La rebelión de los tirapiedras: Puerto Natales 1919
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La rebelión de los tirapiedras - Ramón Arriagada Sepúlveda
Prólogo
Por treinta y dos números logramos mantener en las preferencias de los habitantes de Puerto Natales un periódico que se anunciaba ante sus lectores con el nombre de Patagonia Mía. Fueron casi tres años, hasta su desaparición a fines del 2005, en que colocamos mucho énfasis en difundir las crónicas históricas de nuestra ciudad. Lo resultante de esa bonita parte de nuestras vidas fue haber luchado contra el olvido y sus distorsiones; era un placer la tarea de buscar personajes y acontecimientos olvidados o mal recordados del quehacer nuestro.
Somos un conglomerado humano de pocos años. El año 2011 estaremos celebrando un siglo de fundación como ciudad. Puerto Natales fue un pueblito arrinconado por sus bellezas naturales. Esta pequeña comunidad, ubicada en la Patagonia, en territorios donde viven los chilenos del fin del mundo, se ha visto siempre desfavorecida en su poblamiento y arraigo humano. La desmotivación del desarraigo tal vez fue el factor principal para no generar un interés más activo por recoger, transmitir y escribir su historia.
En este remover el recuerdo colectivo comienzan a aflorar los llamados «sucesos de Puerto Natales». La primera gran dificultad para su rescate era la escasa literatura sobre los acontecimientos del 23 de enero de 1919. En esa fecha, en un enfrentamiento, resultaron muertos cuatro carabineros y seis dirigentes obreros de los frigoríficos. Quienes se han referido a ellos lo hicieron recurriendo de preferencia al folleto escrito por Luis Ojeda, actor válido para definir el estado de ánimo y confrontación de aquellos días. Ojeda González, un obrero del Frigorífico Natales en construcción, secretario de la federación obrera natalina, estuvo detenido hasta el final del proceso. A pocos meses de su cautiverio, tuvo la audacia de enviar al exterior del presidio sus relatos para ser publicados y distribuidos entre la población magallánica.
La lectura de los diarios de la época, permitió acceder al fuerte impacto de los «sucesos de Puerto Natales», tanto en la opinión ciudadana de Magallanes como de todo el país. Basta hojear las publicaciones cercanas a enero de 1919 para captar cómo lo sucedido en este villorrio lejano del sur, jamás nombrado, el enfrentamiento entre trabajadores y carabineros, con bajas en ambos bandos, ocupaba importantes titulares.
Si bien es cierto las víctimas en cantidad no eran comparables con las de otros conflictos sociales, v.gr. la Escuela Santa María de Iquique, se pronosticaba que lo sucedido en Puerto Natales, inevitablemente, sería un ejemplo a seguir en toda la Patagonia, territorio este último, junto a las grandes extensiones de Tierra del Fuego, de dominio e influencia de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, empresa que formaba parte del holding de la inglesa Duncan Fox.
Para comprender mejor el impacto de los «sucesos de Puerto Natales» del año 1919, ponemos a disposición del lector algunos pasajes de la discusión en el Senado de Chile, al solicitar el gobierno de la época facultades extraordinarias por sesenta días. En ese lapso, los gobernantes podrían limitar la libertad de prensa, declarar estado de sitio y aplicar en forma más dura la Ley de Residencia, que facultaba al ejecutivo a expulsar a extranjeros que difundiesen ideologías contra la estabilidad del país. Son los días siguientes a nuestro 23 de enero cuando la prensa santiaguina y bonaerense habla de los «quinientos bandoleros que avanzan desde Puerto Natales hacia Río Gallegos» para, según esas informaciones periodísticas, liberar a líderes anarquistas presos en la cárcel del poblado argentino.
