleno de pureza y de abnegación.
Y él despertó de su letargo aquel corazón noble, sin prever las consecuencias de la pasión que provocaba.
Ante la mirada suavísima de Borches, ante su espíritu delicadísimo y ante su trato distinguido, el corazón de Dorotea latió de una manera hasta entonces desconocida para ella.
Serapio no le había dirigido palabra alguna de amor, tal vez no había él querido despertar el sentimiento que rebosaba en aquel corazón.
Pero Dorotea se había enamorado con esa fuerza de pasión que hacen de la mujer el ser más valiente que se conozca.
Con el frecuente trato de Serapio; aquel amor fué aumentándose de una manera violenta, hasta que revistió ese carácter de imposición á que ningún hombre puede resistirse.
Serapio vió la pasión que se desprendía de la expléndida mirada de Dorotea y que rebosaba en todo su sér.
Vió la palidez que el amor extendía por el hermoso semblante de la joven, y fuera por cálculo ó por temor, no hizo la menor demostración por la cual pudiera pensarse que correspondía á aquella pasión que ya la joven no trataba de disimular.
En las reuniones donde se encontraba con otras mujeres, Dorotea sufria momentos amargos.
Con su tino delicadísimo, Serapio trataba de conducirse con las demás jóvenes de manera de no despertar en ella la pasión de los celos.
Pero por más cuidado que en ello ponía, no podía impedir que Dorotea mirara con despecho á la mujer con quien él había bailado ó conversado un rato que á ella le había parecido demasiado largo.
Una vez Dorotea creyó ver ó vió que Serapio hablaba con cierto interés á una joven Emilia, bastante hermosa.
Y cuando Serapio se le acercó, le dijo trémula y conmovida:
—Si usted desea cultivar el trato de mi amistad, es preciso que no vuelva á hablar con esa mujer sino lo necesario para cumplir las exigencias de la sociedad.
—¿Y por qué motivo, preguntó Serapio con una finura delicadísima, si se puede saber?
Dorotea bajó la mirada y con el rostro encendido por la pasión más pura, repuso:
—Porque estamos enemistadas desde hace tiempo y no quiero que las personas que me frecuentan tengan con ella mayor relación.
Serapio comprendió todo el alcance de las palabras de Dorotea, pero se hizo el disimulado.
—Sin embargo, dijo, yo no puedo hacer una cosa impropia que me pondría en una situación dura.
Yo puedo huir la frecuencia de su trato, pero no podría desairarla así públicamente, sin faltar á las más vulgares reglas de educación.
—Usted hará lo que le parezca, contestó Dorotea con una firmeza increíble, pero si mi amistad le interesa, es preciso que renuncie por completo á la de esa mujer.
Borches aceptó la imposición y no volvió á acercarse á Emilia en toda la noche.
Después supo que no existia tal enemistad entre las dos mujeres, y que aquello ora sólo un pretexto que Dorotea había tomado para disculpar sus celos.
Y tuvo miedo de aquella pasión que se iniciaba de una manera tan violenta.
Pero siguió cultivando la amistad de Dorotea sin pronunciar la menor palabra ni cometer la menor acción que descubriera ante la niña que había leído en su corazón como en un libro.
Serapio, con el trato frecuente, empezó á interesarse cada vez más sensiblemente de Dorotea, hasta que sintió flaquear sus propósitos.
Quiso esquivar el trato de Dorotea, pero ya no le fué posible.
Se habia enamorado también de la hermosura y del espíritu de Dorotea.
Viéndose correspondido de una manera tan decidida, cualquier otro joven, en su lugar, hubiera apresurado el desenlace más natural de aquella aventura.
Pero Serapio había meditado friamente, y á pesar de estar interesado su corazón, ya había dicho que la compañera de su vida la había de buscar en otra esfera más superior.
¿Qué más podía ambicionar aquel joven, que una mujer hermosa, de espíritu bien cultivado y de una fortuna que aunque mediocre era el punto de partida de otra mayor?
Sabe Dios qué proyectos tendría Serapio cuando desechaba un enlace tan ventajoso bajo todo punto de vista.
Dorotea, recatada al principio, no pudo ocultar ya su amor por el joven, y viendo que éste nada le decía, empezó á demostrárselo sin el menor recato.
Serapio no pudo ya á su vez hacerse el desentendido, y arrastrado por la pasión que palpitaba en el seno de Dorotea, una tarde que hablaban los dos bajo la ramada, le declaró su amor en un lenguaje que hubiera interesado á una mujer indiferente.
Dorotea se sintió subyugada por aquel lenguaje dulce y persuasivo.
Sintió desbordarse en su corazón todo el amor que le inspiraba el joven, y se entregó por completo al goce de aquella pasión al fin correspondida.
—Seguiremos hasta donde sea posible, pensó Borches, y desde aquel momento se vió tarde á tarde con Dorotea, que sólo pensaba en el día cercano que alumbraría la realización de su más hermoso sueño:
Unirse para siempre al joven Borches.
Fué entonces que los amigos que algo habían entrevisto, empezaron á darle bromas con Dorotea, bromas que él rechazaba alegremente.
