Y entonces, Teresa
Por Arturo Fontaine
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1921), casada y con hijas, tenía amores apasionados con Vicho
Balmaceda fue encerrada en un convento del cual escapó. Viajó
a Buenos Aires acompañada por Vicente Huidobro, y vivió en
Madrid y París, donde se suicidó. Tenía 28 años. Publicó libros
de poesía. Esta novela ahonda en ese amor que escandalizó y
marcó destinos. Se fue tejiendo a partir de documentos diversos
—de Teresa y otros— pero sobre todo, a partir de los relatos que
el escritor oyó de viva voz de familiares suyos, testigos directos
de ese tiempo y de esas vidas reales que aquí se imaginan en una
prosa que divierte, captura, ilumina y conmueve.
Libro imposible de dejar de leer una vez que se comienza.
Un humor sutil ofrece un retrato agudo de una época que oscila
entre tradición y modernidad, efervescente de cambios y desafíos,
especialmente para las mujeres. Las infinitas complejidades del
amor en sus distintas facetas.
Sonia Montecino
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Y entonces, Teresa - Arturo Fontaine
Primera parte
1
Que no
Y entonces ella que se sabe inteligente, ella, Teresa, una mujer casada y con dos hijas, una mujer aficionada a la lectura y a la música, una mujer de espíritu libre que sabe cómo son los hombres, lo está dejando hacer. Eso es lo ridículo. Y, sí, Gustavo es más buenmozo. Por su espalda pasa a ratos una especie de escalofrío y siente miedo de sentir miedo. Entonces es bueno poder abandonarse a la risa que todo lo perdona. Y esa carcajada insistentemente baja de Vicho enredándose a la suya la conforta y anima y apoya. Porque él se ríe de lo que ella dice y también de puro gozo al verla reír. O, incluso, cuando se imagina que ella ya se va a largar a reír. Son esas risas las que habría que interrumpir y detener. Son ellas las que están creando esta complicidad maldita. Son ellas las que evaporan su sentido de responsabilidad de mujer casada y hacen que tomarse en serio lo que ocurre —que es nada, por supuesto, nada— sea absurdo.
Porque ¿qué hay aquí? Nada, en realidad. Ella le está hablando de su suegra, Misiá Sara. Ella cree que vivió apocada por la belleza de su hermana, que su secreta inseguridad se reviste de doctrina y rectitud moral. Entonces un hombre y una mujer están conversando en el corredor del Club Santiago, que, a diferencia del Club de la Unión, es mixto, y se ríen aunque lo dicho, como en este caso, no tenga nada divertido. Es cierto que la conversación se alarga más de lo esperado, que él no parece tener ningún apuro y ella, ella debería haber regresado al salón hace rato. ¿Lo está pasando muy bien? Tampoco tanto, no exageremos. Claro, la conversación no le aburre. Y él la oye, esa es la cosa, la oye sin querer perder palabra, como si cada palabra suya le importara —¿qué hombre te oye así, con tantas ganas?—. La oye con los ojos y los labios y las manos. La oye él entero. Y la mira con ojos que la abrigan. ¿Estaré siendo ingenua y boba? Por supuesto... Pero Misiá Sara, le dice ella, es una señora que cuando está a punto de decir algo se detiene y piensa: ¿No debería decir otra cosa? Cómo disfruta él con esa observación. A veces, fíjate tú, incluso logra contener Misiá Sara su propio gesto, que queda como suspendido antes de nacer... Uno no sabe a qué atenerse. Ella se demora porque está sometiendo a examen su propia reacción. Y cuando ya gesto y frase por fin se unen y cristalizan, la opinión de ella es tajante, se trata de una sentencia inapelable. Y Vicho la contempla con ojos increíblemente atentos.
