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Archivo de universos desconocidos: Archive of Unknown Universes (Spanish edition)
Archivo de universos desconocidos: Archive of Unknown Universes (Spanish edition)
Archivo de universos desconocidos: Archive of Unknown Universes (Spanish edition)
Libro electrónico310 páginas4 horas

Archivo de universos desconocidos: Archive of Unknown Universes (Spanish edition)

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Primera novela del autor de There is a Rio Grande in Heaven, una historia penetrante que rastrea a dos familias en dos líneas temporales paralelas durante la guerra civil salvadoreña. Una brillante exploración de los mecanismos del destino, la carga del pasado y la fuerza del amor.

“Una voz importante de la ficción estadounidense. Rubén Reyes Jr. es un prodigio”. —Héctor Tobar

Cambridge, 2018. La relación de Ana y Luis está en crisis, a pesar de sus muchas similitudes, entre ellas, sus madres que huyeron de El Salvador durante la guerra. En su búsqueda de respuestas, y en contra de su mejor juicio, Ana utiliza El Defractor, un dispositivo experimental que permite a los usuarios echar un vistazo a versiones alternativas de sus vidas. Lo que ve, los lleva a ella y a Luis por La Habana y San Salvador en búsqueda de las historias familiares que están desesperados por conocer y ansiosos por saber si lo que podría haber sido arreglaría lo que es.

La Habana, 1978. Neto, un joven revolucionario experto en falsificar documentos gubernamentales, conoce a Rafael en una reunión del Ejército Revolucionario del Pueblo. Los dos experimentan un amor intenso y prohibido, que los lleva a despojarse de sus nombres falsos para revelarse el uno al otro dentro del mundo encubierto de su activismo. Cuando su trabajo los separa, comienzan a intercambiar cartas semanales, pero pronto, a medida que la devastadora guerra hace estragos, fuerzas que escapan a su control amenazan con separarlos para siempre.

La primera novela de Rubén Reyes Jr. es un viaje épico a través de mundos invertidos, uno en el que la guerra acaba con un tratado de paz y otro en el que termina con una victoria decisiva del gobierno salvadoreño. Despliega una asombrosa historia de desplazamiento y pertenencia, de pérdida y amor. Es a la vez una audaz recreación de lo que podría haber sido y un poderoso ajuste de cuentas con nuestro pasado.

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From the author of There Is a Rio Grande in Heaven, a piercing debut novel following two families in alternative timelines of the Salvadoran civil war—a stunning exploration of the mechanisms of fate, the gravity of the past, and the endurance of love.

“An important voice in U.S. fiction. Ruben Reyes Jr. is a wonder.” — Héctor Tobar

Cambridge, 2018. Ana and Luis’s relationship is on the rocks, despite their many similarities, including their mothers who both fled El Salvador during the war. In her search for answers, and against her best judgement, Ana uses The Defractor, an experimental device that allows users to peek into alternate versions of their lives. What she sees leads her and Luis on a quest through Havana and San Salvador to uncover the family histories they are desperate to know, eager to learn if what might have been could fix what is.

Havana, 1978. The Salvadoran war is brewing, and Neto, a young revolutionary with a knack for forging government papers, meets Rafael at a meeting for the People's Revolutionary Army. The two form an intense and forbidden love, shedding their fake names and revealing themselves to each other inside the covert world of their activism. When their work separates them, they begin to exchange weekly letters, but soon, as the devastating war rages on, forces beyond their control threaten to pull them apart forever.

Ruben Reyes Jr.’s debut novel is an epic, genre-bending journey through inverted worlds—one where war ends with a peace treaty, and one where it ends with a decisive victory by the Salvadoran government.


IdiomaEspañol
EditorialHarperCollins
Fecha de lanzamiento28 oct 2025
ISBN9780063453524
Autor

Ruben Reyes Jr.

Ruben Reyes Jr. is the son of two Salvadoran immigrants and the author of There Is a Rio Grande in Heaven. A graduate of the Iowa Writers’ Workshop and Harvard College, his writing has appeared in The Boston Globe, The Washington Post, Lightspeed Magazine, and other publications. Originally from Southern California, he now lives in Brooklyn.

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    Archivo de universos desconocidos - Ruben Reyes Jr.

