La Bodega: Edición enriquecida. Pasión, misterio y decadencia en la prosa exquisita de Antonio de Hoyos y Vinent
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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La Bodega - Antonio de Hoyos y Vinent
Vicente Blasco Ibáñez
La Bodega
Edición enriquecida. Pasión, misterio y decadencia en la prosa exquisita de Antonio de Hoyos y Vinent
Introducción, estudios y comentarios de Celia Serrano
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547822608
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
La Bodega
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Entre cepas y barricas, fermenta una lucha soterrada entre el poder y quienes lo sustentan con su trabajo. La bodega, de Vicente Blasco Ibáñez, es una novela social de corte realista y naturalista, publicada en 1905 y situada en la región vitivinícola andaluza de Jerez y sus alrededores, en la España de comienzos del siglo XX. Con sobriedad expositiva, la obra enmarca el paisaje del vino como espacio de tensiones económicas y morales, donde la riqueza convive con la penuria del jornal. El punto de partida enfrenta al lector a un conflicto de clases que cuestiona la propiedad de la tierra y el valor del trabajo.
Sin adelantar su desarrollo, la novela despliega una trama que nace en los ritmos de la vendimia y se extiende hacia los patios de las bodegas y las calles del pueblo. Un narrador omnisciente de mirada penetrante guía escenas corales, alternando descripciones materiales con momentos de intensa interioridad. El tono es combativo y compasivo a la vez, atento a la dignidad de los humildes y a los mecanismos del privilegio. El lector acompaña a jornaleros, capataces, comerciantes y propietarios en una red de dependencias y expectativas, donde cada gesto laboral reverbera en la economía, la reputación y la frágil paz social.
El corazón temático de la obra late en la relación entre trabajo, riqueza y poder. El vino aparece como mercancía prestigiosa y, a la vez, como resultado de cuerpos que se desgastan, de horarios estacionales y de una disciplina impuesta. La novela explora el caciquismo y las lealtades forzadas, evidenciando cómo la caridad paternalista sostiene estructuras de dominio. También indaga en la educación sentimental de una comunidad moldeada por el calendario agrícola, la religión y el miedo a perder el sustento. Sin narrar desenlaces, el texto pregunta por el precio humano de la prosperidad y por las resistencias que nacen en los márgenes.
Publicada en 1905, La bodega pertenece al ciclo de novelas sociales de Vicente Blasco Ibáñez y se inserta en una España que entraba en el siglo XX con fuertes contrastes regionales. La ambientación en Jerez, territorio vinculado al comercio del vino, le permite observar de cerca la articulación entre economía local y mercados exteriores. El campo andaluz que describe está atravesado por jerarquías laborales precisas, costumbres arraigadas y una modernización desigual. En ese marco, la narración muestra cómo los cambios en los precios, la demanda y la reputación de las casas bodegueras repercuten en la vida común, sin dejar de lado pulsiones íntimas.
El estilo combina un detallismo casi documental con una energía narrativa que impulsa la acción. Las descripciones de faenas, herramientas y climas construyen un sentido material de la experiencia, mientras que los diálogos y las escenas multitudinarias imprimen ritmo y tensión. La voz autoral, crítica sin estridencias, ubica lo individual en un tablero colectivo, donde cada decisión parece condicionada por la necesidad. La estructura avanza por contrastes entre el campo y los espacios de sociabilidad, entre la penumbra de las bodegas y la luz del mediodía, poniendo en evidencia cómo la atmósfera participa de los conflictos que la historia convoca.
Leído hoy, el libro dialoga con debates contemporáneos sobre desigualdad, derechos laborales y concentración de poder económico. La cadena que une el prestigio de una marca con la invisibilidad de quienes la sostienen encuentra aquí una representación incisiva, útil para pensar la ética del consumo y del trabajo. Asimismo, la relación entre explotación de la tierra y explotación de las personas anticipa preocupaciones actuales sobre sostenibilidad y justicia social. La novela muestra cómo los discursos de orden y tradición pueden bloquear reformas, y cómo las pequeñas solidaridades abren resquicios para imaginar otra organización de la vida común.
Como pieza del realismo social español, La bodega ofrece una entrada nítida a un paisaje donde la belleza del viñedo no logra ocultar la aritmética de la desigualdad. Su fuerza reside en el equilibrio entre observación minuciosa y impulso narrativo, que sostiene la tensión sin recurrir a artificios. La experiencia de lectura es inmersiva y reflexiva, propicia para el debate colectivo o la relectura atenta. Sin revelar su desenlace, la novela deja planteada una pregunta persistente: qué entendemos por progreso, quién decide su rumbo y quién paga su coste. Ese eco ético acompaña al lector más allá de la última página.
