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Tu hija ha muerto, tu marido se ha suicidado y que tú seas perseguida por uno de los cárteles más peligrosos de Sudamérica no te pone nada fácil empezar una nueva vida. Vas a tener tensión constante por sobrevivir, intentarás esconderte, huir e incluso pedir ayuda a las personas equivocadas, que volverán a meterte de nuevo en el agujero del que intentas salir.
Estarás dispuesta a matar y a morir por defender a los tuyos, hasta el punto de que el miedo te empuja a ser la persona que tu vida necesita para salir de todo lo que te amenaza. ¿Conseguirás comenzar una nueva vida o terminarás…?
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Mátame - David Bueno
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© David Fernández Bueno
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-599-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Para mi hermano Javier, nunca te fuiste.
PRÓLOGO O ALGO ASI
Si este libro cae en tus manos y no has leído nada sobre mí, te recomiendo que no le leas, que le apoyes en la estantería de tu casa y busques la manera de leer Suéñame, que es mi primera novela, en la que cuento el inicio de esta historia. Me da igual si se lo pides a tu vecina, me escribes a mí para que te lo envíe o le pirateas por internet. Solo te pido que leas Suéñame antes que Mátame.
Si eres uno de los más de dos mil lectores de Suéñame, tendrás ganas de saber cómo termina la historia de Franchesca, porque en el anterior libro te deje a medias con ese final tan inesperado.
He de decir que en este libro me he puesto puñetero con la pobre Franchesca, sí, un poco más. La empujo a que aprenda a pelear con unas circunstancias desconocidas para ella y a luchar como nunca lo hizo por mantener a su familia a salvo.
La verdad que en Mátame no la dejo tranquila ni un segundo. Tiene que huir, esconderse, buscar venganza, librarse del cártel que la persigue y conocerá el lado más oscuro de su ciudad. Si no termina con su vida ella misma, es porque sabe que, si desaparece, harán que su familia pague por ella. Franchesca aprenderá cómo sobrevivir cuando te quedas sin balas en el arma.
A ti no te voy a dar un revolver como a Franchesca, pero te voy a mantener enganchado cuando leas cómo las circunstancias la golpean de nuevo y ella intenta salir airosa de todos los problemas que le voy planteando. Vas a encontrar un libro intenso, con mucho ritmo, que no te deja descansar y, sobre todo, con muchos giros en la historia que no esperas.
Vas a tener la sensación de nerviosismo por conocer lo siguiente que le va a suceder a Franchesca y su entorno. Cada página te mantendrá en tensión, tanto por lo que pasa en la historia como porque, según me han contado muchos lectores de Suéñame, es algo tan real que le podría pasar a cualquiera, y te verás muy reflejado en la historia.
Cuando me preguntan de qué género es mi novela, siempre contesto lo mismo: «¿De qué género es tu vida?
Aquí pasarás del llanto de una tragedia a los nervios de una situación límite con disparos y huidas; de las ganas de ver a esa persona querida que tanto necesitas a, solo unas páginas después, querer que muera.
No quiero adelantar nada. Espero que te encante y que nos volvamos a ver.
.
Cuba, tres días después de la muerte de Simone
—Bienvenidos a esta reunión improvisada—comentó Ernesto—, gracias por asistir y no me andaré con rodeos. Continuamos con el plan de expandirnos por Europa y ha llegado ese momento tan esperado. Vamos a hacernos con España.
Los asistentes se miraban atónitos al ver que el patrón seguía con la idea de expansión. Pensaron que desistiría de sus planes después de verse obligado a quitar la vida de Julio, su hijo. Pero nada más lejos de la realidad, parecía como si quisiera conquistar el mundo. Se le notaba diferente después de lo ocurrido, pero no se detendría hasta conseguir lo que siempre buscó, ser el narcotraficante más poderoso del momento. Sus ansias de poder le tenían cegado y no quería volver a ser ninguneado por otro cartel como le pasó días atrás con el de Medellín.
—Perdone la intromisión, señor, pero ¿está usted seguro de que desea continuar con todo esto después de…?
—Luis, no me vengas a decir lo que tengo que hacer, voy a seguir con mis planes pase lo que pase. —Levantó la voz como nunca antes lo había hecho y su hinchada vena del cuello demostraba la tensión del momento.