Corresponde reconocer que el ansiado proyecto de materializar este libro tuvo un hito trascendente cuando la búsqueda del expediente judicial, donde estaba todo el proceso seguido a veintinueve ciudadanos natalinos, dio resultados positivos. En olvidadas estanterías del Archivo Nacional de Chile nos esperaban los dos volúmenes de la causa N° 1407 de 1919, cuya carátula lo identificaba para la posterioridad como «Contra Luis Ojeda y otros». Luego de los hechos de enero, fueron enjuiciados veintinueve ciudadanos natalinos, todos ellos trabajadores de los frigoríficos. De esta instancia había escasa información. La trascendencia que tiene este documento es observar las formas de administración de justicia de la época, las contradicciones sociales y políticas en una sociedad como la chilena, donde los grandes temas sólo estaban reservados a nuestra «fronda aristocrática»; la concomitancia entre los intereses económicos de la clase social gobernante con los círculos militares y judiciales.
El lector podrá percatarse, como se percibe desde Magallanes, del traumático período de nuestra vida política –al acercarnos al año 1920– cuando el parlamentarismo está en su etapa terminal, para dar paso al presidencialismo. En estos territorios a sus habitantes aún no se les había incorporado como ciudadanos con capacidad de decisión por medio del sufragio universal. Había la dictadura del centralismo en su más cruda representación en el escenario social del país de los chilenos olvidados. Algún día se tendrá que escribir el libro de cómo la ideología perversa, fundada en la ignorancia y el etnocentrismo de la oligarquía santiaguina, destruyó la energía pionera inicial de Magallanes, entregando grandes extensiones de tierra a poderosas empresas, desalojando sin misericordia a centenares de colonos, para constituir latifundios de discutida contribución al desarrollo humano en el tiempo.
Siguiendo el sufrimiento que conlleva la privación de libertad del grupo de obreros natalinos, nuestro relato se entrelaza con lo sucedido en la provincia de Santa Cruz en la República Argentina. En noviembre y diciembre del año 1921, las huelgas reivindicativas de peones y personal de las estancias del lugar tienen como respuesta una movilización militar de tropas venidas desde Buenos Aires, que no llegan precisamente con la voluntad de pacificar la zona, sino de aniquilar a los sublevados. En el recuento final: cerca de un millar de fusilados, sepultados en tumbas cavadas por ellos mismos. Para la reflexión, los muertos en su gran mayoría fueron ciudadanos chilenos; en el recuento del parte militar argentino, los caídos fueron «chilotes» y sus cabecillas «anarquistas apátridas» europeos. Muchos de los nuestros trataron de encontrar refugio en su país, intentaron atravesar la frontera, pero fueron vilmente entregados a sus perseguidores. Bendita Cancillería y clase política chilena; nunca reparó en el genocidio de estos compatriotas; al contrario, exigían facilidades para el paso de tropas extranjeras por territorio chileno.
Al entregar este libro, esperamos que contribuya a elevar el orgullo «tirapiedras». Como natalinos, hemos llevado este apelativo que nos cohesiona y nos identifica. Los participantes de los Sucesos de Puerto Natales ese día de verano de 1919, conscientes o equivocados respecto al sentido de sus aspiraciones fueron guiados por la angustiosa necesidad de sobrevivir; las armas que dispararon no les pertenecían ni sabían usarlas. Fueron más las piedras que las balas. La eterna historia del David usando el proyectil más elemental. La última posibilidad atávica de hacer daño al enemigo; el hombre luchando contra fuerzas que sabe que no podrá derrotar.
Ramón Arriagada S.
Puerto Natales, enero de 2009.
Capítulo primero
Hombres solos del fiordo rojo
Fue el día miércoles 19 de septiembre cuando Patricio Alvarado Mancilla salió de Puerto Natales con destino a la estancia Cerro Castillo. Debería recorrer en su cabalgadura unos sesenta kilómetros con rumbo hacia el norte. Ese año 1917, las fiestas nacionales chilenas habían tenido un largo transcurrir de fondas y algarabía. Cuando temprano montó el caballo e inició con trote acompasado a recorrer las calles del poblado, aún circulaban ciudadanos con pasos tambaleantes, evidencia de alcohol y juergas. Ese día sería el último de fiestas. La tarde anterior, mientras se retiraba de su lugar de trabajo en la Estancia Nueva, lo llamó el administrador para comunicarle que su hijo Pedro estaba muy enfermo, al parecer producto de la caída desde un caballo en la Estancia Cerro Castillo. Esa notificación le despejó la duda respecto a la prometida venida del muchacho a Puerto Natales para las fiestas. Lo habían esperado en la casa paterna, pero no apareció. Desde hacía dos años Pedro se desempeñaba como ordeñador en los establos que la Sociedad Explotadora tenía en ese lugar; estaba muy feliz, porque su estado físico y buen desempeño como futbolista, pronto le permitirían pasar al oficio de amansador.
