Cisne blanco
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La búsqueda de respuestas en su vida y el silencio de un amor pausado por la distancia, lo harán embarcarse en una aventura personal que lo llevará hacia destinos lejanos, donde sucumbirá en un remolino emocional cargado de culpas, del cual le será difícil escapar.
Ambientada en el Perú de los años cuarenta, Cisne blanco es una novela sobre la amistad, la aventura y el amor, pero, sobre todo, es una novela sobre la búsqueda de la verdad y la dificultad de ser capaz de admitirla.
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Cisne blanco - Rubén Darío Palacio Rimondi
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Rubén Darío Palacio Rimondi
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7029-026-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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1. Vaporino
Durante el verano, casi se duplicaba la cantidad de habitantes en Mollendo. En todas las casas se sumaba al menos un alojado: un familiar o amigo que venía con ansias de playa o un buen plato de frutos marinos. Las casas de alojamiento estaban abarrotadas de arequipeños en busca de sosiego y baño en la mar o en la Aguadita, la piscina natural incrustada en las peñas que se llenaba y vaciaba según las mareas. Durante las noches de verano, la plaza de armas lucía siempre llena de gente joven, con rostros bronceados y conversaciones escandalosas. Pero cuando el sol empezaba a alejarse de la costa, se llevaba consigo el bullicio y los coches emprendían sus viajes de retorno. Así, Mollendo volvía a ser el pueblo fantasma por cuyas amplias calles, de cuestas pronunciadas e inclinadas pendientes, transitarían durante los próximos nueve meses los mismos rostros de siempre, los hijos del lugar.
Los visitantes se habían marchado hacía poco cuando, en una ocasión, mi madre y yo hicimos nuestro viaje mensual hacia Arequipa. Desde que tenía uso de razón, el primer viernes de cada mes nos desplazábamos tres horas en bus por una sinuosa carretera hasta la gran Ciudad Blanca. Las primeras veces fueron para mí emocionantes: salir de Mollendo e ir a una ciudad de verdad, donde la plaza de armas era al menos cuatro veces más grande que la de Mollendo, y ni qué decir de la catedral y sus grandes cúpulas. Parecía que ahí siempre era verano, aunque no por el sol, sino por la abundancia de coches y el bullicio que nunca desaparecía, ni siquiera con la llegada del invierno. Con las constantes visitas, esos detalles dejaron de impresionarme y me pasaba el tiempo en la plaza de armas sentado en una banca cualquiera a la espera de que mi madre saliera de la agencia del Banco de la Nación con el magro sueldo que recibía como enfermera en el Hospital General de Mollendo, lo que era seguido por algunas compras y el tedioso viaje de regreso. Para amenizarlo, me sentaba al lado de la ventana y contaba las pequeñas grutas o simples cruces que había a la vera del camino en memoria de algún accidente trágico en la carretera. Ese día conté cincuenta y tres, dos más que el mes anterior. Pese a la mala fama que tenía la carretera, nunca sentí el más mínimo temor de circular al borde de uno de los tantos abismos ubicados en las cercanías de Mollendo, ni siquiera al pasar por la quebrada del Toro, donde las cruces estaban tan juntas unas a otras que tenía que agudizar la vista para poder contarlas.
La rutina del primer viernes de cada mes no terminaba en Arequipa ni el en conteo de cruces; ya en Mollendo, seguía su cauce ni bien dejábamos el bus. Visitábamos primero a don Paco, el panadero, un tipo de abdomen abultado y aspecto bonachón; esta etapa me gustaba, pues siempre salía de allí con algún dulce, un cachito con manjar blanco, un suspiro o, en el mejor de los casos, una tajada de torta de chocolate, además de que el envolvente aroma a pan recién salido del horno permanecía conmigo todo el rato y solo se desvanecía al momento de entrar en el mercado municipal. Mi madre siempre andaba de buen humor, aunque, cuando llegábamos al puesto del carnicero su semblante cambiaba. Al principio, pensaba que se debía a que este tenía un rostro rudo y a que cuando no había clientes se la pasaba afilando sus enormes cuchillos; parecía un matarife a la espera de alguna presa a la que enterrar sus puñales. Pero con el tiempo advertí que el semblante de mi madre cambiaba no por temor, sino más bien por pudor, porque sabía de antemano de las insinuaciones que le hacía aquel tipo. Mi madurez infantil a pocos me hacía entender la situación y el porqué del rubor en su rostro.
—¿Y por qué no le compras al otro carnicero? —me atreví a preguntarle una de aquellas veces.
—El otro… ese es un judío que no le fía ni a su propia madre.