    1

    2018

    Las advertencias no faltaron. Las personas desesperadas, algunas hasta el punto de la locura, veían la máquina como una solución para sus desilusiones. El acceso a sus otras vidas no les trajo lo que tanto habían deseado: habilidades de liderazgo, visión para los negocios, madurez emocional, claridad espiritual, destrezas de todo tipo. Al hombre nunca le ha funcionado eso de creerse más poderoso que el Altísimo, y el tema de los universos alternativos no era más que el último capítulo en una larga lista de accidentes mortales.

    Felicia, la madre de Ana, se lo había advertido hasta el cansancio. Por eso, cuando Ana utilizó el Defractor por primera vez, se dijo a sí misma que lo hacía por el bien de su trabajo académico, y se tragó la vergüenza. Ahora, al observar la luz azul neón que brillaba a través de un agujero del tamaño de una moneda en un costado de la máquina, un nudo le apretó el estómago. Era inútil negarlo: había acudido en busca de orientación personal.

    La luz refulgía como la base de una llama. Dos parches del tamaño de unos audífonos colgaban de la máquina, justo encima de un panel táctil. Antes de que pudiera arrepentirse, Ana los colocó en las sienes y miró dentro.

    EL DEFRACTOR©, EN ADELANTE «LA TECNOLOGÍA», ES PROPIEDAD INTELECTUAL EXCLUSIVA DE DÍAZ MANUFACTURING BAJO LA LICENCIA DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD, 2018. EL USUARIO SE COMPROMETE A UTILIZAR LA TECNOLOGÍA PARA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA, SOCIOLÓGICA Y/O INTERDISCIPLINAR. EL USO PERSONAL ESTÁ SUJETO A SANCIONES, QUE INCLUYEN, PERO NO SE LIMITAN A: SUSPENSIÓN ACADÉMICA, PROHIBICIÓN DE POR VIDA DEL USO DE LA TECNOLOGÍA, MULTA DE HASTA MIL DÓLARES. LA TECNOLOGÍA SOLO PUEDE USARSE TRES VECES POR SEMESTRE ACADÉMICO. LOS INFRACTORES REINCIDENTES PUEDEN SER COLOCADOS EN LICENCIA INVOLUNTARIA. ¿ACEPTA ESTAS CONDICIONES?

    Sí.

    INTRODUZCA SU CÓDIGO DE ACCESO

    ID: ana.flores@college.harvard.edu

    CONTRASEÑA: *******

    BIENVENIDA, Ana Flores. ÚLTIMO INGRESO: 15 de marzo de 2018. TIEMPO, 12 minutos y 34 segundos. INTERLOCUTOR DESIGNADO: la cantante y compositora canadiense Alanis Morrissette. ¿CÓMO PUEDO AYUDARTE HOY?

    Necesito conocer todas las versiones alternativas de mi vida.

    ¿NO TE PARECE IRÓNICO, Ana Flores, QUE EL CHILE NO SEA CHILENO? ISN’T IT IRONIC? POR FAVOR, CONFIRMA QUE TU SOLICITUD NO ES PARA USO PERSONAL.

    No, es para mi investigación académica.

    DE ACUERDO. ¿DESEAS QUE TUS LÍNEAS DE TIEMPO ALTERNATIVAS SE MUESTREN DE MANERA VISUAL O TEXTUAL?

    Visuales.

    POR FAVOR, FACILITA UNA PREGUNTA INICIAL.

    ¿Quién es el nicaragüense del documento de identidad que mi madre escondía en su pasaporte?

    ESTO TOMARÁ UN MINUTO, YOU OUGHTA KNOW . POR FAVOR, ESPERA.

    Una serie de recortes de vídeo aparecieron simultáneamente en la pantalla, y cada fragmento de aquel caleidoscopio encerraba otras posibles vidas de Ana. Cortometrajes, en esencia, sobre aquello que pudo haber sido.

    Solo uno de ellos mostraba a Ana y a su madre en su apartamento de Echo Park. Los dedos de Felicia serpenteaban entre las ondas del pelo largo y oscuro de su hija. Aunque no era del todo inusual, Felicia solía más bien expresar su cariño a través de la preocupación: conduce con cuidado, ponte protector solar, llámame cuando llegues. Si aquella caricia de su madre pretendía convencerla de que no viajara en el verano, Ana no pensaba hacerle caso.

