Pídele su número
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Wenona intercambia accidentalmente teléfonos celulares con el mariscal de campo estrella de una escuela secundaria rival. Al no poder regresar hasta una semana después, debe interactuar con el chico arrogante, transmitiéndole mensajes de texto y mensajes de voz. A medida que lo conoce mejor, se da cuenta de que hay más en él que insinuaciones sexuales y comentarios egoístas. Pero cuando se revelen las identidades y se expongan los secretos, ¿permanecerán los sentimientos de Wenona?
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Pídele su número - Editorial Trascendental
Capítulo 1
―¿Has hablado con Brant últimamente? ―preguntó Nicky con curiosidad, deseando saber si algo había avanzado entre Wenona y aquel chico universitario por el que su amiga suspiraba desde hacía tiempo.
Brant había sido tutor de Wenona durante su primer año de preparatoria. A ella se le complicaba trigonometría, y su profesora le recomendó a Brant, un estudiante de último año, para ayudarla. Dos veces por semana se reunían en una pequeña cafetería del vecindario para repasar los temas.
Brant siempre fue amable, considerado y tenía un gran sentido del humor. Nunca perdió la paciencia, ni alzó la voz cuando Wenona no entendía algún concepto. Con el paso del semestre, ambos comenzaron a forjar una amistad cercana, incluso solían quedarse conversando un par de horas después de terminar sus sesiones. Wenona terminó profundamente encariñada con él, y su partida a la universidad fue un golpe que la entristeció. Aunque mantenían el contacto por mensajes y correos electrónicos, la comunicación era esporádica y breve.
Wenona negó con la cabeza, visiblemente decepcionada.
―No ―respondió con un suspiro apagado―. Está muy ocupado con su práctica profesional.
Sabía que sonaba a cliché estar ilusionada con su tutor, pero no podía evitarlo. Cada vez que recibía un mensaje suyo, el corazón le latía con una mezcla de nerviosismo y esperanza.
―Estoy segura de que pronto te escribirá ―dijo Nicky en tono suave, tratando de animarla―. Deberías mandarle un mensaje para que sepa que estás pensando en él. Seguro que lo valora.
Wenona se encogió de hombros.
―Lo he pensado, pero no quiero parecer insistente o demasiado emocionada. Además, sé que es una tontería. Él está en la universidad y yo apenas voy en el último año de preparatoria.
―Deja de ser tan negativa. Nunca se sabe lo que puede pasar. Podrías mandarle un mensaje deseándole un buen día. No suena para nada desesperado ―sugirió Nicky con una sonrisa mientras la fila avanzaba y comenzaba a moverse emocionada.
Wenona soltó una carcajada al ver la energía de su amiga. Nicky tenía una verdadera obsesión con la rueda de la fortuna.
―De verdad no entiendo tu fascinación con este juego mecánico ―comentó divertida.
Nicky puso cara de incredulidad.
―¿Cómo que no te gusta? ¡Desde lo alto se ve toda la ciudad! Y además, es muy romántico estar bajo las estrellas.
Su mirada se perdió en la distancia, como si estuviera visualizando una escena de película en la que ella abrazaba a un chico encantador mientras giraban en el cielo nocturno.
Mentalmente, Wenona puso los ojos en blanco. Nicky era una romántica empedernida que aún creía en cuentos de hadas y finales felices. Wenona, en cambio, era más realista y sabía que el amor podía traer tanta alegría como dificultades.
―Sabes que vas a subir conmigo, ¿cierto? ―le dijo con tono sarcástico.
Nicky entrecerró los ojos y le dio un codazo juguetón en las costillas.
―¡No arruines mi fantasía!
Entonces, un chico que estaba detrás de ellas en la fila escuchó su conversación y se acercó con confianza mal calculada.
―Si no quieres subir con ella, puedes venir conmigo, belleza ―dijo con una sonrisa forzada, mientras el olor a cigarrillos lo delataba. Extendió el brazo con descaro y lo pasó sobre los hombros de Nicky.
Ella lo miró con desagrado. A simple vista, parecía tener su misma edad. Con gesto elegante pero firme, tomó su brazo con la punta de los dedos y lo retiró de encima.
―En tus sueños, amigo ―le respondió, cortante.
El chico pareció no inmutarse.
―Entonces seguro que aparecerás en ellos esta noche ―añadió con una risa insinuante, lo cual provocó carcajadas de sus amigos al fondo.
Nicky se dio la vuelta sin dignarse a responder, ignorando los comentarios poco corteses que siguieron.
―Los chicos de la preparatoria pueden ser realmente desagradables ―le dijo a Wenona con desprecio en la voz.
Wenona soltó una risa resignada.
―Lo sé. Vivo con Zach, ¿recuerdas? Por eso me gusta alguien mayor. Zach y sus amigos no hacen más que hablar de chicas como si fueran parte de una competencia. Incluso tienen un sistema de puntuación que dejaría en ridículo a cualquier sitio de internet.
Nicky asintió con una mezcla de risa y resignación, mientras la fila continuaba avanzando hacia la rueda de la fortuna.
El operador de la rueda de la fortuna abrió la puerta metálica y, con un gesto impaciente, les indicó que subieran. Su rostro, marcado por una expresión de fastidio, no ocultaba su desgano mientras las chicas tomaban asiento. —Disfruten del paseo —murmuró con una sonrisa tan forzada como su actitud.
La diferencia entre la alegría de las chicas y la actitud hosca del empleado resultaba casi cómica. Wenona no pudo evitar soltar una risa ahogada.
—Está claro que no ama su trabajo —comentó en voz baja.
—Debería haber sido actor —añadió Nicky con picardía—. Le quedaría perfecto el papel de Gruñón en Blancanieves.
De pronto, una voz retumbó a través de los altavoces:
—Por favor, mantengan las manos y los pies dentro del compartimiento durante todo el recorrido. No se bajen hasta que la rueda se detenga por completo.
Hubo una breve pausa y luego, con un tono más severo, la voz añadió:
—Y guarden sus comentarios... innecesarios.
