El tiempo que aún nos queda
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El tiempo que aún nos queda - Antonio Santos Barranca
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Antonio Santos Barranca
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Alejandro Santos
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-575-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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.
Te atacan por lo que piensas, pero les hieres por lo que haces.
Hiéreles, hiéreles por amor. Prepárate a todo, y para ello
toma al tiempo de aliado.
Adentro (1910): Miguel de Unamuno
No puedo creer que haya que supeditarlo todo a la meta perseguida,
hay medios que no se justifican, y me gustaría poder amar
a mi país sin dejar de amar la justicia.
Cartas a un amigo alemán (1943): Albert Camus
¿Quién eres? Soy mi historia.
El hombre en busca de sentido (1946): Viktor Frankl
No sé de ningún mundo mejor,
la moral imbécil de las víctimas deja poco que esperar.
No sé de ningún mundo mejor (1973): Ingeborg Bachmann
.
Etse lbro sescirbe en le teimpo dle mieod y no etsá cfriado prqoue no teine nniugn sneitdo tarsnfromalro, peude lerese fcailemtne a pseasr de su ocsruisdad, ya qeu el ooj dle inqiusiodr y dle vredugo no lee lteras in palarbas, pue slo q intreperta es flaso, incrieble o inxesistetne, como ayh q lere la hsitorai dEspña, un peoma mnetiroso qeu sruge dle dsoerden de uan mnete de looc o dun poeat fnatasioso.
1
El tiempo que aún nos queda, ¿será igual al ya vivido? Vamos a contar los días, porque todo tiene fin.
Yo con mi yo más profundo escribíamos hasta ayer historias de nuestro desconcierto tras haber sido paridos sin querer en un muy bello lugar, afeado por los mayores que lo llaman dictadura, lugar ni elegido ni bien situado, y que nos parecía eterno. Hoy hemos adquirido una breve cultura que nos hace comprender que vivimos la breve agonía del estado de las cosas y que todo ha de acabar, tras una guerra pasada muy difícil de olvidar. Suponemos que tras guerras vienen tiempos de reajustes de los que creen que han ganado, y luego todo es igual, hasta otra guerra, si no de muertos, de burlas. Estamos en el final, según dicen los ya viejos. A lo escrito sin espera ya decidimos nosotros denominarlo pasado, que es lo que ya no es, ni vale, ni tiene arreglos, aunque accidente es preferible llamarlo, y sanadores a los que vendrán. Nacimos tras un percance, un terremoto, una peste, una radiación solar que volvió locos.
Comenzamos hoy, pues, otra escritura, la del no se sabe qué, pero en un lugar que cambia, diferente dentro de Monotonía, este lugar de la infancia centrado en mapa Mercator colocado en la pared como en el centro del mundo, donde se hablan por cultura varios muy bellos idiomas, reducidos por los que gobiernan al único que ellos hablan, como suele hacer la horda cuando invade y cuando manda. Organizadas, pues, nuestras muy escasas cosas para un lugar poco estable, iniciamos un relato de lo aún desconocido.
El lugar en esta hora se denomina Valencia, que en cartas de mis abuelos era Valencia del Cid, para mí tan sólo el nombre del número de electrones que un elemento necesita o que le sobra.
Nuestra llegada ha sido suerte y no más, puede que buena o que mala, son las cosas del azar, e intervino una mujer, como es frecuente en nuestra vida, siempre llena de mujeres. Subidos ya en Granada desde Madrid con sus trampas y de Huelva y los adioses a un tren que nos llevaba como destino a una selva, la esposa del que decide insistió en que su marido nos ofreciera Valencia por ser un puesto mejor, viaje de Poniente a Oriente, muy cegados por el sol. «No lo puedes desterrar a lugares sin futuro si en Valencia hay una plaza y existe universidad». El chico éramos nosotros dos, Yo y Yo, siempre discutiendo a causa de muchas dudas, porque yo medito a veces y quien responde soy Yo, una tortura la duda entre Yo y Yo, aunque relucen mil chispas.
La mujer, desconocedora de cómo pensamos, al menos yo, que soy quien escribe siempre, quería obsequiarme aventuras, ignorando algo muy cierto, y es que el buen aventurero no es el que da la vuelta al mundo, sino el que salta la tapia de su vecino, como dijo el gordo Chesterton, y que puede vivirse apasionante aventura viajando alrededor del propio cráneo o del cuarto en el que uno vive, como ya ha quedado demostrado por Karinthy y por De Maistre. «Prefiero ser el segundo en Roma que el primero en una aldea», le agradecimos pedantes, no sabiendo qué hacer más. En el Mediterráneo, por tanto, estamos ya, muy cerca de Barcelona, y de sus editoriales, mi motivo principal, y también de una frontera, buen lugar que nos conviene. El marido nos movió, conduciendo mal con miedo por carretera con curvas.
