Constelación de sueños
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Constelación de sueños - Marisa Iturriaga Rivas
I
Simplemente Ella
Ella, mujer de belleza natural, indemne al paso del tiempo, de mirada profunda. Ser misterioso, observador, amable, delicado, de pocas pero sinceras palabras.
No recordaba con exactitud el año en el que había llegado a trabajar a ese sitio. En fin, Ella, una empleada de confianza –privilegio que le había otorgado el tiempo–, había tenido pocos empleos antes de encontrar el actual, el cual desempeñaba con mucho placer; nada del otro mundo, trabajar al servicio de los demás y recibir por ello una paga honesta para vivir modestamente.
Ella no era nadie especial, sólo una mujer entre tantas otras, buscando su felicidad en las cosas pequeñas que la vida le ofrecía cada día; nada extraordinario, como ella decía: «hacer que el día sea bello» a pesar de la neblina espesa de las preocupaciones cotidianas que invadía los corazones de la gente de aquel lugar.
Últimamente dejaba su casa con cierta nostalgia, como quien se despide del terruño materno para adentrarse al mundo adulto, el del trabajo y las obligaciones exteriores que reclamaban su presencia.
Todos los días el mismo cuento, la misma rutina. Sus movimientos se habían convertido en gestos tan mecánicos e inconscientes que a menudo tenía que regresar a casa para cerciorarse de haber cerrado con llave la puerta de la entrada, verificar que no había dejado ninguna luz encendida o ventana abierta. Esto le ocurría varias veces por semana y comenzaba a cansarla, como todo aquello que perturbaba sus más íntimos pensamientos.
Se había acostumbrado a la soledad de su vida, a pesar de que todo el día estaba rodeada por gente tanto conocida como desconocida. Los clientes habituales la llamaban por su nombre y Ella los atendía siempre con esa actitud ingenua y generosa que la caracterizaba y que, en cierta forma, los cautivaba. Verla caminar entre las mesas con la elegancia de un cisne, constituía el mejor espectáculo del día. Tenía un cuerpo bien proporcionado, todo en Ella era equilibrio, armonía y belleza natural; un don del cielo, el cual, Ella mostraba con modestia absoluta; detrás de esa sonrisa acogedora y deliciosa relucían sus bellos dientes, blancos y alineados en el perfecto horizonte de su boca y, aun cuando su rostro sólo esbozaba una sonrisa casi infantil, había en Ella esa belleza salvaje y juvenil que iluminaba su cuerpo y los rostros de sus más furtivos admiradores.
Ese día, como todos los martes, había llegado Mario, su cliente preferido –gracias a las propinas generosas que le dejaba–. Esta vez no estaba solo, lo acompañaba una niña de aproximadamente seis años. Se sentaron en la mesa acostumbrada, miraron el menú del día y ordenaron.
Parecían dos seres que apenas se conocían; la pequeña, absorta en su mundo imaginario, guardaba silencio, mientras Mario se dirigía a ella cuidadosamente, pero ésta, no parecía ponerle la más mínima atención, no por indiferencia, sino porque aquel lugar parecía haber salido de otro mundo; nunca antes había tenido la oportunidad de estar en un establecimiento como ese. El restaurante era acogedor, luminoso y algo pequeño. Había sólo quince mesas, todas cubiertas por manteles de algodón tejidos con múltiples y vivos colores. Al centro de las mesas se encontraban varios molcajetes, pequeñas vasijas grises de piedra porosa, las cuales contenían salsas de diferentes aromas y sabores.
La decoración estaba compuesta de objetos extraños que adornaban y colgaban de las paredes; cuadros que hablaban de tierras lejanas llenas de cierta nostalgia; animales divertidos hechos de papel maché, embellecidos con brillantes matices por manos hábiles e ingeniosas que salían de los rincones más escondidos e inesperados para saludarla; objetos artesanales de múltiples formas, hechos ora de barro rojo, ora de barro negro, decorados con astuta imaginación.
Todo en ese lugar era novedad y fantasía. Ambiente permanente de fiesta o de carnaval a cualquier hora del día. Eso le encantaba, era como festejar su cumpleaños de forma indefinida.
El olor sabroso de los platos que llegaron a poblar la mesa interrumpió, momentáneamente, aquel bello descubrimiento y, afortunadamente, el monólogo aburrido de su tío Mario. La mirada curiosa de la niña revoloteaba como mariposa a la vista de aquella comida llena de colores como los del arco iris y, seguramente, tan deliciosa como el olor humeante y apetitoso que provenía de aquellos guisos sorprendentes. No cabía duda, en esa cocina misteriosa se preparaban manjares para los clientes fervientes y curiosos de lo exótico.
–Estoy seguro de que esta es la primera vez que probarás comida mexicana. Te he pedido algo sin picante, espero que te guste, ¿me lo dirás, pequeña?