Ambas se miraron con los ojos abiertos de par en par y luego estallaron en carcajadas. Era evidente que el operador había escuchado sus bromas. La rueda se puso en marcha con un leve tirón y comenzó a girar lentamente, elevándolas hacia el cielo. El viento les acariciaba el rostro mientras la ciudad resplandecía bajo sus pies.
Nicky soltó un suspiro melancólico al observar las luces titilantes abajo.
—Sólo nos queda una semana antes de que empiece el colegio. Qué deprimente.
Wenona, cruzando las piernas, hizo que la cabina se meciera suavemente.
—No sé... yo estoy emocionada por nuestro último año. Por fin estamos en la cima de la jerarquía escolar.
—¿Y eso qué? No es como si tuviéramos a alguien a quien mandar —replicó Nicky—. Al menos tu hermano sí, con todos los novatos del equipo de fútbol a su disposición.
En su escuela era costumbre que los jugadores nuevos fueran asignados a un compañero de último año, supuestamente para que sirviera de guía. Sin embargo, la práctica se había desvirtuado. En la realidad, los veteranos trataban a los novatos como asistentes personales: les hacían limpiar sus uniformes, traerles la comida y cumplir todo tipo de encargos. Como Zach sería el mariscal de campo titular, tendría preferencia sobre todos los demás.
—Y que Dios nos ampare cuando empiece —comentó Wenona, dejando escapar un suspiro resignado—. Ya de por sí, el ego de Zach apenas cabe en su cabeza. No quiero imaginar lo que será cuando pueda mandar sobre otros.
—Tal vez no sea tan terrible —aventuró Nicky con esperanza en la voz.
Wenona la miró con ternura y le dio una palmadita en el hombro.
—Siempre tan optimista, Nicky. ¿Cuándo aprenderás?
—Vamos, tienes que admitir que tu hermano tiene algunas cualidades —insistió Nicky, intentando suavizar el juicio.
Wenona levantó las manos en señal de rendición.
—Lo quiero, de verdad. Es mi gemelo. Pero Zach ha sido consentido toda su vida. Todo se le ha dado en bandeja de plata. Apenas se esfuerza en clase o en el deporte, y aun así le va bien en todo. Recibe elogios por cosas que, para él, son naturales. ¿Dónde está la justicia en eso?
Nicky arqueó una ceja con aire divertido.
—Suena un poco a envidia entre hermanos.
—No es envidia —se defendió Wenona—. Es frustración. Tiene tanto potencial y lo desperdicia porque sabe que igual se las arregla. Podría ser mucho más si tan solo se lo propusiera. Pero no lo hace. Veo todo lo que podría llegar a ser, y no hace nada al respecto.
Mientras la cabina comenzaba a descender hacia el suelo, Nicky se encogió de hombros.
—Es su vida. Él decidirá cómo vivirla.
Wenona frunció el ceño.
—Como siga así, terminará siendo padre antes de graduarse —murmuró, molesta. Le dolía ver cómo su hermano trataba las relaciones amorosas. Había presenciado demasiadas veces cómo chicas salían de su casa con lágrimas en los ojos tras ilusionarse con él.
La rueda de la fortuna se detuvo y el operador, con su habitual semblante agrio, se acercó para abrir la puerta. Wenona evitó levantar la vista, temiendo que si cruzaba una mirada con Nicky o con el encargado, acabaría riéndose otra vez. Salieron con rapidez, pero antes de alejarse, Nicky no pudo evitar girarse y gritar con una sonrisa pícara:
—¡Que tenga una excelente noche, señor Gruñón!
Ambas echaron a correr hacia el estacionamiento, riendo como si el día no pudiera haber terminado mejor.
—¿Supongo que Zach te dejó plantada otra vez? —comentó Nicky al notar la ausencia del automóvil de su amigo.
Los padres de los gemelos les habían regalado un BMW plateado para su cumpleaños, con la intención de que lo compartieran. Pero como Zach tenía entrenamientos casi a diario, él lo utilizaba mucho más. Aunque a Wenona normalmente no le importaba —ya que rara vez salía de casa más allá del colegio—, en momentos como ese, le resultaba especialmente molesto.
—Qué sorpresa... Ya sé que no te queda de paso, pero ¿te molesta? —preguntó haciendo un puchero exagerado y mirando a su mejor amiga con unos ojos grandes y suplicantes, como de cachorro.
—¡Por supuesto que no, tontita! ¿Acaso hace falta que lo preguntes? ¡Súbete! —respondió Nicky mientras señalaba con la cabeza su Civic negro.
Ambas bajaron las ventanas y encendieron la radio, dejando que la música acompañara el trayecto de regreso. Al llegar frente a la casa de Wenona, Nicky preguntó con entusiasmo:
—¿Entonces mañana vamos a la playa?
—¡Claro! —asintió Wenona—. Te mando un mensaje cuando me despierte y planeamos desde ahí.
Se bajó del auto y recogió sus cosas del asiento trasero.
—Perfecto. Nos vemos —se despidió Nicky con una mano al aire antes de alejarse conduciendo.
Wenona subió caminando por la larga entrada de su casa, notando que Zach todavía no había regresado. Conociéndolo, probablemente había llevado a Bianca a alguna fiesta, y seguro terminaría llamándola entre la una y las dos de la mañana para que fuera por él, completamente desvelado y con pocas luces.
Al entrar por la puerta principal, su perro Tucker corrió a recibirla con entusiasmo. Era un labrador retriever color café de cinco años. Aunque en teoría era la mascota de toda la familia, Wenona lo sentía como suyo. Ella lo paseaba todos los días, le daba de comer y él dormía en su cama cada noche.
Después de jugar un rato con Tucker, subió a su habitación y se preparó para dormir. El perro ya estaba acostado sobre el edredón cuando ella se metió bajo las cobijas. Con una sonrisa tranquila, sacó un libro de debajo de su almohada y empezó a leer.