El jinete que cabalgaba ese día por las estepas de la Patagonia, el padre que iba al encuentro del hijo accidentado, era un viejo puestero de sesenta años. Como muchos otros, había llegado desde la zona de Chiloé a buscar nuevas posibilidades en estos parajes. Había arribado a un territorio donde, con la llegada de la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego, había surgido el trabajo incesante en campos y frigoríficos. La crianza de ovejas entregaba muchas posibilidades a campesinos pobres y analfabetos, como lo eran él y sus hijos. A poco avanzar en su cabalgata hacia el norte, se encontró frente al Frigorífico Bories, a una distancia de cinco kilómetros del poblado. Era un día de septiembre en la Patagonia. Caía una llovizna muy fina que refrescaba el rostro y sólo permitía ver las siluetas del inmenso edificio inaugurado hacía apenas dos años. Junto a la edificación central se alzaba una población de casitas blancas, desde cuyas chimeneas comenzaban a escapar delgadas columnas de humo, indicando que los administradores ingleses que en ellas vivían iniciaban su jornada, pese a las fiestas, que a ellos no les interesaban ni entendían.
El jueves 20 al mediodía, el viejo puestero llegó a su destino. Luego de rodear los corrales de la estancia, se enfrentó con una casa de grandes ventanales y cortinajes, que intuyó era la casa del administrador del lugar, Von Maltzan. Malos presagios lo invadieron. Muchos a quienes saludó en las cercanías le transmitían gestos solidarios y muy cariñosos, pero invadidos de una indisimulable culpabilidad. Era el lenguaje de los gestos, de confesiones que turbaban todo para hacerse evidentes: rictus, brazos y piernas, hasta la sonrisa en una descoordinación que delataba.
Luego del saludo atento del administrador, mientras le entregaba detalles del incidente, lo condujo a una casita pequeña ubicada a pocos metros, donde pudo encontrar a su hijo. Permanecía en un camastro con su cintura fajada, asistido por un hombre canoso que después se identificó como el doctor Idelfonso Díaz. Junto al lecho pudo apreciar un barril lleno de nieve. Respetuosamente, tanto el administrador como el facultativo se retiraron dejándolos a solas. El viejo tomó con cariño la mano del hijo. Tuvo que acercarse al rostro del joven para escuchar las palabras que emergían de aquel ser tan querido; había un rictus de dolor y miedo, mientras trataba de hacerse escuchar… «los militares fueron, me molieron el estómago a patadas, ahí en la barra fue», y luego, entre sollozos, las súplicas pidiendo que lo llevara a Puerto Natales, porque no quería morir en ese lugar.
Era evidente que Pedro estaba muy mal, por lo tanto el padre quiso saber algo más del estado de su salud, conversando con el facultativo. Antes el administrador le dijo que efectivamente Pedro había tenido un altercado con los carabineros apostados en Cerro Castillo. Estos, al ver que se resistía a la detención, lo habían castigado duramente. El doctor consideraba que era muy grave su estado, pues tenía lesiones internas de importancia y lo único que podía hacer era colocarle compresas de nieve. El facultativo destacó el esfuerzo de Von Maltzan, quien mandaba a buscarla a las montañas de los alrededores del poblado. Estas ayudaban a detener las hemorragias; por la hinchazón era posible que hubiese mucha sangre acumulada en el interior del estómago. No recomendaba trasladarlo a Natales, porque moriría por los movimientos del auto que facilitaría Von Maltzan. El administrador se acercó a Alvarado, asegurándole que él tenía una excelente impresión de Pedro como trabajador, revelando sentimientos de culpa al repetir su rechazo al castigo propinado por los carabineros.