—Perdón, patrón, no era mi intención. —Luis agachó la cabeza y se retractó de lo dicho aun siendo la mano derecha del patrón.
Se hizo el silencio en la sala y Ernesto se quedó pensativo mirando a un punto fijo como si estuviera pensando en las palabras de Luis.
Parece que ese momento en silencio le hizo imaginar lo que estaba a punto de iniciar al otro lado del charco.
Pocos segundos después, protagonizó uno de sus coléricos momentos que le servían para hacer ver a su gente y que tuvieran claro que esto no era una broma:
—¡Vamos a invadir España! —gritó Ernesto en la reunión bajo la mirada de su gente—. Sí, me habéis oído bien, invadir. No estoy dispuesto a esperar más. Si alguien no está de acuerdo que lo diga ahora y se mantenga al margen. —El patrón tenía claro cuál era su plan.
—Patrón… —dijo uno de sus chicos sentado delante de Ernesto—. Quizá deberíamos esperar a que Emanuel tenga todo mejor organizado…
Un disparo que sorprendió a todos interrumpió la frase al único que quiso poner cordura a esa situación. Cayó fulminado bajo la mirada de los demás miembros de la reunión, que se dieron cuenta de que Ernesto estaba fuera de sí y que iba a comenzar una guerra.
—¿Alguien más cree que esto no es bueno para nosotros? —Ernesto no se anduvo con medias tintas y marcó el camino que quería seguir. Su cara de poseso intimidaba a todos los asistentes excepto a una…
Nadie más se atrevió a decir nada después de lo visto, pero Alba que ya sabía cómo era Ernesto casi ni se asombró con la escena, se dedicó a escuchar y a esperar órdenes. Era una persona que leía muy bien las situaciones y entendió que su patrón estaba muy alterado. Allí no estaba para pensar, le pagaban por actuar y se le daba muy bien. Era una «apagafuegos», como le gustaba definirse, cualquier problema que tenía la organización o el patrón, Alba lo solucionaba de la manera más eficaz.
Ernesto continuó con la reunión dando los detalles necesarios a su gente de confianza. Era una persona que tenía las ideas muy claras, y por lo general siempre tomaba muy buenas decisiones.
—Alba se va a encargar de la investigación, aunque ya tenemos muchos datos de nuestros futuros socios en España, la enviaremos para que lo tenga todo bien atado por si la cosa se complica. —Confiaba en Alba al cien por cien, y siempre la tenía en cuenta para los trabajos más delicados.
—Vale —respondió Alba—, pero esta vez elijo yo el hotel porque el último que me buscó era una cueva con baño.
Todos sonrieron con la frase de Alba que hizo que el clima en la sala se relajase, incluso el patrón, que la miraba con cariño, sintió como una ligera sonrisa se colocaba en su boca. Alba era como una hija para Ernesto tanto fuera como dentro del negocio. Tenía la esperanza y la ilusión de que en algún momento se convirtiera en la mujer de su hijo Emanuel con el que ya había tenido una relación en el pasado y siempre se decía que tenían algo pendiente.
La reunión terminó ultimando los detalles definitivos para todos. En más o menos dos semanas, uno de sus cargamentos entraría en España y, con ello, comenzaría un crecimiento inimaginable para Ernesto.
Todos comenzaron a salir de la sala de billar mientras dos de los chicos de Ernesto recogían al compañero abatido por el patrón. Estaban convencidos de que este nuevo negocio les traería mucho trabajo y, sobre todo, mucho dinero, pero lo que también tenían claro era que la situación del cartel era un poco delicada.
Alba se quedó sentada removiendo su café esperando la información necesaria para poder continuar con su trabajo. El patrón se acercó y le entregó una carpeta con cientos de folios dónde encontraría información muy valiosa de sus futuros aliados españoles.
—Aquí te dejo todo lo que tenemos, que no es poco. Necesitamos tener a todos los trabajadores de esa organización investigados y a los que sea posible, comprados, vamos a reventar España —explicó Ernesto.
