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Pero, como Logan está aprendiendo, uno no puede siempre conseguir lo que quiere...., al menos no en seguida. Para liberar su mente de semejante lío, Logan inicia un viaje, pero ni siquiera Italia y sus bellos, ummm, escenarios, pueden apartar sus pensamientos de su antiguo editor por mucho tiempo. Logan, simplemente, tendrá que admitir que hay cosas de las que no se puede huir.
Eric Arvin
Eric Arvin resides in the same sleepy Indiana river town where he grew up. He graduated from Hanover College with a Bachelors in History. He has lived, for brief periods, in Italy and Australia. He has survived brain surgery and his own loud-mouthed personal demons. Eric is the author of THE REST IS ILLUSION, SUBSURDITY, SIMPLE MEN, WOKE UP IN A STRANGE PLACE, and various other sundry and not-so-sundry writings. He intends to live the rest of his days with tongue in cheek and eyes set to roam.
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Prueba de galera - Eric Arvin
Copyright
Publicado por
DreamspinnerPress
382 NE 191st Street #88329
Miami, FL 33179-3899, USA
http://www.dreamspinnerpress.com/
Esta historia es ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o se utilizan para la ficción y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, negocios, eventos o escenarios, es mera coincidencia.
El contenido de la portada ha sido creado exclusivamente con propósito ilustrativo y ninguna de las personas que aparecen en ella son modelos, ni se han utilizado modelos para las ilustraciones.
Prueba de galera
Copyright © 2012 by Eric Arvin
Título original: Galley Proof
Portada: Anne Cain annecain.art@gmail.com
Diseño de portada: de Mara McKennen
Traducido por: Irene Méndez Román
La licencia de este libro pertenece exclusivamente al comprador original. Duplicarlo o reproducirlo por cualquier medio es ilegal y constituye una violación a la ley de Derechos de Autor Internacional. Este eBook no puede ser prestado legalmente ni regalado a otros. Ninguna parte de este eBook puede ser compartida o reproducida sin el permiso expreso de la editorial. Para solicitar el permiso y resolver cualquier duda, contactar con Dreamspinner Press 5032 Capital Cir. SW, Ste 2 PMB# 279, Tallahassee, FL 32305-7886 USA
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Publicado en los Estados Unidos de América
Primera Edición
Enero 2012
Edición eBook en Español: 978-1-61372-938-0
A Miranda, Maxie, Jack y Mugsy,
por dejarme usar su hermoso hogar como escenario para este libro.
una habitación propia
ESTABA claramente atrapado en un cliché. Todo el mundo ha visto esas películas —normalmente una comedia romántica que tiene lugar en un instituto o facultad—, en las que un atractivo personaje es introducido en el argumento con una luz suave, música para derretirse y, dependiendo del nivel del guión, dejando embobados a los otros personajes de la película. Dicho personaje entra en la biblioteca o la cafetería y la música marca su paso. Cualquier otro personaje, pero más notablemente el personaje principal, se queda boquiabierto —no, lobotomizado— por la absoluta sensualidad y naturaleza del semidiós que acaba de entrar. La vida, nos inducen a creer, no era nada antes de este evento divino.
De lo que todavía no estamos informados como espectadores de esta clase de películas —nunca al principio, en cualquier caso— es que los problemas seguirán al surgimiento de esta belleza. Y debe haber problemas, pues sin ellos no habría historia. Ni vida. Ni taquilla. ¿Qué escandalosas e increíbles aventuras tendrá que superar el héroe para conseguir al chico o a la chica de sus sueños? ¿Y valdrán la pena? Esto es lo que construye o rompe una película como esta: su valor. Si después de todas esas peleas vergonzosas, las asquerosas bromas escatológicas y las fundas tirantes de un solo uso, si al final realmente nos interesa algo de esos personajes tópicos y de algún modo artificiales, entonces podremos perdonar cualquier agujero en el guión. Al final, todos y cada uno de nosotros estamos tan solo buscando pasar un buen rato. Nadie espera que una comedia romántica le cambie la vida.
Logan Brandish. Ese es mi verdadero nombre. Estaba destinado a ser escritor, o eso parece, con un nombre como este. Y también soy un escritor con un éxito decente. Incluso me las he arreglado para amasar un pequeño aunque firme colchón económico con lo que una vez fue una elección profesional dudosa. Incluso cuando mis ventas empiezan a hundirse, todavía tengo el suficiente éxito como para que mi editorial, Hillside Books, pague mis comidas en restaurantes de hoteles lujosos. Especialmente cuando quieren que me cite con un nuevo editor.