    Otra decena de vídeos, con Ana y Luis como protagonistas, mostraban leves pero evidentes desvíos de la vida que ambos conocían. En uno, paseaban por el río Charles tras hacer una pausa en sus estudios. La verdad, era una excusa para tomarse de la mano lejos de sus amigos. Pero Luis tenía el pelo rubio, como de playa, y una espesa barba negra bien recortada. Ese Luis había pasado por una fase de rebeldía que el suyo no.

    Si no fuera por el modo en que se sostenían, con los meñiques enganchados y la mano izquierda de Luis ligeramente sujeta a la suya, hubiese sido fácil catalogar la toma como falsa o inventada. Aquella forma distendida de agarrarse era exclusiva de ellos, un capricho que les encantaba y del que a menudo se reían. Ana había supuesto que nadie más lo hacía, pero allí estaban Luis rubio y la otra Ana, actuando como si el capricho fuese suyo.

    Se apartó, abrumada. Su teléfono sonó. Luis iba para la biblioteca. Apurada por apagar el Defractor, Ana pasó el puntero sobre un vídeo en la esquina superior derecha del caleidoscopio y vio sus labios en los labios de un extraño. Pinchó el vídeo y se dejó invadir por la sorpresa.

    Al principio del clip, ambos tecleaban frenéticos, sentados juntos en su mesa habitual de la Biblioteca Leverett. Luego hicieron una pausa que pareció coreografiada. El chico sin nombre tocó con sus delgados dedos la mejilla de Ana, le volteó la cara y se inclinó para besarla. Fue breve, pero Ana alcanzó a ver cómo su propio rostro se iluminaba con una sonrisa natural, contenida, pero llena de felicidad; tal como imaginaba que luciría después de besar a alguien que le importara salvajemente. Alguna vez, ella y Luis se habían tratado con la misma soltura y sinceridad en esa misma mesa, ubicada en la esquina oeste de la biblioteca. Ahora que se veía practicar el mismo ritual con otro hombre, los movimientos le parecieron distantes, sacados de tiempos más felices.

    Aunque guardara ciertas similitudes con su novio, como la cara alargada y los ojos hundidos, el chico sin nombre no era Luis. Estaba genuina, verdadera y profundamente enamorada de un hombre al que no había conocido en esta vida.

    Ana subió las escaleras de dos en dos, con prisa por deshacerse del Defractor. Un bibliotecario recibió la máquina y Ana se mantuvo impertérrita. Un segundo después, Luis atravesó las puertas de cristal y entró en la biblioteca. Le sonrió y ella se sintió obligada a devolverle el gesto.

    —Olvidé cuál secadora estaba dañada y tuve que poner mi edredón a secar dos veces —dijo Luis—. Espero que tu mañana haya sido más productiva.

    —Sí —mintió Ana—. He avanzado. Casi lista para La Habana.

    —No veo la hora de estar allí.

    Luis la besó. Tenía los labios resbaladizos, untados con una cantidad excesiva de un bálsamo sin olor. Ana resistió el impulso de limpiarse. En cambio, dijo:

    —¿Puedes creer que Alanis Morrissette escribió Jagged Little Pill cuando tenía nuestra edad?

    Los desbordaba la adrenalina; esa mezcla de nervios y sentido de posibilidad que vuelve tan adictiva la euforia del viajero. Afuera del aeropuerto olía a tubo de escape, y aunque el parqueo estaba lleno de Fords de mediados de siglo, verde y naranja chillón, subieron a un sedán gris de cuatro puertas. El chofer les preguntó de dónde eran y Ana dijo que de California. Les preguntó si eran hermanos y, antes de que Luis pudiera responder, Ana dijo que se habían conocido en la escuela. Luis miraba por la ventanilla, fascinado con un árbol de hojas anchas y brillantes y flores color rosa intenso con forma de pompón. En los edificios podían leerse consignas políticas. «Unidad, Compromiso y Victoria». «Hasta la victoria siempre». Luis las susurró para sí. Ana tomó su mano y la apretó. Luis hizo lo mismo antes de que el paisaje al otro lado de la ventanilla volviera a distraerlo.

    El auto pasó frente a la Universidad de La Habana, recorrió rápido el Malecón y se metió en un laberinto de calles de un solo sentido que los condujo hasta el apartamento. Luis cargó la mochila de Ana hasta el tercer piso.

    —Te ayudo porque te amo —dijo sonriendo—. No porque crea que no puedes arreglártelas.

    —El feminismo te lo agradece.

