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En los dedos de la mariposa
En los dedos de la mariposa
En los dedos de la mariposa
Libro electrónico300 páginas4 horas

En los dedos de la mariposa

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En los dedos de la mariposa es una novela de amor que es también novela de vida, de ciudades, de casas y fantasmas. Desde el encuentro amoroso y su maravilla sexual, surgen las genealogías, se habitan las ciudades y se despliegan los tonos de la memoria: toda la vida de los protagonistas fue preparación, y toda ella se ilumina y nos ilumina.
IdiomaEspañol
EditorialEdiciones Era
Fecha de lanzamiento20 jun 2020
ISBN9786074452495
En los dedos de la mariposa
Autor

Fernando Montesdeoca

Fernando Montesdeoca (ciudad de México, 1952) estudió arquitectura, guionismo y realización cinematográficos. Ha hecho cortometraje, crítica de cine, guiones, publicidad, diseño gráfico, fotografía, pintura y teatro. Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Oaxaca. Es autor de los libros Viaje nocturno, 1997 (cuento); Esta ilusión real, 2002 (Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2001), y Moscas (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, 2005). En los dedos de la mariposa obtuvo el premio Internacional de Novela Sergio Galindo, 2003.

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    En los dedos de la mariposa - Fernando Montesdeoca

    FERNANDO MONTESDEOCA


    En los dedos

    de la mariposa

    Primera edición: 2007

    ISBN: 978-968-411-701-3

    Edición digital: 2013

    eISBN: 978-607-445-249-5

    DR © 2013, Ediciones Era, S. A. de C. V.

    Calle del Trabajo 31, 14269 México, D. F.

    Portada: © Laura Cohen, No te vayas, 1993

    Ninguna parte de esta publicación incluido el diseño de portada, puede ser reproducido, almacenado o transmitido en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso por escrito del editor. Todos los derechos reservados.

    This book may not be reproduced, in whole or in part, in any form, without written permission from the publishers.

    www.edicionesera.com.mx

    Con amor, a Dacia Gabriela

    Ruiz León (quien compartió

    conmigo la mayoría de los

    sueños que aquí aparecen)

    Índice

    Cuadrícula

    Marilyn Monroe

    Show fractal

    Fractal

    Espejo

    Show fractal 2

    Cifra

    Peep Show

    Milímetro

    Centímetro

    Metro

    Tabú

    Circo

    Vitro

    Reloj

    Cuadrícula

    Soñó que nos preparábamos y nos preparábamos y nos preparábamos y nos preparábamos para hacer el amor y siempre pasaba algo y no lo hacíamos. No lo hacíamos dijo ella. Eso dijo mirando al techo pero con una leve inclinación del cuerpo, apenas notoria, para señalar, supongo, para señalarme que me hablaba mientras hablaba. Miraba al techo desde la cama, recostada, y el calefactor ronroneaba calentando el cuarto.

