Tras el humanismo: La imagen cristiana del hombre
Por Rémi Brague y David Cerdá García
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El nuevo hombre soñado por los regímenes fascistas o soviéticos era un anticipo del hombre aumentado con el que sueñan los transhumanistas; de la misma manera, el Untermensch (infrahumano, como llamaban los nazis a los no arios) encuentra hoy sus avatares en una muchedumbre que no se ajusta al proyecto deseado para la humanidad. La tentación de definir al hombre a partir de sí mismo lo relega a esa condición inferior. Sólo una imagen del hombre que lo salva impide esta división idólatra ¿Por qué?
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Tras el humanismo - Rémi Brague
RÉMI BRAGUE
TRAS EL HUMANISMO
La imagen cristiana del hombre
EDICIONES RIALP
MADRID
Publicado por primera vez en alemán con el título:
Zum Christlichen Menschenbild
© 2021 by Rémi Brague con licencia exclusiva a Springer Nature,
una división de Springer Fachmedien Wiesbaden GmbH
© 2024 de la versión española realizada por
David Cerdá
by EDICIONES RIALP, S. A.
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Springer Fachmedien Wiesbaden GmbH no asume ninguna responsabilidad por la exactitud de la traducción.
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-6727-0
ISBN (edición digital): 978-84-321-6728-7
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6729-4
ISNI: 0000 0001 0725 313X
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Dedico este libro a la memoria de Robert Spaemann (1927-2018) y a mi querida esposa en el cincuenta aniversario de nuestra boda.
ÍNDICE
Prefacio e un traductor o un discípulo
Introducción. Auge y declive del humanismo
El «humanismo»: un modo y un eslogan
Historia de una palabra conclusiva
Lo absoluto y lo relativo
Etapas del camino al trono
Deconstrucción posmoderna de los privilegios humanos
La situación actual: una dignidad humana sin hombre
I. Un proyecto de antropología
Antes de que la cuestión se plantee
Su prehistoria y protohistoria en la Antigüedad clásica
La construcción de la Biblia hebraica
En los Padres de la Iglesia
Esbozo de una historia de la antropología moderna
II. En busca de una definición
Una dificultad técnica
¿Dónde está el hombre?
Tras las huellas de un verdadero espécimen
¿Imagen?
Incomprensión divina y humana
¿Es la libertad la creación de uno mismo?
III. La antropología como cristología
El verdadero Adán
Elementos de una cristología
Un modelo paradójico
Sobre un supuesto antropocentrismo cristiano
Para una antropología excéntrica
El hombre realizado
IV. Los hombres desfigurados
Del autorretrato a la caricatura
Relativismo, subjetivismo y biotecnología
Una confesión del joven Marx
Primera vía para inmortalizar al «viejo Adán»: el transhumanismo
Una vía alternativa: el humanitarismo
El humanitarismo y su poder anticristiano
La humanidad como club
V. Una antropología provisional
Tres maneras de describir al hombre y al mundo
La reinterpretación de las características humanas por el cristianismo
La mortalidad como propiedad positiva
La banalidad del bien
Profundizando y ampliando
Elevación
Singularidad de la persona
La historia como lugar de salvación
VI. La excentricidad cristiana
No hay privilegios para los cristianos
La singular universalidad del cristianismo
Efectos en la literatura
En las artes plásticas
La imagen que Dios tiene del hombre
VII. La revelación del Espíritu como revolución de la carne
La ecuación antigua: hombre = alma
La resurrección de los muertos
El cuidado del cuerpo como deber
Acoger la vida humana
Abolir la esclavitud
Elegir un socio
La mirada cristiana se toma en serio la realidad humana
Conclusión. La paradójica situación de los cristianos de hoy
Prefacio e un traductor o un discípulo Fabrice Hadjadj
El lector puede imaginar fácilmente la dificultad a la que me enfrento. Es casi mística. Recuerda a la pregunta que se hace Teresa de Ávila en El castillo interior: ¿cómo entrar en una habitación en la que siempre se ha estado? No me refiero al fondo de este libro, que plantea un problema similar —¿cómo definir la persona que somos, desde qué posición exterior podemos aprehenderla?—; me refiero al texto en francés. La primera pregunta que me hice fue: ¿cómo traducir a un autor a su propia lengua?
Traducir a un autor extranjero a tu propia lengua conlleva los problemas por todos conocidos, pero ahí uno conserva una posición de segunda autoridad: es el maestro de la lengua de llegada, no el autor, así que tiene total libertad para elegir los términos más apropiados y transponer el fraseo según dicte su gramática. Pero ¿traducir a Shakespeare a la lengua de Shakespeare? Aquí, al parecer, es donde el traduttore solo puede ser un traditore, según el célebre dictum, teniendo que renunciar de entrada al intervalo de fidelidad posible.