Llegamos atardecido. A la entrada de una desierta avenida, del Cid, llaman, esperaba nuestro coche, paralelo a una farola, mi muy posible mentor, para alcanzar una calle, Cirilo Amorós de nombre, uno que ordenó el mandato de destruir las murallas de los tiempos medievales, que creo yo que no hacía falta, las ciudades saben crecer si están vivas, y es mi lugar de trabajo. Yo, y mi otro Yo, contradictor inherente, nos ocupamos con prisas en buscar alojamiento y conocer la ciudad, que a pesar de todo crece, y confraternizar muy alegres con muy nuevos compañeros. La empresa nos paga gastos del hotel casi de lujo que ella quiso, y de comida. Yo como poco, mi otro yo no come nunca, se dedica todo el tiempo en inventar mis torturas. Bienaventurada sea la vida, una fatalidad inevitable desprovista de mala intención.
Así que comenzamos a escribir lo que haga falta, que puede ser comedia o drama, no hay adivino que acierte. Quien lo escribe bien padece un error de paralaje en su colocación en el mundo: España Monotonía, en potencia uno de los países maravillosos de la Tierra, pero en realidad contemporánea feo país de derrotados permanentes, ridículos orgullosos de todo lo indemostrable.
Este libro va a tener ambiciones de saber, amores muy presentidos, escenas de policías y secretos bien guardados, y me permito citar una muy sincera cita escrita por Wittgenstein, en una carta a Von Fricker, se supone que un amigo: «Mi libro consiste en dos partes: la aquí presentada más lo que no escribí, y es justamente esa segunda parte la más importante». Es lo que hoy se puede decir de un diario personal, con vigilancia, silencios, registros y detenciones, más torturas, prohibiciones y prisiones. Para empezar, que se sepa, ya alguien me ha dicho al llegar: «Deberás cortarte el pelo, pareces un guerrillero, por no decir un rebelde, así no te aceptarán». También te cambian por dentro si no piensas.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, dijo el loco que he citado, buena frase al escribir un dietario muy a solas casi a oscuras. ¿Para qué? Por si en mi vejez ya no me creo lo que los libros me cuentan. Y para dejar constancia de ese tiempo que aún nos queda.
Apunte nocturno:
¿Y qué dicen los relojes con su tic?
2
Me propongo, Yo que escribo y no acepto mis consejos, recoger datos de la casi insignificancia, los que me afecten como español que soy por voluntad, por decisión más que por imposiciones, de la que se supone última fase de España, un cuartel de militares, porque ya en el verano de 1936, número condenado a ser maldito por ser único, cuadrado perfecto de 44 —muerte muerte por muerte muerte en lenguas de caracteres kanji, también número condenado a no ser pareja y no poder ser diálogo, siempre suma permanente de antipáticos impares donde siempre sobra uno—, regiones de sorprendidos se llenaron de cadáveres y, según cuentan padres y abuelos, a la lumbre de los braseros golpes y voces en la puerta producían terror. Nació, pues, Monotonía, que aún no tiene calendario.
La única fecha que realmente nos importa y que muchos esperamos, es la del fin del presente, sólo un estado sombrío, que es cuando llegue ese tren que ya dicen que se acerca. Tenemos de aliado el tiempo, aunque aquí donde vivimos, parece que tal tiempo se detuvo, y las efemérides no tienen interés, lo feo nos invade a ambos. Miedo me da T. S. Eliot cuando al explorar el concepto de tiempo supone que la idea de pasado, presente y futuro coexisten de alguna forma. Aterra esa alusión poética desde la perspectiva de la realidad, aunque, al menos en mi territorio, también quedan aún ilusos.
Escribo en el país donde nací y he decidido quedarme, pensando, con los optimistas y luchadores, que por ley de vida más que por voluntad colectiva se avecina un muy gran cambio absoluto. El optimismo más incorregible me hace creer, sincera o en modo inocente, en un «después» diferente, esperanzado con seguridad a un renaciente mañana como quizá no haya existido nunca. Bastará, seguro, un aumento dramático de educación y cultura que cree mentes dispuestas a evolucionar para que un verdadero cambio sea posible. Se ha estado educando hasta ahora a la generación que nos heredará por quienes los griegos llamaban idiotas, con mandatos, prohibiciones, consejos y mil mentiras, sin comprender que se educa por y con el ejemplo obligando a que se piense.