Y, sí, son los ojos amarillos de un tipo peligrosón. Pero ella quiere dar un giro brusco a la conversación y le dice sin más, que Gustavo, tu querido primo, es un tipo sensible y guapo y sensual. Muy sensual para una mujer, te digo. Y, por supuesto, exagera para zaherirlo un poco, para sacarle celos y también para que no crea que ella es una pobrecita a la que le falta Dios. Y él se sonríe mirándola con una leve, aunque quizá no tan leve, ironía en los labios. Entonces ella le cuenta lo que fue verlo la primera vez en su casa de calle Viana, en Viña del Mar. Y, sí, fue amor a primera vista. Después yo lo acompañé en el piano y cantó él un "O sole mío" que me puso la carne de gallina. Cuando pasó del triste "quanno fa notte e ’o sole se ne scenne" al impetuoso "Ma n’atu sole cchiu’ bello, oi ne’" se me soltaron las lágrimas como a una tonta. Te juro que es verdad, Vicho. Salimos al jardín y nos quedamos conversando los dos hasta que anocheció. Cuando llamaron a comer, Gustavo miró su reloj y se paró para irse con un aire culposo. Entonces yo me levanté y le di un beso en la boca. Así, tal cual. Él se quedó turulato, te diré. Y Teresa se ríe como una niña que acaba de hacer una travesura. Yo me enamoré con pasión. No podía pensar en otra cosa. ¿Tú has estado así de enamorado? Ves al hombre que quieres y corres a abrazarlo y cada metro que falta para llegar a él te duele adentro y te parece que nunca vas a llegar. Eso es estar enamorada. Y ella cree que por la cara de él pasa rápido una sombra como la sombra de un pájaro en vuelo.
Mira, tú, mira tú, le está diciendo Vicho, y mueve la cabeza en un gesto de admiración. Los amores apasionados que despierta mi querido primo... Y en una mujer como tú... Y tú sabes: El amor es como el agua. Si algo no la agita, se pudre
... El gesto que hace es bien cómico, hay que decirlo. Y se siente una boba. ¿Cómo le ha contado eso? Siente un ardor en la cara. ¿Se dará cuenta de mi vergüenza?, piensa. Estabas en París, creo, por eso no viniste al matrimonio. Bueno, el día en que ustedes se casaron... Fue el 12 de diciembre de 1910, dice ella remarcando la fecha. Claro, yo no estaba en París, dice él. Pero me acordé de ustedes y les mandé un telegrama. ¿Y dónde estabas? En Argelia, ese fue mi viaje argelino. ¿En Argelia? Cuesta creer que sea verdad, quizá miente. ¿Qué hacías tú en Argelia? ¿Andar en camello?, ríe Teresa. No. Galopar, galopar hasta perderme de vista en el desierto. Con qué ganas se agarran a la arena esos caballos árabes. Galopan como a saltos, Teresa, son elásticos como fieras, como montar un puma. Y agrega una anécdota de unos amigos, de Violaine, dice, qué tipo de amiga, le pregunta ella burlona y él se queja: no, unos amigos franceses que conocí en París, y Violaine es la hermana de esos amigos y una amiga y punto, la hija del dueño del campo y de los caballos árabes... Y ella siente que la anécdota que él intercala, una anécdota argelina, breve, curiosa, trivial, con su humor tristón, despierta cierta ternura y por eso él la cuenta. Y es seguro que con esa misma anécdota y poniendo esos mismos ojitos de niño atribulado ha seducido antes a otras mujeres. Entonces la anécdota no funciona. Ella no es ninguna tonta. La situación es patética. Es un hombre patético. Después de todo, no es más que el patrón de un fundo perdido en un cajón cordillerano que habla ese castellano deshuesado típico de gente acampada como él. Por mucho que haya estado un tiempo en París y se ponga, cuando viene a Santiago como ahora, un traje de Debacker bien cortado y use un bastón de caña de Malaca con puño de oro. En Valparaíso y en Santiago al pronunciar respetamos un poquito más la estructura de las sílabas.
