Magallanes: crónica de un conflicto
Por Mauricio Vidal
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Magallanes - Mauricio Vidal
Mauricio Vidal Guerra
Magallanes,
crónica de un conflicto
Ril%20-%202006%20-%20Logo%20general.tifMagallanes, crónica de un conflicto
Primera edición: julio de 2011
© Mauricio Vidal Guerra 2011
Registro de Propiedad Intelectual
Nº 203.324
© RIL® editores, 2011
Alférez Real 1464
750-0960 Providencia
Santiago de Chile
Tel. (56-2) 2238100 • Fax 2254269
ril@rileditores.com • www.rileditores.com
Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores
Coordinación: Cristián Guerra B.
Epub hecho en Chile • Epub made in Chile
ISBN 978-956-284-811-4
Derechos reservados.
A mis viejos… Todo lo que soy.
A mis hijos, el futuro es la verdad.
Y a Pame, el amor más puro.
Agradecimientos
A Dante Escobar y Joel Estay, a Francisco Matiacha y al diario El Pingüino. También al grupo de Facebook «Mi Punta Arenas Antiguo», por las fotografías.
Capítulo I
Saborear la vida
Nunca podré olvidar mi niñez jugando en las calles de Punta Arenas. Tardes interminables que te abrazan y no te sueltan. Esas que te hacen perder el sentido del tiempo y que quisieras que jamás terminen. Esas pichangas formidables en el patio del Liceo San José o en el Parque Don Bosco. Las carreras en bicicleta rodeando las manzanas del barrio, o las de trineos en invierno, imborrables para cualquiera que haya vivido estas experiencias. En aquellos días donde la nieve nos llegaba hasta las rodillas y construía una escenografía perfecta para la diversión. No importaba el frío; las manos no se sentían y los pies pasaban completamente mojados por horas. Ahí estábamos, preparando nuestro vehículo que nos llevaría raudos sobre la nieve y la escarcha. Partíamos veloces desde calle Mejicana rodeando la Cervecería Polar. Había una curva pronunciada que nos enfrentaba a una bajada que parecía un túnel veloz. Seguramente no lo era tanto. Sensación de libertad; de plena felicidad. Así eran los días en la ciudad; mucha calle, mucho aire; conversaciones eternas y miradas que te iban enseñando en cada jornada una cosa nueva. Siempre me gustó escuchar; aprender lo que había sucedido, cómo había transcurrido el tiempo y se habían modificado las rutas, las casas y las poblaciones.
Hay algo que me marcó. Una tarde, Vitorio, mi abuelo, me hizo probar un pedazo de marraqueta con aceite, sal y pimienta. Nunca más se me olvidó ese sabor. Un gusto inigualable que por directa relación se lo hice probar a mis hijos, y que entiendo mis viejos también degustan. Ese pedazo de pan me llenó entero en aquel curioso día de calor. Me llenó de enseñanzas, de proyectos, de sabiduría de la vida. No había nada parecido a compartir un momento con él; en la mañana escuchando a Julio Martínez por Radio Minería, o en las tardes cuando el sol se escondía y el mate pasaba de mano en mano. Cada vez que pruebo un buen pedazo de pan, pero ese pan bien hecho, el de panadería de barrio o el que él hacía en la desaparecida panadería La Moderna, se me viene el viejo a la mente. Tomando mate luego de dormir la siesta y llevándose a la boca el veneno que lo terminó matando: el cigarro. Nunca lo dejó. Incluso, unas horas antes de morir pidió un par de piteadas. Dedos amarillos, tos carrasposa, pañuelo al cuello y boina para salir. Escucho un tango cada vez que recuerdo a mi abuelo. Una noche lo vi con su esposa haciendo un Ocho en el pequeño living de su casa con La Cumparsita sonando de fondo… La única vez que lo vi bailar. Fue panadero, gremialista y buen conversador. Dejó una huella de recuerdos y pequeñas enseñanzas del buen trato. Una marca a fuego de saber disfrutar las cosas simples de cada día. De amar a su mujer sobre cualquier circunstancia y defender a la familia en todo momento…
1.%20Tradicional%20esquina%20de%20Punta%20Arenas%20en%20el%20pasado.%20.jpg…Una marca que se lleva y se siente al recorrer Magallanes. Una forma de vida, de proteger lo que es de uno. Saborear lo sencillo. Disfrutar las tardes y el reticente buen clima. Reír a destajo en la sobremesa. Atender de maravilla a las visitas. Promover la belleza de la tierra y defenderla con dientes y muelas. No hay nada mejor que vivir