    Una vez desempacaron, la realidad los alcanzó. Se encontraban en un país que nunca habían visitado y jamás habían pensado hacerlo. Demasiados obstáculos en el camino: el costo, el embargo económico, la montaña de trámites burocráticos requeridos para obtener un pasaporte y luego una visa. De alguna manera, lo habían logrado, cruzaban juntos una nueva frontera. La luz del sol se colaba a través de unas ventanas francesas, calentando e iluminando sus rostros; un amable recordatorio de que valía la pena lo que habían construido juntos.

    —Debería ir a la universidad —dijo Ana.

    —Tienes todo el verano —dijo Luis.

    —¿Quieres venir conmigo?

    —Sería raro.

    —Va a estar bien.

    —Te espero aquí.

    —De acuerdo —dijo ella y salió sin despedirse.

    Su relación se había desarrollado rápido. La dependencia mutua creció de forma acelerada y firme, como la hiedra sobre los ladrillos rojos de los edificios que se alzaban por todo el campus. Planificaban sus horarios en función del otro y Luis estaba siempre al alcance de un mensaje. Los unían secretos íntimos, que compartían a susurros antes de dormir: ninguno de los dos tenía un vínculo cercano con sus padres biológicos, el trasfondo de una guerra civil había marcado la llegada de sus respectivas familias a los Estados Unidos, ambos se sentían desarmados y fuera de lugar en una institución que exaltaba la riqueza. El amor era una respuesta liberadora contra la fealdad y la injusticia de sus vidas. Un acto de resistencia. Pero ¿sería posible que atarse a una causa, en vez de a un alma, tensara el hilo hasta romperlo?

    Un año después seguían juntos, casi siempre felices, casi siempre estables. Eres mi primer amor, se habían confesado el uno al otro, reafirmando su creciente convicción de que la tarea de la existencia se afrontaba mejor en pareja. La calidez que Luis sentía en el pecho así lo indicaba, y aunque le preocupaba malinterpretar sus sentimientos, optó por confiar en su relación, ya que tampoco tenía con qué compararla. Ana no lo habría invitado a Cuba si no lo hubiese querido allí. Eso les trajo una sensación de paz que los acompañó durante los exámenes finales y la mudanza.

    Elena, su madre, se había acostumbrado a la persona en la que él se había convertido en la universidad —intermitente, siempre cambiante—, pero aun así le preguntó si iba a perseguir a su novia hasta Cuba. La pregunta, incluso con su tono ligero y bromista, transmitía genuina curiosidad.

    —No —dijo Luis—. Conseguí una beca para la investigación de la tesis. ¿Y quién no querría conocer Cuba?

    —A mí me encantaría —dijo Elena.

    Luis se arrepintió de su elección de palabras. Aunque tuviera el dinero, su madre no podía simplemente volar adonde quisiera.

    —He estado pensando en Neto —deslizó Luis, desesperado por cambiar de tema, pero también por entablar una conversación a la que llevaba semanas dándole vueltas.

    El viaje había desbloqueado una vieja reminiscencia. Tendría siete u ochos años, y aunque parecía cierto, era demasiado joven para que el recuerdo fuera fiable. Su madre estaba en el trabajo y su abuela Esperanza freía plátanos en la cocina. Esperanza todavía podía hablar, aún lejos de la enfermedad que más tarde devoraría su mente, pero en ese preciso momento no le prestaba atención. Quizás fue por eso que Luis terminó husmeando en su armario. Con sus codos huesudos volcó una caja y de ella cayó un puñado de sobres. Se agachó para recogerlos y vio el nombre de su tío abuelo garabateado en la tapa: Neto. Luis sacó una de las cartas, y la primera línea aún permanecía nítida en su cabeza: Desperté pensando en Cuba.

    Ahí el recuerdo se difuminaba y lo invadía la vergüenza de haber sido atrapado. Esperanza le sacó los frágiles sobres de las manos y le ordenó que no volviera a tocarlos. Luis no sabía por qué había reaccionado así, con tanta brusquedad, tan distinta de la abuela cariñosa que era, y dado el avance del Alzhéimer, ya nunca podría preguntárselo. Solo le quedaba el recuerdo de Esperanza con los ojos encendidos, apretando el papel contra su pecho.

    —Abuela tenía una caja con cosas de él —dijo Luis.

    —Tu abuela tiene un montón de trastos —dijo Elena—. De todos modos, nunca hablaba de Neto. Mejor dejarlo así.