Claro que ahora eso mismo, su intento patético por enternecerla con una historia que no la enternece, la enternece un poquito. Y ella deja que su mirada se detenga en la de ella mucho más de lo necesario, y ahora mucho más. Y es como si en esa mirada de brillos dorados demorándose en la suya sintiera un aliento ligero, cálido, cercano. Entonces retira su mirada, la saca de adentro de la mirada de este tipo. Y siente que enrojece porque se imaginó que sacaba de golpe la lengua de la boca de este hombre. Y eso la avergüenza y le produce una leve repulsión. Y se levanta y cruje el sofá de mimbre y se pone a hablar de cualquier cosa. Da tres pasos hasta el borde del corredor de ladrillos cuadrados. Observa la paulonia del patio del Club de Santiago, sus flores azul pálido contra el azul oscuro del cielo al anochecer, dándole la espalda. Y de repente: me va a abrazar por detrás. Se da vuelta. Pero él sigue sentado donde mismo, tan tranquilamente. Y ella se vuelve a sentar en silencio y siente crujir el mimbre del sofá y ordena los pliegues de la cola bordada de su vestido y se arregla el pelo en silencio y mira en la baldosa una pata de mimbre en forma de garra de león.
Ahora ella le pregunta algo de su fundo. Habla él de la helada que cayó van siendo ya, me voy acordando, nueve semanas, quién lo diría, cómo vuela el tiempo, y quemó todos los brotes tiernos, uno por uno. Ni que fuera de adrede. Y mueve la cabeza como si estuviera censurando a una persona. Pero ya el tiempo se ha enderezado, dice. Y ella: Mi papá siempre dice que los agricultores son todos llorones. Parece que tiene razón. Él lanza una carcajada. El martes parte al fundo, dice, a rodear los animales. Supongo, dice ella en otro tono, que tú no permites que corran los vacunos y los detengan de un caballazo contra las cercas y los hagan devolverse para aporrearlos de nuevo. Una vez vi eso en el campo de una amiga. Los campesinos gozaban, las mujeres con las guaguas en las faldas, en fin. Era una fiesta. Los gritos, las tallas, las pifias si a algún huasamaco se le escabullía el vacuno, las risotadas si otro se caía del caballo, los aplausos cuando estrellaban al novillo dejándolo como colgado contra los palos. A mí me daban una lástima atroz, Vicho, esos pobrecitos animales tratando de escapar a todo galope y al fin apretujados por los caballos contra la estacada... ¡Qué espanto! Él se ríe, como muy en paz. Bueno, bueno... en este tiempo hay que rodear la animalada y traerla de los cerros para contarla y marcar los terneros y potrillos, ¿no? ¡Tú haces eso Vicho Balmaceda! Les das esos caballazos... Lo leo en tus ojos. Es que no puedo creerlo... ¡Qué espanto!
Bueno, bueno, sigue Vicho como mascando sus carcajadas. Estos animales se han pasado el invierno metidos en unos cajones cordilleranos sin ver un alma y, ¿sabes?, se han vuelto montaraces. Cuesta remucho arriarlos y entran a los corrales de mal genio y ensoberbecidos. Les aprovecha sentirse conducidos por una collera de huasos bien montados. Y si no es el primero, será el segundo encontronazo de los pechos del manco que los apretuja contra la pirca... Se le baja altiro el moño al toruno lobo. Tuerce el labio en son de burla. No me creas todo lo que digo, ríe. Su cara es siempre tan expresiva. Y no queda nada descoyuntado el animal, ni despaturrado, no; desapoderado, sí, continúa tan campante. Porque cuando después se lo saca de los corrales y se lo arrea para dejarlo a todo campo se mete bien adentrito del piño. Se le acabaron las ganas de apartarse, de salirse con la suya, desordenar la animalada, y hacerse el perdidizo.
Ahora ese castellano deshuesado la divierte. No le convence mucho su argumento y se lo dice. El animal bravío, insiste él, es arisco y espantadizo, pasa puro asustado y se agita y corre y hace correr a las otras reses y estropean el pasto y no se forrajea como conviene. Es animal altivo y lobo, tira para el monte, no engorda nada como el manso, es subidor y porfía por las cordilleras. Un par de esas corridas y atajadas que tú odiaste, y se dociliza el salvaje. En suma, tú eres un tipo cruel, le dice ella enfatizando, molesta, ofensiva, ese tú eres. Y él, claro, se larga a reír con esa risa contagiosa suya. ¿Cómo nadie le había comentado ese desparpajo que es tan pero tan de él? ¿Y a eso vas? La verdad, dice en un tono serio, casi ingenuo, es que voy más que nada porque hay junta de canalistas y a esa reunión yo no falto jamás. Y tengo que ver antes las patas de cabra y cómo están corriendo las aguas. A la hora que me hacen aguas arriba una bocatoma o, lo más común, una mera tranca, ahí sí que se empieza a joder todo. Mira que el regante que pestañea pierde. Cuando se viene la temporada seca muchas veces parto, de noche, a recorrer el río por las cordilleras para vigilar las patas de cabra aguas arriba.