Todos los que construirán la España de mañana tendrán que partir de cero para recrearla, porque si lo hacen aprovechando algún retazo viejo el engranaje de piezas no funcionará, y si no lo consiguen darán sentido a la rueda del eterno retorno que es cáncer de este país. Lo positivo que aún queda es la esperanza, o, mejor dicho, la confianza en que de los agujeros se sale, también de la oscuridad. No creo en el sabio Sileno, ni en Nietzsche que lo relata, cuando dice al hablar del estado perfecto del hombre que lo mejor de todo es totalmente inalcanzable: no haber nacido, no ser o ser nada. Esa ha sido una mansedumbre contemplativa del español manso de todos los tiempos, no ser, dejarse llevar. Es necesario luchar cuando argumentos razonables nos hacen decir que no.
Apunte nocturno:
Bienaventurado el trigo desde que es simiente, espiga, polvo, paja y tristeza de país con hambre y con diezmos y primicias.
3
Una afirmación primero: España, en teoría no demostrada, es vivero de hombres y mujeres capaces de hacer cosas trascendentes en todos los terrenos a que sea capaz de llegar el ser humano, el problema es que lleva demasiado tiempo atada e impedida, gobernada siempre por la eterna minoría de ineptos. Existe una realidad fundamental por la que es preciso luchar, y no es por la economía de mil pobres para un rico. Los terribles problemas de igualdad han de empezar de inmediato por la liberación de la mujer, que hoy, todavía, es sólo cosa, después y con toda urgencia la educación de los niños. He ahí lo primero imprescindible, antes que nada, luego sí haremos justicia y los repartos.
Me dicen, cuando se puede y en un susurro, que del tren que la iba a llevar a un país del norte, un lugar, otro lugar, mi madre embarazada se bajó y dijo «aquí me quedo, no huyo, que ya me mataron dos y los tengo que buscar y esta es mi tierra». Mi tierra, sin tener nada. Uno nace, pues, donde es parido, y muere donde se pierde, que es lugar donde otro quiere, y es en el tiempo intermedio donde comprende deberes, ilusiones y dolores, con la patria como nombre y una historia que no entiende.
La vida parece ser tan sólo una salida al exterior para asombrarse, entre dos espacios que aprisionan, el útero y el ataúd, y en la salida se sueña. ¿Hay en este momento tres mil millones de seres como yo, y como Yo, que luego serán seis mil y luego nueve mil hasta no se sabe cuántos y a pesar de todo yo soy único? ¿Tiene España casi treinta millones de supervivientes y puedo yo llamarme diferente? Mi mundo se llama Espera, y mi otro Yo la llama España, de donde no se sale sino huyendo, y como nada tiene valor excepto el presente, he aquí que, mientras escribo, a hoy le ponen fecha que yo no quiero poner, pues ayer, y anteayer, y mi infancia, y mi cultura, han estado dominadas por la idea fija de la creencia inamovible, que ha sido siempre pasado.
Todo en España es pasado extendido hasta un ahora falso. Soy y somos sucesión de nuncas, pesadilla de no sé quién, la única realidad verdadera de la que partir. Veo, respiro, observamos, voy a empezar a anotar lo que veo. Mi otro Yo me dice que lo que vivo. No es lo mismo, me parece.
Apunte nocturno:
Ser es siempre inevitable, estar es la voluntad. Se es por su enorme belleza, se está sin saber por qué.
4
Los españoles, no sabemos cuántos, aunque parece que no la inmensa mayoría, somos viajeros sin maletas sentados en la sala de espera aguardando la llegada de un tren, el de viajeros para irnos a vivir en paz, o el de mercancías que se lleve lejos a los animales que nos infectan.