La lectura era una de las grandes pasiones de Wenona. Le encantaba perderse en las páginas por horas, dejar volar la imaginación y sumergirse en mundos distintos. Visualizaba cada personaje, cada escenario, y todo se desplegaba en su mente como si viera una película. Leía de todo: ciencia ficción, autobiografías, novelas románticas... cualquier historia que despertara su interés. Pasó varias horas así, hasta que finalmente apagó la luz y se dejó llevar por el sueño, con Tucker acurrucado a su lado.
A eso de las tres de la madrugada, el sonido insistente de su teléfono la sacó abruptamente del sueño. Medio dormida y convencida de que era su hermano pidiéndole que lo fuera a buscar, respondió con fastidio:
—Espero que al menos haya valido la pena despertarme a esta hora...
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido de una voz grave y seductora que contestó con tono divertido:
—Esa sí que es una frase que me encantaría escuchar otra vez.
Wenona se incorporó de golpe, sobresaltada. Esa voz, sin duda alguna, no pertenecía a su hermano. La voz de su hermano no tenía ni la mitad de ese tono profundo ni esa intensidad intrigante. Rápidamente miró la pantalla del celular: Número desconocido
. Llevó el teléfono otra vez al oído con firmeza.
—¿Quién eres? —preguntó, desconcertada.
Tucker, su perro, notó la tensión en ella y se levantó alerta, preparado para cualquier cosa.
—El dueño del teléfono que tienes en tus manos —respondió la voz con parsimonia.
—¿Cómo? —Wenona frunció el ceño. Se había quedado atrapada en el tono envolvente de la voz y no había entendido del todo sus palabras.
—Tienes mi teléfono —repitió él, esta vez con más claridad.
—No, estás equivocado. Este es mi teléfono —insistió Wenona con seguridad. Ella misma lo había dejado al lado de su cama antes de dormir. Para calmar a Tucker, comenzó a acariciarlo suavemente.
—Revisa el contenido. Observa la pantalla. No es tu teléfono —ordenó la voz, esta vez con un matiz de desafío.
Obedeciendo a regañadientes, Wenona desbloqueó el aparato. En la pantalla de fondo aparecía una imagen llamativa: una modelo rubia en bikini, posando sobre el cofre de un auto rojo. Definitivamente, eso no era suyo. Su ceño se frunció en señal de disgusto.
—Esa imagen es ofensiva —murmuró al teléfono, molesta.
—Créeme, para muchos hombres heterosexuales eso es bastante atractivo —respondió él con un tono burlón.
—¡Es denigrante! Reduce a las mujeres a simples adornos —replicó Wenona con indignación.
—Nadie la obligó a posar así. Si te molesta tanto, deberías criticarla a ella, no a mí —se defendió el desconocido.
—¡Pero es precisamente por personas como tú que existen mercados para ese tipo de imágenes tan retrógradas!
—Tranquila... no es para tanto. No hace falta alterarse —respondió él con tono despreocupado.
Wenona aspiró profundamente, conteniendo el enojo.
—¿Perdón? ¿Quién te crees que eres para hablarme así? —soltó, entre ofendida y sorprendida por el descaro del joven.
—Ya te lo dije: el dueño del teléfono que tienes ahora mismo —contestó con sequedad.
Wenona dejó escapar un suspiro frustrado.
—¿Cómo sucedió esto? ¿Y quién tiene mi celular entonces? —preguntó, exigiendo respuestas.
—Bueno, si tu fondo de pantalla es un perro marrón, creo que lo tengo yo —dijo él.
—Ese es Tucker —respondió ella automáticamente, y el perro movió las orejas al oír su nombre. Wenona intentó reconstruir mentalmente los últimos eventos. De pronto, un recuerdo la golpeó.
—¿Estuviste sentado en el área de comida de la feria esta noche? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Sí... creo que ya entiendo lo que pasó. ¿Intercambiamos celulares por error?
—Exacto —dijo ella, dejándose caer de nuevo en la cama con un suspiro.
—Solo espero que no estés en el baño ahora mismo —comentó él, con un toque de picardía.
—¿Qué? ¡Por supuesto que no! —protestó Wenona, escandalizada—. Estoy en mi cama, gracias por preguntar... supongo.
—Ah, entonces cuéntame más... y no olvides los detalles, especialmente sobre lo que llevas puesto —susurró él, bajando aún más la voz.
Wenona soltó un bufido de desaprobación.
—Qué inapropiado. Te estás pasando. ¿Y si fuera una mujer casada de cuarenta años?
—Tu voz es demasiado encantadora como para pertenecer a una señora mayor —dijo el desconocido, con tono divertido.
Wenona soltó una carcajada incrédula.
—Por favor... eso no lo puedes saber solo por una llamada —respondió con sarcasmo.
—Claro que sí —contestó él, seguro de sí mismo—. Apostaría a que estás en la preparatoria o en la universidad.
Wenona frunció el ceño, intrigada.
—¿Y cómo supiste eso?
La voz en el teléfono se tornó más grave al reír nuevamente.
—Digamos que tengo un don, sobre todo cuando se trata de reconocer voces femeninas.
Wenona apenas logró contenerse para no soltar un suspiro de fastidio. Ese tipo parecía disfrutar demasiado de la conversación.
—Vaya, eres bastante arrogante, ¿no es así?
Él volvió a reír, como si se divirtiera con cada palabra que decía.
—Si por arrogante quieres decir confiado
, entonces sí, lo soy.
—En realidad estaba pensando en algo un poco menos amable —replicó Wenona con una sonrisa sarcástica, aunque su tono era amable.
El joven soltó una carcajada.
—Sabes, quizás no sea muy prudente que insultes al tipo que tiene tu teléfono —dijo en tono juguetón—. Veamos... ¿a quién podría enviarle mensajes inapropiados a las dos de la mañana? —Su voz se oyó un poco lejana, como si hablara mientras revisaba el aparato—. ¿A la abuela? ¿Al tío Tomás? ¿A la prima Joana?
—¡No te atreverías! —gritó Wenona, alarmada—. ¡Recuerda que yo también tengo el tuyo!
Él rió, con una nota irónica.
—Si quieres enviar algo desde mi celular, adelante —dijo con fingida generosidad—. Solo guarda una copia para que yo también la vea después.
