Segundas oportunidades
Por Susan Laine
4/5
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Siendo adolescente, Addy Monroe tuvo una experiencia que le cambio la vida, aunque técnicamente la "experiencia" le estaba pasado a alguien más en el asiento trasero de un taxi atrapado en el trafico junto a él. Seis años más tarde, en un club de Los Ángeles, Addy conoce al cantante de rock Zak Roscoe —el hombre que sin saberlo le había enseñado quién era en realidad—, y consigue una oportunidad para experimentar a Zak por sí mismo.
Siendo una persona privada y reservada, Zak encuentra los decididos avances de Addy tan molestos como intrigantes, y se deja seducir para una noche de placer. Desafortunadamente, los viejos hábitos nunca mueren: la actitud de Zak después del sexo deja bastante que desear, y Addy pronto se da cuenta de que a veces la fantasía y la realidad no tienen mucho en común.
Si los deseos fueran segundas oportunidades…
Susan Laine
Susan Laine, an award-winning, multipublished author of LGBTQ erotic romance and a Finnish native, was raised by the best mother in the world, who told her daughter time and again that she could be whatever she wanted to be. The spark for serious writing and publishing kindled when Susan discovered the gay erotic romance genre. Her book, Monsters Under the Bed, won the 2014 Rainbow Award for Best Gay Paranormal Romance. Anthropology is Susan’s formal education, and she could have been happy as an eternal student. But she’s written stories since she was a kid, and her long-term goal is still to become a full-time writer. Susan enjoys hanging out with her sister, two nieces, and friends in movie theaters, libraries, bookstores, and parks. Her favorite pastimes include singing along (badly) to the latest pop songs, watching action flicks, doing the dishes, and sleeping till noon, while a few of her dislikes are sweating, hot and too-bright summer days, tobacco smoke, purposeful prejudice and hate speech. Website: www.susan-laine-author.fi Email: susan.laine@hotmail.com Blog: www.goodreads.com/author/show/5221828.Susan_Laine/blog Facebook: www.facebook.com/Susan-Laine-128697277229180 Twitter: @Laine_Susan
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Segundas oportunidades - Susan Laine
Prólogo
img1.pngSUPE sin lugar a dudas que era gay a los quince años, cuando vi un resquicio de esa atractiva forma de vida a través de la ventanilla de un coche, a plena luz del día.
Yo, Adrian Monroe, o Addy para mis amigos y familia, estaba sentado, mortalmente aburrido, en la parte de atrás del Toyota granate de mis tíos, que apestaba a ambientador de piña colada. Teniendo quince años me aburrían muchas cosas con bastante frecuencia. Estábamos atorados en el tráfico de Los Ángeles. Mis tíos estaban discutiendo en los asientos delanteros. Ella decía que ya había sabido que esta ruta estaría imposible a esta hora del día, y él decía que ella apenas sabía cómo conducir. La discusión tendía a empeorar a partir de ese punto, así que los ignoré lo mejor que pude sin tener mi iPod para salvarme.
Entonces fue cuando vi el taxi junto a nuestro coche.
No sé cuánto tiempo llevaba allí, o si acababa de aparecer, pero de repente no podía apartar la mirada.
En el asiento trasero, a poca distancia de mi ventanilla, había dos tíos enrollándose sin cortarse un pelo.
Era el tipo de acción que esperaría encontrarme en una película de porno gay, como las que tenía escondidas bajo mi colchón, sabiendo que estaban bastante menos seguras que el oro de Fort Knox y que probablemente habían sido descubiertas tiempo atrás por mi madre, porque a veces esta me dirigía la mirada
, que expresaba claramente una mezcla de perplejidad, preocupación y amor.
En fin, que allí estaba yo, ocupándome de mis asuntos, hasta que dejé de hacerlo.
Juro que mi mandíbula debió soltar un chasquido al abrirse en par en par y que mis ojos se abrieron como platos.
En las sombras del taxi había un hombre cuya cabeza estaba echada contra el reposacabezas, y lo único que podía ver era que era moreno y que estaba en forma.
Mi atención estaba más fija en el otro hombre, que prácticamente estaba sentado a horcajadas encima del otro. Era alto y delgado, estaba moreno, y cada músculo tenso y definido de su cuerpo estaba disponible a mis ojos, que recorrían cada uno de ellos. Jamás había visto a un hombre más atractivo. Su corto pelo rubio acentuaba su rostro de líneas angulares y rasgos masculinos, acentuado por una dorada barba de tres días que debía haber dado al otro hombre, bien afeitado, la quemazón de su vida, porque el hombre rubio estaba en todas partes.
El atlético rubio estaba lamiendo el pecho del moreno, prestando especial atención a su pezón derecho. Aparentemente con bastante fuerza, también, quizá incluso utilizando los dientes, ya que el otro tembló y, al menos eso sospechaba, gemía audiblemente, porque el conductor del taxi miró atrás con diversión. El hombre moreno no llevaba camisa, pero el rubio aún estaba totalmente vestido con, por lo que podía ver, una camiseta gris y unos tejanos azules. Su atuendo era bastante corriente pero al mismo tiempo realzaba su figura de una manera tan erótica que hizo que mis pantalones se encogieran mágicamente y que mi miembro deseara estar en el otro coche, en vez de atrapado en este con aburridos parientes, tras la cremallera de unos tejanos demasiado apretados.
Moviendo la lengua para cubrir el pezón izquierdo del moreno, el rubio aspiró con fuerza, probablemente provocando un cardenal. No podía ver lo que hacía su mano derecha, pero podía intuirlo, ya que el movimiento de las caderas del otro era inconfundible.