Schopenhauer, que era un pesimista satisfecho, afirmaba que la vida no era propiamente para saborearla sino para soportarla y anularla, y la veía como algo que está mejor por detrás que por delante. Uno, si escribe, es siempre sobre lo de atrás, lo de hace un rato, pero la tinta siempre se seca tarde, cuando ya entre lo que se ha pensado y lo transcrito hay algo que se ha quedado atrasado en la millonésima de segundo que va de la mente al tintero y del tintero al papel, por eso a veces un pensamiento se transcribe mal, ¿cómo era lo que yo acababa de pensar en esa partícula de tiempo? Se cuenta siempre pasado, y hasta una promesa está empapada de historia, por eso toda historia es un mensaje lleno de inconsistencia. Si lo escrito es invención, o el verso en el que cantas «una cosa infinitamente tierna sufriendo infinitamente», la distancia intermedia entre pensamiento y escritura carece de valor, y si es rememoración de sucesos del pasado el proceso entre lo histórico y lo relatado atraviesa por laberintos de conocimientos posteriores. La memoria no es el reflejo fiel de los sucesos sino un acto creativo fraguado por evocaciones influidas por cuanto ha ocurrido antes y después, y dudo si un suceso recordado no será el recuerdo de un recuerdo anterior y quizá el recuerdo del recuerdo de un recuerdo. Algunos llaman nostalgia al intento de rememoración de lo pasado, suponiendo que les fue mejor, pero la nostalgia no es más que mala memoria, un cáncer de la mente, la explosión reaccionaria de lo realmente vivido, de ahí que este sea el momento de escribir todo esto, que es escribir sobre España y españoles, yo uno de ellos. Empiezo, pues, sacando del fondo de mi memoria datos conservados que mi posterior cultura tal vez transforma, quizá embellece.
¿Por qué escribir, pues, cuanto me ocurra, como si esto pareciese un diario en la España donde nunca ocurre nada?, me pregunta la muchacha primera que conozco y que me sigue, que me acompaña a una papelería de la calle de las Barcas cuando pido seis cuadernos de cien páginas de portada verde. Porque en el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo el que escribe se convierte inevitablemente en otro y la vida se transforma en chiste. Va a ser este un canto entusiasmado a la esperanza. Intentaré con sumo cuidado y, si me dejan no hablar de mi vida política, aunque política, de polis, ciudad, no sea otra cosa que el arte de convivir en la ciudad, pero en España no se convive, se obedece. Avisar de que una loseta salpica agua al pisarla es un acto político, e importa poco que exista oficio de político, muchas veces el más sordo.
Fuera de nuestros muros existe también el miedo. En España, además, un hambre inmensa de libertad en pequeños grupos cultos, pero también hambre de pan y de sardinas, y alienación, miedo y servilismo en la inmensa mayoría resignada de siempre, la de ayer y la de anteayer y la de toda la vida hacia atrás.
El primer misterio a resolver en esta tierra aislada creo que es conocer el por qué siempre, incluso cuando fue primera y rica potencia mundial, hasta su literatura tuvo por principal argumento el hambre y la trapacería de sus habitantes. El Lazarillo de Tormes, con su gazuza alucinante y sus trampas para engañar y vivir, sigue por aquí aún, dando vueltas. O, dicho por quien ya entonces sabía, de nombre Quevedo, que hoy bien vale sin que nadie piense más que en la obediencia debida, que es puro miedo, «nadie atendía a su oficio, todos atónitos», como hoy, con aduladores de los vencedores «todos con delantal».
Vivo, parece, en el país terriblemente feo de la resignación y de la mansedumbre. El país más bello y rico convertido en el más feo y pobre de Europa y de las bibliotecas.
Apunte nocturno:
Nadie escribe un diario para contar quién es sino para contar lo que le remeda el espejo en el que se mira.
5
He elegido venirme a vivir al Mediterráneo y ponerme en manos de su ius domus desde cualquier lugar de Andalucía, abandonada por completo a su supersticioso orgullo fanático, o desde Madrid, vertedero de todos los desagües, porque desde aquí me va a ser más fácil contactar con las editoriales, que tengo muy cerca, centro en estos años de la edición de libros en español, para intentar publicar, tras años de escritura, documentación y correcciones hasta alcanzar la quintaesencia de la frase, mi novela Tesis sobre una factura de verdugo, o La factura del verdugo, título no definitivo y que casi con seguridad no será. Aquí mi Yo y el otro Yo discuten sin cesar.
Comienza la cuenta atrás hacia el futuro inmediato. No sé si pasaré a ocupar dos líneas en un libro, eso es una insignificancia, estando vivo una molestia, y tras la atomización otra inutilidad. Tranquilidad total y una seguridad en mí mismo que revienta por encima de mi timidez y de mi introversión, pero siento que no debo nada a nadie, excepto a quien me enseñó a leer y escribir.
Apunte nocturno:
Bienaventurada la hormiga despistada que recorre arriba y abajo la página que habla de aporías, donde Zenón niega la posibilidad del movimiento.
