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Sinfín es la mirada atrás, a su vida, de una mujer ya no tan joven que ha querido vivir al límite, sin reprimir sus deseos, dentro de un orden.
Llena de sombras y luces, de ironía y de tragedia, la enimágtica Rosa utiliza el humor para abordar los fracasos que dominan su existencia a la vez que hace un repaso a los altos y bajos de su vida en una novela circular que empieza donde acaba, y viceversa. Así, mediante un lenguaje parco y certero, la acompañamos en su juventud y su característica inquietud por romper con lo establecido que le trae desengaños y aventuras amorosas, para luego afrontar sus dilemas respecto al sexo, a la familia, al deseo o a la frustración, y acabar con la entrada en la madurez y la sombra de la muerte que la acompaña y que pone fin al vodevil tragicómico de una protagonista fascinante.
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Sinfín - Luis Marigómez
Sinfín
Copyright © 2016, 2023 Luis Marigómez and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728396063
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Para Rosa, Marta, Isabel, Ana, Juana, María,
Rebeca, Teresa, Elaine, Margarita, Alicia, Adela, Carmen...
En el principio fue la lujuria. El deseo era el principio,
tanto divino como humano. La gravedad, la luz, el magnetismo
y el pensamiento podían ser aspectos de un mismo deseo universal.
Issac Bashevis Singer
¿Es deseable un mundo en que no se desea nada?
Robert Musil
Vuelta
Así es que su vida se estaba convirtiendo en una huida hacia adelante;
ella se estaba convirtiendo en una de esas mujeres que huyen.
Una mujer que escandalosa e incomprensiblemente lo abandonaba todo.
Por amor, dirían con sarcasmo los observadores. Queriendo decir:
por sexo. Nada de eso habría ocurrido si no fuera por el sexo.
Alice Munro
Se acabó. No sé si estuvo bien durante un tiempo. Supongo que no sería tan malo, por todo lo que he aguantado, lo que me han aguantado. También disfrutaría algo, supongo, a veces. ¿Ha merecido la pena? La expresión implica considerar al dolor valioso. La pena merece ¿qué? Ya sé que es inevitable y que una mujer de mis años debería entender su necesidad. El dolor del deseo, las humillaciones en el trato con los hombres, juegos que producen arañazos, cortes, heridas. Tampoco es que yo me haya dejado avasallar siempre. El mundo como batalla. Javier, Margarita y Luis fueron los principales contrincantes. El resultado es siempre un desastre, a veces ridículo. Como cuando me río al recordar el día que me caí a la fuente persiguiendo un pato que no se dejaba coger. Tenía siete años y además del llanto por el chapuzón, tuve que aguantar la regañina tremenda de mi padre, que me había llevado al parque esa mañana de domingo, con mis hermanas, mucho más prudentes, que miraban entre asustadas y con ganas de echarse a reír por la pinta de pollo mojado que tenía cuando papá me sacó del agua. Venció la carcajada, a pesar del careto de mi progenitor. Quizá sea lo que corresponda a la pena, la risa. Ya antes me había manchado el vestido con helado y Ana, siempre tan diligente, le había informado a mi padre, que empezó a ponerse contento con esta inútil. Mamá, que se había quedado en casa preparando la comida, cuando me vio, dio un grito de espanto. Luego se le fue pasando el disgusto. ¿Qué podía hacer? Fue un domingo señalado. Dicen que el dolor vale para escarmentar, pero habrá otros modos más llevaderos. No volví a caerme a la fuente, ni a perseguir a los patos.
Tuve uno un verano, en el pueblo, de esos que se compran en los mercados, amarillo, como una pelota de tenis con cabeza, para zampárselo en navidad. Me seguía a todas partes, cagaba en cualquier lado y luego tenía que limpiarlo con un trapito que llevaba siempre encima. Ese era el trato con mi madre. En cuanto desayunaba, salía a buscarlo. Me encantaba su cua-cua continuo. Un día lo pisé, sin querer. Estaba a punto de caer al arroyo y me eché para atrás. Le aplasté el cuerpo. Lloré durante días. Propusieron comprarme otro, como si eso fuera a aliviar la desgracia. Hay una frase hecha que dicen mucho las señoras: ¡ya no aguanto más!
Pero sí aguantan, sí aguantamos, casi todo el mundo. Yo lo he hecho hasta ahora, lo mismo que Luis. Estaré más sola o, mejor dicho, habrá menos gente alrededor. Seguro que nos vendrá bien.
