Extravíos o mis ideas al vuelo
Por Príncipe de Ligne, Charles-Joseph De Ligne y Ignacio Díaz de la Serna
()
Información de este libro electrónico
Se opone demasiado a los prejuicios heredados para que agrade a los que son sus esclavos. Predica que a ninguno hay que contradecir, lo que contradice a quienes les gusta contradecir. Habla bien de las mujeres, aunque habla mal de ellas. Celebra el amor, aunque alaba la indiferencia; aplaude el cumplimiento de los deberes, aunque preconiza los encantos de una vida ociosa; incita a la gloria, pero asegura que pocos la alcanzan, o que pocos la disfrutan y que dura tan poco, que es casi una quimera; inventa proyectos, aunque sostiene que nada se gana con llevarlos a cabo.
Es alegre, es sombría; es ligera, es agobiante; quizás más huera que profunda; novedosa y ordinaria; trivial y excelsa, luminosa y oscura, reconfortante y desoladora. Afirma, y duda un instante después.
Relacionado con Extravíos o mis ideas al vuelo
Títulos en esta serie (19)
Una belleza insoportable: Las cartas de Everett Ruess Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl rehén Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesManeras de no hacer nada Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Cuentos de una abuela Calificación: 2 de 5 estrellas2/5Manual del perfecto canalla Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCartas desde la Tierra Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Clandestina: Escritora, traductora, mujer Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl amor en serio Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSeamos laicos: Educación y laicidad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesBubu de Montparnasse Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Una noche en el Luxemburgo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesRecuerdos de la vida de una estudiante Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPuro vicio: Libros y lecturas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl fervor de tener libros Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesUn ensayo sobre tipografía Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesExtravíos o mis ideas al vuelo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesFilobiblon: Amor por los libros Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCuentahílos: Elogio del editante Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos amores inconstantes: Adolphe, Cécile, Amélie y Germaine, El cuaderno rojo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Libros electrónicos relacionados
Congreso de Verona: Guerra de España - Negociaciones - Colonias españolas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSocarrats Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSimientes de igualdad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Cartuja de Parma Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNapoleón Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Indiscreciones del Rey Sol Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl veredero Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl doncel de don Enrique el Doliente Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Los tres mosqueteros: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Obras - Colección de Alejandro Dumas: Biblioteca de Grandes Escritores I Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El Príncipe Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEpisodios nacionales V. Cánovas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Yo soy el Caballero de París Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Recuerdos de egotismo: Y otros escritos autobiográficos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Tulipán negro - Alexandre Dumas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAmor Prohibido Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Shirley Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Panfleto de Kronborg Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNunca juegues con un bandolero Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Juana de Arco: Una Fascinante Guía de una Heroína de Francia y su Papel Durante la Fase Lancasteriana de la Guerra de los Cien Años Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMajaderos ilustres: Biografías cómicas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Novelistas Imprescindibles - Eduarda Mansilla Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLas diabólicas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La batalla de Azincourt: En el corazón de la guerra de los Cien Años Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCartas a Camondo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesRuter el Rojo: Un aventurero entre los Austrias y los Borbones Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl club de los suicidas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Los tres mosqueteros Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa cartuja de Parma de Stendhal (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Clásicos para usted
La Divina Comedia Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La Odisea Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Viejo y El Mar (Spanish Edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El leon, la bruja y el ropero: The Lion, the Witch and the Wardrobe (Spanish edition) Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La Iliada (versión Manuel Rojas) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Arte de la Guerra Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Los mejores cuentos de Terror Latinoamericano: Selección de cuentos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesGuerra y paz Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Narrativa completa Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El principe Caspian: Prince Caspian (Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El extranjero de Albert Camus (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Cuentos completos Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Confesión Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Los hermanos Karamázov Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El sobrino del mago: The Magician's Nephew (Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La silla de plata: The Silver Chair (Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La vuelta al mundo en ochenta días: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El señor de las moscas de William Golding (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La travesia del Viajero del Alba: The Voyage of the Dawn Treader (Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Obras Completas Lovecraft Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Novela de ajedrez Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Libro del desasosiego Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Un mundo feliz de Aldous Huxley (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La llamada de Cthulhu Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El caballo y el muchacho: The Horse and His Boy (Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La Isla Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Principito (Spanish edition) Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesFIESTA - Ernest Hemingway Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa ultima batalla: The Last Battle (Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Categorías relacionadas
Comentarios para Extravíos o mis ideas al vuelo
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
Extravíos o mis ideas al vuelo - Príncipe de Ligne
Príncipe de Ligne
Extravíos
o mis ideas al vuelo
PRÓLOGO Y VERSIÓN DEL FRANCÉS DE
Ignacio Díaz de la Serna
trama editorialEsta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte.