Su olor, entonces, un olor particular suyo que asoma mezclándose con olor a vino y a habano y agua de colonia, pero en cualquier caso un olor ajeno, tal vez algo desagradable, aunque quizá no, y, sin duda, inquietante, pegajoso, invasor. Y vuelve y la gana esa risa salvadora que aleja los fantasmas. Porque esas descuidadas carcajadas de ella, de él, siempre buscan un eco en las carcajadas del otro, siempre intentan compañía. Y entonces se van enredando y reflejando las carcajadas de uno y otro, y siempre come la risa de uno en la del otro, mientras se disuelven los contornos y los cuerpos se desatan y escapan de sí y se entregan a ritmos que la voluntad no domina y reírse juntos es, entonces, ya como estar bailando.
Cuando, curiosa, levantó la vista ahí estaba su mandíbula huesuda y su mentón partido que la hace desviar la vista y encontrarse sin querer, ¡maldición!, con su mirada amarilla entrando en ella a destajo, recorriendo la superficie de sus ojos sin darle tregua, sin dejarle escondite, invadiendo su intimidad más húmeda, imponiendo su insolencia. Y ella empieza a sentir en ese momento cómo esos malditos ojos dorados se demoran cada vez más en la piel de su cara, se arrastran sobre ella casi arañándola, se van quedando en ella y de repente se arrojan a sus ojos, pero de inmediato se recogen quizás con susto, y se deslizan lento, otra vez, apegándose con firme suavidad a su piel. Y sigue llegándole entonces el roce de esos ojos tranquilos y lo siente en la piel de sus brazos que se erizan y en su estómago que se estruja, y siente que arriba, en su cara, se transforma en chapas rojas, qué vergüenza.
¿Te veías mucho con Cuevitas cuando vivías en París?, le pregunta por salir del embarazo. ¿Con Cuevitas?, sonríe Vicho intrigado. Cuevitas estaba en la Legación de Chile en Londres. Pero se aburría como ostra con los ingleses y apenas podía saltaba el charco y llegaba a París y tomaba entradas para el ballet de Diaguilev. Conoce todos los rincones de París, te diré, y tiene buenos amigos allá. Cuevitas me llevaba a los ballets rusos, ¿ves? Para culturizarme, y Vicho se está riendo de sí mismo, claro. Esa cosa animosa y como vigorosa suya... Y él: Me habla mucho de ti, Teresa. La verdad es que te adora. Y ella: Es un amor, Cuevitas, somos muy, muy amigos. Su humor, su fantasía, no sé, es un tipo increíble. Y él: Dice que no te pareces a nadie, que no hay en el mundo mujer que se te compare. Eso dice Cuevitas de ti. Y ella: ¿Y tú que le contestas? Apenas se oye, claro, se arrepiente. Sospecha que se está poniendo colorada. Y él, como si nada: Hasta hoy, le decía que me moría de ganas de conocerte. Y ahora, bueno, le diría que... que eres una linda mujer. Deja caer la frase con una mezcla de flojera y ternura. Le diría además, que no pareces estar consciente del poder de tu indudable belleza. Y eso desarma, guapa, y te da más encanto y a uno lo intriga. Bueno, tampoco hay que exagerar, añade como masticando, de nuevo, su risa. Te das cuenta de tu belleza, pero solo hasta cierto punto... quiero decir: te das cuenta y no te das cuenta, es decir, en suma, te das cuenta perfectamente, pero eres demasiado inteligente como para darle mucha importancia, concluye, haciendo un gesto cómico que acompaña una carcajada sorda. Y él sigue hablando adentro de su risa y ella se deja ir y se ríe con él. Y ella mira sus labios y no encuentra la leve ironía de un momento antes; no, al contrario, el cuerpo grande de él de repente está relajado, plácido, acogedor como nunca. ¿Creerá que ya me conquistó? Pero no hay en él ni vana satisfacción ni ansiedad alguna y eso la tranquiliza. Se fija en la pechera de su camisa blanca de piqué e imagina el cuerpo que le da forma. Y se arregla su vestido en tono marfil con flores bordadas, su vestido como vaporoso y drapeado, que a ella le parece tan elegante, tan sensual.