Me cogió de la mano y nos fuimos. Cuando atravesamos el portón de salida del mercado, paramos en seco: mi madre, que caminaba delante, se había tropezado con dos individuos. Eran altos y de cabellos largos y rubios como los de una mujer, y llevaban unos zapatos de plataforma de madera muy parecidos a los que mi abuela usaba para ir a la playa. Uno de ellos quiso decir algo —tal vez lo llegó a decir—, pero yo no entendí nada. Mi madre me tiró del brazo y empezó a andar a grandes zancadas como nunca lo había hecho. Casi tenía que correr para acompañarle el ritmo. Tampoco había visto que se sonrojara tanto como ese día, ni siquiera cuando el carnicero le cogía la mano adrede mientras le entregaba el dinero. Entramos a la casa y dio un portazo que llamó la atención de la abuela:
—Por todos los santos, hija… traes una cara como si hubieras visto un fantasma.
Tras escuchar estas palabras de mi abuela, percibí que el rostro ruborizado de mi madre adquiría de pronto el pálido tono de un muerto.
—Me crucé con dos vaporinos griegos a la salida del mercado.
—Un triguero llegó anoche. Pensé que lo sabías.
Las dos dejaron de hablar y, como si recién se hubieran dado cuenta de mi presencia, voltearon a mirarme. Yo sabía lo que vendría después, así que antes de que me ordenasen que me fuese a acostar y que no escuchara conversaciones de adultos, o algo por el estilo, me retiré a mi dormitorio. No sé si aquello significaba que estaba perdiendo la inocencia infantil o si se debía a la curiosidad propia de mi edad, pero me urgía saber quiénes eran las extrañas personas con las que nos habíamos cruzado al salir del mercado y también por qué mi madre había reaccionado de esa manera ante ellos. ¿Acaso los conocía? ¿Qué quería decir «vaporino»?
Todos ocupábamos nuestros lugares designados en la mesa: mi madre en la cabecera, la abuela a su derecha y a su costado mi tía Jacinta, la hija menor. La mesa estaba servida; esa mañana había pescado frito y té para desayunar. Nadie se atrevía aún a probar los alimentos, esperábamos a que mi abuela llegara con una taza de café recién pasado y la colocara en la cabecera; mi padre disfrutaba beberlo a sorbos pequeños. Debido a esta costumbre, siempre pensé que el café era una bebida para adultos varones. Esperé a que mi madre tomara su lugar, a mi lado, y le hice la pregunta que me había estado rondando la cabeza desde la noche anterior:
—¿Qué significa vaporino?
Todos en la mesa dejaron su taza para observarme. Las mejillas de mi madre se llenaron de rubor y pensé que aquello era algo prohibido, algo tal vez tan obsceno que ni el cura se atrevía a mencionarlo en el catecismo. Me arrepentí de haberla puesto en esa situación. Con el rabillo del ojo pude ver que, desde la cabecera, mi padre no dejaba de mirarme y temí una reprimenda de su parte, pero él solamente se levantó de la mesa, cogió el látigo y salió caminando del comedor. Todos nos quedamos en silencio, oyendo el chirrido de sus espuelas mientras se alejaba y salía de casa.
Juré por todos los santos que no volvería a mencionar esa palabra nunca más. Intenté pedir disculpas, sin que en el fondo supiera por qué; sin embargo, la mirada inquisitiva y la mueca de disgusto de mi abuela me impidieron abrir la boca. Mi madre sollozaba; era la primera vez que la veía llorar y me sentí culpable.
Los días subsiguientes transcurrieron de una manera normal y nadie me reprendió nunca por haber preguntado aquello en la mesa, ni siquiera mi abuela, pese a que era la más afanosa en los menesteres de «crianza y formación». Pero luego de unos pocos días, tal vez una semana, cuando ya ni me acordaba de aquel incidente y de aquella palabra prohibida, vi cómo mi madre esperaba en silencio a que terminara mi rezo nocturno parada en el umbral de la puerta de mi habitación. Procedí a santiguarme mientras ella se arrodillaba a mi lado, apoyando sus codos sobre la cama. Conversó conmigo como nunca lo había hecho: me preguntó sobre el colegio y cosas triviales que para mí no tenían sentido en ese momento. Luego pasó a hablar de mi edad, de que me estaba convirtiendo en mayor. Yo la observaba atentamente: en su mirada y en sus gestos, en su incomodidad, sentía que quería decirme algo o hacerme algún tipo de confidencia, pero que no se atrevía, o tal vez simplemente estuviera aun dándole vueltas al asunto. Pero no fue así: me dio su bendición y un beso en la frente, y me recostó en la cama con el mismo cuidado y ternura como se arrulla a un bebé.
Apagó la luz y dejó mi habitación.