Wenona dejó escapar un gruñido frustrado.
—Eres un engreído insoportable.
—Vamos, sé amable... o podrías arrepentirte —dijo con voz tranquila, pero con un matiz que no pasó desapercibido.
—¡Y no me llames muñeca
! —espetó Wenona con evidente molestia.
—Entonces, ¿cómo quieres que te llame? —preguntó él con voz grave, casi seductora.
Ella dudó. No le gustaba la idea de darle su nombre a un desconocido. Apenas sabía nada de ese chico, salvo que tenía una actitud arrogante y un sentido del humor cuestionable.
Él notó su silencio.
—¿Tienes miedo? —la provocó con picardía—. Yo te digo el mío si tú me dices el tuyo.
—¡No tengo miedo! —respondió Wenona, con un dejo de indignación—. Solo soy cautelosa. ¿Cómo sé que no eres algún tipo de delincuente?
—Igual vas a conocerme cuando intercambiemos los teléfonos... así que, ¿por qué no decir tu nombre ya? —insistió él, con lógica.
—Eh... —Wenona intentó buscar una excusa, pero no encontró ninguna—. Empieza tú —dijo finalmente. No quería que él se negara a compartir su nombre después de que ella revelara el suyo. Le daba la impresión de que disfrutaba haciéndola sentir incómoda.
—¿No confías en mí? —preguntó él, adivinando sus pensamientos.
—No, no confío —afirmó Wenona con firmeza.
—¿Siempre eres así de desconfiada? —bufó el chico.
—¡Con completos desconocidos, claro que sí! —exclamó ella, indignada.
—Está bien, está bien —accedió él, con un dejo de fastidio—. Me llamo Talonidas.
Wenona se esforzó por recordar si conocía a alguien con ese nombre, pero no le sonaba familiar.
—¿Talonidas? Es un nombre poco común —comentó, intentando que la conversación se hiciera un poco más ligera, esperando obtener más información.
—Sí, supongo. Es un nombre de familia —respondió él, aunque su voz sonaba un poco tensa—. Pero no te distraigas, muñeca. ¿Cómo te llamas tú?
Wenona vaciló. Aún no estaba del todo convencida de confiarle su nombre a un completo desconocido.
El chico resopló con impaciencia al notar la prolongada pausa al otro lado de la línea.
—¡Solo dímelo ya! —exclamó con frustración evidente en la voz—. Tampoco es como si no pudiera averiguarlo revisando tu teléfono.
—¡Está bien, está bien! ¡Qué drama! Me llamo Wenona —respondió ella, rindiéndose al fin.
—Wenona... —repitió él lentamente, como saboreando el nombre—. Un nombre hermoso para una voz igual de hermosa —añadió con un tono más profundo, cargado de intención.
Wenona no pudo evitar estallar en carcajadas.
—¡Eso fue tan cursi! —logró decir entre risas, con lágrimas de diversión asomándole a los ojos.
—No fue tan cursi —refunfuñó él, visiblemente molesto.
Las carcajadas de Wenona se intensificaron al escuchar el tono agrio de su interlocutor.
—Un nombre hermoso para una voz hermosa
—repitió burlona, imitando su voz con exageración.
—No tiene tanta gracia —masculló él entre dientes—. ¡Deja de reírte!
Pero Wenona ya estaba perdida en su ataque de risa, sin poder articular palabra. Tucker, su perro, la observaba con la cabeza ladeada, claramente intrigado por aquel espectáculo tan peculiar.
—¡Voy a colgar! —amenazó Talonidas, al otro lado de la línea.
—¡Espera, espera! —logró decir ella, esforzándose por calmarse y recuperar el aliento—. Quiero hacerte una pregunta...
Contuvo otra risita, aunque no con mucho éxito.
—¿Qué? —respondió él con fastidio.
—Esa... —dijo Wenona entre pequeñas carcajadas—... esa frase... —otra risita escapó—... ¿de verdad te funciona?
Él soltó un gruñido molesto.
—¿¡Puedes dejar de reírte, por favor!?
—¿Eres de esos que se acercan a chicas en el centro comercial con frases como... —y bajó la voz para imitarlo— ¿Vienes seguido por aquí, preciosa?
Hubo un silencio tan elocuente que Wenona no necesitó más respuesta.
—¡Dios mío, sí lo eres! —exclamó ella, encantada con su descubrimiento.
Talonidas no dijo una palabra. Simplemente colgó, dejando a Wenona con el tono de desconexión.
Ella, aún divertida, marcó de nuevo, pero él no contestó. Supuso que había herido su orgullo y que necesitaría un poco de tiempo para recuperarse.
—Lo llamaré mañana —pensó—. Así organizamos cuándo vernos y hacemos el intercambio de teléfonos.
Le dio a Tucker un beso rápido y una caricia reconfortante antes de acomodarse de nuevo en la cama y quedarse dormida con una sonrisa aún en los labios.
A la mañana siguiente, Wenona despertó con el sonido de voces alzadas. Parecían estar discutiendo. Intrigada, se puso una bata sobre el pijama y bajó las escaleras con cautela. Al llegar al salón, se encontró con una escena tensa: su hermano Zach estaba hundido en el sofá, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su madre, sentada en una silla cercana, negaba lentamente con la cabeza mientras su rostro reflejaba preocupación. Su padre, en cambio, caminaba de un lado a otro de la sala, haciendo grandes gestos con las manos mientras alzaba la voz.
—¡Pudiste haber perdido la vida! —rugió su padre, fuera de sí.
—Papá... —empezó a decir Zach, pero su padre lo interrumpió con otra exclamación.
—¿En qué estabas pensando? —le gritó, su rostro enrojeciendo de furia.
—Papá...
—¡Evidentemente no estabas pensando en nada! —continuó—. ¡Pusiste en riesgo tu vida y la de los demás!
—¡Ya dije que lo siento! —replicó Zach, elevando la voz con impotencia—. ¡Y al final no pasó nada!
Tan pronto como esas palabras salieron de su boca, Zach supo que había cometido un error.