Aparta de sí imágenes inoportunas, impropias, quién sabe, y se encuentra con sus ojos que ya casi la habitan y se queda fija en su nariz demasiado grande y recta y sensible que pareciera oler algo, algún animal que se acercara mimetizándose en el pasto alto del cerro, no sé. Él se incorpora en el sofá de mimbre y empieza a contarle algo con ojos llenos de una alegría que quiere ser contagiosa. Pero ella está mirando sus manos que gesticulan al compás de lo que él comenta; sí, esas manos grandes, la confianza que suscitan esos dedos tan largos y de movimientos marcados por oportuna belleza. De todo lo de él, piensa, lejos lo mejor son esas manos, mientras habla. Se sonríe. Cuevitas se lo había dicho. Se da cuenta de todo Cuevitas. Y Vicho se detiene y la mira desconcertado y alerta y con una semisonrisa aleteando por los labios. En eso se fija: al dedo chico le faltan dos falanges. Le espanta, primero, eso que falta, y mira de nuevo y de nuevo, intrigada. Qué pena eso que falta. Reclama atención como una queja. Y estropea una mano tan bonita. El espanto se vuelve ahora absurda ternura por ese dedo trunco y quisiera preguntarle qué le pasó. Pero ella bien sabe qué le pasó. Se lo contó Cuevitas. Fue laceando un toro. El lazo le rebanó el dedo. Tenía quince. Y ella se concentra en su ceño excesivamente marcado, que interrumpe la claridad de su frente y contrasta con sus cejas oscuras y tupidas. No es tan buenmozo como Gustavo, pero es tincudo, muy. Ha oscurecido hace rato y zumban en el corredor los zancudos. Baja instintivamente su delgado chal de seda y lo deja caer sobre sus hombros. Él la ayuda a cubrirse y ahora le está preguntando de su papá, si lo ve a menudo, y Teresa contesta y le sigue contando. Y mientras lo hace ella le toca el antebrazo, no sabe por qué. Siente que Vicho la oye con los ojos, siente el peso de esa intensa mirada en sus labios, esa mirada de tigre, como dice Cuevitas. Y se pregunta si la está oyendo de veras o solo la está cobijando con sus ojos, ahora mansos.
Él se levanta y, sí, es sumamente alto. ¿No tienes hambre, mujer? Aquí siempre tienen cositas ricas. Pero cuando se dispone a hacerlo su imaginación flaca y hambrienta, esa loca de la casa, le propone una escena que le da vergüenza y ella arranca de esa absurda situación que esa loca inventa. Lo que es yo me estoy muriendo de hambre, le dice, con su risa ronca, tanta hambre, le dice, que te miro y me dan ganas de comerte viva, y ella oye su risa viva y no lo ve porque está oscuro. Me va a abrazar, ahora sí va a intentar besarme... Pero no. Él abre la puerta y llega la luz del pasillo y ya están entrando a la casona y se oyen las risotadas de Gustavo, de Pauline, de las hermanas Orrego, de Joaco, de todos ellos y los ruidos de los dados en el cacho. Algo comenta Vicho y ella no sabe bien de qué se ríe y los ojos de él se achican hasta casi desaparecer, dejando una pequeña luz clavada en sus ojos. Y ella sabe entonces que a él sus ojos —tan regrandes, tan reverdes, ella lo requetesabe— lo tienen simplemente fascinado. Y la certidumbre de esa fascinación de él por ella la fascina. No quiere que ocurra nada más. Nada más que lo que está ocurriendo, que es nada, en verdad, o casi nada.