2. El ingreso
El tranvía empezó a detenerse a la par que un anciano —a quien no había notado antes y que parecía ser el boletero o el controlador del vehículo— voceaba el último paradero. Recogí mi bolsa y descendí en la plaza Grau. Era la segunda vez que estaba en la zona portuaria del Callao, aunque, a decir verdad, ahora se me antojaba más triste y desolada, e incluso más quieta. Tal vez se debiera a la diurna neblina que ya cubría el puerto desde el horizonte como una fina mortaja, o quizá a las grúas del muelle que todavía no levantaban las pesadas cargas mientras los vapores dormían aún con luces encendidas y bodegas cerradas. Corría una suave brisa, aunque la mar estaba quieta y sin marea; a la pedregosa orilla llegaba un suave oleaje, ondas expansivas ocasionadas por las gaviotas y los piqueros que se zambullían en busca de alimento. Por entre la bruma pude ver un par de lanchas pesqueras que se acercaban al muelle; por las gaviotas revoloteando en torno a ellas, supe que habían tenido una buena faena. Me eché la bolsa de viaje al hombro y empecé a andar por el camino de grava hacia La Punta, lo más pegado posible a la orilla, pero con el cuidado de no mojarme.
Era el puerto más importante del Perú, no cabía duda, conté al menos una docena de barcos anclados en la bahía esperando su turno de entrada. Un tímido sol se dejaba sentir y la bruma comenzaba a disiparse limpiando el horizonte. Alcanzaba a ver ahora muchas lanchas con la proa al puerto. El Callao por fin despertaba.
A lo lejos divisé un grupo de hombres que venían andando en dirección contraria; iban todos vestidos de negro, o al menos eso parecía a la distancia. En Lima se comentaba mucho sobre la vida en el Callao, decían que era zona de contrabandistas, prostitutas y maleantes. «Un lupanar maloliente», oí decir a mi tío una vez. Tuve temor de que aquellos comentarios tuvieran algo de cierto y que quienes veía acercarse fuesen maleantes en busca de alguna presa desprevenida. Si ese fuera el caso, estaría en desventaja. Hurgué en el bolsillo derecho de mi gabardina en busca de los más valioso que tenía en ese momento: una carta que por seguridad no tardé en guardar en el bolsillo interno, no debía desprenderme de ella. Observé que, por coincidencia, mi saco también era negro y, aunque era gabardina inglesa, estaba dispuesto a entregarlo a cambio de quedarme con la carta que representaba mi sueño, mi futuro. Al tenerlos cerca, me di cuenta de que vestían pantalones oscuros y gruesas chompas de lana del mismo tono. Miré hacia adelante restándoles importancia, aunque siempre alerta y a paso acelerado: cada uno llevaba una marmita y, al pasar a mi lado, movieron la cabeza a modo de saludo y levantaron ligeramente las gorras que llevaban sobre ellas. Contesté de igual manera. Debían ser trabajadores portuarios, estibadores, un engranaje más de los tantos que hacían rodar la maquinaria llamada puerto del Callao.
El camino se apartaba de la orilla para darle espacio a un pequeño astillero y sus embarcaciones a medio construir; las escuálidas cuadernas enclavadas en las quillas daban la impresión de ser esqueletos jurásicos u osamentas de ballenas encalladas. Estaba justo en límite entre el Callao y La Punta. El pedregoso camino daba lugar a otro, más largo, adoquinado y flanqueado por farolas y casas señoriales como las que se podía ver en el Centro de Lima o en Miraflores; a diferencia de aquellas, estas llevaban marcos y rejas de madera para evitar la galopante herrumbre. Ni en Arequipa había visto casas tan majestuosas y decoradas como estas, en principio porque allá no había mar y aquí, por el contrario, era el elemento en abundancia por ambos lados y a donde se mirase. Estaba ansioso, creo que andaba más de prisa. Observé varios automóviles pasar por mi lado y me llamó la atención uno en especial, uno negro que por su brillo parecía haber sido pulido recientemente. Seguí caminando, pues sabía que al final de esa avenida principal hacia la derecha estaba mi destino, un sueño que había seguido durante años y estaba a escasos metros de alcanzar. Llegué a la última casa de la avenida, que, por su balcón en forma de torreta y las dos gárgolas de cemento que cuidaban la entrada, se me antojó como un castillo antiguo. Su fachada me resultaba algo más larga que las demás. Doblé en la esquina a la derecha y la pude ver, flotando en la espuma blanca que producía las olas al reventar con el espigón, detrás de él, se erguía el moderno edificio, alto, con ladrillos ocres y amplias ventanas: la Escuela Naval del Perú.
El malecón de La Punta terminaba en una amplia explanada justo a la entrada de la escuela. Los autos estacionados ocupaban una gran porción del terreno y la otra parte era transitada por distintos grupos de personas. Me preguntaba si sería yo el único aspirante