    Una amiga llegó acompañando a mi hermano y a su esposa en una Navidad. Su esposa. Mi hermano entonces tenía 28 años, yo 14. Su esposa. Los tres vivían en Nueva York: la amiga, mi hermano y su esposa. Trabajaban en pizzerías. Cada uno en una pizzería distinta en calles sin nombres. La 5ª la 8ª la 118. Calles coordenadas. Brújula. Mi hermano no hablaba de pizzerías. Hablaba de las calles, de los números, de la gente en los números de las calles, de las cosas que la gente hacía en las calles, y hablaba de los negros. Los imitaba, hablando como si tuviera piedras en la boca. Como si estuviera masticando algo, con un tono quejumbroso, y movía la cabeza ladeándola y balanceaba los hombros y terminaba diciendo gimifá, extendiendo la mano para que yo, precisamente yo, chocara la mía con la suya. Sentía su manera de querer hacerme cómplice. Su manera de acercarse, de decirme que compartía eso conmigo porque yo sí entendía pero no, yo no entendía; pero estaba bien que se acordara de mí, de que estaba yo ahí. Que me distinguiera de los demás. Su esposa sonreía y sí hablaba de pizzas. Sólo hablaba de pizzas y de amigas. Amigas hispanas que no hablaban ni una gota de inglés y otras que sí. Hispanas de todo el mundo, ilegales y legales. Estudiantes y esposas, lesbianas, ninfómanas, cocainómanas, heroinómanas, neuróticas, histéricas, fieles, infieles, embarazadas, abortadas y todas las cartas de una baraja del desastre y del morbo. Mujeres maltratadas, mujeres enviudadas, infieles, abandonadas, robadas y, y, y: disfrutaba. La esposa de mi hermano disfrutaba muchísimo contando las desgracias y los hechos sangrientos, hospitalarios o no, pero sí, hospitalarios también, y llenos de sondas, aparatos, médicos indiferentes y enfermeras sádicas, muertes horrendas. Ella misma horrorizada contaba horrores mientras comía con los dedos pedacitos de pavo navideño. Mi mamá se horrorizaba tanto como ella y contaba sus propias anécdotas accidentarias mientras los demás decían qué horror, ya no sigas y así. Paso. Me imaginaba a sus amigas y aunque eran hispanas me las imaginaba güeras, y también famélicas y viciosas, con una mirada entre torva y extraviada, de labios violetas, pero ahí estaba una de sus amigas. Ella había llegado con ellos, con Fanny y mi hermano. 28 años (mi hermano). Y su esposa. Fanny, la (su) esposa de (él) mi hermano, era flaca y huesuda, de uñas siempre recortadas y dedos largos, un poco mulata de la costa, descuidada, más morena clara que canela oscura, los ojos hundidos y distantes. Cuando se dirigía a mí, casi nunca, o cuando me veía, me quedaba siempre con la sensación de que ni sabía quién era yo. Les preguntaba de cine pero nunca iban al cine. ¡Nunca iban al cine en Nueva York! Total. Pero veían películas por la tele; casi lo mismo que yo veía porque no había mucho de dónde escoger, aquí, pero ellos, en Nueva York, veían lo mismo.