El cuerpo de su padre se tensó y apretó los puños, tratando de controlar su enojo.
—Durante el próximo mes harás tus tareas... y también las de Wenona —declaró entre dientes.
—¡Eso no es justo! —protestó Zach al instante—. ¡Empiezan los entrenamientos de fútbol esta semana! ¡Sabes lo exigente que es el entrenador!
—¡Deberías haberlo pensado antes de ponerte al volante después de beber! —gritó su padre antes de abandonar la sala con pasos furiosos.
Wenona se quedó inmóvil, impactada por lo que acababa de escuchar. ¿Beber y conducir? No era propio de su hermano. Él siempre se aseguraba de que alguien lo llevara de regreso después de salir.
Zach se volvió hacia su madre, todavía sentada en la esquina de la sala.
—Mamá, por favor... habla con él.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Lo siento, Zach. Estoy de acuerdo con tu padre.
Zach bufó con frustración y salió del salón. Se detuvo abruptamente al ver a Wenona en la entrada. Sus ojos la fulminaron con rabia mientras se acercaba.
—¡Todo esto es culpa tuya! —susurró con rencor.
Wenona retrocedió un paso, sorprendida por su reacción.
—¿Qué hice yo? —preguntó, desconcertada.
—Sabes perfectamente lo que hiciste, Wenona. ¿Cómo pudiste traicionarme así? Pensé que nos cuidábamos el uno al otro. Pero me equivoqué... hermanita —espetó con desprecio al pronunciar la última palabra. Luego pasó a su lado, sin mirarla, y se encaminó a su habitación.
Wenona corrió tras él.
—¡Espera, Zach! —Le tocó el hombro, pero él se zafó bruscamente y continuó caminando por el pasillo.
—¡Zach! —insistió ella, pero él no respondió.
—Déjalo por ahora, cariño —dijo su madre con voz suave—. Sabes que necesita un tiempo para calmarse. Vamos a preparar unos waffles. Eso siempre mejora el ánimo.
Wenona siguió a su madre hasta la cocina, aunque aún tenía mil preguntas rondando en la cabeza. No comprendía por qué su hermano la culpaba. Él había sido el imprudente al beber y conducir. Y aun así, había salido bastante bien parado. Solo un mes de tareas extra. Podrían haberle quitado el coche o haberlo castigado sin salir.
Mientras cocinaban, madre e hija retomaron su costumbre mensual: hablar del libro que ambas estaban leyendo. Una especie de club de lectura íntimo, solo de ellas dos, donde compartían impresiones entre aromas de vainilla y masa caliente.
La hora del desayuno fue, como era de esperarse, incómoda. Zach no dirigió palabra a nadie y su padre se limitó a emitir órdenes secas como Pásame el tocino
o Dame el jarabe
. Wenona y su madre, en cambio, intentaron mantener una conversación ligera, hablando del clima, de un programa de televisión y de recetas, tratando de disipar la tensión.
Cuando el padre ordenó a Zach que recogiera la mesa y lavara los platos, este apretó la mandíbula y lanzó su tenedor sobre el plato con fuerza. Luego se levantó de golpe, arrastró los platos con brusquedad y los dejó caer en el fregadero con un estrépito metálico.
La tensión no había terminado. Pero al menos, por el momento, el día avanzaba.
Wenona permanecía de pie junto a su hermano, quien fregaba los platos con tal energía que parecía estar peleando con ellos.
—¿Por qué estás molesto conmigo? —preguntó ella con un tono de desconcierto—. No entiendo qué hice mal.
Zach soltó con fuerza la esponja y se giró abruptamente hacia ella, con el rostro encendido de enojo.
—¡Me colgaste cuando te llamé y ni siquiera respondiste a mis mensajes! —exclamó—. ¡Me dejaste completamente solo! Por eso estoy enojado.
Wenona sintió cómo la culpa la invadía.
—Zach, lo siento muchísimo... —comenzó a decir, pero él la interrumpió con frialdad.
—Por favor, no digas nada —murmuró con voz dura y una mirada apagada.
—No tenía mi teléfono... —intentó explicar, pero Zach ya le había dado la espalda y retomado el lavado con indiferencia.
—Déjame en paz, Wenona. No quiero hablar contigo ahora mismo —dijo sin lugar a discusiones.
Ella agachó la cabeza y volvió a su habitación, sintiéndose en parte responsable. Desde que Zach había comenzado a salir de fiesta en su primer año de secundaria, ella le había prometido recogerlo siempre que bebiera. Esa noche había fallado.
Wenona tomó el teléfono que yacía sobre su mesita de noche y marcó con rapidez. Esperó ansiosa a que Talonidas respondiera, pero la llamada fue directamente al buzón de voz. Un par de minutos después, recibió un mensaje.
¿Qué necesitas? No puedo hablar ahora. Solo por mensaje. —T
¡Qué falta de consideración! Anoche colgaste a mi hermano. —Wenona
Llamó a las tres de la mañana. Era lógico que no contestara. —T
Pero anoche hablaste conmigo. —Wenona
Tú eres una chica con una voz encantadora ;) —T
Wenona puso los ojos en blanco al leer esa respuesta. Si creía que con cumplidos poco originales iba a impresionarla, estaba muy equivocado. No podía creer que durante toda su conversación anterior, él ni siquiera hubiera mencionado las llamadas o mensajes de su hermano. Solo confirmaba lo egocéntrico y poco considerado que era.
¡Por favor! ¡Podrías habérmelo dicho! ¡Mis padres se enojaron con él! —Wenona
Ese no es mi problema, princesa. —T
¡Él manejó de regreso a casa en ese estado porque yo no fui por él! Ahora está enojado conmigo. ¡Es tu culpa! —Wenona
Tu hermano fue quien tomó esa decisión. Él es el responsable. —T
Wenona suspiró con fastidio. Estaba claro que Talonidas no pensaba disculparse. Solo deseaba poder cambiar de teléfono lo antes posible para deshacerse de ese tipo tan arrogante.