Antes de partir a Natales el viernes 21 trayendo a Pedro, sus camaradas de la federación de trabajadores le entregaron todos los detalles del castigo propinado por los uniformados. Por ellos supo que Pedro iba montado en su caballo cuando fue detenido a la salida de Cerro Castillo por dos de los carabineros de guardia; esto fue el 17 de septiembre al mediodía. Le exigieron mostrara el certificado que acreditaba la propiedad del caballo. Pedro Alvarado buscó el documento y no lo encontró, argumentando lo tenía en su pieza del pabellón de solteros. El uniformado se ofreció para acompañarlo.
Cuando iban camino al lugar, el peón encontró el papel solicitado en uno de los compartimentos del cinturón. Esta aparición precipitó las iras del carabinero, quien lo llevó a la fuerza hacia la barra donde se amarraban los caballos. Ahí le dieron sablazos y patadas en el estómago, pidiéndole al castigado reconociera haber engañado y ridiculizado a la autoridad.
En cuanto llegaron a Natales, estando el muchacho en el edificio de la Cruz Roja, recibió la visita de los dirigentes de la Federación Obrera y de su practicante Ismael Villarroel. Éste entregó su veredicto, manifestando que el caso era perdido, sobre todo por la hinchazón del abdomen. Ante los dirigentes, Alvarado confesó que había sido golpeado por los dos carabineros. Villarroel, al presenciar cómo el muchacho se retorcía pidiendo auxilio, le suministró un purgante. A los pocos minutos expulsó mucha sangre y descansó momentáneamente de sus dolores.
El padre, al presenciar esta mejoría pasajera, hizo todos los trámites para embarcar a su hijo en el vapor «Alejandro», que regresaría a Punta Arenas en pocas horas. Villarroel insistía, no resistiría el viaje. Se embarcaron el sábado ante la expectación de los habitantes del poblado, quienes no dejaban de hacer llegar voces de apoyo a Patricio Alvarado. Tuvieron la presencia del juez de subdelegación, José Domange, quien interrogó a padre e hijo. El teniente Blanco, de carabineros, le hizo saber que no estaba de acuerdo con el procedimiento, pues había ordenado recientemente no atropellar a nadie y menos castigar tan brutalmente.
Los dirigentes sindicales opinaban que no habría penalización a los castigadores, pues los carabineros, al ser parte del ejército, irían a declarar a la justicia militar, donde todo se encubriría. Ridiculizaban al juez José Domange por haber tomado declaraciones, por la ignorancia respecto a quien correspondía juzgar a los uniformados comprometidos. Aclaremos: a este cuerpo, cuando fue creado, se le concedió fuero militar, lo que fue puesto en discusión durante la administración Montt, pero el beneficio finalmente fue concedido plenamente durante la administración del presidente Barros Luco.
Gran revuelo hubo en el muelle del pequeño Puerto Natales al embarcar la camilla de Alvarado. Pese a los cuidados de Emilio Peño, voluntario de la Cruz Roja, el joven falleció a una hora y media de viaje, acompañado por su apenado padre y el dolor de todos quienes habían abordado el «Alejandro». El barco prosiguió a Punta Arenas, donde el padre tomó contacto con los dirigentes de la Federación Obrera, quienes le facilitaron todos los trámites y organización del sepelio. Mientras tanto, el cadáver era sometido a una autopsia acuciosa por el doctor Óscar Munizaga. El diario La Unión publicitó ampliamente el caso; incluso consiguió el informe médico legal, que concluye: «De la autopsia se desprende que Alvarado ha muerto de una peritonitis supurada y generalizada por ruptura intestinal».
Los funerales multitudinarios de Pedro Alvarado se transformaron en un acto de protesta de la gente contra el accionar de los soldados. Existía el antecedente, ya contado y asumido, que de parte del joven tambero de Castillo no hubo resistencia ante la agresión de los uniformados. Además, los tribunales civiles no podían aclarar judicialmente los hechos, por ser los homicidas funcionarios sujetos a la justicia militar, de la cual se tenía la peor impresión por realizar sus juicios sin acceso a la información. El periódico El Socialista, de Punta Arenas, en su edición del 28 de septiembre de 1917, llegó a un juicio que puede interpretarse como agresivo respecto de carabineros, al decir: «El pueblo trabajador no puede ya vivir tranquilo con la amenaza de bandidos y asesinos disfrazados de uniforme y amparados por el fuero militar».