6
Para empezar. Sin diversión alguna por ahora más que el cine, veo que la gente se lanza a la calle los domingos, como en cualquier otra parte del país entero, y el centro de la ciudad, donde están situados casi todos los cines de estreno, se convierte en una enorme aglomeración. Mientras, de muchos bares salen a todo volumen de sus radios las voces indicando paso a paso los resultados del fútbol, que los parroquianos cotejan nerviosamente con sus boletos de la quiniela. Decido ir al cine, pero no hay entradas numeradas, la gente es remitida a un kiosco que las vende con un mínimo del diez por ciento de recargo. No hay un sólo policía a quien preguntar y, aunque es indudable que existe una confabulación permitida, con seguro reparto de ganancias, no accedo a ese estraperlo consentido y me voy a ver en compañía de una muchacha del comedor la menos solicitada, pero interesante Eva, del brechtiano Joseph Losey, que es pateada por espectadores que se sienten estafados, película que se sale de lo normal, tiene un lenguaje innovador, la consciente frialdad narrativa de su director no la entienden. Algunos reclaman devolución del precio de la entrada, pensaban ver una película sobre Eva, con tetas imposibles.
Apunte nocturno:
El futuro me llueve mansamente. Caminar: un pie delante del otro, sólo eso.
7
Nuestro primer contacto con la realidad: presentados en la Delegación de la empresa que me contrata para poner orden, los seis o siete compañeros encorbatados que allí había en ese momento salen todos a la calle para celebrar mi llegada a un bar cercano. Nos detenemos un momento en una esquina, haciendo corro, algo ocurre hoy, algún político habrá venido de visita, o en alguna iglesia próxima habrá un acto oficial, y de inmediato aparece un gris con porra al cinto y nos dice como sonsonete al que ha de estar acostumbrado «circulen, no hagan corros», seguido de un «dispérsense». Deseo inmediatamente replicar de muy mal humor, pero de inmediato todos se dividen en mini grupos de parejas y avanzamos obedientes y en silencio. España libre, en efecto.
He visitado ya mi facultad y contactado. Nada relevante. Todo más tranquilo que en Madrid. Dos chicas y un muchacho me han mostrado un lugar para comer barato y con buen ambiente estudiantil. Luego medio en volandas me llevan a conocer la Lonja gótica y una iglesia de aspecto barroco, pero chamuscada y ruinosa, cuidadosamente conservada como justificación de la crueldad de los rojos analfabetos, o analfabetos rojos. Las distraigo con pequeños problemas locales, por ejemplo, que el Ilustre Colegio de Abogados de Valencia ha interpuesto una denuncia exigiendo que sea retirada de los cines la película El Proceso, de Orson Welles, porque ofende el prestigio profesional y el honor del cuerpo de letrados.
He sido recibido con cariño y ofrecimientos de todo tipo de ayuda, incluso de compañeras para que me enseñen la ciudad, como quien dice para que tú le enseñes después tu dormitorio. Sobra esto, mi pathos prefiere revoloteos. He mantenido una larga inesperada conversación interesante, pero en exceso optimista, acerca de Los Problemas y de cómo intentar solucionarlos, pero mis neuronas, por influencia de mi Yo revoltoso, otra vez en desacuerdo con mi Yo pidiendo indiferencia, se conectan de modo diferente casi siempre y entonces me ocurre que como no deseo parecer eternamente raro tiendo al silencio aconsejado, y mucho más en un encuentro de presentación. En realidad, es cosa de timidez y carácter taciturno. Mi visión prehistórica de lo que viene siempre me borra las fronteras, un problema mental mío. La humanidad no tiene en realidad más que dos terribles problemas que tienden a ir en aumento: el problema de la supervivencia sobre un territorio cada vez más envenenado y el problema de la concordia entre unos y otros hombres, íntimamente unido a lo anterior. Se trata, bien traducido, de un problema que puede reducirse a uno solo, la paz, a solucionar con inteligencia. Pero la humanidad no tiene inteligencia, tiene instintos.
Apunte nocturno:
Se desea y se inventa lo que aún no se tiene, la rueda o el inflador, por ejemplo. Como Dios o su dramaturgo vivía entre peñascos y arenales se inventó el Paraíso. De haber vivido ya en un paraíso es posible que hubiera regalado al hombre el poderse mover por las estrellas.