Y ahora que se han hecho todas las presentaciones, empieza mi relato.
Para contarlo claramente, yo estaba comiendo como un cerdo. Mi nuevo editor todavía no había llegado y yo ya había pedido la mitad del menú y estaba con mi segundo té helado Long Island. Soy un hombre atractivo —pelo castaño con un corte limpio, una cara que ha sido descrita como abierta
y un cuerpo que conoce su camino hacia el gimnasio— pero no sé cómo de atractivo parecía entonces. Pensé, en mi defensa, que los trece platos sobre la mesa estaban en bonitas filas, perfectamente colocados. Era un maniático del orden y la limpieza.
Normalmente, cuando me encuentro con un editor, debería llegar pronto para repasar las notas de mi nuevo proyecto. Pero mis notas habían sido destruidas. Por mí. En un arrebato de ira y de autoridiculez. Todo lo que quedaba era una sola nota de papel, que ahora estaba sobre la mesa, con una pizca de salsa coctel para gambas en la esquina derecha. ¿A quién le importaba?
Fue precisamente por esa razón, supongo, por la que mi editorial decidió enviarme un nuevo editor. Se habían dado cuenta de que yo estaba teniendo problemas y pensaron que quizás un editor podría ayudar. Y aquí es cuando los editores empiezan a parecerse a duros sargentos de instrucción.
Iba a haber algunas batallas importantes en las siguientes semanas y meses. Lo más probable es que pensaran que si iniciaban el asunto entre este nuevo editor, un tal señor Brock Kimble, en un restaurante de hotel elegante donde había más gente alrededor, la cita no se convertiría tan rápidamente en una escena de lucha libre como había pasado con el último editor que me enviaron.
Y, honestamente, nunca he sido de los que muestran públicamente su enfado, así que mi editorial pensó correctamente. No iba a golpear las increíbles mesas con pastelitos o tirar platos a la lámpara de araña aunque el pensamiento cruzara mi mente. Yo era un tipo estupendo. No arrojaría vino sobre la fuente con cascada ni abofetearía en la cara a algún camarero solo por pasar cerca de mí. Pero había decidido que tampoco me calmaría fácilmente.
Sí, comería su comida gratis y bebería su vino como soborno, pero maldito sea si le dirigía una sola sonrisa al señor Kimble. Mi tolerancia ya se había desgastado mucho. Como esa camiseta de Kool-Aid que había conservado desde el instituto y me negaba a tirar. Desgastada.
No. El señor Kimble tendría que componérselas con mi aspereza, mis miradas retadoras y mis respuestas displicentes. Estaba muy orgulloso de mí mismo por haber decidido todo esto. Todo estaba escrito como un guión en mi cerebro.
Y entonces, mientras yo estaba devorando unas alitas de pollo como si administrara una venganza, mi momento cliché sucedió. En el restaurante entró lo que solo podría ser descrito —aunque pobremente— como un hombre impresionante. Lo juro, la sala quedó en silencio y todo el mundo se ralentizó ante su presencia.
Iba vestido con un traje negro, abotonado adecuadamente de manera que mostraba su estrecha cintura. Sus hombros eran anchos, y sobre ellos, oh delicia, una cara tan perfecta y proporcionada que quise poder dibujarla en ese mismo instante.
Su pelo era oscuro, así como sus ojos. De hecho, era tan guapo que casi me atraganto. Me di cuenta de que las alitas de pollo todavía estaban apelotonadas a mitad de mi garganta. Tonto de mí. Las escupí justo cuando sus ojos enfocaron los míos. El pollo aterrizó en el plato con un eco atronador y mi cara, podría decir a través de llamaradas de vergüenza, estaba ruborizada. Mis orejas probablemente también estarían rojas.
Empecé a canturrear para mi mismo: «por favor, que no sea él. Por favor, que no sea él. Por favor, por favor, por favor, que no sea él».
Pero era él. Y pronto se detuvo junto a mí, sonriendo. Miró mi mesa y el desastre que había organizado.
—Has estado ocupado —dijo—. Bonitas orejas.
Cuando alcancé la mano que me ofrecía para estrechar, yo respiraba con dificultad y me atraganté. Un trozo de pollo residual voló desde mi boca a la mesa, justo enfrente de su entrepierna. Una completa humillación. Lección aprendida.
—Perdón —dije, tomando un rápido sorbo de agua. La gente me miraba con desaprobación por atreverme a casi morir en público.