2
No lo decide, no
No lo decide, no. Pero lo hace: manda llamar a su peluquero. Está ocupado —es viernes—, pero él se las arregla y llega a la una de la tarde. Una belleza indudable
, para usar la expresión de Vicho tiene sus privilegios. Teresa decide, terminando su peluquería, ir a comprarse zapatos a Gath & Chaves. Hay que imaginarla en esa tienda de departamentos en la que está todo y todo tienta. Deambulan mujeres elegantes, revolotean como mariposas, de flor en flor. Pero ella no se distrae, ella va directo a lo que quiere. Rojos. Un antojo. Rojos y con tacos muy altos para la noche. Almuerza liviano: ensalada de lechugas con palta y pechuga de pollo frío, desmenuzado. Una copa de sauvignon blanc de Cousiño Macul. Se recuesta sobre la cama en calzones, se cubre con una manta delgada, duerme una siesta, pero no duerme mucho, en verdad. Una pollera de chifón gris perla y camisa de encaje de aguja y cuello cerrado es una tenida de tarde que le acomoda. Y ya está. Va con el sombrero más sencillo que tiene. Va a ver a su suegra. Lleva a Elisita que llora todo el camino en el coche hasta que llegan a la casa de calle Ejército. Estaba en la cocina jugando con la hijita de la cocinera y dieron vuelta la olla donde se remojaban las lentejas, y la mama Rosa las retó bien retadas. Pero no más ver a Misiá Sara, la niña se pone feliz. La señora reserva para sus nietos el cariño y la espontaneidad que —no hay caso— no le nace con los adultos. Se acuerda de lo que comentó a Vicho y se avergüenza. Soledad Orrego le dijo que iba hoy a su fiesta en el Club.
Preparan juntas la bandeja: un té earl grey, tostadas y mermelada de frambuesas. Elisita ha abierto un pequeño cofre con collares y se los pone uno a uno y corre a mostrarse. Mientras crujen entre los dientes las tostadas con mermelada se habla de nietos y nietas, de pequeñas enfermedades y pequeños dolores. Le pregunta por Gustavo. Vuelve de Valparaíso mañana. Una entrevista de trabajo, sí, dice con cara de circunstancia. El Banco de Londres, sí. Ojalá resulte, le pagan más, bastante más. Veremos. Doña Sara la observa, impenetrable. Elisita rompe ese momento tenso y aparece con la cara rayada con rouge. ¿Y esa cara de loca, Elisa? La abuela larga sus carcajadas y ahora tose y tose con alguna angustia hasta que vuelve a reír. Entonces todos se ríen. Lleva a la niña al baño y la lava. Ha llegado la hora de la decisión y la decisión la tiene la niña, como siempre que es día viernes. La abuela, que para la niña es la Sa, la sienta en su falda, le escobilla el pelo con su escobilla de plata con monograma que a Elisita le encanta.
¿Soy una princesa, Sa? Y la abuela le dice que sí, que por supuesto. Dile a mi mamá, porque ella no se da cuenta, abuela Sa. ¿Y por qué no se da cuenta, Elisa? A veces me reta. Y a las princesas nadie las regaña así. ¿Oíste, mamá, que la Sa dice que soy una princesa?
Entonces la Sa le pregunta si quiere quedarse a alojar y ella, como cada viernes, dirá que sí. Se hace un silencio. La niña ladea su cara y se lleva una mano al mechón que le cae sobre la oreja, lo da vueltas con la mano, y dice que no. Justo hoy, este viernes de la fiesta de las Orrego, Elisa ha dicho que no. Es un no rotundo. Quiere dormir con su mamá y su hermanita. Claro, sonríe la abuela, la niña quiere aprovechar que el papá... ¿Seguro, Elisita?, pregunta su madre. La niña resbala de la falda de la abuela y toma la mano de su mamá. Está claro como el agua, dice Misiá Sara. ¿Sabes, Elisa? Tienes toda la razón, le dice. Se ha arrodillado en la alfombra para quedar a su misma altura. Vas a dormir en la misma cama con tu mamá, ¿no es cierto? Sí, dice Elisa estirándose como con sueño. Destapa el frasco de cristal, le da un caramelo y la besa. La niña sonríe. Tere se despide. Su mirada cruza rápido la de su suegra. La puerta de la mampara con flores en los vidrios biselados se cierra y qué estrecho y oscuro es ese zaguán. Nunca lo había notado. Con algo parecido a la claustrofobia, se apresura hacia la puerta.