8
Yo soy el que soy, yo soy yo y mi circunstancia o yo pienso luego existo no son más que pompas de jabón. Al decir yo imaginamos algo con importancia que aun vale menos que un tú, y todo lo que sigue es hueca palabrería. Nuestro abuelo el gorila primigenio se limitaba a golpearse el pecho, y al menos eso significaba algo. En el comedor nos damos cuenta de que hay sentadas frente a mí dos muchachas con libros. Se ríen porque no utilizo el cuchillo para cortar la carne, lo hago con el borde del tenedor porque con la otra mano sostengo un librito con problemas de Martin Gardner. «Yo no podría», me dice una. «Yo te puedo ayudar», le respondo con el temor tierno de los tímidos. Un camarero lleva puesta la camiseta del Real Madrid por delante, y por detrás el pajarraco fantoche que Franco ha añadido a la bandera. Se han inventado de nuevo una bandera de España diseñada por uno que en su vida ha visitado un gallinero, algo horrible, y encima siguen aprovechando los colores más chillones del arcoíris, los elegidos por Carlos III para reconocer barcos en la neblina lejana. La llamativa bandera de España tiene colores tan agresivos que excita a algunos patriotas exaltados en una especie de epilepsia fotosensible, no ayuda a tranquilizar ni indica paz, anima a la excitación, y más con imagen agresiva. En la mesa de al lado un hombre más pobre que yo se guarda como avergonzado el trozo de pan que le sobra. Me da vergüenza ofrecerle el bollo que me han servido con la carne, y que no probaré. Me doy cuenta de que hay gestos y no gestos que convierten la vida en un absurdo.
Apunte nocturno:
La vida es tan corta que no me permite corregir fallos. Me pregunto si también pensarán que es corta los gatos o los elefantes.
9
No conozco absolutamente a nadie que haya leído, por ejemplo, la Biblia, Hiperión o El Quijote tres veces y que al mismo tiempo también conozca el Concierto para dos violines de Bach. Tampoco a nadie que haya multiplicado 17 por 0,4. Sin embargo, es posible que cualquier combinación de cosas y sucesos imaginables dentro de la lógica haya ocurrido al menos una vez. Aceptar la posibilidad de todo huele a aire de montaña y permite visiones de horizontes, donde da la vuelta lo real. Creo, pues, en la existencia del Infinito y de la Eternidad, y por tanto en la posibilidad de todo lo imaginable. Incluso la existencia de Dios cabe en mi cabeza de aceptación del infinito y de la eternidad, y como esto es un cuaderno de anotaciones me olvido de Kurt Gödel y del inmenso trastorno que produce su lectura. Dejo el tema, infinitamente prefiero más fijarme en el perro, porque llueve ruidosamente y un perro que se ha refugiado a mi lado en un portal, porque era probable que lo hiciera, huele a perro mojado. Su miserable dueño, que como yo se protege de la lluvia, también huele a perro mojado y a apestoso viejo tabaco hecho de colillas recolectadas.
Cuando he llegado al hotel y he pedido la llave de mi habitación el encargado de noche no estaba, y como un tonto lo he esperado en vez de cogerla del tablero, otra vez cosa de tímido o de pueblerino. Como es viejo y yo le parezco por lo menos de la edad de su nieto se ha tomado la libertad de demostrarme su buena vista y autoridad de veterano y se ha señalado la mejilla como si se la limpiara. «Carmín», ha dicho. «Cosas que ocurren», le he contestado. Pero no era carmín.
Apunte nocturno:
Creo que los momentos desdichados que nos suceden a lo largo de la vida a todos los mortales proceden de momentos del pasado en los que hemos cometido errores.
10
No ocurre nada en Valencia tampoco. En España nunca ocurre nada, pero es un placer que, con sólo palabras, sin meter la mano en el fuego, se pueda explicar verdad tan terrible. Wittgenstein, en un trabajo titulado Ética y estética, comenta que la expresión lingüística correcta del milagro de la existencia del mundo es la existencia del lenguaje mismo. Traduce su reconocimiento de que la existencia del mundo es sorprendente y carece de explicación racional, aunque el único medio del que disponemos para convertirlo en algo esencial es el lenguaje, lo que conduce al filósofo a afirmar que ética y estética son en tal caso sencillamente la misma cosa. El lenguaje es el único medio del que disponemos para darnos a conocer el milagro de la existencia del mundo de una forma sensible. Sin lenguaje no existen ni el mundo ni la ética ni la estética, y arruinar el lenguaje resultaría antiestético y antiético, un atentado no propio del hombre como hombre. Creo, pues, que un libro casi dietario sería ruina del lenguaje, quizá más porque es únicamente opinión personal nunca contrastada y casi ni siquiera meditada sino simple arrebato entre intelectual y sentimental. Un diario sirve exclusivamente para diseccionar psicológicamente fases de la vida de quien lo escribe, o sea, lectura para su vejez. Burton o Pigafetta sí podrían entusiasmar con sus diarios, pero en España sólo es posible la introspección. Conviene que relea esto de vez en cuando, si continúo.