Título original:
Mes écarts ou ma tête en liberté
© Del prólogo y la traducción, Ignacio Díaz de la Serna, 2019
© De esta edición, Trama editorial, 2019
Zurbano, 71,
28010 Madrid
Tel.: 91 702 41 54
trama@tramaeditorial.es
www.tramaeditorial.es
isbn: 978-84-18941-98-6
Índice
Príncipe color de rosa
Extravíos o mis ideas al vuelo
Notas
PRÍNCIPE COLOR DE ROSA
Rosa y plata fueron los colores del príncipe de Ligne. Sin duda los eligió porque cuadraban bien con su temperamento. Rosa y plata eran, además, los colores distintivos del linaje al que pertenecía. Su escudo de armas, blasones, estandartes, panoplias, y otros cacharros de su alcurnia, no solo eran rosa y plata; rezumaban un abolengo que casi se perdía en la noche anterior al Génesis. Casi…
Auténtico príncipe por los cuatro costados, enloquecía con los carruajes suntuosos y los séquitos de fábula. Ahí donde se dirigiera, viajaba siempre sobre un fondo rosa, como si el universo entero estuviera teñido así, vistiendo el uniforme blanco del ejército austríaco salpicado de galones y cintas color rosa. Durante los últimos años de su vida, cuando las circunstancias lo obligaron a refugiarse en Viena tras quedar arruinado por las revoluciones de Francia y de los Países Bajos, el rosa continuaría acompañándolo. Los interiores de la residencia que alquiló en Mölkerbastei fueron rosa, y color de rosa serían aun sus pensamientos, pese a los numerosos desencantos sufridos.
Charles-Joseph de Ligne atribuía un poder especial a los colores. Creyó que cada cual influía de manera precisa en nuestros sentidos y en nuestro ánimo. Opinaba que los habitantes de una ciudad pintada de blanco y rosa, de verde, de amarillo, de azul, serían mucho más felices que los de una ciudad donde todo es gris y negro. No andaba descaminado. El ideal arquitectónico de Ligne era simple: una ciudad multicolor. Nunca lo vería convertido en realidad. Sin embargo, algo de ese anhelo quedó plasmado en los aposentos y jardines de su espléndido castillo de Belœil. Allí, según cuenta en sus Memorias, llevó una vida envidiablemente dichosa.
Por encima de todo, el príncipe fue un hombre de sangre guerrera. Huérfano de madre desde los cuatro años, creció en un ambiente donde predominaban las aspiraciones viriles. Por las noches, al calor del fuego, escucha en voz de su padre, sin pestañear, las proezas del príncipe Eugène, el relato de las batallas que Charles XII libró en buena lid y ganó.
Como cualquier niño, el príncipe encabeza las más increíbles escaramuzas, de las cuales, por supuesto, sale siempre victorioso. En su magín retumba a diario el choque brutal de dos ejércitos, el temblor de la tierra cuando carga la caballería, el estruendo de los cañones; oye muy cerca la súplica de los heridos, los gemidos de los moribundos; ve a sus pies jinetes y monturas apilados en un mar de sangre que enrojece, hasta el último confín, el paisaje.
Las llanuras de su Hainaut natal se transforman, por arte de birlibirloque, en escenario de los Grandes Sucesos de la Historia. Monsieur de Turenne, el Gran Condé, son sus héroes favoritos. Los idolatra; desea seguir sus pasos.
A los trece, se siente desconsolado porque todavía no ha tenido su primer duelo. El heroísmo es, a todas luces, la vocación del príncipe. Quisiera crecer más deprisa para participar en encarnizados combates que le den fama, que pongan su nombre en el noveno cielo.