Da igual. ¿Cuándo puedes vernos para intercambiar los teléfonos? Cuanto antes, mejor. —Wenona
Imposible. Me fui hoy al campamento de fútbol :) —T
Ella miró el celular incrédula. ¿Se había ido? ¿Así, sin más? Su enfado creció con rapidez. Comenzó a caminar de un lado a otro por su habitación mientras le respondía.
¿¡Qué!? ¿Por qué no me dijiste eso anoche? ¡Podríamos habernos visto esta mañana! —Wenona
No me dio la gana. ¿A que ahora te arrepientes de haberte reído de mí? —T
¡Grrr! ¡Eres tan inmaduro! ¿Cuándo regresas? —Wenona
Seguro te ves preciosa cuando te enojas... —T
¡Contesta la pregunta, Talonidas! —Wenona
¡Qué carácter! Me encanta eso en una chica. Regreso en una semana. —T
¿En serio? ¿Y qué se supone que haga hasta entonces? —Wenona
Relájate, muñeca. Nos comunicamos por mensajes y notas de voz hasta que vuelva ;) —T
¡Ni pensarlo! ¡No vas a revisar mi teléfono! —Wenona
Awww, qué tierno que pienses que no lo he hecho ya ;) Por cierto, necesitas más vida social. Solo tienes 67 contactos... algo triste, ¿no crees? —T
En ese momento, llamaron a la puerta de su cuarto.
—Wenona, Nicky está en la línea —anunció su madre al entrar y extenderle el teléfono.
—¿Wenona? ¿Por qué no contestabas mis llamadas? —preguntó Nicky al otro lado.
Wenona soltó un suspiro frustrado.
—Lo siento... Un tipo con cero modales tiene mi celular —dijo apretando el aparato entre los dedos. En ese instante, se prometió a sí misma que encontraría a Talonidas... y se aseguraría de que le devolviera su teléfono. No podía creer que ni siquiera le hubiera avisado que alguien la había llamado.
—¿Qué? —preguntó Nicky, confundida.
—Te lo explico luego. ¿Todavía quieres ir a la playa?
—Claro, si tú vas, yo voy. Me muero de ganas por trabajar en mi bronceado —respondió Nicky con un suspiro soñador.
—¿Bronceado? Nicky, por favor, si eres mitad española. Ya tienes ese tono de piel dorado que yo envidio —replicó Wenona con un tono resignado. Siempre había admirado la piel oliva de su mejor amiga, herencia de su padre, quien había emigrado de España en sus veintes.
—¡Ay, oye! Nunca está de más ponerse un poco más morenita antes de que llegue el invierno —se defendió Nicky con una sonrisa.
—Vivimos en el sur de California. El invierno aquí apenas si baja de los diez grados —comentó Wenona con ironía.
—Está bien, lo confieso —admitió Nicky, fingiendo rendirse—. En realidad solo quiero pasearme con mi bikini más atrevido y coquetear un poco con los surfistas... aunque sé que no tengo muchas posibilidades —añadió con sarcasmo.
Ambas sabían que muchas chicas del instituto frecuentaban la playa solo para llamar la atención de los universitarios que practicaban surf. Era un espectáculo algo triste: adolescentes sobrecargando sus bikinis y maquillándose como adultas para aparentar más edad.
Wenona soltó una carcajada ante la broma.
—¡Totalmente! —exclamó imitando a una chica del valle con voz chillona—. ¡Son taaan guapos! —Luego volvió a su tono habitual—. Bueno, aún tengo que darme una ducha. ¿Me das diez minutos para alistarme?
—No hay problema. Te veo en un rato —respondió Nicky antes de colgar.
Wenona corrió al baño y se metió bajo el agua, quitándose el olor a papas con chile y sudor. Luego se cambió rápidamente, poniéndose su bikini color turquesa y un vestido veraniego blanco encima. Aplicó un poco de rímel a prueba de agua y brillo labial rosado para completar su look. Agarró un libro, su reproductor de música, la cartera y una toalla, los metió en su bolso y bajó las escaleras con el celular en mano.
Al revisar su teléfono, se sorprendió al ver cuatro mensajes de texto de Talonidas. Al abrirlos, se arrepintió de inmediato.
¿Te lastimé los sentimientos, muñeca?
T.
¿Todavía me ignoras?
T.
99 botellas de cerveza en la pared, 99 botellas de cerveza...
T.
98 botellas de cerveza en la pared... Puedo seguir todo el día.
T.
Wenona sabía que lo mejor era no responderle, pero la tentación pudo más.
¿Te caíste de pequeño o por qué actúas así?
–Wenona
¡Ahí estás! Te extrañé ;)
–T
¿No se supone que deberías estar entrenando en lugar de molestarme?
–Wenona
¡Nop! Estoy en un autobús. Faltan tres horas para llegar al campamento. ¡Todo tuyo!
–T
¿No tienes compañeros a los que puedas fastidiar?
–Wenona
La mayoría de las chicas darían lo que fuera por escribirse conmigo.
–T
Entonces ve a escribirles a ellas.
–Wenona
Tú tienes mi celular, ¿recuerdas? No eres precisamente la herramienta más afilada del cajón.
–T
Lo dice el jugador que se la pasa dándoles palmadas a sus compañeros durante los partidos.
–Wenona
Toqué, muñeca. Aunque desearía que esa palmada fuera para ti ;) Creo que soñaré con eso un rato... Hablamos luego :)
–T
Wenona apretó el teléfono con fuerza. Ese chico la sacaba de quicio. Había visto a muchos como él: engreídos que creían que todas debían rendirse ante sus encantos solo porque jugaban fútbol. ¿Cómo iba a sobrevivir una semana completa compartiendo mensajes con él?
Metió el teléfono en su bolso y lo enterró bajo todo lo demás. Solo verlo le hacía hervir la sangre.
—Una semana —murmuró Wenona—. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas. Fácil. Puedo hacerlo.
Suspiró profundamente y golpeó suavemente su frente contra la pared.
—¿A quién quiero engañar? ¡Esto es un intercambio de celulares sacado del mismísimo infierno!
—¡La última en llegar a la cala paga el helado!