Viene el golpe de la luz, baja los escalones y siente, entonces, el peso de la cabecita de su hija en su muslo. La separa de su hija la tela del vestido. Le acaricia el pelo, la toma en brazos y la besa y la acomoda sobre su cadera. Su cuerpo calentito contra el de ella, su corazón que late como el de un pajarito, su cara que la niña apega a la suya. Todo se borra. Solo esto es real, esta felicidad: Elisa quiere dormir con ella. La niña sonríe feliz. Y la alegría de esa niña es un regalo. ¿Qué podría compararse a esta maravilla?
Entonces: Mamá, quiero quedarme con la Sa. Elisa sonríe, pero mirándola con sus grandes ojos fijos y serios. No, Elisita. Ya le dijiste que no a tu abuela Sa y no tengo cara de... Sí, mamá, yo quiero quedarme. Pero ya dijiste que no... Pero... quiero quedarme a dormir con la Sa, mamá. No, Elisa. ¿Por qué, mamá? Le tironea la manga. Porque ahora yo quiero dormir contigo, Elisa. Es verdad. Ahora no piensa en ir a la fiesta de las Orrego, solo quiere sentir ese cuerpo de niña cerca suyo. La vuelve a tomar en brazos. Por favor, mamá. Ahora tiene miedo. Ahora la necesita más que nunca. Por favor, mamá. Por favor, mamá.
Doña Sara aparece en al hall. Elisa se lanza sobre ella con los brazos abiertos.
Al despedirse, su suegra le dice que no sabe si es el peinado o qué, pero que está con una cara despejada, radiante. Sí, Tere, le repite, estás radiante.
Vamos, Tono, vamos. A casa de mi abuela Teresa, Tono, vamos. El caballo se pone en marcha con flojera. Mira la hora: no, ya no hay tiempo. Contraorden: No. A la casa de calle García Reyes directo. Algo le aprieta el estómago: su crédito, en Gath & Chaves, después de los zapatos rojos, debe haber pasado el límite. Ya, Tono, ¡aviva ese jamelgo! Se oye el restallido del látigo. El caballo alcanza un trotecito.
Al llegar a su casa relee lo que ha escrito esa mañana. Con su tinta verde tacha una palabra aquí, otra allá y un verso completo. Traza un arco que termina en una punta de flecha donde escribe lo que ahora inserta en el poema.
Se da, entonces, un baño largo. Destapa un jabón inglés de verbena. Es primera vez que lo usa. Lo tenía guardado para una ocasión especial. El perfume es envolvente y la consistencia, muy suave. Desnuda, se mira al espejo. Se toma los pechos. Sus areolas grandes, sus pechos que brotan firmes, llenos y con forma de pera. Le gustan. Se mueve, echa a volar su pelo claro y de golpe se detiene: Sí, se dice. Si yo fuera hombre me enamoraría de mí, ríe. Y con este vestido de muselina beige, de tan buena caída que me regaló Gustavo —se ríe con malicia mirando sus encajes, veladuras y calados— y, bueno, con sus nuevos zapatos rojos... Pasa un dedo lento por la aplicación de pedrerías y sus luces. Le gusta esa ternura como orgánica del vestido, esa artesanía paciente, prolija, delicada. El tranvía pasa remeciendo los vidrios de la casa.