—Comprados te aseguro que será imposible —respondió Alba—, no creo que sea tan fácil hacerme con ellos, estoy segura de que serán más leales que la gente que estamos acostumbrados a tratar. Los españoles son diferentes, matarán por su patrón…
—No me pongas excusas, Alba, vete y haz tu trabajo como mejor sabes, y, sobre todo, intenta no hacer mucho ruido, que nadie se entere que estás allí. En pocos días irá Emanuel para allá, así que solo investiga e informa.
—Eso haré —respondió con una sonrisa al tiempo que se levantaba de la mesa con la abultada carpeta en la mano.
Un abrazo sentido entre ambos sirvió de despedida.
Salió de la sala y se fue de vuelta al apartamento para preparar las maletas mientras buscaba en su teléfono un vuelo que la llevara directa a Madrid.
Alba vivía en una de las estancias que Ernesto, el patrón, tenía para su gente de confianza. Era un recinto enorme con seguridad privada, muchos apartamentos donde vivían los empleados, una villa con varios edificios rodeados de jardines, palmeras y estanques donde poder aislarse de la auténtica vida cubana tan diferente a lo que se vivía allí.
En el edificio central vivía Ernesto junto a su esposa María y estaba rodeado de varias casas pequeñas que eran las estancias de sus hijos y de los trabajadores más cercanos del patrón. Un lugar paradisíaco que tenía un pequeño muelle donde descansaban motos de agua y varias embarcaciones que no pasaban desapercibidas.
No tenía mucho tiempo que perder, ya que encontró un vuelo que salía esa misma tarde desde La Habana con destino España.
Estuvo casi dos horas llenando maletas para su estancia en Europa. No sabía el tiempo que iba a estar allí, por lo que preparó dos maletas repletas de todo lo necesario para no repetir modelito en los próximos quince días. A esto le añadió otra maleta con zapatos y complementos, antes muerta que sencilla.
En unas horas estaría en España empezando con un trabajo que le encantaba, aunque no podía sospechar que esta vez le cambiaría la vida por completo.
Disfrutaba volando, y gracias a su trabajo podía hacerlo a menudo. Siempre pensó que terminaría trabajando para una agencia de viajes, ya que todo lo relacionado con este mundo le enamoraba, y de alguna manera consiguió algo parecido. Conocer lugares, personas y maneras de vivir era lo más parecido a ser agente de viajes, aunque fuera por motivos muy diferentes al turístico.
Llegó al aeropuerto como una celebrity con dos guardaespaldas y otro acompañante que le llevaba las maletas en un carro del aeropuerto. Ella cargaba con su bolso de Prada, un maletín con el portátil y los papeles que le entregó Ernesto. Llamaba la atención en ese aeropuerto repleto de turistas que la miraban como si fuera alguien famoso volviendo de sus vacaciones, pero, una vez que entró por las puertas de embarque, fue una cubana más que viajaba a España de vacaciones, o eso creía ella.
Nada más dejar en la cola del avión la silueta de Cuba, comenzó a estudiar el contenido de la carpeta. Había bastantes hojas y sabía que tenía un gran trabajo por delante para familiarizarse con las personas que aparecían en la documentación, por lo que se terminó los frutos secos que le trajo la azafata y comenzó con toda la información.
Intentó tranquilizar su cuerpo y sobretodo su mente después de todo lo vivido. Franchesca se sentó en aquel sofá de color beige que estaba un tanto desgastado y mientras los últimos rayos de sol rozaban su cara, no podía dejar de mirar aquella mochila de Mickey Mouse que se había vuelto el único recuerdo de su anterior vida y, sobre todo, de su queridísima familia. En ella no solo veía el dinero que había dentro, sino todo lo que representaba. Al mirarla volvía a su mente la sonrisa de Simone, las tardes de lluvia jugando al Monopoly, las caricias de Carlos mientras disfrutaban de un baño y la felicidad que tenía antes de que ese fatídico día llegara. No podía dejar de pensar en todo lo que le había ocurrido, todo lo que había aguantado, lo que había perdido en tan solo una semana, y se imaginaba una y otra vez despertando de esa pesadilla para volver a estar junto a su familia. Era incapaz de asimilar todo lo sucedido, sabía que su vida y su corazón siempre estarían rotos por lo que su cabeza le mostraba una escapatoria rápida que terminase con todo el dolor que sentía.