Las cosas fueron más allá del sepelio, donde predominaron los fuertes epítetos en contra del cuerpo militar enviado a la zona para vigilar el orden. Para el domingo 30 de septiembre, la FOM (Federación Obrera de Magallanes) llamó a un mitin en la Plaza Muñoz Gamero para protestar por la muerte de Alvarado. Estuvieron presentes delegaciones procedentes de Puerto Natales y de las estancias cercanas a Punta Arenas. Mientras la gente esperaba en la plaza, desde el Teatro Regeneración, como informa El Socialista, del día 4 de octubre, «formados en columnas los adherentes a la Federación Obrera, presidido por el Directorio de dicha institución, marcharon hacia la plaza, al llegar, ya el lugar estaba atestado de manifestantes». En el acto «se enumeraron otros atropellos cometidos por los carabineros en el campo», informa El Socialista, y luego, al referirse a las conclusiones de la cita, las resume diciendo «todos manifestaron el deseo de ver terminados todos los abusos y que todos los funcionarios fueran celosos respetadores del derecho y de la Ley, pues si no lo hacen despertarán en el pueblo la necesidad de hacerse justicia por sí mismos».
En aquellos años, la Federación, que agrupaba a los obreros del campo y gozaba de mucho respeto en Magallanes por su solvencia y organización, preveía, a través de su directorio, el curso de los acontecimientos futuros en la relación del capital con el trabajo en esta parte de la Patagonia. Había efervescencia social en los campos, tanto chilenos como argentinos. Al ser la gran empresa poseedora de la tierra de campos de pastoreo en ambos países, los límites poco o nada servían. Las ovejas eran esquiladas o faenadas en los galpones de las estancias y frigoríficos más cercanos, no importando el país ¡total la caja de las ganancias era la misma!
Eran años tormentosos en el destino de los países. Terminada la primera gran conflagración mundial, el fantasma de una crisis económica mundial amenazaba el destino de la economía chilena. En la guerra se había vendido mucho salitre para elaborar pólvora. En ese año, con las salitreras sin producir, se iniciaba un gran desplazamiento de obreros sin trabajo hacia los centros urbanos. El mundo empobrecido no podía comprar tanta carne como antes. De Rusia llegaban las noticias del poderío de los soviets, obreros que después se tomarían el Estado y el poder político. A la Patagonia venían los desplazados del mundo. Desde Europa traían el bagaje de las ideas sociales y anarquistas. Muchos desplazados, como serbios y croatas, minorías dentro de grandes imperios, sólo tenían acceso a partidos como el socialista, puesto que el ingreso al resto les estaba vedado por ser minorías nacionales y pobres.
La Federación Obrera, a raíz de la muerte de Alvarado, consideró importante planear una delimitación de los derechos y libertades de los ciudadanos. En una carta enviada al Gobernador Provincial de Magallanes, le dijeron respecto de la muerte del joven natalino que «ante este hecho siniestro el pueblo contempla horrorizado la implantación del régimen del terror en nuestro territorio. Y es por esto que, ante los atropellos y las depredaciones que con tanta frecuencia se están cometiendo en forma sistemática contra la clase obrera, el pueblo se reúne hoy en un impulso de defensa de su propia existencia, exigiendo garantías de vida y de paz» (El Socialista 4.10.1917). De paso, le solicitan al gobernador que destituya de la policía al oficial Ricardo Parker, quien hacía pocos días había ingresado al Teatro Regeneración, cuando empezaba una obra de teatro, en completo estado de ebriedad, provocando con una pistola a los asistentes, entre los cuales había también mujeres y niños.
En el año 1916, mes de octubre, llegó de Puerto Montt el primer grupo de soldados del ejército entrenados para labores policiales. Serían habituales las reclamaciones de la población civil, sobre todo de aquellos sindicalizados a la federación de obreros, por roces con miembros de este grupo de uniformados. Los que llegaban a desempeñarse en las funciones policiales formaban parte de un escuadrón compuesto por 26 hombres al mando del teniente 2° Juan Blanco Montenegro. Fueron destinados al poblado de Puerto Natales, donde se estableció una tenencia, la que después se trasladó a Punta Arenas, quedando el grupo a cargo de un cabo 1°.