Apunte nocturno:
El primero que puso nombre al planeta ya había inventado previamente la palabra aquí. Luego dijo este sitio, cuando tuvo valor para alejarse dijo allí, y cuando se sintió un extraño inventó decir mi casa, mi tierra, mi patria, y la vida empezó a complicarse.
11
Recorrido aventurero por la ciudad desconocida a partir de un punto central: la situación de mi hotel. Advierto que Valencia es lugar de inmigrantes, media Cuenca o Teruel están aquí buscando pan, me dicen. Por algo será, me digo. La prensa de la ciudad, como tiene poco que contar si no ha habido envenenadoras y garrotes, suele publicar repetidamente casi contando habitantes mes a mes y con orgullo la noticia de que Valencia ya supera a Sevilla como tercera ciudad de España, parece que ya ha alcanzado el medio millón de habitantes. En Sevilla también advertí que existe una puja con Valencia por ocupar el tercer puesto.
Una fantástica aventura: un hombre de unos sesenta años que no era valenciano, y que por su fardel mugriento parecía trotamundos, pedía limosna, ha tropezado y como calzaba zapatos destrozados ha venido a sentarse junto a mí, que esperaba a un colega laboral, para observarse el pie mientras protestaba y maldecía.
—Ve a Auxilio Social y te darán zapatos —le dije.
Me miró como si yo estuviera loco.
—Eso ya no existe —dijo moviendo la cabeza de arriba abajo como un búlgaro para negar—, era de cuando España estaba mal. Ahora mira, poca gente va vestida de luto, casi todo el mundo tiene coche y todos viven bien.
Entonces se ha acercado a nosotros una mujer mendiga que me ha pedido «una limosna, por amor de Dios» y el hombre le ha dicho: «Otra vez será, hermana», pero lo de hermana era una impugnación. Me he sentido incómodo, porque si le daba una peseta a la mujer con más razón tendría que darle dos al compañero, ya casi mi amigo, y me pareció humillante, aunque en realidad es porque la caridad me desconcierta.
—Yo cambiaría toda mi vida por tu corbata —me dijo él—, una corbata significa que comes y duermes y te desvistes y te lavas.
Me he quitado la vieja corbata cuyo nudo brillante no deshago desde hace un año y que ya pensaba cambiarme, y se la he dado.
—Toma, para abrigarte el otro pie. Así la pisas.
—Me recuerdas a un viejo compañero en Brunete —me dijo sin sorprenderse. Me entró pánico seguir ese hilo de conversación y me levanté—. ¿No tendrías para una telera? —pidió.
—Ni hablar—le dije—, aunque seas andaluz.
—Lo dices por el acento —sentenció como quien descubre la luz.
—El andaluz soy yo, lo digo por la telera, aquí no conocen eso.
Bienaventurado Paquito el Tonto, encerrado hasta la muerte tras las rejas de La Morana porque veía gusanos en las lentejas y arrojaba el plato a la pared.
Apunte nocturno:
La religión enseña el camino hacia la felicidad convertida en alienación, lo que es absolutamente perdonable en el débil, pero es a cambio de sacrificar las maravillas de la duda. Es preferible para el ser humano el sufrimiento que lleva a la duda y a la libertad de discernimiento permanente.
12
Mi compañera de comedor me lleva a sitios desconocidos y saca fotos. Frente a un cuartel de la Guardia Civil pido su maravillosa Leica heredada para retratar una bandera de España, nueva, limpia, ondeando extendida. Un guardia me intercepta:
—Borre usted la foto, es el reglamento.
—¿Estamos en guerra? —replico.
—En la foto sale el cuartel, borre esa foto.
—Solo quiero la bandera, no el cuartel, es rarísimo encontrar una nueva, limpia, no deshilachada como es habitual.
Aparecen más guardias, unos bromean, otros insisten. Me llevan a un despacho.
—Es por seguridad, dice el brigada.
—Soy familia de brigadas —digo, recordando a dos maridos de dos tías analfabetas. Menciono Port Bou y Cabezas Rubias.
—Haberlo dicho —responde el guardia, relajado. Nos dejan ir tras romper su monotonía, y bromean—: Si ha visto alguna bandera sucia será por culpa de la guarra de la esposa del brigada.
Hay que convencer a los físicos y a los investigadores de la medicina y sus empresas capacitadas para que consigan, mediante vacunas o electrochoques, saber orientarse.