Llegó un momento en que fué preciso definir claramente la situación.
El padre de la joven para quien Serapio era fuertemente simpático, veía con agrado los galanteos de que era objeto su hija, esperando de un momento á otro que Borches le manifestara sus intenciones.
Hombre sencillo y de noble espíritu, no creía en la maldad ajena ni había sospechado nunca que aquel joven honrado y distinguido fuera capaz de cometer ninguna acción ruin.
Un día llamó á su hija y le preguntó alegremente:
—¿Y cuándo te pide tu novio?
Supongo que para casarse no es necesario esperar á tener canas.
Dorotea bajó la juvenil cabeza y se puso encendida de una manera que hubiera llamado la atención de cualquier hombre menos inocente que el buen paisano.
—Vamos, hombre, agregó acariciando la hermosa cabeza de Dorotea.
El tener novio no es un delito, aunque este novio sea tan completo como el tuyo.
La cuestión es casarse pronto y no estar ahí perdiendo el tiempo y dando que hablar á la gente.
Dorotea guardó silencio y dos gruesas lágrimas rodaron hasta su seno escultural.
¿Qué impresión rara habían producido en su espíritu aquellas palabras sencíllas que arrancaban á sus ojos lágrimas que indudablemente no eran de alegría?
¿No estaban ellas en armonía con sus aspiraciones?
¿Por qué bajaba entonces la cabeza como avergonzada y guardaba silencio?
—Si mis palabras te causan alguna pena, no te aflijas, concluyó el padre.
Hagamos de cuenta que nada te he dicho.
Esperaremos que se cansen de andar pelando la pava y vengan á lo positivo.
Y se alejó dejando á su hija en el mayor desconsuelo.
Veamos lo que pasaba en el espíritu de Dorotea, que tan abatida había quedado por aquellas palabras tan sencillas y cariñosas.
Con la mayor inocencia de este mundo, se había entregado al amor de Serapio, que le había empeñado su palabra de honor de casarse así que realizara un negocio que tenía entre manos.
Con una fe ciega en el cumplimiento de aquella palabra, se dejó arrastrar con la pasión de su cariño y cayó al abismo donde sin calcularlo ó con toda perfidia la empujó Borches.
Fué entonces que temiendo consecuencias fatales exigió á Borches el cumplimiento de su palabra, obteniendo una respuesta con que la tranquilizó todo cuanto era posible en su situación difícil.
—Dentro de un mes, le dijo Serapio, realizo el negocio que traigo entre manos y nos casamos inmediatamente.
Damos después un paseo por Montevideo ó cualquier otro punto y no volvemos por acá hasta dentro de dos años.
Descansa en esta promesa sagrada y confía en mi amor.
Ya sabes que eres lo más querido que tengo en el mundo.
Dorotea fió en aquella promesa y siguió viéndose diariamente con Serapio, que parecía amarla de una manera entrañable.
Pero cuando su padre le habló de aquella manera. Dorotea sintió vergüenza, comprendió todo el alcance de su falta y resolvió exigir á su amante el cumplimiento de la sagrada palabra empeñada.
Y aquella misma noche le habló severamente.
—Es necesario que mañana hables con mi padre, le dijo, porque hoy me ha preguntado cuando me caso y no he tenido el coraje de afrontar su mirada.
—Espera un poco, replicó Serapio algo confundido.
Dentro de quince días, á más tardar, realizo mi negocio y hablo en seguida á tu padre.
—¿Y para qué necesitas de semejante negocio?
Él no hace falta para que realicemos nuestra unión, que es un deber sagrado.
Puedes realizarlo después, que será siempre lo mismo.
Imposible, contestó Serapio cada vez más confundido.
Yo carezco ahora de los recursos necesarios para formar un hogar, y espero realizar un negocio que me los dará en abundancia.
Dorotea se sentió de pronto exaltada por un presentimiento que la heló de espanto.
—Podemos esperar los quince dias que necesitas, dijo, pero esto no impide que hables mañana con mi padre y le impongas de tus proyectos, fijando el día de nuestra unión.
Si no haces esto me expones á que dude de tí, y yo tengo miedo, tengo miedo. Serapio, de dudar de tu palabra, porque á la sola idea siento que mi razón se escapa.
Borches temió á su vez despertar la duda en aquella alma cándida, y prometió hablar al padre de Dorotea como ésta lo deseaba.
—Un compromiso más ó menos, pensó, en nada ha de perjudicarme, puesto que prometiendo no se pierde nada.
Ganaré tiempo, que es lo que necesito, y cuando la situación llegue á ser más tirante, trataremos de hallar remedio.
—Descansa en la promesa de mi fe, dijo á su amante, que mañaña hablaré con tu padre, y verás que nunca ha de llegar el caso en que tengas que arrepentirte del amor que me profesas.
Concluyó estas palabras con un apasionado beso y se despidió hasta el siguiente día.
Aquella noche la pasó Borches meditando sobre su situación comprometida.
Indudablemente su proceder era malvado, puesto que jamás pensó casarse con Dorotea.
La única cuestión para él era disfrutar el mayor tiempo posible