Hasta antes de la llegada de carabineros, el orden público estaba a cargo de la llamada Policía, un grupo no militarizado y de muy poco ascendiente en la población, pues sus integrantes lo que menos mostraban era disciplina, tal vez poco motivados por sus condiciones de subsistencia. Mantener cuarteles y lugares de reclusión era posible gracias a la caridad de los ciudadanos. Hay una nota que grafica la pobreza de los policías; por ejemplo, en Puerto Natales, a los detenidos en el recinto policial los carceleros debían llevarlos en ocasiones a comer a sus casas, porque simplemente no había comida en el cuartel.
Podemos observar que en el movimiento obrero patagónico, los elementos más sensibles a las reivindicaciones sociales laboraban en los centros industriales relacionados con el faenamiento de ovinos, los frigoríficos. Retrocediendo en la historia de Puerto Natales, no es casual, por tanto, que en febrero de 1915, a una semana de la inauguración de una de estas instalaciones, Bories, la más emblemática de todas para la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego en los territorios de Última Esperanza, los 300 operarios encargados de ponerlo en marcha y faenar 250 mil animales en la temporada, iniciaron una huelga que traería a los administradores ingleses muy malos ratos.
La administración inglesa de Duncan Fox, principal accionista de la sociedad capitalista de la tierra, entregó los códigos de comportamiento. Primó la experiencia de la transnacional, ya probada en otros establecimientos de su dependencia en el mundo. Había que abortar con mucha fuerza cualquier intento de soliviantar al elemento obrero en la conquista de sus reivindicaciones. Los dirigentes del movimiento, Daniel Neira y Juan Vargas, fueron detenidos y llevados al torpedero «Tomé» el día 26 de febrero de 1915. La idea era aislarlos del resto de los operarios y debilitar el movimiento, que tan sólo pedía condiciones mínimas de habitación en Puerto Natales, poblado que no tenía instalaciones para los recién llegados.
Se pretendía llevar a los sindicalistas a Punta Arenas y entregarlos a la justicia. Pero de inmediato vino la réplica de la FOM desde la ciudad capital provincial, anunciando un paro para el día 28 en defensa de los dirigentes apresados y los trabajadores del puerto. El resultado fue la firma de un convenio entre las partes en conflicto en Bories, iniciándose la producción programada. Fernando Edwards era gobernador del Territorio de Magallanes, quien, para evitar nuevos conatos de sublevación, envió tropas a Natales. El periódico El Socialista, del 28 de febrero, destaca que «en Natales en esos días se respira un ambiente militarizado, ya que por todas partes hay vigilantes de uniforme».
En Puerto Natales se iniciaba un ciclo de efervescencia social que culminaría con los sucesos del 23 de enero de 1919 y destacaría a esta ciudad de la Patagonia como un referente importante de la madurez en la organización social de los trabajadores asalariados. El poblado se desarrollaba por las faenas de campos y frigoríficos. El decreto del gobierno central, dando respaldo legal al incremento poblacional en Última Esperanza, fue firmado el año 1911. Dos años después comenzaba la construcción del Frigorífico Bories. Para el 1° de Mayo del año 1913, las crónicas informan que se celebró esta fecha, de tanta significación para el mundo laboral, con la venia y autorización de los administradores, que obsequiosamente decretaron día feriado. Los operarios fueron al pequeño poblado y celebraron su día con improvisados juegos y partidos de fútbol.
En el año siguiente no encontramos registros sobre el sentido que tuvieron las celebraciones del día de los trabajadores. No se registran paralizaciones; al parecer, la armonía en las relaciones laborales marchaba bien. Los habitantes del pueblo constataban cómo iba tomando forma el nuevo frigorífico, vislumbrando un norte de emprendimientos. Las preocupaciones giraban en la urbanización de la naciente ciudad. Todos piden la apertura de un cementerio en los bosques de las colinas del oriente; no se concibe tener que ir al cementerio viejo, ubicado en la isla «de los muertos», frente a Puerto Prat, hasta donde se podía viajar con buen tiempo.
