Fracasar para avanzar: El fracaso puede ser el primer paso para el éxito
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El valor del fracaso contado por empresarios de éxito.
¿Cuál es el camino hacia el éxito? A menudo se cree que la construcción de un proyecto es la suma de momentos brillantes, una escalada perfecta hasta la cima. Pero nada más lejos de la realidad. Todos los grandes emprendedores han sufrido fracasos a lo largo de su carrera. La diferencia es lo que han conseguido sacar de cada uno de ellos. Sin embargo, el fracaso sigue estando muy estigmatizado en España, mientras que en otras culturas como la estadounidense se abraza como parte indispensable del viaje hacia el triunfo.
En este libro, Ramón Blanco Duelo nos descubre el valor de fracasar con éxito. A través de las vivencias reales de algunos destacados directivos y emprendedores de nuestro país, nos muestra las claves para aprender de cada caída y avanzar hacia la consecución de nuestras metas.
Ramón Blanco Duelo
Ramón Blanco Duelo es cofundador de Indexa Capital y de Bewater Funds. Comenzó su carrera en Unilever en el área de marketing y ventas. Después recibió una beca Fulbright para estudiar en Estados Unidos, donde cursó un MBA en la Harvard Business School. Al volver a España trabajó en banca de inversión en Banco Santander y en 1999 cofundó su primera startup, Selftrade, que salió a bolsa en Francia. La sociedad acabó siendo vendida a Boursorama Banque, filial de banca online del grupo Société Générale con una capitalización de mil millones de euros en la época. Allí llegó a ser directeur général délégué y miembro del consejo de administración. En 2012 fundó su segunda startup, etece. Durante este periodo ha invertido en más de veinticinco compañías de tecnología privadas, como Idealista, Gana Energía, Wetaca o Lico Cosmetics. Además, fue internacional en la selección española de rugby en quince ocasiones.
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Fracasar para avanzar - Ramón Blanco Duelo
A España. A los españoles
Introducción
RAMÓN BLANCO
¿Por qué escribo este libro? ¿Para qué sirve?
Un país cuyos ciudadanos no asumen riesgos y no montan empresas, no avanza económicamente. Este libro quiere animar a los futuros emprendedores a asumir riesgos y a hacerlo de manera controlada, ya que las probabilidades no les favorecen y lo normal es que fracasen. Y para poder asumir riesgos, hay que aprender a fracasar.
En España la creación de empresas es relativamente escasa, hay pocos emprendedores. El GEDI Institute realiza un estudio anual[1] sobre los ecosistemas de emprendimiento a nivel global, analizando hasta 137 países. En él se analizan las actitudes y las habilidades de la población y son contrastadas con las infraestructuras necesarias para crear empresas, tales como la tasa de adopción de internet o de banda ancha. En dicho estudio de 2018, Estados Unidos es el número 1, mientras que España se sitúa en el número 34. Como España se situó en el número 15 en el PIB nominal en 2022 (fuente: Banco Mundial), esto significa que nuestra capacidad de emprendimiento está por detrás de nuestra posición actual como potencia económica en el mundo.
El World Economic Forum realiza también anualmente un estudio que mide la competitividad de las diferentes economías del mundo. En su informe de 2019[2] sobre 140 países, España se sitúa en la posición 23 en cuanto a competitividad global. Pero ocupa el puesto 34 en dinamismo empresarial (Business Dynamism). Este pilar mide aspectos como los siguientes:
• Los requisitos administrativos para abrir y cerrar empresas, la facilidad para resolver quiebras, etc. En este aspecto somos el país número 21 en el ranking mundial.
• La cultura empresarial, es decir, la actitud de los españoles frente al riesgo (n.º 98), el crecimiento de empresas innovadoras (n.º 78) o la capacidad de las empresas para adoptar ideas disruptivas (n.º 83). En este aspecto somos el país número 85 en el ranking mundial. ¡El 85 de 140!
En Estados Unidos, según una encuesta reciente realizada por Junior Achievement USA[3] entre adolescentes, el 60 % de estos prefiere lanzar su propio negocio que trabajar para un tercero por cuenta ajena. Sin embargo, en España también una encuesta reciente destaca que solo el 27 % de los jóvenes españoles considera la posibilidad de hacerse emprendedor.[4]
Si miramos al futuro, creo que la mayoría estaremos de acuerdo en que la tecnología va a desempeñar un papel esencial en el desarrollo económico y que les va a ir mejor a aquellos países que tengan empresas tecnológicas con ventajas competitivas sostenibles en el tiempo. La World Intellectual Property Organization (WIPO) contabiliza las solicitudes de patentes que realiza cada país en el mundo anualmente. En 2021 China solicitó 1,5 millones de patentes; Estados Unidos, 591.000; y España, 1.434, situándose así, aproximadamente, en el puesto 40. Estados Unidos tiene ocho de las diez mayores empresas tecnológicas[5] por capitalización bursátil en el mundo, una China y la otra Taiwán. La inversión en capital riesgo (fundamentalmente, el capital riesgo invierte en tecnología, según deal.co), en 2022, fue en Estados Unidos de 245.000 M$, en China de 61.000 M$ y en España de 3.000 M$.[6] ¿Qué va a pasar con Europa en los próximos veinte años? ¿Y en España? Hace algo menos de dos décadas Europa y Estados Unidos tenían el mismo PIB per cápita. Hoy Europa tiene un PIB medio por habitante de 37.000 USD, España 29.000 USD y Estados Unidos 76.000 USD (fuente: Banco Mundial). En la vieja Europa nos estamos quedando atrás, y en España aún más, y entre las razones que lo explican está nuestro escaso nivel de emprendimiento.