    Habían llegado vestidos como si vinieran directamente del shopping en la Quinta: abriguísimos y chamarras, desabrochados, bufandas, los guantes sostenidos en una mano, maletas, no tantas, todo muy parecido a un comercial de TV, mientras una bocanada de aire frío los acompañaba, como si exactamente estuvieran en ese momento librándose de la última ráfaga de las calles neoyorkinas y como si un halo de nieve por fin terminara de disolverse abandonándolos en el momento en que entraban en la casa. La amiga que venía con ellos parecía vivir alguna de las desgracias, o varias juntas, de las que hablaba Fanny y ella, la amiga, sí era más bien rubia, de un rubio cenizo y quemado aunque de ojos cafés y cejas oscuras. No parecía gringa. Tenía una como familiaridad latina en los ojos y en el recato con el que no veía a nadie y se sonreía de vez en cuando como si no escuchara lo que decíamos, sino al contrario, como si sonriera por algo que pasaba más bien adentro de su cabeza, mejor dicho al margen de su cabeza porque parecía ausente y sin alas bajo las luces amarillas, cerca del árbol de navidad, parpadeante en el rincón. Sólo me puse a esperar. Estaba seguro que en todo el lugar no había nada que le pudiera interesar de algún modo. Mis hermanas y mis tías le preguntaban cosas que Fanny, que necesitaba soltar muchas palabras por minuto, respondía por ella y ella, la amiga, sólo alzaba un poco las cejas como buscando las palabras que no iba a decir. A mí sí me preguntaban y no había quien contestara por mí, pero buscaba la menor cantidad de monosílabos y como en realidad a nadie le interesaba escucharme, todo resultaba bien y yo esperaba. Esperaba. Brújula. Los abuelos y las tías se fueron. Yo, me metí a mi cuarto y me tiré vestido encima de la cama. Me dormí. Me desperté en la oscuridad azul de no sé qué horas de la noche y la vi desnuda, sacándose por la cabeza el último pedazo de tela que traía puesto. Estaba de perfil (la amiga) y parecía más una preadolescente que mujer de lo flaca y senos pequeñitos que brillaban en la punta minúscula de los pezones. Congelado-mudo-piedra, mi respiración subía y bajaba. Su pelo arrubiado, medio ensortijado, tenía unos resplandores verde pálidos. Volteó a verme y cerré los ojos. No. Apreté los ojos. Me dijo ¿estás despierto?, abrí los ojos y tapó mi boca. Mi boca. No veía sus ojos. Su mano estaba tibia y la dejó ahí un minuto. Dos. Sin hacer nada ni decir. Seguía desnuda aunque no podía verla bien. Estaba azul y oscura pero su mano no me dejaba respirar y yo necesitaba grandes bocanadas, la tomé de la muñeca, levanté su mano y jalé aire. Me puso su otra mano en la boca nuevamente y vi que sonreía, su barbilla hacia el pecho; quité su otra mano sin soltar la primera y parecía un poco una lucha y ella se reía echando aire por la nariz. Como por la nariz. Forcejeaba un poco, tratando de librarse de mis manos en sus muñecas. Estaba desnuda y yo tenía miedo de soltarla y de no soltarla, así era, hasta que cambió de estrategia y se me subió, me puso su peso encima, su lánguido peso que de cualquier manera me asfixiaba; detenía mis brazos con su cuerpo y con una mano, mientras con la otra descendía, por mi vientre descendía para buscar mi sexo y yo forcejeaba porque, no sé por qué, y era más fuerte de lo que me podía imaginar de su anoréxica flacura trepada en mí, y ya no sé si trataba de escaparme, yo, o me entregaba; pero ese juego con su mano rondando convulsivamente sobre mi sexo me acabó porque de pronto ya en el último borde me vacié y ella se dio cuenta y se separó y tocó la mojadez anunciada, me imaginé, del semen que traspasaba el pantalón y se quedó un rato contemplando esa parte, reflexiva y distante, volteó a verme luego a los ojos, suavizada y cómplice, eso sentí, olió la palma de su mano y se fue al lado del cuarto en donde tenía un sleeping al que se metió desnuda como estaba. Me entretuve unos momentos mirando al techo pensando en todo y también en cambiarme de ropa pero no lo hice y así como estaba me quedé dormido en una alargada placidez.

    Al día siguiente cuando me desperté ya no estaba ahí. Al salir del cuarto me di cuenta de que no pasaba nada y que nadie se fijaba en mí más de lo mínimo acostumbrado, excepto mi mamá para pedirme cosas y que no hiciera esto o que si ya había hecho aquello. Lo de siempre. La habían enviado a dormir ahí a mi cuarto, a la amiga, y como yo no era exactamente alguien, nadie pensó ni remotamente que ahí pasara algo. Bueno mi mamá sí, seguro, ella siempre pensaba esas cosas, y aunque nunca lo dijera yo lo veía en su mirada; pero ella sabía que siempre duermo de un jalón y que yo no me atrevería, y es cierto, yo no. En ese entonces no. De seguro sí desconfió por unos momentos de la amiga de Fanny, pero como no hablaba, es fácil pensar que la gente que no habla tampoco hace. En fin, que afuera en la sala y eso, ella, la amiga de Fanny, no estaba, aunque luego apareció, cuando comimos todos juntos, pero ni siquiera me veía, lo cual no marcaba ninguna diferencia porque cuando llegó, la noche antes, en la cena de Navidad, había hecho lo mismo. Yo no existía ni antes, ni ahora. Sólo por unos momentos en la noche. Un sueño húmedo. Mi familia igual. Todos, menos mi mamá, parecían entender muy bien que ella no estaba ahí. Mi mamá le hablaba, comentaba las anécdotas, traducía los códigos culturales y las obviedades y ella, la Fanny amiga de, asentía con la cabeza y movía los labios pronunciando algunas palabras que yo no alcanzaba a oír. Yo esperaba. Mi sensación constante era así. Espera. No a ella. En esos días cuando estábamos en esas reuniones de familia siempre me sentía esperando. ¿Qué esperaba? Esperaba. Con Fanny hablaba más, su amiga, pero pegada a ella y Fanny se agachaba para oírla y luego se hacía para atrás y le contestaba con familiaridad, aunque un poco con algo de mamá a su hija. Más tarde me quedé dormido viendo tele y luego ella ya no estaba. Nunca la volví a ver. Ni supe cómo se llamaba o a dónde fue. Ni siquiera su edad. Diez años más que yo. Digo. Tampoco pregunté nada pero dijeron que era catalana y después mi mamá repetía de vez en cuando que la catalana y Fanny decía mi amiga y mi hermano, la amiga de Fanny. Sabe dios, pero siempre me quedé así, con esa idea de la catalana que vivía en Nueva York trabajando en una pizzería y no sé cómo pero mis genes, digo, deben haber sufrido una mutación paranormal a partir de aquella noche –o mi karma–, o algo de lo que yo era y luego dejé de ser, en parte; porque después, de una forma misteriosa, la red de los acontecimientos continuó conectándose de tal manera que, como en el efecto mariposa –un revoloteo que se retroalimenta una y otra vez con el sistema del clima hasta que un día es ya un huracán–, encontraba catalanas que de un modo o de otro se volvían importantes, es decir, significaban algo más o menos crucial, aunque fuera sólo por unos momentos. Me pasaba de vez en cuando. Catalanas o hijas de catalanes; hasta que encontré a Neus, bastante tiempo después, en un peep show en Barcelona y me sumergí como una piedra que desciende al fondo verdelaginoso del estuario, me quedé suspenso, como el aire capturado en el corazón del hielo de los icebergs. En mi espejo, azorado. Y desbordó mi vaso, Neus, para tenerme entre sus dedos, ella, ¿no?, y dejé a mi vaso desbordarme.