Emanuel la miraba desde la pequeña cocina del apartamento sin tener muy claro cómo afrontar aquella terrible situación, necesitaba que Franchesca cogiera el oxígeno necesario para sobrellevar el duro momento hasta ponerse a salvo de todo lo que se les venía encima. El cubano, que tampoco estaba para tirar cohetes emocionalmente hablando, se acercó a ella y sin decir nada la abrazó. Sintieron un alivio instantáneo y sus lágrimas se volvieron a juntar. Ambos estaban destrozados, pero, al contrario que Franchesca, Emanuel tenía la intención de pelear hasta el final para tener la oportunidad de comenzar una nueva vida junto a ella.
Después de este pequeño desahogo, Franchesca se intentó relajar un instante en el sofá y encendió el teléfono que había dejado cargando unos minutos antes. Una vez que se reinició, su cabeza se iluminó al ver tantas llamadas perdidas y mensajes. Le hicieron recordar que su sobrino Leo, su hermana Paula y sus padres todavía estaban en peligro. Estaba segura de una cosa; los matones que les perseguían irían en busca de su familia para presionar aún más a la pobre Franchesca en la delicada situación que estaba sufriendo.
Su familia era lo más importante para ella y solo deseaba que no les pasara nada. No dudó un segundo en llamar a su hermana para ponerla al día y sobre todo para relajarla, ya que tenía cientos de mensajes preguntando por ella y por Carlos. No era lo más recomendable en esos momentos, pero tenía que avisarles por lo menos para contar lo sucedido y que se escondieran en un lugar seguro hasta que las cosas se calmaran. Marcó el teléfono de su hermana que se sabía de memoria y pocos tonos después…
—¿Sí?, ¿quién es? —respondió una voz que le hizo derrumbarse y volver a llorar.
—Leo, cariño, soy tita Fran. ¿Qué tal estás? ¿Estás con mamá? —No podía esconder ni su llanto ni su nerviosismo.
—Hola, tita —dijo mientras se oía de fondo a la hermana de Fran.
—Déjame el teléfono cariño. Fran, ¿eres tú? ¿Cómo estáis? —preguntó aceleradísima Paula.
Esta no pudo aguantar las lágrimas al escuchar a su sobrino y a su hermana. Saber que estaban bien le dio un poco de calma. No tenía claro por dónde empezar a contar la historia que estaba viviendo.
—Fran, cariño, ¿dónde estás?, te he llamado cientos de veces. Me contó la vecina que oyó gritos, disparos y mucha gente por tu casa. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó muy asustada.
—No estoy nada bien. —No podía secar las lágrimas de sus ojos—. Carlos ha muerto, me persigue una mafia cubana y, además…
—Pero ¿qué coño dices…? ¿Cómo que Carlos está muerto?, ¿qué ha pasado? —interrumpió Paula mientras se sentaba en el sofá con cara de pánico.
—No tengo tiempo de explicarte mucho, lo único que te pido es que salgáis de casa y os escondáis durante un tiempo. Buscad un lugar seguro…
—Pero… ¿qué me estas contando? Joder, Fran, ¿dónde coño nos metemos? —respondió histérica Paula.
—¡Yo que sé! —Franchesca estaba alteradísima—. Tú prepara la maleta que os buscaré un lugar dónde os podáis esconder. Nosotros estamos bien y no te preocupes que te llamaré para contarte todo —le rogaba Fran intentando tranquilizarla.
—¿Cómo que nosotros?, ¿con quién estás?, joder, Fran, pero ¿qué ha pasado? Deberías ponerme al día porque…
—No me sermonees ahora —Franchesca cortó la conversación en un tono mucho más intenso—. ¡Joder, confía en mí! Dame solo unos minutos y te digo el lugar, así que preparad las maletas y esperad mi llamada.
Los gritos de Franchesca alertaron a Emanuel, que se acercó hasta el salón y se dio cuenta de que Franchesca estaba hablando con alguien por teléfono.
—Fran, por favor, pero ¿qué coño haces? No debes hablar con nadie y mucho menos con tu teléfono. No podemos dejar señales que puedan rastrear.