Ya adulto, conservará intacto ese ardor guerrero. «No me quejo de los tiros que me disparan como solaz algunas veces cuando paseo», escribe al emperador José II. Vaya manera de divertirse. Para sobreponerse al tedio que pronto se apodera de todo campamento militar durante una tregua, pide de vez en cuando a algún suboficial que le dispare mientras él hace caracolear a su caballo. Esquivar balas es su forma habitual de abrir el apetito cuando se aproxima la hora de la cena.
Cabe suponer que le habría agradado menos correr ese peligro si le dispararan intencionadamente. De Ligne está dispuesto a perdonar cualquier cosa, salvo que se trate de una acción en la que se han sopesado sus medios, sus fines y sus consecuencias. Lo que más aborrece en el mundo es el cálculo, la previsión meditada de lo que ha de ganarse o perderse al realizar esto o aquello.
Con todo, sería un error pensar que la guerra lo deleitaba. No ignora que aun cuando se puede intervenir en ella con desenfado, con cierta jocosidad, exige demostrar virtudes poco acostumbradas. Tales virtudes, el arrojo o la clemencia, por ejemplo, solo interesan al príncipe en tanto que le permiten manifestar una soberana desenvoltura. La savia de sus ancestros no ha muerto en él; corre alegre por sus venas. Después de tantos siglos, todavía lo alimenta la tradición de la antigua nobleza feudal, dueña de vidas y haciendas, que consideraba la guerra una mise en scène de la dignidad aristocrática.
Y De Ligne, la verdad sea dicha, jamás traicionó su vocación. Aquellos sueños de niño dejarían de ser sueños de infancia.
Tuvo una brillante carrera militar, siempre fiel a los intereses políticos de Austria. No obstante, las guerras en las que intervino apenas colmaron su deseo de gloria. En épocas de paz se dedicaba con frenesí al cultivo de la vida en sociedad, gozosos interludios que lo entretenían a la vez que lo aburrían.
Aún bastante joven, participó en la guerra de los Siete Años, lo que le valió ser nombrado coronel de su regimiento. Posteriormente tomó parte en la guerra de sucesión por el trono de Baviera, entre 1777 y 1779. En ese último año, su desempeño en la conquista de Belgrado fue sobresaliente. Junto a Potemkin –cuya personalidad lo fascinaría–, combatió en la guerra entre rusos y turcos. Las cartas que envía a distintas personalidades durante todas esas campañas dan testimonio de su vitalidad y, sobre todo, de su talento literario.
Pero aun para los príncipes, la vida no siempre es color de rosa. Pierde a su hijo, su amadísimo Charles, en el sitio de Argonne mientras peleaba contra los franceses bajo las órdenes de Brunswick. Cuando propone a Catalina de Rusia una coalición contra las fuerzas revolucionarias de Francia para salvar lo que él denomina «la religión de los reyes», no obtiene respuesta a su proyecto. El silencio de la emperatriz lo hiere tanto como antes lo había ofendido la negativa de José II prohibiéndole regresar a Viena, después de acusarlo injustificadamente de participar en la revuelta de los Países Bajos. Más tarde, reniega con amargura de que no lo incluyan en el ejército para luchar contra Napoleón.
Lo que le disgusta del corso es su costumbre de promover soberanos con la misma facilidad con que se promueve la ascensión de rango en la corte o en un regimiento. Reyes caen, reyes suben, según el talante que tenga el gordito Bonaparte al despertar. Impotente, no tardará en llegar al príncipe la noticia de la derrota de las tropas austríacas. Como militar, Charles-Joseph de Ligne no oculta su reservada admiración por Napoleón. Como aristócrata y partidario convencido del derecho divino de la realeza, observa con horror la expansión de esa «plaga» que contamina a Europa.
Hacia 1810 pule su juicio sobre aquel emperador advenedizo. Aunque ya retirado, no pierde la puntería. Con motivo de los festejos por el matrimonio entre Napoleón y la archiduquesa María Luisa de Habsburgo, aprovecha la oportunidad de acercársele y cruzar unas palabras con él. Admite que tiene el aspecto de un hombre que sabe mandar, con carácter, pero también le parece rígido, calculador, incapaz de entregarse a los desvaríos propios del que posee genio. Lo que pudo atisbar, ¿habrán sido nervios de recién casado? No era la primera noche de