    Soñó que estaba en el agua, en el fondo, y que caminaba con mucho sigilo, cuando de pronto recordó que tenía que cuidarse de la morena, ese depredador marino que acecha desde las oquedades rocosas, parecido a una serpiente, de mandíbula prognata y ojillos crueles. Le habían dicho, en el sueño, que tuviera cuidado con la morena cuando en eso, apenas de reojo, vio su silueta y luego la perdió de vista en la turbulencia, en la opacidad del agua; pero después la volvió a ver y la morena no era tal, en realidad, sino una mantarraya, aunque en el sueño el nombre del animal seguía siendo el mismo: morena. La dejó de ver, a la morena (a la mantarraya) y luego fue demasiado tarde para tomar cualquier medida precautoria porque llegó por atrás de ella, sin sentirla, y súbitamente se amoldó a su espalda y a sus brazos. Ella se quedó quieta, sintiendo a la morena (la mantarraya) pegársele, como una sábana húmeda de piel. Controló su susto y comenzó a jadear con respiraciones de parto, sin desesperarse, como para controlar las contracciones, mientras la morena (la mantarraya) la succionaba como un papel absorbente por toda la espalda. O temía que empezara a succionarla, para alimentarse tal vez por ósmosis de ella. Respirar bajo el agua, sin embargo, era una gran ventaja.

    Marilyn Monroe

    –Una novela –me dijo.

    –...

    –Una novela que es un desmadre –agregó.

    –Mmh... –digo, ¿qué quería que le dijera? Era el único que había escrito antes otras dos novelas en esa ciudad, o al menos era el único que las había publicado y que se había hecho conocido, más o menos conocido a partir de entonces. De hecho hasta venían a verlo desde otras partes. Venían turistas que le pedían que se tomara una foto con ellos y que les firmara un ejemplar, viejo, que ellos mismos traían, de una de sus dos novelas, o incluso de las dos. De hecho sólo editaron una vez cada novela. Las ediciones no eran tan viejas, menos de quince años, doce o así, y sus portadas, que yo pude ver cuando los turistas traían los libros para que les firmara una dedicatoria, tenían el diseño de los años setenta. Dicen que había seguido escribiendo novelas pero ya sin publicarlas. Como yo lo conocía a él, no necesitaba leerlo; además de que no había una sola de sus dos novelas en la ciudad, ni en las bibliotecas; ni nadie que yo conociera tenía una, ni las había leído alguna vez aquí, pero existían, eso sí: lo editaron en Argentina. Diez.