    En algún momento, entre la reserva del vuelo y cuando abordaron el avión, Luis reconstruyó una narrativa en su cabeza. Su tío abuelo se había referido a Cuba, algo que parecía predestinado. Si Neto conoció el mundo, Luis también debía hacerlo. Aunque estaría bien pasar el verano juntos, no era Ana quien lo llevaba a Cuba, sino Neto, llamándolo desde el más allá. Le pedía a su sobrino que siguiera sus pasos, que recorriera las calles por las que él había caminado y que respirara el olor a escape de auto mezclado con la brisa del mar. Luis quería ver lo que Neto había visto.

    Quizá su tío no era un factor en lo absoluto y el encanto de Cuba no tenía nada que ver con aquellas cartas que se le habían venido a la cabeza, pero elegía creerlo así. Neto lo había traído hasta aquí, hasta La Habana, se repitió a sí mismo hasta que se sintió real.

    Las salas de la universidad se asemejaban a las de Harvard: losas de mármol y paredes revestidas de madera de piso a techo. Ana estaba reunida con un profesor. Al llegar, lo había encontrado conversando con una alumna de posgrado. La oficina era sosa, sin ventanas y con pilas desordenadas de libros por todos lados, pero el profesor habló con optimismo del proyecto de Ana. Un acto de fe que resultaba reconfortante.

    Los objetivos de su investigación eran sencillos: demostrar que la diáspora salvadoreña había existido antes de 1980 y que los salvadoreños pertenecían al mundo antes de la guerra, antes de su desplazamiento global. Cuando era niña, los únicos que sabían dónde quedaba El Salvador eran quienes habían emigrado de allí, como su madre. Era un país que parecía no importar, demasiado pequeño para ser tenido en cuenta. Culturalmente irrelevante. La investigación buscaba desmentir aquello que había creído toda su vida.

    Al menos eso había escrito en su carta de agradecimiento al donante que financiaría su viaje aquel verano. La verdad era un poco más complicada. Fue un nicaragüense anónimo escondido en su casa, no un salvadoreño, quien la puso en este camino.

    Mientras buscaba su pasaporte, Ana abrió el de su madre por mera curiosidad. En las últimas páginas, había un carné del tamaño y grosor de una licencia de conducción, con el retrato de un hombre barbudo a la izquierda. Felicia entró rápido a la habitación, haciéndose la despreocupada, aunque sus ojos se fijaron de inmediato en las manos de Ana, con el pasaporte en una y el carné en otra.

    —Mami. ¿Quién es Antonio? —preguntó.

    Felicia no era de las que andaban contando cosas por ahí si no existía una razón de peso. Ni siquiera a su propia hija, que era el centro de su vida, pero Ana preguntó de todos modos.

    —Un desconocido que me salvó una vez —dijo al fin Felicia—. Cuando se fue dejó olvidada su identificación. Ni siquiera creo que de verdad se llamara así. Lo único que sé es que era nicaragüense, y que me dijo que tenía que ver el mar desde La Habana. Que era uno de los lugares más bonitos en los que había estado.

    —Y la guardaste todos estos años.

    —Estaba agradecida por su ayuda.

    —¿De qué te salvó?

    —Un día te vas a meter en problemas por andar preguntando tanto, Ana.

    Ana discrepaba, pero aquellas pocas frases eran más de lo que su madre le había compartido nunca sobre El Salvador, por lo que se limitó a presionar la preciada identificación en la palma de Felicia.

    Cuando llegó el momento de empezar a definir su tema de investigación, Ana volvió a pensar en el hombre anónimo. Imaginó todos los lugares a los que había ido: San Salvador, La Habana, Managua, Marte, la Luna. Si lograba dar con algún rastro de él —quizá su verdadero nombre—, podría escribir el tipo de tesis que la impulsaría hasta lo más alto de la torre de marfil: un doctorado en Yale o Stanford. Un trabajo estable la liberaría. Si sostenía económicamente a ambas, Ana podría quitarse la culpa que la mantenía bajo el control de su madre. Con la distancia y unos límites marcados, su madre podría hablar con soltura. Cuba estaba más cerca que la luna, así que propuso un viaje de investigación basado en una corazonada, la breve conversación con su madre y la vaga esperanza de que el nicaragüense desenredara los horrores que estrechamente las ataban.

    —¿Hay un Defractor en la universidad? —le preguntó ahora al profesor.

    —Alejandra puede enseñarte dónde está.