—Esta llamada era tan necesaria como respirar, era mi hermana y estoy segura de que también está en peligro. Necesitamos buscarle un lugar para esconderla —explicó Fran dejando claro cuál era una de sus prioridades en esta situación.
—De momento, no tengo un sitio pensado para nosotros, por lo que tu hermana tendrá que buscarse la vida para salir de la ciudad —respondió con gesto muy serio y dejando claro que no tenía nada preparado para la situación que estaban viviendo.
—No me puedo creer que no tengas un plan para poder salir de la cuidad. Joder, Em, es mi familia y tenemos que hacer algo con ellos, no tienen dónde esconderse y no les voy a dejar tirados.
—Joder, Fran, te vuelvo a repetir que no puedo ayudarles… No esperaba que esto terminara así.
El silencio lo invadió todo, en aquel pequeño salón se miraban a los ojos intentando buscar una solución. Fran estaba desconcertada, necesitaba encontrar un lugar donde esconderse junto con su hermana y su sobrino Leo. Algo tan discreto que nadie pudiera encontrarlos, pero ¿dónde?
La tensión era más que evidente, tenían que decidir rápido porque el tiempo jugaba en su contra. Estaban seguros de que ya tendrían a más de la mitad de la ciudad buscándolos y cuanto más tiempo pasara más difícil les resultaría salir de ella. Fran, de momento, no era consciente de cómo había llegado hasta allí ni del peligro real que les acechaba, pero lo que tenía claro era que intentaría por todos los medios que su familia estuviera a salvo. Se sentía responsable de esa situación, por lo que no se perdonaría si les pasase algo a sus seres queridos. Suficiente lastre arrastraba hasta el momento como para añadir más peso a la mochila que portaba.
No tenían demasiado tiempo para pensar y necesitaban una solución urgente, pero sus cuerpos les reclamaban otra cosa: descanso y comida. Se prepararon unos bocatas de chorizo que era lo único que tenían en ese apartamento, los dos comieron con ansia sin apenas dirigirse la mirada porque cada uno tenía una preocupación en su cabeza.
Sin más dilación, entraron en la única habitación que había para intentar descansar, sabiendo que era lo mejor que podían hacer. El día había sido un auténtico calvario y un poco de paz no les vendría nada mal. Estaban seguros de que si mantenían la calma encontrarían el camino para salir de esta.
El silencio de aquella habitación contrastaba con el de ruido dentro de sus cabezas que volaban hacia lugares muy dispares; la de Emanuel pensaba en la manera y el lugar donde encontrarse con sus socios de Europa para así poder protegerse de lo que se les venía encima, y si fuera necesario contraatacar. Y, por su parte, Fran empleaba su energía en encontrar un lugar donde esconderse junto con su hermana y su sobrino Leo.
Llegó el momento en que sus mentes les dieron un respiro. Estaban tan cansados que no pudieron evitar desconectar de su vida real y se quedaron dormidos en pocos minutos. Un descanso muy necesario para ambos, que habían visto cómo sus vidas se ponían patas arriba en pocos días.
Fran fue abriendo los ojos poco a poco disfrutando de la calma mental que mantenía en su despertar. Había dormido tan profundamente que le estaba costando ponerse al día con su nueva situación y, para ello, miraba a su alrededor desconcertada. Poco a poco, esa pequeña habitación la devolvía a una cruda realidad que aún no era capaz de asimilar. Los recuerdos de la tarde anterior, donde perdió a su marido de la peor manera posible, deslizaban de nuevo las lágrimas por sus mejillas. Que su vida desapareció para siempre lo tenía claro, pero no era capaz aceptarlo.
Emanuel ya no estaba en la cama, había madrugado un poco más y se le oía en la cocina preparando el desayuno. Franchesca se sentó en el borde de la cama sin poder creer como en tan solo una semana había perdido todo lo que tenía. Su hija Simone, el peor golpe para una madre, pero lo que continuó no fue mucho mejor… Su marido se suicida ante sus ojos y se ve obligada a huir de su vida para mantenerse a salvo.