Arrojó sus cosas al suelo y salió corriendo hacia las olas azules con entusiasmo contagioso. Wenona soltó un gruñido divertido antes de lanzarse tras su mejor amiga, ambas zambulléndose en el mar y nadando hacia la pequeña cala escondida a unos treinta metros de la costa.
Nicky llegó primero, riendo mientras ejecutaba su tradicional baile de la victoria
, una coreografía improvisada que había perfeccionado a lo largo de los años. Un minuto después, Wenona emergió jadeando entre risas, arrastrándose fuera del agua antes de dejarse caer de espaldas en la arena.
—No sé por qué insisto en correr contigo —refunfuñó—. Siempre ganas.
Nicky soltó una carcajada, disfrutando del momento.
—Tal vez si hicieras más ejercicio, tendrías una mínima posibilidad —bromeó, sentándose junto a Wenona y estirando las piernas para absorber los cálidos rayos del sol.
—¡Hago ejercicio! —protestó Wenona—. ¡Navego en internet!
Nicky soltó una risotada.
—Entonces mejor sigue con eso. Me encanta no tener que pagar la comida.
Wenona se cubrió los ojos con el antebrazo, protegiéndose del sol cegador.
—Amiga tacaña —murmuró con tono fingidamente dramático—. Aprovechándose de mi pereza para mantener su adicción a los postres.
—Es la única razón por la que te mantengo cerca —respondió Nicky con aire alegre.
—Y yo que pensaba que era por mi encantadora personalidad... Me siento traicionada después de todos estos años —dijo Wenona con tono sarcástico.
—Bueno, también por eso —concedió Nicky tras una breve pausa—, pero sobre todo por tu dinero —agregó con una sonrisa traviesa.
Wenona resopló con fingida indignación.
—Y pensar que te compartí mis dulces en el kínder... Claramente fue un error de cálculo.
Nicky se llevó una mano al mentón, pensativa.
—Eso selló nuestra amistad —dijo divertida—. Ya sabes que no me resisto a nada con colorantes artificiales.
Durante un par de minutos se quedaron en silencio, cada una perdida en sus pensamientos, escuchando a lo lejos las risas y conversaciones de los otros visitantes de la playa.
Finalmente, Nicky rompió el silencio.
—Oye, Wenona...
—¿Hmm? —respondió su amiga, medio dormida.
Nicky encogió las piernas y las rodeó con los brazos.
—Creo que deberíamos vivir una aventura antes de irnos a la universidad el próximo año —dijo con una mezcla de emoción y melancolía.
—¿A qué te refieres? —preguntó Wenona, algo confundida.
—A que deberíamos hacer algo especial, un último gran recuerdo juntas —explicó Nicky, con la mirada fija en el horizonte—. Tú solo aplicaste a universidades en la costa este y yo en la oeste. Vamos a estar lejos... deberíamos hacer algo increíble antes de separarnos.
Wenona apartó el brazo de su rostro y giró la cabeza hacia Nicky.
—¿Como qué? ¿Un viaje por carretera?
—Eso o... quizás una aventura mochilera por Europa —sugirió Nicky con naturalidad, observando cuidadosamente la reacción de su amiga.
Wenona se incorporó de inmediato, sus ojos muy abiertos.
—¿Europa? —repitió con incredulidad, como si necesitara confirmarlo.
—Europa —afirmó Nicky con una sonrisa y un leve asentimiento.
De pronto, el rostro de Wenona se iluminó con una sonrisa radiante.
—¡No lo puedo creer! ¡Sería alucinante! —exclamó—. ¡Me encantaría ir a París, Londres, Venecia! ¿Te imaginas todo lo que podríamos vivir? —Luego hizo una pausa, su emoción disminuyendo ligeramente—. Pero... ¿no sería muy caro?
Nicky soltó un largo suspiro, aliviada de que su amiga estuviera entusiasmada con la idea.
—No sería tan terrible. Podemos hospedarnos en hostales y viajar en autobús entre ciudades. Lo más caro sería el vuelo, pero si buscamos con tiempo, seguro encontramos una buena oferta. ¿Qué opinas?
Wenona la miró con ojos brillantes, como si ya pudiera ver el mapa del mundo desplegado ante ellas.
Wenona se levantó de un salto y abrazó con fuerza a su mejor amiga. —¡Sí, sí, sí! —exclamó con entusiasmo—. ¡Solo dime dónde firmar! Luego, corrió hacia el agua y juntó sus manos para proyectar la voz. —¡Me voy a Europa este verano! —gritó, sin dirigirlo a nadie en particular.
Nicky sonrió divertida ante la emoción de su amiga. —Ahora solo falta encontrar un trabajo para empezar a ahorrar —comentó.
—No debería ser tan difícil —respondió Wenona mientras regresaba junto a Nicky—. Siempre hay tiendas en el malecón buscando ayuda. Tomó la mano de Nicky y la levantó con energía. —Vamos, busquemos trabajo ahora mismo.
Las dos nadaron hasta la orilla principal y recogieron sus cosas de la arena. Caminaron por el largo malecón, donde había más de veinticinco tiendas. De todo tipo: desde una sala de juegos hasta una charcutería y una tienda de sandalias.
—Mira —dijo Wenona, señalando hacia una tienda de surf a la izquierda—. Tiene un cartel de Se necesita ayuda
en la ventana. Sin esperar a Nicky, entró y se dirigió al mostrador. Miró a su alrededor y notó que no había nadie ni detrás del mostrador ni en la tienda. Llamó en voz alta: —¡Hola! Pero no obtuvo respuesta.
—No podemos trabajar aquí —susurró Nicky al alcanzar a Wenona.
—¿Y por qué no? —preguntó Wenona, inclinándose sobre el mostrador para intentar ver si alguien estaba en la parte trasera.
—Pues... no sé —respondió Nicky con tono sarcástico—. Tal vez porque no sabemos nada de surf.
Wenona hizo un gesto de desprecio con la mano. —Eso se puede aprender —dijo, golpeando la pared cercana con el puño y volviendo a llamar—. ¡Hola!