—No te preocupes. —Sonrió y se sentó, colocando su cartera en el asiento junto a él—. He tenido cosas peores atravesadas dentro de mí que un trozo de pollo regurgitado. Soy Brock Kimble.
—Logan Brandish. Por supuesto, ya lo sabes, o no habrías sabido cómo encontrarme. Desearía haber tenido una foto tuya —dije con una mueca. Eso no había sonado bien, incluso la insinuación estaba al límite. Por Dios. ¡Era tan guapo!
—Habría sido bastante fácil encontrarte. Todos los escritores tienen ese aspecto de incomodidad social e inferioridad.
Espera. «¿Qué?».
Solo puedo imaginar lo que yo debía parecer, sentado allí junto a él. Cómo me verían otros. Pidió su bebida con estilo. Lo hizo todo con estilo. Era fluido. Era Henry Higgins. Yo ni siquiera era Eliza Doolittle. Yo era Nell{1}, todavía atragantándome con trozos de pollo.
—¿Tú eres mi nuevo editor? —pregunté. Mi plan de ser sutil y distante estaba perdido.
Debía haber oído esa pregunta con esa misma entonación con anterioridad. Su sonrisa sacudió la estancia.
—Empecé como modelo de portadas para la sección de romances de Hillside. Después de mostrar lo mejor de mí —se inclinó hacia mí, olía a limpio y a fresco—, y acostarme con las personas adecuadas, aterricé en este puesto. He estado en cada posición que puedas imaginar. —Guiño. Guiño.
Espera. «¿Qué?».
Ojos brillantes. Ojos llenos de malicia.
—Creo en ser totalmente honesto. Es una cosa que deberías saber de mí, señor Brandish. ¿O Logan? Te llamaré Logan. En las próximas semanas, heriré tus sentimientos con algunas de mis críticas, pero también estaré para animarte. Vamos a conseguir que te pongas de nuevo en el camino. Ya verás. Seré como Enrique V, abriéndote paso hasta la victoria…, o algo parecido. No estoy seguro de que Enrique V sea famoso por algo que no sea haber sido representado por Kenneth Brannagh. Así que, ¿qué tienes que enseñarme?
—Um…yo…, tengo algunos temas…
Estiró sus brazos.
—Por eso estoy aquí. ¿No tienes nada?
Mis dedos se aproximaron al solitario y patético trozo de papel desteñido sobre la mesa. Me lo arrebató y lo leyó:
—El trirreme apareció en mar abierto.
Miró a la página un poco más y le dio la vuelta como si existiera la posibilidad de que hubiera algo en el otro lado.
—¿Es esto?
—Bueno, hay más…
—¿Más mejor o solo más de lo mismo?
No supe cómo responder a eso. El hecho es que, desde la destrucción de mis notas, lo más lejos que había llegado era a la primera frase. Quince versiones de la primera frase: «Hubo una vez un trirreme de Kent. El trirreme Irene tuvo diecisiete hijos. Los trirremes son barcos grandísimos impulsados por musculosos y enfadados remeros. ¡Todos a bordo!».
La primera frase hace que lo demás surja. Es la tecla de inicio de cualquier nuevo manuscrito. Desafortunadamente para mí, escribir la primera frase de cualquier nuevo manuscrito es como expulsar un balón de baloncesto por mi uretra.
Me encogí de hombros y le ofrecí una media sonrisa. Aquello funcionaba algunas veces para sacarme de líos. Yo parecía tan americano que la gente me cantaba cuando sonaba el himno nacional en los partidos de béisbol.
—Hmmm. Bien, es un comienzo. —Me entregó el papel de nuevo—. ¿Sabes algo sobre galeras?
—No.
—Entonces, parece que tienes algunos deberes, ¿eh? —Se inclinó hacia delante y añadió, con voz profunda—: Porque estoy absolutamente seguro de que yo tampoco tengo ni idea y no tengo intención de ilustrarme al respecto. ¿Sabes a que me refiero, blandito?
Era un estúpido. Un estúpido y maravilloso hombre.
Un atractivo camarero jovencito le trajo al señor Kimble su bebida y me percaté de la intensa mirada entre ellos dos. Ahí fue cuando mi estómago saltó y mis testículos se encogieron. Aquí estaba un adorable hombre gay y yo había saboteado, con bastante intención, cualquier oportunidad que hubiera podido tener con él. Incluso me había dicho que tenía unas orejas bonitas. Probablemente le daría asco comer para el resto de su vida después del espectáculo del pollo. Desde luego, él no había pedido nada para comer. No había espacio suficiente en la mesa.