    La estudiante de posgrado asintió y cargó con su mochila. Ana le agradeció al profesor y le prometió que trabajaría duro todo el verano. Él le sonrió; sus dientes eran diminutos como chicles. Alejandra le abrió la puerta y señaló hacia la derecha.

    —Es bueno que hayas venido —le dijo Alejandra—. Mucha gente escribe sobre Cuba sin haber venido nunca.

    —Me alegra mucho estar aquí.

    Ana confesó que había estado a punto de no venir. Su madre, como era de esperar, no quería que viajara al extranjero. Cada vez que debían tocar un tema espinoso —su primer marido, inmigrar a los Estados Unidos, el padre de Ana— su madre se refugiaba en generalizaciones sobre lo aterrador y cruel que era el mundo, como si Ana no lo tuviera que vivirlo cada día. El mundo intentaba aplastarla a diario, ya fuera con nimiedades, como que hablaran mal de ella en el aula, o con eventos más graves, como que a los inmigrantes les lanzaran gases lacrimógenos en la frontera.

    —Todo el mundo está muy pendiente de esta máquina —dijo Alejandra—. A la universidad llegó justo el año pasado.

    —¿La has usado?

    —No —dijo.

    A diferencia del entusiasta sector tecnológico estadounidense, Alejandra permanecía escéptica respecto a las capacidades de la máquina. Sus ambiciones, pensaba, no eran convincentes. ¡Elimina las conjeturas de las decisiones difíciles! ¡Nunca más te preguntes: «¿y qué tal si . . . ?»! Con tanto dinero sobre la mesa, los defensores de la tecnología querían convertirla en una moda, un producto de consumo masivo libre de regulaciones. ¡Un Defractor en cada casa! ¡Para cualquier problema, un Defractor! ¿Quién necesita terapia con tanto conocimiento al alcance de su mano? Aquellos que pudieran permitírselo, comprarían uno, pero los escépticos señalaban lo mucho que esta solución milagrosa dejaba abierto a la interpretación. En el mejor de los casos, sería una pérdida de tiempo y dinero. En el peor, la sociedad entera sufriría buscando salvación en otra distracción más para evadir los fracasos del Antropoceno.

    —Además, tengo tendencias adictivas —dijo Alejandra—. No quiero tentar al destino.

    El Defractor descansaba junto a un escáner en la mesa de un pequeño despacho. Alejandra se despidió con la mano. Agradecida por la privacidad, Ana apretó un ojo contra la máquina y formuló la pregunta que le carcomía la cabeza: «¿Fue un error venir a Cuba con Luis?».

    Los universos se materializaron. Pasó por imágenes en las que ambos estudiaban en cafeterías o se tomaban de la mano en museos de arte, buscando al chico sin nombre que había besado. Vio un par de imágenes con su madre, la mayoría escenas domésticas que no revelaban gran cosa. Hasta que encontró el fragmento en el que interactuaba con el hombre misterioso, en vez de con Luis, y el corazón le dio un vuelco.

    La investigación se basa en hipótesis, razón por la cual las universidades estaban autorizadas para utilizar la tecnología, pero algunos incluso cuestionan su uso en la academia. Cuando Ana admitió tímidamente haberla utilizado para terminar un trabajo de fin de curso, Luis preguntó por qué no podía tener sus propias ideas, si ella era más lista que una máquina generadora de simulaciones arbitrarias. ¿Qué diría ahora si supiera que la estaba usando para espiar a un hombre que no era él, un hombre al que era estadísticamente improbable que conociera? Ana amplió la imagen.

    Picoteaban una mezcla de alimentos sentados en un comedor que le resultaba familiar. Espinacas, tofu, calamares, una hamburguesa vegetariana. Ana observó por un rato la boca del chico, antes de pausar el vídeo y amplificar diferentes partes de su cara. Una barba bien recortada cubría su mandíbula. Cuidaba su aspecto. Tenía en el lóbulo de la oreja izquierda una pequeña marca de nacimiento, que parecía un piercing, y la nariz sobresalía de la cara. Era guapo. Al menos la Ana del universo alternativo también tenía buen gusto.

    Entonces la vio: una fina cadena de oro, idéntica a la que Luis llevaba siempre, rodeaba su cuello. Amplió la imagen hasta que pudo distinguir cada uno de los eslabones. Siguió el rastro brillante hasta que desapareció bajo la tela de la camiseta. La barra de desplazamiento

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