¿Por qué hay tan poco emprendimiento en España? Cuando dirijo la mirada hacia mi clase de la universidad (salí de ICADE en 1992, en el siglo XX), veo que menos del 10 % hemos tomado el camino del emprendimiento. Hay presidentes de grandes bancos, socios de grandes despachos, consejeras de empresas del IBEX, directores generales de empresas del IBEX, exministras… y muy poco/a emprendedor/a. La gente más inteligente y exitosa prefiere, en general, trabajar por cuenta ajena que por cuenta propia. Falta cultura de asunción de riesgos, tal y como hemos visto en los informes citados más arriba.
Probablemente, esa escasez de emprendimiento se debe a muchas razones. Quizá como sociedad ya tenemos cierto ADN antiemprendedor. No en vano, en el Siglo de Oro entre los nobles y los que aspiraban a ser nobles estaba mal visto trabajar. Los viejos cristianos de buenas familias aspiraban a gestionar tierras mientras sus homólogos holandeses e ingleses arriesgaban su dinero para enviar expediciones de barcos a las colonias, para traer de vuelta especias y maderas y venderlas por un beneficio en Europa.
Es posible que España tenga un porcentaje no desdeñable de población a la que no le gusta que la gente se enriquezca, a la que le gustaría que todo el mundo tuviese el mismo dinero, que el Estado lo repartiese como estimase mejor y dirigiese la economía de la sociedad, con modelos económicos como los que antaño se intentaron sin éxito en Cuba, la República Democrática Alemana (RDA) o la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Quizá eso suceda porque la envidia es un pecado nacional desde los tiempos de Calderón de la Barca y Cervantes, porque en el momento en que alguien despunta y hace algo extraordinario como Amancio Ortega, que emplea a 165.000 personas en el mundo, de las cuales 46.000 viven en España, se le tilda de ladrón y se le rechazan donativos de máquinas a la Seguridad Social para luchar contra el cáncer. Hay muchas razones, pero lo cierto es que no hay modelos de éxito que estudiemos los españoles en las universidades que inciten a los niños a soñar con querer ser como los grandes emprendedores triunfadores. No hay estatuas de Amancio Ortega o Juan Roig en los parques. No abren los telediarios con el dinero que ganan estos empresarios para sí mismos y para sus socios. La relación de una gran parte de la sociedad española con el beneficio empresarial es, cuanto menos, complicada. Y en esto sí somos radicalmente diferentes de los americanos. En Harvard estudié cientos de casos de éxito de empresarios, como J. P. Morgan, Jeff Bezos o Elon Musk, que son personas enormemente reputadas en Estados Unidos. Se ponen sus nombres a edificios, parques y carreteras. Sus casos de éxito se estudian en las universidades, sus empresas abren los telediarios y las fortunas que han ganado hacen soñar a los jóvenes emprendedores. En Estados Unidos hay mucha gente que quiere ser como Elon Musk.
Por tanto, si queremos que la situación en España cambie (yo, al menos, deseo que cambie, porque significará que mi país tiene mayores posibilidades de progresar económicamente en el futuro), tenemos que intentar que la gente asuma más riesgo empresarial. Y para hacerlo, dado que la media de las empresas duran siete años abiertas en España,[7] y que el 60 % de las pymes cierra en menos de cinco años desde su creación,[8] tenemos que aprender a asumir el riesgo y aprender a fracasar.
En España hasta hace poco el fracaso era estigmatizante para una persona. Una vez habías fracasado en una empresa o un trabajo era difícil remontar la situación, ganar la confianza de los inversores, eras clasificado como un perdedor. Esto no es así en Estados Unidos. En el excelente estudio «Performance persistence in entrepreneurship», de Paul Gompers, Anna Kovner, Josh Lerner y David Scharfstein, al que ya me referí en el blog de Bewater Funds,[9] se describe cómo aquellos emprendedores que fracasaron antes tienen mayor probabilidad de éxito en su nuevo emprendimiento que quienes nunca lo habían intentado. Es verdad que aún tienen mayor probabilidad de triunfo los que ya alcanzaron el éxito, pero aun así el fracaso tiene valor.
La prueba de que fracasar en Estados Unidos no supone un estigma, es el análisis realizado en el excelente estudio «Failing just fine: assessing careers of venture capital-backed entrepreneurs via a non wage measure», de Natee Amornsiripanitch, Paul Gompers, George Hu, Will Levinson y Vladimir Mukharlyamov, al que también dediqué un comentario en el blog de Bewater Funds.[10] En él se demuestra que los emprendedores que fracasaron y volvieron después a trabajar por cuenta ajena, tuvieron un acelerón en su carrera profesional, comparado con aquellos compañeros que decidieron no emprender y continuaron con su carrera profesional trabajando por cuenta ajena.
Los inversores profesionales saben eso, y por ello cada vez es más común que inviertan en las nuevas empresas de emprendedores que fracasaron. Para muchos inversores profesionales (por ejemplo, para mí), haber fracasado antes es un plus, porque esos aprendizajes no se olvidan. Siempre digo que es muy difícil aprender de los errores de los demás. Los que tú cometes, y son caros, es imposible olvidarlos. He cometido muchos errores en mi vida empresarial, pero creo que no he vuelto a repetir ni uno solo de los errores caros de verdad. Se me quedaron marcados para siempre.
Hay
