Brochero, el hombre
Por Lucio Yudicello
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El sacerdote de estilo frontal y descontracturado que había asistido a los enfermos de cólera, y al término de sus días aún tomaba mate con los leprosos, recibe su merecida biografía gracias a la pluma de Lucio Yudicello (que no por casualidad vive hace años en Villa Cura Brochero).
Una mirada desde el siglo XXI al pionero que a fines del XIX impulsó la increíble construcción del "camino de las altas cumbres" para unir el valle de Traslasierra con la capital provincial, entre tantas obras que le dieron vitalidad al castigado oeste cordobés.
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Brochero, el hombre - Lucio Yudicello
Brochero, el hombre
Copyright © 2012, 2021 Lucio Yudicello and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726903256
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
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Un atardecer del verano de 2011, en el predio de un complejo turístico de Villa Luján, barrio de Mina Clavero, jugaban a la pelota dos hermanitos: uno de ocho años, el otro de cinco. Como desconocemos sus nombres, vamos a llamar Lautaro al primero y Matías al segundo. A raíz de un tiro mal dirigido, la pelota sorteó la valla perimetral de la piscina y cayó al agua. Sin vacilar, Lautaro abrió la portezuela e ingresó al área protegida, desierta a causa de la hora. El más chico lo siguió. A pesar de que la pelota se encontraba próxima a la orilla, ninguno de los dos lograba alcanzarla. Lautaro se puso a buscar algún elemento que le permitiera acercarla y fue ahí cuando Matías cayó al agua, en la parte más profunda. Desesperado, comenzó a dar torpes manotazos que lo fueron alejando y hundiendo sin remedio. Lautaro intentó auxiliarlo, pero sólo consiguió perder un tiempo precioso. Finalmente, al comprender su impotencia, corrió en busca de sus padres, que estaban en el interior de la cabaña alquilada. Los gritos de la madre alertaron al encargado y a otros turistas, quienes se sumaron al rescate. Para sorpresa de todos, el chiquito no estaba en el fondo de la pileta, como temían, sino echado boca abajo en la orilla. ¿Cómo había llegado hasta allí? El vértigo que sucedió a la comprobación de que estaba vivo, aunque inconsciente, impidió cualquier tipo de conjetura. Lo llevaron al hospital de Mina Clavero, donde Matías se recuperó por completo.
Al día siguiente, en lo que puede ser considerado parte de un circuito turístico normal, la familia visitó la iglesia de Villa Cura Brochero, localidad contigua a Mina Clavero. La iglesia consta de tres naves: la central, que es la más antigua, y dos laterales, separadas por arcos de medio punto. Después de un breve recorrido por la nave central hasta llegar al altar, los cuatro se dirigieron a la nave izquierda, donde llaman la atención una especie de gran cofre incrustado en la pared (en el que reposan los restos de José Gabriel Brochero), un rústico altarcito de piedras sin pegar, cubierto por un par de ponchos y otros objetos, un atril donde hay un cuadernillo para que, quien lo desee, consigne Gracias, favores y pedidos especiales concedidos por intercesión del padre Brochero
, numerosas placas de reconocimiento al Cura adosadas a la pared y, sobre todo, un caballete donde se exhibe una enorme fotografía de Brochero (de un metro treinta por un metro, aproximadamente), conteniendo una de las imágenes más difundidas y veneradas. Allí se lo ve anciano, flaco, anguloso, con los ojos entrecerrados y casi inútiles por la enfermedad, la mano izquierda apoyada en el espaldar de una silla y la derecha sosteniendo un bastón, la sotana larga, visiblemente gastada, y el sombrero aludo. Es precisamente esta imagen la que pareció ejercer sobre el hijo menor, el ahogado Matías, una inexplicable fascinación, porque durante largos minutos enmudeció frente a ella. Luego dijo, a viva voz:
—¡Es el abuelito, el abuelito!
Los padres se miraron entre sí, sorprendidos, hasta que la madre optó por corregir al chico.
—Querido, vos sabés que ese señor no es tu abuelito —le aclaró suavemente.
—No—replicó Matías—, digo que ese es el abuelito que me sacó de la pileta.
La persona que me cuenta esta historia, una querida amiga de hace muchos años, periodista y promotora cultural, cree haber sido salvada, también, por la oportuna intervención de Brochero. Esto ocurrió el 11 de noviembre de 1993, cuando una repentina creciente de los ríos Mina Clavero y Panaholma, que se unen para formar el río Los Sauces, arrasó su casa situada a orillas de este último. La crecida del Mina Clavero suele anticiparse a la del Panaholma por ser este más extenso. Pero esa vez coincidieron y el agua barrió calles, edificios, puentes. Mi amiga se encontraba en la casa, en compañía de su hijo. Era de noche y el agua los sacudió como una explosión, arrancando puertas y ventanas y arrebatándolos a ellos hacia afuera, hacia el torrente desmadrado. Ella recuerda el furioso remolino, las ramas de un árbol y, otra vez, el interior de su casa, de donde iba a ser inmediatamente arrancada por segunda vez. No podría precisar cuánto duró esa calesita enloquecida (hubo, por lo menos, un nuevo ingreso y ulterior salida de la vivienda) pero recuerda que imploró la ayuda de Brochero y esta se tradujo en el instantáneo agarrón de su hijo, que se había atado a la copa de un árbol con los cables cortados de la luz. Como pudo, el muchacho la amarró también a ella y, exhaustos, soportaron el horror durante