Nicky la miraba atónita. —¿Eso? ¿Aprender eso? —exclamó—. Parece tan fácil como darle la vuelta a un panqueque —murmuró para sí misma—. Malditas golosinas. Miró al cielo y añadió con humor—. ¿Por qué tuviste que hacerme tan fanática de la comida?
Wenona rodó los ojos. —Deja de hablar sola, que la gente pensará que escapaste de un hospital psiquiátrico. Además, me dijiste que debía seguir practicando —le recordó.
—Surfear en internet, Wenona —respondió Nicky con exasperación—, no en las olas.
De pronto, una figura imponente salió del cuarto trasero y se acercó a las chicas. Era un típico surfista, con el cabello despeinado y aclarado por el sol, y ojos azules brillantes. —¿Se perdieron? —preguntó—. La tienda de bisutería está al lado.
Wenona negó con la cabeza. —Venimos por un trabajo —dijo, señalándose a ella y a Nicky, quien parecía querer estar en cualquier lugar menos allí.
El surfista mostró una chispa de sorpresa en sus ojos. —¿Quieren trabajar aquí? —preguntó incrédulo. Las chicas asintieron en silencio y él las observó unos segundos más—. ¿Saben algo de surf?
Wenona bajó la mirada y movió los pies nerviosa. —Eh... —dudó, sin poder mentir.
—Eso pensé —respondió seco—. Mejor apliquen en la tienda de ropa o algo así. Y comenzó a alejarse.
—¡Esperen! —gritó Wenona—. Por favor, contrátennos —rogó.
El surfista se detuvo y volvió la vista hacia ellas. —¿Y por qué debería hacerlo? —preguntó con desconfianza.
—Porque aprendemos rápido, trabajamos duro y siempre llegamos puntuales —dijo Wenona, avanzando hacia una mesa con camisetas desordenadas. Tomó una y señaló las arrugas—. Podemos doblar todo esto y mantenerlo ordenado para los clientes. Podemos hacer todas esas cosas que nadie quiere hacer.
Él los observaba con cierta inquietud. —¿Por qué tienen tanto interés en trabajar aquí? —preguntó.
—Estamos ahorrando para poder hacer un viaje de mochileras por Europa el próximo verano —respondió finalmente Nicky, rompiendo el silencio.
El joven surfista se frotó la nuca con la mano. —¿Europa, eh? —dijo en tono retórico—. Mmm... Me encanta apoyar buenas causas —suspiró—. Está bien, tienen el puesto.
—¿Así nomás? ¿No tenemos que llenar alguna solicitud o algo? —exclamó Nicky sorprendida, mientras Wenona saltaba de alegría.
El muchacho encogió los hombros. —No hacemos papeleo —dijo, extendiendo la mano—. Soy Shawn, el encargado aquí.
Cada una de las chicas le estrechó la mano mientras se presentaban. Shawn las condujo hacia el cuarto trasero mientras llamaba al jefe para informarle la noticia. Las chicas miraron alrededor y se estremecieron; el lugar era un completo desastre. En un rincón, toallas de playa húmedas y malolientes estaban amontonadas en el suelo. Los platos y vasos sucios se apilaban precariamente en el fregadero, y la basura parecía no haberse sacado en semanas.
Shawn se pasó la mano por el cabello rubio y observó el panorama. —Disculpen el desorden, no soy muy fan de limpiar —comentó con una sonrisa—. Aquí tienen su horario para el mes. No trabajarán juntas porque necesitamos a alguien con experiencia en surf —les explicó con tono disculpatorio. Luego les hizo un recorrido rápido por el lugar y les enseñó a usar la caja registradora. —Ya van a ir agarrándole el ritmo cuando empiecen a trabajar —añadió.
Las chicas le agradecieron y salieron de la tienda rebosantes de emoción. Tomadas del brazo, gritaban mientras saltaban: —¡Vamos a Europa! ¡Vamos a Europa!
Pero entonces, una voz aguda resonó detrás de ellas:
—Bueno, bueno, bueno —dijo con desdén—. ¿No serán la gemela fea y su pequeña acompañante?
Se dieron vuelta y se encontraron frente a Bianca Campbell y sus seguidores, que siempre la habían menospreciado. Desde que Wenona tenía memoria, Bianca no había dejado de molestarla ni un solo día, aprovechando cualquier oportunidad para humillarla.
—Sería un placer verte, Bianca —respondió Wenona con ironía—, pero mi madre me enseñó a no mentir —cruzó los brazos, firme, mostrando que no iba a retroceder.
—Claro —replicó Bianca sarcástica—, como si tu madre te hubiera querido lo suficiente para enseñarte algo —se burló, mientras sus seguidoras reían a carcajadas, llenándola de orgullo.
Wenona negó con la cabeza, divertida por el pobre intento. —Ay, Bianca —la conminó con tono de superioridad—, no voy a discutir contigo.
La furia hizo que Bianca abriera las fosas nasales con ira. —¿Y por qué no? —exigió—. ¿Tienes miedo?
Wenona soltó una risa ante lo absurdo de la pregunta. —Porque nunca ataco a quien no está armado —contestó con dulzura—. Ven, Nicky —tomó del brazo a su amiga y se alejó.
—Dile a tu hermano que la pasé genial en la fiesta —gritó Bianca desde atrás. Su tono hizo que Wenona se detuviera en seco—. Y que espero con ansias nuestra cita de mañana —añadió con triunfal voz.
Wenona se tensó. Su mano se cerró en un puño, y sus uñas se clavaron en la piel. ¿Cita? Zach nunca había salido con nadie. Siempre decía que creía en la filosofía del disfrutar y seguir adelante,
como él mismo decía.
—¿Sorprendida? —se jactó Bianca—. Supongo que tu hermanito no te contó nada.
Nicky tiró suavemente del brazo de Wenona. —No le des importancia, eso es justo lo que quiere —susurró—. Solo aléjate.
Wenona asintió y dio un paso adelante, pero Bianca habló otra vez:
—Va a ser muy divertido hacer que él sea mi novio.
Wenona se dio vuelta de