Mientras yo estaba ocupado intentando no correrme, clavando mis uñas en mis muslos para evitar ponerme en evidencia delante, bueno detrás para ser precisos, de mis tíos, el hombre rubio abrió los ojos, utilizando sus dedos para retorcer el pezón que había liberado de su boca.
Dios, era tan erótico que apenas podía respirar.
De repente esos ojos, duros, grises y afilados como espadas de acero, nubes de tormenta y montañas lejanas, se elevaron, primero aturdidos pero aclarándose en un instante.
Y me miró fijamente.
Me encogí, pero no pude apartar la mirada mientras mis ojos se abrían aún más. Siempre me había preguntado si era verdad que los ojos podían ser magnéticos, si podían agarrarte con tanta firmeza como el contacto físico.
Ahora lo sabía.
Quería desviar la mirada de esos ojos penetrantes, pero era incapaz de hacer nada mientras mis ojos verdes estaban conectados a los suyos. Era como si mi corazón se hubiera parado entre latidos, y mi respiración quedara atrapada en mi garganta. Contuve el aire con tanta fuerza que empecé a ver puntos de luz en mi campo de visión.
Estaba completamente avergonzado, asustado y humillado… y excitado. Sin saber lo que quería, si quería desaparecer por combustión espontánea o que me tragara la tierra, o simplemente desaparecer en el aire, miré al hombre más atractivo que había visto jamás, sintiéndome perdido e impotente.
Entonces esos labios sensuales se curvaron en una sonrisa torcida y traviesa, y me guiñó el ojo.
Así es. El hombre más atractivo en la faz de la tierra me había guiñado el ojo, mientras yo estaba ocupado descubriendo mi nueva carrera de voyerista e invadiendo su privacidad, mirando como mantenía relaciones con otro tipo. Aunque en mi defensa, estaba haciendo todo eso en un taxi público en una calle pública en una ciudad enorme. Así que supongo que no estaba siendo demasiado espeluznante.
No pude evitar preguntarme porque estaba flirteando conmigo, considerando que mi apariencia distaba tanto de su perfección masculina que apenas pertenecían al mismo universo. Dejadme recordaros que yo tenía quince años, y aún no había acabado de desarrollarme. Mi cabello castaño parecía un nido de pájaros y era relativamente bajo para ser chico ya que, aparentemente, había alcanzado mi altura máxima al metro setenta y cinco, lo que significaba que estaba perpetuamente intentando probarme a mí mismo y a mi condición física. Supongo que por eso me llevo mi padre a artes marciales cuando era pequeño, para que no se metieran conmigo los chicos mayores que no entendían lo que era ser gay
. Aunque eso no había evitado que me dieran palizas después de la escuela, ya que era reticente a la hora de hacer daño a la gente, sin importar cuanta intolerancia, ignorancia o incluso odio demostraran hacia mí. En cualquier caso, puede que fuera relativamente bajo, pero tenía músculos para compensarlo, y ya habían empezado a mostrarse. Y cuando creciera…
Sí, no podía esperar.
¡Especialmente si tenía que esperar para hacer eso con tíos!
Besando el pecho del otro, el hermoso hombre que deseaba estuviera sobre mí, siguió sonriendo y mirándome fijamente. Con los ojos como platos, mire a la libertina escena que decidió la balanza por mis inquietudes y deseos, mi yo sexual, y como si me cayera la venda de los ojos, noté como crecía una certeza dentro de mí que no tenía nada que ver con la lujuria. Bueno, casi nada. Era un momento de autodescubrimiento, una epifanía de las promesas del futuro abriéndose frente a mí, como un relámpago cayendo del cielo azul claro, el chasquido de una maquinación más grande que yo. Una sensación de fortaleza me inundó cuando el velo de oscuridad se desvaneció y supe quién era, y que era irrefutablemente gay.
Quería lo que esos hombres compartían. No solo el sexo, no te equivoques. Quería la intimidad, la cercanía, la experiencia de estar con un hombre y no tener miedo de mostrarme tal como era. Anhelaba sentir la calidez del aliento de un hombre en mi nuca, la firmeza de las manos de un hombre en mis caderas, la pesada carga de su cuerpo encima de mí, la presión de su miembro en mi interior. La rareza de la situación no se me escapaba mientras descubría que tipo de persona era en el asiento trasero del Toyota con olor a piña colada de mis parientes.
No obstante, examiné la vista espectacular de dos hombres amándose físicamente al otro lado de mi ventanilla, y sentí júbilo ante el conocimiento de que, algún día, yo también sentiría esa cercanía con un hombre.
Así que por primera vez en mi vida, sonreí a un hombre con un gesto que era más coqueto que amistoso.
Sí, mi expresión era un poco incierta y aún más nerviosa, pero aun así ese sueño rubio me sonrió de vuelta, asintiendo en un gesto de reconocimiento de que éramos iguales. Me sentí a punto de explotar, como una jugosa manzana durante la época de cosecha, y si ese hombre hubiera saltado del taxi y entrado en mi coche con la intención de poseerme allí mismo, una gran parte de mí se habría arrodillado y cantado de alegría.
«Si, tómame, por favor».
Naturalmente, la personificación del sexo, para mi infinita consternación, no hizo nada parecido. Siguió dirigiéndome miradas furtivas y sugerentes a través de los vidrios que nos separaban mientras su boca estaba ocupada haciendo cosas divinas al otro hombre, que deseé pudiera ser reemplazado mágicamente por mí. Deseé que el tiempo parara y que el espacio cesara de moverse para encerrarnos en ese