Además, la dificultad se plantea también en sentido contrario. Un autor que escribe una obra en una lengua que no es la suya materna no puede traducirse a sí mismo, porque tal traducción solo podría ser una reescritura, y sería comprensible que no quisiera escribir lo que ya había escrito. Puesto que Rilke había compuesto sus Quatrains valaisans (Cuartetos valaisanos) en la «lengua prestada» en que se había convertido para él el francés, no se le habría ocurrido traducirlos él mismo al alemán, porque eso habría sido crear otros poemas de Rilke, completamente nuevos.
Así que cuando hace poco me preguntaron sobre qué estaba escribiendo, respondí: «Estoy escribiendo el próximo libro de Rémi Brague». «¿Cómo?», se escandalizó mi audiencia, «¿ahora eres su suplantador?» (en un gran esfuerzo por evitar el término «negro»). «No», expliqué, «pero él lo escribió en alemán, y como no puede traducirlo al francés, porque para él eso significaría reescribirlo desde cero, me estoy intentando ocupar yo, con una mezcla de temor y temblor […] Probablemente será una traducción de discípulo, más que de traductor, o algo así como una encarnación, dos naturalezas en un libro: 100 % Brague, 100 % Hadjadj, donde por supuesto es Brague la persona que habla y se revela».
*
Este libro forma parte de una historia compartida. En 2020 pedí a mi maestro y amigo que viniera al instituto Philanthropos a dar una conferencia en septiembre con motivo del inicio del curso académico: ¿Existe una antropología cristiana?
fue el tema escogido. Me pidió que retomase una conferencia que había pronunciado en Múnich, en el castillo de Fürstenried, y que luego completaría en la misma ciudad, en el marco de un seminario en homenaje al gran filósofo católico Robert Spaemann. Como la versión francesa se situaba entre dos episodios alemanes, Rémi improvisó a partir del texto original, traduciendo oralmente en un santiamén (como puede verse en vídeo en el sitio web del instituto).
Este texto se desarrolló posteriormente para su publicación en Alemania, por Springer1, pero yo ya me había encargado de que el autor, durante la cena, mientras le servía un poco de vino y pensaba cómo aturdirle un poco más dejando entrar a unas bailarinas, nos reservara los derechos de publicación en francés para una colección Philanthropos que publicaría Salvator. No hizo falta que hiciese entrar a las bailarinas, ni siquiera esforzarme con los digestivos. En su generosidad paternal, dispuesto a poner nuestra aventura editorial en la pila bautismal, Rémi me lo dio todo y más, probablemente con una réplica que pretendía lo contrario, con su habitual bonhomía, que combina la ironía francesa, el humor inglés y la erudición germánica.
Como todos sabemos, cuando el cielo nos concede nuestro deseo quedamos liberados de la bola y la cadena, pero todavía tenemos que tomar nuestra cruz. El siguiente paso era estar a la altura de la tarea, es decir, del don que se nos había concedido. Uno tras otro, los traductores profesionales nos fallaban, y yo temía a los que no conocían suficientemente la obra del filósofo, con el que dialogo desde hace más de veinte años (mi curso de antropología fundamental se inspira en gran medida en sus libros, desde su tesis Aristote et la question du monde —Aristóteles y la cuestión del mundo— defendida en 1986 bajo la dirección de Pierre Aubenque, hasta Las anclas en el cielo y Lo propio del hombre. La legitimidad amenazada, de 2011 y 2013). Dado que en cualquier caso iba a tener que aplicarme a una relectura en profundidad, preferí trabajar a contracorriente y participar en la propia traducción, recurriendo a la ayuda de germanistas experimentados y ofreciéndole todos mis recursos de pensamiento y estilo. Quería que fuera cristalina y, por así decirlo, original: que se oyera en ella la voz francesa de Rémi, tal y como había resonado en mí tras un largo proceso de escucha.
*
Tras el humanismo. La imagen cristiana del hombre es un libro claro, breve y, sin embargo, aparentemente doble. Contiene una crítica filosófica e histórica muy rigurosa de la antropología, y un pequeño, pero muy importante, análisis de la imagen cristiana del hombre. Es el «genio del cristianismo», por así decirlo, de un fervor discreto2. No se trata tanto de que el crítico se transforme subrepticiamente en apologista. Es que el pensador, consciente de las fuentes de su pensamiento, se vuelve agradecido. Heidegger lo resumió en esta paronimia: denken ist danken («pensar es dar las gracias»). Rémi Brague lo hace de forma muy concreta. En su escrito no hay actitud defensiva, sino un ejercicio de gratitud que nace directamente de cuestionarse clarividentemente el patrimonio que lo hace posible y las promesas que lo guían. El autor sabe que Logos es también el nombre del Hijo.