La niña asintió con la cabeza, una sonrisa discreta pero linda se dibujó en su rostro. Se pusieron a comer inmediatamente.
¡Qué bella es esa niña! Tiene la mirada angelical. Por su manera de comer se ve que está bien educada. Mario no se ha equivocado en el platillo que le escogió: albóndigas oaxaqueñas ligeramente condimentadas con cominos y hierbabuena, bañadas en jugo de jitomate, ideales para el paladar delicado de un crío de esa edad.
Parece saber lo que está comiendo, sin lugar a dudas ha estado en otras ciudades y lugares como éste pero, no lo sé, pues hace rato observaba todo a su alrededor con una mirada de fascinación, un poco divertida como para no querer perderse ningún detalle. Si termina de comer todo, hasta el postre, querrá decir que le ha gustado y yo, correré a decírselo a don Miguel, el cocinero.
Yo sé que te encanta imaginar la vida de los demás y a veces, es cierto, no te equivocas, pero otras, divagas completamente querida, como aquella vez que creíste que uno de los clientes era un conde importante, recién llegado de un país europeo, ni siquiera te acuerdas de cuál; y pensar que te tomó el pelo sólo porque sabía hablar bien diferentes idiomas y andaba elegantemente vestido, pero en realidad, se trataba de un actorcillo de teatro, además, ni propina te dejó y tú tan bien que lo atendiste. ¡Qué chasco te llevaste! Ya para de soñar.
No puedo dejar de hacerlo, eso me apasiona y alimenta constantemente mi imaginación. Mira, hoy Mario está muy guapo, bien vestido, como siempre, pero hay algo en él que le da ese encanto irresistible, sus gestos parecen haberse endulzado más que de costumbre, quizás sea el hecho de que esté acompañado por esa niña, ¿no crees? Pero bueno, hay que decirlo, él es muy buen mozo y eso nadie lo puede dudar.
Ella vencerá su timidez y me preguntará quizás quién es la niña que me acompaña hoy. Yo la miraré desinteresadamente para no reflejar ningún signo de curiosidad delatadora ni nerviosismo. Sí, Ella me pone nervioso, me da vueltas la cabeza sólo de pensar que sus bellos ojos pudieran mirarme con esa candidez que la caracteriza; no quiero detenerme ni por pocos segundos en su silueta delicada, tengo temor de ruborizarme, a mi edad ya no soy ningún adolescente; ignoraré sus divinos brazos, sus manos suaves y sus dedos finos, sus labios desbordantes de sensualidad. Sus ojos expresivos de mirada intensa, me dejan sin habla... Pero no, ya basta, deja de pensar en Ella de esa manera, ¿qué no ves que te ignora?
Regresen a la realidad que la vida no es sueño.
Querida, allá hay otro cliente que te está llamando. ¡Oh, no!... Es la señora Gertrudis, la caprichosa, la pocas veces satisfecha, la indecisa; no sé por qué diablos vino justo hoy, martes, ella es de los jueves. Quizás ahora le falle la memoria o ¿es que está cambiando de costumbres? Espero que esté de buen humor y yo de paciencia para lidiarla.
–Buenas tardes chica, no sé cuánto tiempo llevo llamándote pero ni me haces caso, andas distraída, para variar; a ver, préstame el menú del día, ojalá que haya algo de mi agrado. ¡Qué bien!, don Miguel me leyó el pensamiento, precisamente hoy se me antojaba comer un mole poblano bien acompañado con arroz, frijolitos y tortillas de maíz y mira, eso es lo que me propone la carta. Estoy de suerte, se me hace agua la boca, no te puedes imaginar. Hasta el buen humor me ha llegado y todos mis males han desaparecido, la vida es bella, ¿verdad niña? Anda pues, no te demores que me muero de hambre.
¿La vida es bella? Pero, ¿qué mosca le picó?, voy a decirle a don Miguel que de ahora en adelante, si no quiere problemas con la doña, deberá lanzarse con un nuevo trabajo: el de adivinador del pensamiento.
Mario ha pedido la cuenta, se están preparando para irse; deja cuidadosamente un billete sobre la mesa, observa a su alrededor, busca la mirada de la chica que lo atendió, pero como de costumbre, Ella no aparece, se esconde en algún lugar del restaurante; sin embargo, se siente observado, piensa que quizás Ella tenga un escondite favorito por donde mirar lo que pasa en el comedor, o acaso sólo sea una vez más su imaginación que lo hace delirar. Otro día sin poder hablarle, otro día mostrándole sólo una apariencia de su ser, la más inútil, la más superficial.
–Hasta el próximo martes, belleza...
Se despide con la mirada, deseoso de encontrarse con la de Ella, pero hoy no es su día de suerte. Salen los dos, la niña, encantada de haber comido en aquel lugar y él,