Sinopsis
Índice
La bodega, novela de Vicente Blasco Ibáñez publicada a comienzos del siglo XX, sitúa su historia en la campiña de Jerez, corazón del vino andaluz. Desde sus primeras páginas traza un panorama de vendimias, lagares y patios de barricas que sostienen una economía próspera hacia fuera, sustentada por jornaleros que viven al día. Con una mirada realista y de denuncia social, el relato sigue el itinerario de un joven del campo que busca trabajo y futuro en las grandes casas exportadoras. Su experiencia abre al lector el contraste entre la brillante reputación del vino y la aspereza del trabajo que lo hace posible.
El mundo que describe está articulado por jerarquías nítidas: propietarios y administradores que manejan contratos y mercados, capataces encargados de imponer el ritmo de la viña, y cuadrillas temporeras sometidas a temporadas de abundancia y largos periodos de paro. La abundancia de las bodegas convive con chozas, deudas en los economatos y el miedo a la enfermedad o a la vejez sin recursos. A través de escenas de campaña, trasiegos y fiestas patronales, la novela contrapone la autosatisfacción del lujo exportador con la fragilidad de quienes ensamblan el prestigio del Jerez, acentuando un paisaje social marcado por el latifundio.
En ese escenario se perfila el conflicto central: la búsqueda de dignidad laboral frente a un sistema que naturaliza el abuso. La toma de conciencia del protagonista y de otros trabajadores nace de agravios cotidianos, salarios inflados con multas, promesas de estabilidad que se desvanecen y accidentes que nadie asume. Surgen conversaciones clandestinas, lecturas compartidas y la idea, todavía imprecisa, de organizarse. Del otro lado se alían el interés empresarial y el caciquismo local, decidido a conservar precios, manos obedientes y orden público. La tensión crece sin abandonar el realismo: cada avance social acarrea un coste personal que la novela subraya.
Junto a la denuncia colectiva, la narración explora dilemas íntimos. Relaciones afectivas que atraviesan las barreras de clase se ven condicionadas por el cálculo económico, la reputación y la necesidad. El deseo choca con arreglos matrimoniales, con favores que se pagan en silencio y con la vigilancia moral de un entorno pequeño. Algunas figuras del poder buscan en lo privado lo que dominan en lo público, y esa fricción multiplica la vulnerabilidad de los más pobres. Sin recurrir al melodrama fácil, la obra muestra cómo las decisiones sentimentales quedan atrapadas por la precariedad, convirtiendo el ámbito doméstico en otra forma de lucha.
El entramado institucional aparece con claridad. La Iglesia ofrece caridad y legitimidad simbólica al orden existente, participa en ceremonias y en escuelas, y en ocasiones actúa como mediadora, sin cuestionar el reparto de la riqueza. La política local, marcada por el voto cautivo y la influencia de los notables, garantiza concesiones, seguridad y contratos. La Guardia Civil y los juzgados mantienen la calma aparente. A través de episodios cotidianos y discursos públicos, la novela sugiere cómo estos poderes convergen con la empresa vinatera, proyectando una respetabilidad que contrasta con la fragilidad de los jornaleros y establece los límites de lo posible.
Con el avance de la historia, la organización incipiente gana visibilidad y también vulnerabilidad. Reuniones, panfletos y paros parciales tensan las relaciones en la bodega y en la calle, mientras las familias dependen de jornales irregulares. El miedo a las listas negras convive con la esperanza de un reparto más justo. La respuesta patronal combina promesas, presión y ejemplos disciplinarios. Un incidente en el ciclo del vino precipita un punto de no retorno que arrastra a varios personajes hacia decisiones extremas. La novela conduce ese crescendo con sobriedad, sin glorificar la violencia, y preserva la complejidad moral de cada postura.
Sin revelar su desenlace, la obra cierra el retrato de un mundo donde la riqueza circula por barricas que no pertenecen a quienes las llenan. La bodega permanece como una de las novelas sociales más incisivas de Blasco Ibáñez por su enfoque en el trabajo, el latifundio y la fabricación cultural del prestigio. Su vigencia se percibe en debates actuales sobre temporalidad, cadenas globales de valor, vivienda y responsabilidad empresarial. Al unir crónica económica y drama humano, la novela invita a pensar qué coste social esconden las marcas de éxito y qué márgenes existen, entonces y ahora, para transformarlos.