Polémicas sobre dónde se levantará la Iglesia de los salesianos dividen a los primeros habitantes. La Sociedad Explotadora había donado un sitio frente a la plaza principal, pero los seguidores de Don Bosco insisten en otro terreno, que estaba reservado para cuartel policial y donde, finalmente, construyen su primera capilla. En el diario El Magallanes leemos un ácido comentario sobre el templo a construir: «se le ha dado en aquel pueblo una capilla de la cual podrían prescindir, porque ningún beneficio reportará, a no ser el de la incansable demanda de dinero, cínica ciencia que saben practicar los frailes salesianos».
Terminadas las labores en Bories, en marzo de 1915, y en vista de las informaciones llegadas a Punta Arenas sobre el comportamiento del administrador del Frigorífico, Mister Doly, un inglés calificado por los operarios como «despótico y maligno», viajaron dos dirigentes para dimensionar el nivel de los abusos denunciados. Llegaron enviados por la FOM los dirigentes José Segundo Castro y Carlos Gil, quienes comprobaron que la compañía no tenía ninguna voluntad de firmar los convenios prometidos y que posibilitaron la faena de febrero. La bienvenida no fue de las mejores. En cuanto colocaron pie en Natales, fueron detenidos y luego llevados ante el pequeño soberano del lugar, Mister Doly, quien no tuvo empacho en manifestarles «que no respetaría ningún convenio firmado». Ello trajo como consecuencia la renuncia inmediata y el cobro de los desahucios por parte de los llamados «temporeros». Inocentemente, los operarios pidieron la intervención del jefe de la fuerza militar, que había estado vigilando el lugar desde febrero. El administrador fue inamovible en su decisión y ni siquiera reaccionó cuando una larga fila de trabajadores emprendía camino hacia Ronpestek en la frontera con Argentina [Sobre estos hechos ver «La gran huelga natalina de 1915», de Carlos Vega Delgado].
El 1° de mayo de ese año 1915, dos dirigentes de la FOM llegaron a Natales en una misión que los hacía sentirse orgullosos. Celebrarían el día mundial de los trabajadores inaugurando una sede social para sus afiliados. Los actos se iniciaron a las 13 horas y allí estaban los aproximadamente 400 obreros que trabajaban tanto en el frigorífico como en las estancias de la Sociedad Explotadora. Los delegados obreros venidos eran Juan Segundo Castro y Carlos Gil. El local estaba ubicado en la esquina de Bulnes con Ladrilleros y al inaugurarlo Gil habló a los asistentes en los siguientes términos: «Al dirigiros la palabra desde esta improvisada tribuna, lo hago sin pretensiones oratorias, pues para ello carezco de aptitudes. Hoy, aniversario de aquella epopeya sin igual que tuvo por cuna la ciudad de Chicago, los trabajadores del mundo civilizado han suspendido su constante producir en las populosas ciudades de los grandes centros burgueses, las legiones viriles de productores se han cruzado de brazos para entregarse unidos en fraternal consorcio a la meditación». El discurso prosigue con contenidos ideológicos, que evidencian el grado de identificación de clase del conglomerado presente. El máximo orgullo de los allí congregados era que el edificio se había construido gracias al autofinanciamiento.
El poblado crecía con buenos augurios: muchos de los llegados sólo para la temporada en el frigorífico habían decidido quedarse. El establecimiento había logrado faenar los 250.000 ovinos proyectados, incluso sus ejecutivos se felicitaban por haber sido más exitosos que el establecimiento ubicado en Río Seco, en las cercanías de Punta Arenas.
La manera más rápida y segura de viajar a la capital de la provincia era vía marítima. Los barcos demoraban 52 horas aburridoras en recorrer 286 millas náuticas, a veces con zarandeos, sobre todo en la boca del Estrecho de Magallanes, lo que obligaba a los más duros y probados navegantes a vaciar sus estómagos sufridos.
Dice un cronista de la época que tanto la salida como llegada de los vapores era la ocasión elegida para hacer vida social, ya sea espiando a quien llegara o despidiendo al amigo que partía. La población de Natales ese año sumaba 603 habitantes, de los cuales 345