Apunte nocturno:
Nuestro abuelo el homo sapiens vivía sólo una vez y su vida era una anécdota. Nosotros ya no somos principiantes y aprendices sino manantiales. Vivimos muchas vidas, nos ha dado tiempo de aprender a cazar, a cortar, a hacer fuego, a domesticar animales, a descubrir que habitamos una esfera perdida, a haber creado la luz, a llegar antes, a imaginar que quizá no haya fin, a contar cuánto tiempo hace de ello y a ser conscientes de que todo eso es aún poco.
13
Una reunión que empieza socialista y que acaba artística, bajo la reproducción de un Guernica, ese cuadro del que Bergamín dice que es un tapiz para la inauguración de un salón hípico, y de la mirada del Joven con pipa, a punto de echar a volar, que dicen que es ambigua, misteriosa, indiferente y enigmática, pero no la de un muchacho que se aburre de estar posando y al que ya le duele el brazo izquierdo, circunstancia de la que me doy cuenta ahora porque recuerdo mi pose con mi colega Varela, hombre que no puede ser libre, y que pinta.
Varela ha venido también a recibir instrucciones para ocupar la plaza que yo no quise, y se aloja en mi mismo hotel, de modo que suele ser mi compañero habitual. Mi intuición me asegura que, aunque dice que «lo casaron», es homosexual infeliz, le enamora el mayor cosmopolitismo de Valencia e intenta quedarse aquí. El ser humano, me dicta mi Yo optimista, es bueno por naturaleza e inevitablemente entusiástico, de modo que, por naturaleza, todo lo tiende a embellecer y a ennoblecer, por eso hay amantes que matan con la incontestable pero metafórica aseveración de «la maté porque era mía», que significa exactamente lo que no parece. Creo que la vida es una interminable e infinita lluvia de puntos atómicos que ocasionan efectos sensibles y cuya distribución no puede calcularse, y que por eso son imposibles la prevención ni el cálculo y es absurdo querer imponer a nadie una idea, una opinión o un concepto sin que sea imposible su refutación. Nos ha parado en la calle un loco que me ha dicho al tiempo que me entregaba una rosa que Dios es amor, pero lo de que sea loco es opinión mía, Dios no sé qué podría significar para él y amor es con absoluta seguridad algo muy diferente para él y para mí. Amor por el dinero es lo que debe sentir el dueño de un cine donde hemos querido ver por segunda vez El gatopardo, de Visconti. Para poder dar un pase más al día ha hecho largos cortes a la cinta para que no llegue a los 100 minutos. No hay donde denunciarlo.
Apunte nocturno.
Reivindicación de los neandertales. No me creo que uno de ellos no violara a una cromañona o al revés. Hermanos míos.
14
Hay aquí aparentemente más policías que en Madrid, bien visibles y tétricos con sus largos abrigos grises mal cortados y poco elegantes, uniforme de invierno que le prolongan durante tanto tiempo, dicen, que les hace sudar en estos climas suaves. Tal vez por eso, policía de abrigo en tierra cálida tiene más mala leche. Y si hay policías de uniforme debe de haber secretas, mis buenos amigos de «la social», todo un ambiente de orden. Pero de secretas tienen poco, se les reconoce de lejos, en la estación de autobuses, por ejemplo, con pistola quizá ya usada en el bolsillo. El mundo está lleno de polis, de uniformes o no, y no es sobrecoste de España, es en todo el mundo, soviético o capitalista. Da risa tanto miedo.
No oigo hablar en valenciano en parte alguna, a los pueblerinos que vienen a la capital, generalmente por asunto de médicos, parece darles vergüenza, y los elegantes se le retiran, como avergonzados. Huelva resulta ser más bilingüe que Valencia, se habla libremente y sin miedo español de Castilla y español andaluz, el gobierno nacionalista analfabeto no lo advierte, fortuna que Huelva esté escondida. El idioma andaluz odia que le llamen castellano.
El valenciano, pues, es un motivo de lucha, otro, aquí con muchas confusiones, porque hay quienes pregonan un movimiento para llamarlo catalán y, ya no lo acepto, un país artificial al que denominan «Països Catalans», Cataluña, Valencia y Baleares, Ruritania
con intrigas o Costaguana
deforme.
Tengo de guía a una compañera que no es valenciana sino vasca amante de la gastronomía, pues para que Varela se me aleje ando liado con faldas, pero ni para contarlo en esta fase habitualmente desaforada sexualmente de mi vida, es ella la que me enseña a probar platos nuevos: paella, fideuá, esgarraet, all-i-pebre, arnadí, coca de llanda, espencat o escalivada, arròs al forn…, lo que nos lleva a comentarios sobre si existe una cultura nacional gastronómica. Uno de mis Yo afirma