Contexto Histórico
Índice
La bodega, publicada en 1905 por Vicente Blasco Ibáñez, se sitúa en el Marco de Jerez, en la provincia de Cádiz, durante las últimas décadas del siglo XIX y los inicios del XX. Ese territorio —que comprende Jerez de la Frontera, El Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda— había articulado una economía vitivinícola exportadora centrada en las bodegas. El paisaje social y físico lo conformaban cortijos, viñas y grandes naves de crianza, junto con barrios obreros y pueblos de jornaleros. El marco institucional era el de la Restauración española, con ayuntamientos dominados por notables y una justicia y policía orientadas al orden público.
El periodo de la Restauración (1875–1923) se organizó en torno al turnismo entre conservadores y liberales, con elecciones gestionadas mediante el encasillado y el caciquismo. Aunque el sufragio masculino universal se restableció en 1890, en muchas zonas rurales andaluzas la representación efectiva dependía de las redes de patronazgo. La Guardia Civil, creada en 1844, y los gobernadores civiles aseguraban la aplicación del orden, especialmente ante conflictos laborales. Este entramado institucional condicionó la vida municipal, la recaudación de impuestos y el acceso a la beneficencia, y marcó las posibilidades de protesta y negociación de los trabajadores del campo y de las bodegas.
Andalucía occidental presentaba una estructura agraria de grandes latifundios y una amplia masa de jornaleros temporeros. La demanda de trabajo se concentraba en campañas como la poda, la vendimia o el acarreo, generando largos periodos de paro estacional. Los salarios bajos, la vivienda precaria y el endeudamiento con economatos o con venta fiada en comercios vinculados eran frecuentes. La alfabetización avanzaba lentamente y la movilidad forzosa en busca de jornales formaba parte del ciclo vital de muchas familias. La beneficencia municipal y la caridad eclesiástica actuaban como redes de último recurso, a la vez que reforzaban relaciones de dependencia entre propietarios, autoridades locales y trabajadores.
El vino de Jerez se consolidó entre los siglos XVIII y XIX como producto de exportación, especialmente hacia el mercado británico. En torno a la crianza y comercialización surgieron casas bodegueras con capital local y extranjero. Firmas como González Byass (1835), Osborne (con raíces británicas en el siglo XVIII) o Domecq (establecida en el XVIII) integraron viñedo, crianza y venta exterior. También operaban almacenistas y pequeños viticultores vinculados por contratos y crédito. La organización del trabajo en bodega —tonelería, arrumbadores, capataces— y la estandarización de calidades respondían a exigencias comerciales internacionales, acentuando la dependencia de la zona respecto a coyunturas de precios y demanda.
La crisis de la filoxera, plaga llegada a España desde la década de 1870, afectó severamente a Andalucía. Tras devastar Málaga en 1878, avanzó hacia el Marco de Jerez y se manifestó con fuerza desde mediados de la década de 1890. La solución técnica pasó por replantar con portainjertos americanos, operación costosa que favoreció a las casas con capital y puso en riesgo a pequeños propietarios y arrendatarios. La reducción temporal de superficie y la reestructuración del viñedo alteraron el empleo, los salarios y la organización productiva, incrementando la vulnerabilidad de los jornaleros y reforzando la concentración empresarial en el sector.
El movimiento obrero tuvo en Andalucía una fuerte impronta anarquista desde los años 1870, articulado en sociedades locales y, en la década de 1880, en la Federación de Trabajadores de la Región Española. La represión tras el llamado caso de la Mano Negra (1883) y los sucesos de Jerez (1892) marcó a la región. La Ley de Asociaciones de 1887 permitió la legalidad de sindicatos y círculos obreros; el socialismo organizado (PSOE, 1879; UGT, 1888) convivió con núcleos libertarios. En el cambio de siglo se multiplicaron huelgas y paros en el campo y en bodegas; desde 1903 existían cauces de mediación mediante el Instituto de Reformas Sociales.
En el plano cultural, el realismo y el naturalismo —con la influencia de Émile Zola— impulsaron en España una narrativa de denuncia social. Tras la crisis de 1898 cobró fuerza el regeneracionismo, que cuestionaba el atraso institucional y económico. Vicente Blasco Ibáñez, periodista y político republicano, dirigió en Valencia el diario El Pueblo desde 1894 y fue diputado en Cortes desde 1901. Sus novelas de comienzos de siglo exploraron conflictos sociales y el peso de la Iglesia y las oligarquías. La bodega se enmarca en esta estética y en su proyecto de intervención pública a través de la literatura.