Las lágrimas eran sus compañeras diarias y no cesaban ni un segundo. No había día que no recordara a su hija y que le rompiera el alma un poco más. Tenía el corazón tan agrietado que notaba que en cualquier momento se iba a romper. Su realidad comenzaba a golpearla y de momento no podía nada más que llorar esperando salir de esta pesadilla.
Su cabeza se ponía en lo peor viendo cómo se estaba desarrollando todo. Solo tenía una razón para seguir peleando por sobrevivir y no era otra que su familia, ellos no se merecían todo lo que les estaba a punto de suceder por su culpa. Aunque su mente la empujaba a rendirse y no buscar solución a sus problemas, la cara de su sobrino la llevaba al otro extremo regalándole el valor necesario para continuar. Se podía decir que su cabeza se había rendido pero su corazón no.
Se levantó y se acercó a la cocina de aquel apartamento donde se escondía junto a Emanuel, era muy coqueto, pero con todo lo necesario para estar unos días. El cubano la esperaba con un zumo exprimido y tostadas recién hechas para comenzar el día intentando crear un momento tranquilo para que pudieran hablar, un paréntesis en su actual vida para buscar solución a esta dramática situación.
—Buenos días, preciosa—dijo Em con una leve sonrisa en la cara.
—Hola… —Fran estaba tan golpeada que no deseaba ni disimular.
—Es una mañana complicada, cariño, ¿cómo te sientes?
—Muy complicada, Em, muy complicada… —respondió al cubano mientras le abrazaba y secaba sus primeras lágrimas del día.
Un abrazo eterno detuvo ese momento y parece que los relajó un poco. Sus vidas habían cambiado por completo y necesitaban algo que no tenían para recomponerse, tiempo.
Se sentaron a desayunar para comenzar el día de la mejor manera mientras se secaban las lágrimas. Fran se tomó de un trago el zumo que Emanuel preparó y continuó cogiendo una tostada, pero no tenía ganas de nada y tras el primer mordisco lanzó la tostada sobre la mesa. Se encontraba con un bajón terrible que no le permitía ni siquiera desayunar.
Emanuel la miraba intentando buscar las palabras adecuadas para comenzar una conversación, pero fue Franchesca la que tomó la palabra sin poder quitarse de la cabeza una idea que la atormentaba: «¿Cómo mantenerse con vida para proteger a su familia?».
—¿Qué planes has pensado para salir de esta? —preguntó deseando que Em lo tuviera todo preparado.
—Pues ahora mismo estoy un poco descolocado, no me esperaba esta situación. Tenía un plan que ahora no puedo seguir —respondió con sinceridad Emanuel—. La muerte de Pibe me ha jodido la estrategia porque no ha sucedido nada de lo pensado: tenían que quedar todos arrestados mientras yo estaba en Cuba con todo atado y preparado. Ahora, creo que empezaré por buscar a mis aliados en Europa, porque con ellos de nuestro lado lo tendremos un poco más fácil —dijo sin estar muy convencido.
—No es muy alentador tu plan —continuó Fran con cara de preocupación.
—No, la verdad es que no lo es. Como te dije ayer, lo único que tengo claro es que necesitamos salir de la ciudad. Aunque de momento no sé a dónde ir, estoy seguro que encontraré un lugar donde podamos estar a salvo.
Estuvieron unos minutos sin dirigirse la palabra mientras desayunaban. Cada uno estaba preocupado por una cosa diferente: Fran no podía quitarse de la cabeza cómo Carlos había decidido salir de su vida. Esto, unido a todo lo vivido esos últimos días y a la gran pérdida de su hija Simone, la terminó por destrozar, haciéndole sentir que su vida se complicaba demasiado. Su corazón entendió el mensaje y sabía que no podía rendirse ya que su familia dependía de ella.
No quería pensar mucho en qué pasaría con su familia si no conseguía protegerlos, solo pensaba en cómo salir de ese piso para esconderse hasta que las aguas se tranquilizasen.
Tenía claro que su anterior vida había desaparecido y que tenía que ser valiente ante lo que estuviera por venir. Le dolía ver cómo todo lo que construyó con Carlos se había esfumado, pero había algo que no le dejaba rendirse; era el momento de proteger a su sobrino, a su hermana y a sus padres, sabía que estaban en sus manos. Franchesca continuaba