    –Diez mil ejemplares. De cada novela. Una un año y al otro otra.

    –Diez mil...

    –De Estados Unidos para abajo eso es bastante –decía sin vanagloria, así nada más, como si él no fuera el autor.

    Y realmente no me parecía que él fuera el autor. Agobiado por sus pelos despeinados, como si cabellera y barba fueran una nube de mosquitos que le hiciera achicar los ojos y ver una realidad que le quedaba lejos. Arrugaba la nariz y su esposa entraba y salía una y otra vez, entre atareada y extraviada, con sus overoles deslavados, sin camiseta, ni brasier, a veces, ni nada abajo, creo, y no es que fuera bella, así bella, pero tenía el don animal de sus movimientos y de una piel amorenada y tersa. Parecía tersa aunque ella misma era más bien áspera. Áspera y de pronto demasiado próxima, como si para hablar se metiera por la boca de la gente. Lo bueno es que casi no me hablaba, y así era. Era hosca y burlona con los hombres. Yo digo que así era y no porque de hecho se burlara y te dijera payaso, o maricón o vete al carajo o qué sé yo. No. Sino que nos miraba con un desdén. Con un desdén que a la vez era nostalgia, digo yo. Un desdén que se parecía al deseo. Sus pechos se pegaban al peto de los overoles y aunque ella se moviera con libertad flexible el peto no se despegaba de sus ahogados pechos pero yo podía ver su forma aglobada de piel viva en ciertos momentos, desde cierto ángulo, y me daba un sorpresivo vértigo; lo mismo sus ojos negros de cejas bajas rectilíneas rupestres, es decir, elementales, primitivas; cejas de muchacho desaliñado. Era más grande que el novelista y el novelista mismo no era grande, 35, más o menos. Ella, 38. Firme y torneada. Tenía cuello de bailarina y había sido bailarina, aunque sus pechos no eran de bailarina, ni era tan delgada, ni necesitaba estar más delgada, ni más llena. Tenían una casa que no era de ella ni de él, sino de un hermano de él, mayor, que vivía cerca de Londres y que se dedicaba a exportar artesanías. No pagaban renta, no compraban ropa, no salían casi, eran más o menos vegetarianos y no tenían hijos. Se dedicaban a recibir artesanías en su casa para mandarle al hermano a Londres, o cerca de Londres. Venían los artesanos a dejar las mercancías. Ella arreglaba las compras y él hacía los envíos. El hermano les depositaba en el banco. Parecía fácil. Yo planeaba con frecuencia, cuando los conocí mejor a ambos, qué clase de artesanía podría fabricar para venderles, pero cuando una vez le platiqué, a él, me dijo que no y que sí, y que los precios y que no me convenía, pero me dijo, eso sí, que estaba pensando otra novela. Mientras, les cobraba a los turistas por la foto, aunque no por el autógrafo. Sí les cobraba y los turistas casi siempre le pagaban y si no, pues no había foto. Punto.

    –¿Café? –nos preguntó su esposa de espaldas a nosotros, hablándole a la pared del lado de la estufa. Estábamos en la cocina que era sencilla pero grande, con grandes losetas de barro en el piso, techo no muy alto, pintada de un blanco que ya amarilleaba en las paredes y el techo, que era sostenido por grandes vigas de madera verde oscura, poco iluminada, la cocina, como me gusta que estén iluminados todos los lugares de noche, y acogedora, como para quedarse a vivir ahí, en ese cuarto nada más. Él no contestó y ella no insistió. Yo tampoco dije nada. Estábamos sentados en la mesa al centro, de madera maciza barnizada verde oscuro.