Sin entrar en los detalles de esta lectura, me gustaría llamar la atención sobre tres de sus propuestas más firmes. La primera suena como un órdago a toda la empresa filosófica: cuando se trata del hombre, la palabra «concepto» es menos pertinente que la palabra «imagen». Esta última, aunque menos rigurosa, compensa esta debilidad con un mayor poder para estimular la imaginación y despertar la voluntad de actuar, pero, sobre todo, «habla» por sí misma. Es imposible no pensar en el «rostro» de Lévinas, que no se deja ver, sino escuchar, y toma él mismo la iniciativa de su propia revelación.
Esta rehabilitación de lo imaginario debe escucharse, por supuesto, con oído bíblico. En este sentido, el concepto es nuestro, pero la imagen procede de Dios. No se trata de algo relativo al hombre, sino de alguien que se dirige a nosotros. Y es menos una cuestión de comprender lo humano que de seguir al Hijo del Hombre. El universalismo que pasa por lo singular y que no excluye a nadie como abstracción corre siempre el riesgo de hacerlo.
Pero esta proposición conserva toda su densidad antropológica: si la imagen puede prevalecer sobre el concepto es también porque nuestra inteligencia, que no es en absoluto angélica, está felizmente comprometida en la carne. Olvidar el cuerpo y lo sensible para reducir al ser humano al alma y a la razón es olvidar lo que somos.
*
La segunda proposición se refiere a la precedencia del futuro sobre el presente: el hombre está siempre delante y detrás de sí mismo, porque, siendo ya hombre, aún no lo es plenamente. La antropología aparece aquí como escatología: lo que significa ser humano solo se revelará plenamente en la gloria; por el momento, solo nos vemos «como en un espejo, confusamente» (1 Corintios 13, 12). De acuerdo con este enigma, los más pequeños podrán manifestarse como nuestros santos: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mateo 25, 40).
Pero la antropología es también una teleología, y por tanto una ética: el hombre es, pero también debe ser, según una llamada que viene de más arriba de lo que es. Y por eso esta antropología del futuro es el mejor dique frente al futurismo biotecnológico. Podríamos, de hecho, adoptar una postura arrogante contra los transhumanistas, y decir que el hombre es lo que es, y no puede ser otra cosa. Pero al hacerlo solo opondríamos una definición a un programa, y aun así tendríamos que acoger a los ciborgs como a nuestros hermanos, por muy disminuida que esté su humanidad, del mismo modo que no ofrecemos menos amor a un niño nacido por reproducción asistida, aunque nos opongamos a esta tecnologización del nacimiento.
Lo que Rémi Brague sostiene es que el ser humano siempre se nos escapa, pero no como un fluido que cabe en cualquier molde que se nos antoje, sino como un misterio que se nos confía, y al que debemos rodear con nuestra solicitud.
*
Me complace especialmente la tercera proposición, porque da el espaldarazo definitivo a lo que a menudo he insistido en mis propios ensayos (a no ser que el discípulo se limite aquí a redescubrir el origen): lo teológico se encuentra con lo biológico; en adelante, será por y para el cuerpo como se defenderá lo más espiritual.
Rémi Brague evoca una cierta inversión de la metafísica que se manifiesta en sus mismos detractores. Ayer se la acusaba de alejarnos de la carne y la naturaleza; hoy se la critica por defender demasiado lo natural y carnal. Los hijos del Altísimo se presentan incluso como adictos al sexo, argumentando que no hay nada mejor para un niño que tener un padre y una madre que lo hayan concebido al calor del abrazo.
En nuestros tiempos extremos, la fórmula de Atanasio de que Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera convertirse en dios cristaliza en torno a una de sus consecuencias decisivas: si Dios se hizo hombre, fue para salvarlo, y por tanto también, esencialmente, para que el hombre siguiera siendo humano. Frente a las tentaciones de nuestra época —que ya no es una época, como decía Günther Anders, sino una prórroga—, frente a las fantasías de una regresión bestial, de un mejoramiento cibernético, de un fundamentalismo avasallador o, en román paladino, de un suicidio colectivo, la ayuda no puede venir ni del humanismo ni del humanitarismo, en la medida en que pretenden defender al ser humano a partir de una concepción finita y egocéntrica. La imagen cristiana del hombre, por basarse en las promesas de lo Eterno, es la única que aún puede quedar en pie. Hostil a toda desfiguración, sigue siendo hospitalaria con todos los desfigurados.
Al final, la mayor seriedad conduce a la mayor excentricidad. Nuestro centro no está en nosotros mismos, sino en el otro, y ante todo en lo incomprensible, lo que supera incluso la «alta fantasía» (Dante, Paradiso, XXXIII, 142). Esto es lo que la