Solo cuando ya está sentada en la victoria rumbo a la fiesta se atreve a pensar qué está ocurriendo. Quiere pasarlo bien un rato y punto. No es que quiera que pase algo. No. Al contrario. Se trata justamente de que no pase absolutamente nada. ¡Apura a ese jamelgo, Tono! El cochero deja caer el látigo, pero el caballo apenas se inmuta. Teresa se encargará de que no pase nada. Por supuesto. Va de puro coqueta, va de pura vanidosa. Quiere averiguar qué actitud va a tomar. Solamente quiere comprobar que ella le ha gustado. Y ella sabe comportarse y mantener las distancias. Y si hubo algo ambiguo en su actitud de la otra noche, ahora todo quedará en su sitio. Nada más. Esta reflexión la tranquiliza. Ir sola a una fiesta de amigos no tiene nada de particular. Fue Soledad Orrego la que la convenció de ir a su soirée, aunque Gustavo no estuviera, que también iban a estar solos tal y tal. A Cuevitas le encantará que vengas, Tere. Va a estar tu amiga Pauline... y siguió nombrando invitados, entre ellos, a Vicho. No sé si Vicho es tan buenmozo, dijo displicente. Gustavo es mucho más buenmozo... Lo digo en serio. Bueno, por supuesto, dijo Soledad. Gustavo siempre fue muy estupendo. Tomó la cartera que había dejado en el cojín de cuero y sacó el espejo. Sintió el vaivén de la victoria al detenerse. Había llegado y la guapa era ella, y se rio.
3
Llegó Teresa
Llegó Teresa. Imagínate tú lo que fue verla aparecer sin Gustavo y llena de vida. Como hormigas a la miel los caballeros, pues. ¿No te han contado lo que pasó en esa famosa fiesta? Fue muy, pero muy comentada y esta Pauline, estuvo ahí, pues. ¿Qué te crees? Y Pauline se echaba a reír. Mira lo que vino a pasar. Hubieras visto tú cómo estaba arreglado el comedor del Club Santiago: todo blanco, manteles, servilletas, platos, velas en los candelabros de plata y floreros de cristal con puras calas de tallo largo y rosas blancas. Cuevitas fue el que se encargó de todo. Qué gusto el de ese hombre, no te diré... Los largos mesones del buffet estaban llenos de gelatinas con flores de violetas y pensamientos en su interior, y había emparedados de ave y palta, de camarones, de foie gras. Tere se zampó dos gelatinas con flores. Daba gusto verla comer con esas ganas. Mientras conversaban, tomaban ponche de chirimoya. ¡Exquisito! Sus ojos muy animados tenían un brillo intenso. El ponche estaba buenísimo. Lo habían preparado con poquita azúcar, una cosa de nada, dijo Soledad Orrego cuando se lo ponderaron. Pero de todos modos, pasémonos al champaña, Pauline, le dijo Teresa apenas llegó la bandeja con las copas burbujeantes. En la cena, el pavo con ensalada rusa estaba increíble y las perdices en jalea, y las jaibas coloradotas parecían langostas. ¿El vino? Un Macul que le hacía la pelea, decía Cuevitas con su sonrisa alegre, incluso a algunos Château Margaux. Era una soirée, como decíamos entonces. Después se devoraron los dulces de San Estanislao, sobre todo, los cuadraditos de masa de manjar y almendra molida.
Joaquín se paseaba diciendo que le cargaban los bailes, que la gente chic había pasado de moda y ya no era chic, que a nadie le interesaba ya leer novelas sobre gente rica y menos, reía, si eran sudamericanos extranjerizantes como todos nosotros. Él iba a escribir una novela sobre los mineros del salitre, pampinos rudos de manos callosas y caras rajadas por el sol y la sal. Lástima que ya la escribió Zola, dijo Cuevitas con cara pícara. Claro que sobre los mineros del carbón. Yo, contaba Pauline, entre maliciosa y curiosilla, disfrutaba de antemano lo que vendría. Tere dijo que le encontraba toda la razón a Joaco, que quería leer ya su novela sobre mineros de manos callosas, que nada le daría más lata que una novela sobre gente como nosotros que se lo lleva hablando puras leseras —que la aigrette de garza, de faisán, no, mejor de ibis o de pavo real, no, mira que esta temporada se lleva más la de avestruz o la de marabú—. Eso y chismes y coqueteos con una copa en la mano porque sí y porque no. ¡No! Mucho más entretenido imaginar a unos mineros