    –Es un desmadre porque –volteó a ver si su esposa estaba cerca y bajó la voz, aunque ella había salido de la cocina –porque nadie te deja ponerte a hacer una novela sin molestarte con una o con otra chingadera. Lo que yo digo es que si no puedo sentarme a escribir como debe ser, sin tener que hacer más y más cosas, entonces mejor escribo en pedazos. Digo, si me siento a escribir una novela con una idea y tengo que interrumpir, cuando regreso a lo mejor ya no puedo escribir lo que había pensado escribir y si ya pasaron varios, varios días, o semanas, y mientras a mí me pasaron cosas, no se trata de detener el tiempo, luego volverlo a iniciar, darle start, ¿no?, volverme a sentar y ponerme a escribir como si nada más hubiera ido a cagar. No hay continuidad.

    –¿A cagar? –me reí.

    –Sí, a hacer caca –me explicó muy serio, como si yo no entendiera el significado y él me lo explicara, pero no, en realidad como si repitiera algo mecánicamente, no para mí sino para sí y yo toleraba escucharlo porque en realidad pocas veces había platicado con él hasta entonces, apenas en encuentros casuales, breves intercambios en alguna reunión. Cuando había más gente de hecho no me buscaba, bueno, apenas si me conocía, e incluso si estábamos en el mismo montoncito de gente hablando y de pronto le dejaban de prestar atención y sus palabras quedaban en el aire, volteaba y cuando me encontraba, su mirada seguía ensimismada en su tren pero mejor buscaba a alguien más para continuar su rollo. De hecho esa vez, de la que hablo ahora, ahí en la cocina de su casa, que ya se llenaba con el olor a café, yo no venía a verlo, sino que me lo encontré a unas calles, con unas bolsas de pan y me dijo ven, vamos a la casa, nos tomamos unas cervezas, y yo, pues vine, sin muchas ganas, pero bueno; decidí ser complaciente. Nunca había estado solo con ellos en su casa, ni a solas con él en otro lado y no me había acordado de su esposa hasta que se asomó a la cocina y me dijo hola, como si dijera hoy no llovió, o mañana es viernes, y entonces siguió diciendo, él, me dijo, que entonces lo que hacía, lo que quería hacer, era ir pegando pedazos de cosas.

    –Así, pedazos de cosas. Una novela que se vaya construyendo sin plan, de las cosas que van sucediendo, de las cosas que se me van ocurriendo, sin plan, nada más de apuntes sueltos que voy tomando, y si hoy tenía una idea de la novela, de lo que yo quería hacer con la novela, dentro de diez días ya es otra la idea. Como un collage. Así, de fragmentos disparatadamente diversos si tú quieres, pero que en la contigüidad de la casualidad, cuando ves, cuando lo ves bien, resulta que encajan y que los contrastes y las posibilidades se multiplican, se intensifican, provocan sentidos inesperados, no sé... tan fragmentados como vivimos, fragmentados en individuos cada vez más aislados, por las muchas confusiones de lo que queremos ser y no alcanzamos, fragmentados en las mil cosas disparatadas o atinadas que hacemos, atados a las cosas, convertidos en cosas, también, y a la deriva, la deriva de las relaciones, objetos sexuales, de una pareja a otra, de un trabajo a otro, individuos sin raíz. Eso quiero, quiero contar una historia fragmentada, de seres fragmentarios, reducidos a una libertad individual que no los lleva a ningún lado, una libertad sin sentido, extraviada, y... con sentido también, la libertad, ¿no?, pero como si la libertad por sí misma no, no fuera todo, no es todo: ¿una libertad que aísla? ¿que desintegra? Una libertad sin para qué... y entonces quiero tomar cualquier cosa que se me ocurra y pegarla a otra, así, así de fragmentada y de imprevisible....

    –Como...

    –¡Cualquier cosa y ya!

    –...

    –Con... otra lógica...

    –¿Surrealista...?

    –La lógica de la vida. De-la-vida –dijo subrayando mientras su esposa entraba y él volteaba a verla, sin ver, como parecía que veía todo, ofuscado por la nube del halo de mosquitos inventados por mí que lo rodeaba.

    –Suena interesante pero...

    –No. Surrealista no.

    –¿No?

    –Ni absurdo. El absurdo no existe, ni en el

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