El camarero me miró, sin interés, y me preguntó si necesitaba algo más.
«Vete, pajarito, vete».
—He leído tu blog —dijo Brock—. Muy entretenido. Ingenioso.
—Bueno, no soy Noel Coward{2}.
—Nunca he oído hablar de él. Un nombre desafortunado. Respecto a tu blog, como he dicho, tiene cosas interesantes, pero yo reconsideraría los enlaces a las webs más picantes. Ya sabes. Blogs de porno y hombres desnudos.
¡Cómo se atrevía!
—Queremos concentrarnos en ti. No queremos que nadie que haya entrado en tu blog se distraiga con fotos llamativas. Queremos tenerles pegados al blog, y no haciendo clic en otra web con las primeras nalgas bonitas que vean. —En ese mismo instante, unas nalgas bonitas (aquellas de nuestro atractivo camarero jovencito) caminaron justo a nuestro lado y el señor Kimble no pudo evitar seguirlas un instante.
—Es mi blog. Es como un diario. Escribo posts de cosas que me interesan.
—Lo comprendo. Sé lo que es un blog. Aun así, a Dios no le gustaría.
Mi mandíbula se cayó, literalmente.
—Solo estaba bromeando.
Qué fabulosa sonrisa.
Miró alrededor buscando al camarerito guapo, al que yo acababa de abofetear en mis pensamientos.
—Pero en serio, considera eliminar esos links.
—¿Tratamos esto ahora? —pregunté, poniendo lo mejor de mí mismo para mostrar cierta irritación.
—Claro. ¿Te gustaría que te ayudara a limpiar el blog?
—No, no me gustaría. No creo que me gustes, señor Kimble.
—Bien. Entonces puedes dejar de preocuparte sobre qué impresión tengo sobre ti.
Me quedé congelado. ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo podía haberse dado cuenta de lo torpe que me sentía?
Sus ojos se fijaron en los del camarero.
—Tengo otra reunión —dijo—. Y tú tienes deberes.
Me senté un rato largo, tratando de no prestar atención a mi nuevo editor dirigiéndose hacia la puerta junto al camarero. En la mayoría de mis fantasías yo entraría en acción a lo Walter Mitty{3} y golpearía al camarero en su mono y pequeño culito. Él estaría despedido por flirtear con un cliente y tratar de robarme a mi hombre, y entonces el señor Kimble y yo alquilaríamos una suite donde follaríamos como si fuéramos juguetes enredados. La fantasía amorosa de mi vida era siempre tan excitante... Pero la vida nunca llega a alcanzar la fantasía. En la vida real, los besos nunca son tan dulces y los agujeros del culo solo se estiran hasta cierto punto.
VIVÍA en una gran casa victoriana, en una calle sombreada en la pequeña ciudad de Adbury con mi mejor amiga, Janey Caster. Nos conocimos en la facultad y nos hicimos amigos íntimos casi inmediatamente. Ambos nos aprovechamos de nuestras necesidades mutuas con rapidez. El vecindario en el que vivíamos era bonito. Exclusivo pero no estirado, y sin un montón de niños. Había un jardín en la parte trasera de la casa, que tratábamos de mantener vivo. Sobre una valla pequeña y blanca, intercambiábamos consejos de jardinería con la enérgica anciana de la puerta de al lado, la señora Grace Allenson. Una mujer mayor y muy agradable, aunque un tanto entrometida.
Podría haber sido un poco Margaret Rutherford a ratos. Janey y yo teníamos una gata persa llamada Alimenta Al Gato. Pensábamos que habíamos sido terriblemente inteligentes cuando la renombramos. Janey estaba borracha en aquel momento. Por mi parte, no tengo excusa.
Para nuestro placer ocasional, la calle misma, East Second Street, parecía estar en medio de una disputa territorial entre los mormones y los testigos de Jehová. Era ridículo, extravagante y —estábamos convencidos— totalmente cierto. A veces había un grupo de cada fe en aceras opuestas en la calle. La señora Allenson les miraba como si estuviera viendo un espectáculo de lucha profesional.
—Mírales, observándose los unos a los otros —dijo una vez mientras estábamos hablando sobre la valla del patio delantero.
—¿Crees que vamos a tener una maldita pelea?
Y era verdad. Tan descabellado como suena, casi esperaba que rompieran a cantar una canción y a chasquear los dedos, como si fueran escenas eliminadas de West Side Story
.
Entré en la casa y encontré a Janey justo donde