En este contexto, la obra refleja las tensiones entre capital bodeguero, propietarios rurales y mano de obra jornalera, así como la trama de caciques, autoridades y mediadores que regulaba la vida local. Incorpora escenarios característicos —viñas, vendimia, patios de bodega, tabernas y calles— y alude a experiencias colectivas verificables: precariedad estacional, represión de protestas y efectos de la filoxera. Su crítica se dirige a las desigualdades estructurales y a las alianzas entre poder económico y político, rasgos centrales de la Restauración. Sin revelar la trama, puede leerse como un retrato documental y una llamada a la conciencia pública de su tiempo.
La Bodega
Tabla de Contenidos Principal
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
I
Índice
Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela, entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera bodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos[1]», dueños del famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se pregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulos multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua de los cafés.
Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando él entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con inquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en un despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un bureau de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Y el joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificar los papeles, ordenando el trabajo del día.
Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no hubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que le aceptaron como zagal[2] para llevar cartas al correo y hacer recados, en vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador del famoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas», según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él como de un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes de un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres generaciones.
Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el muro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tono caliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, los calendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenes al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagar al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oración impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma de un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales, como una catedral dorada de bisutería.
Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto durante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día anterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don Fernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años de reclusión en un presidio[3] del Norte de España. El famoso revolucionario volvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los años transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.
Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el don Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las privaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud seguía animando su rostro.
Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el dolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado en las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se conmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había acción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin embargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y le bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en Andalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y se concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverus de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de salvación.
Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus huelgas.
Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió con un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y Salvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones del período revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedir que pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir una enfermedad mental.
En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos, dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le enviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los más desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al agitador famoso que en el período de la República se había negado a ser ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.
—Llamadme Fernando a secas—decía con sencillez.—Habladme de tú, como yo os hablo. No somos más que hombres[2q].
Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le habían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a aceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún le restaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que tenía cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas del período de la Revolución. Todos los admiradores habían acudido al enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su escopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo que adoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de las tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.
Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y que durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al recordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo le había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía arder el maestro.
Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le preguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el sufrimiento de los demás.
Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado por la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de aceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretexto para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos se mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólo bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que un pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desde que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treinta céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes perecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía derecho a más.
¡Oh, la desigualdad[1q]! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de seres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo, porque no caían de repente en medio de las calles como perros abandonados; pero morían en los hospitales, en sus tugurios, víctimas en apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había reservas de vida para todos! ¡Maldita organización que tales crímenes consentía!...
Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño generoso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo futuro, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer el sufrimiento.
Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que éste fuera al presidio y él partiese para Londres.
Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las dignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...
—¿Y los médicos?—preguntó una voz desde el fondo de la sala.
—Los médicos también—afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.
Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le admiraba fuese a reírse de él.
—Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se acabarán las enfermedades.
Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se apresuró a añadir:
—Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente los medios de subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las enfermedades.
Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales escuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.
Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a sus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la imaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la época romántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En el mundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la corta República del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió. Sus compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro. ¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en Madrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches de invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en los respiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica, hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de los Borbones para trabajar por su restauración. Pero este programa ministerial no había gustado a nadie.
Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del revolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las gafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo una contracción de dolor. Era su única familia, y había muerto mientras él permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablar con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía una palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudo si encontraba un compañero falto de ropa. Era como las madres de los santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad que avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una intentona revolucionaria, como si esta fuese su única precaución personal. Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas se gastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando le indultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempre animosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vida de su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarle molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo el cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión humanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo concentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá! ¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si viese en él un eterno niño!...
Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de otra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la eterna noche de la nada.
La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía contra la injusticia social.
Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del mundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la mañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia radical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con sus empleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, y aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolución romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al joven Montenegro.
Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el único empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados extranjeros, uno francés y otro sueco, eran tolerados como necesarios para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano. Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntad del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistir a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia de los Padres Jesuitas.
Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias veces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de la publicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de la reunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud, transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos que popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el mayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado que aún perduraban en él.
Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para salir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra.
—¿Adónde vas?—preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio, después de haber llegado con tanto retraso.
—Al depósito de las referencias. Tengo que explicar el pedido.
Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías cubiertas, entre las filas de barricas.
Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina, asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los