No creo que sea momento de repartir culpas. No sé si hay culpas, ni causas; en todo caso, buena parte de ellas serían mías. Están mis padres, la educación que recibí, lo que aprendí y lo que olvidé, los amigos, el trabajo y, sobre todo, el imbécil de mi marido. Hay quien dice que es un santo. Pero la última responsable soy yo, moviéndome como una idiota en esta selva llena de peligros, cayendo en todas las trampas, casi siempre con miedo, a veces con ganas de joder. Nunca supe si debía entrar al trapo en los juegos que salían al paso o si era mejor huir. Hice las dos cosas, y solían ir mal. Me estoy poniendo tremenda. Tampoco fue para tanto. Como dice mi hermana Isabel, tengo un talento innato para la tragedia. No todo han sido desgracias. He tenido mi cupo, como todo el mundo, y los momentos felices correspondientes; y, sobre todo, enormes temporadas de vulgaridad, esa niebla que nos envuelve la mayor parte del tiempo. Una vida como la de cualquiera. ¿De qué me quejo? Ahora lo que me ahoga es una sensación de vacío, de sinsentido, que en otro momento podría resultarme indiferente, pero hoy me harta. Siempre he sido un poco insoportable.
El día de mi primera comunión iba a ser uno de los más felices de mi vida, decía todo el mundo. Llevé un traje de princesa que ya había usado Isabel en lugar del hábito de monja, que era lo que se estilaba y lo que yo quería. En aquella época anhelaba lo que todo el mundo, seguir la moda. En la iglesia sólo éramos dos princesas, todas las demás iban de monjas, pobrecitas. Ahora me alegro de la diferencia. Los niños aparecieron disfrazados de marineros, de frailes, y solo uno de almirante, con un traje que le quedaba grande. Un niño muy guapo a repartir entre dos mocosas. La historia de mi vida. Los zapatos de charol blanco que compraron para mi hermana mayor me apretaban y terminaron haciendo herida en los talones. Pasé la misa mirando el breviario con tapas de nácar que había sido de mi madre y mis tíos, con recordatorios de sus celebraciones y de algún entierro. Antes de la ceremonia, me preguntaba por qué era tan importante la primera, y la segunda y demás comuniones no tenían valor. Sigo sin comprenderlo. Puede que sea lo mismo que ocurre con los encuentros carnales. El primero es siempre fundamental. Lo mejor de aquel día fueron los regalos, (un reloj de pulsera que dejó de funcionar a las pocas semanas, una cámara de fotos barata que nunca usé, alguna muñeca...) las propinas desmesuradas de los familiares, que fueron a la cartilla de ahorro infantil, y, lo mejor, mi primer tiro con una escopeta de feria, al que me invitó, en secreto, mi tío Isidro, por la tarde, en un puesto que había en la plaza del barrio, con el que di a una bola de anís que me zampé enseguida. Tiré otras dos veces y no volví a acertar. Un día inolvidable. Todavía guardo una foto en la que aparezco toda de blanco, con velo y guantes, sujetando el breviario y un rosario de cuentas blancas, con cara de pánfila. Puede que mi vida haya sido como el día de mi primera comunión, un alboroto en el que una cree que pinta algo y no es más que una excusa para que todo siga dando vueltas.
Debería hablar de mi marido, un inútil con el que fui a parar después de muchos tumbos. Lo quise así, inútil, para que no molestara. Ya había tratado con demasiados listos, chicos guapos, arrebatadores, de los que me enamoré como una idiota, y que me hicieron la vida imposible. En realidad, mi marido no ha sido más que el final de una cadena, quizá el menor responsable de mis desdichas, pero es con quien más tiempo he pasado, como si hubiera sido un invierno muy largo. Para entender algo de nuestro matrimonio tendría que hablar de mis aventuras anteriores; habrá que empezar por el principio, por si significara algo.
El principio podría ser mi familia, mis hermanas insufribles, mi padre siempre enfadado, mi madre soportándolo todo. Debería ser más explícita, dar ejemplos para que no parezca que reúno en mí todas sus cualidades, lo que seguramente ocurre.
Lo de mi padre se explica con facilidad. Llegaba a casa harto del trabajo en la oficina y se encontraba con un alboroto notable, mis hermanas y yo haciendo todo el ruido que podíamos y mi madre quejándose sin parar, sin que le hiciéramos el menor caso. Era como para huir antes de entrar. Mamá se ocupaba de las tareas de la casa, de la ropa y la comida de todos, con la ayuda de un sueldo de miseria y de unas hijas que no daban más que disgustos, según gritaba varias veces cada día. Mis hermanas me parecían a menudo como las de Cenicienta. No puede decirse que yo fuera mejor. Todas queríamos más de lo que había para nosotras, muy poco, más ropa, más juguetes, más espacio, hacer lo que nos diera la gana, lo normal. Quizá todas nos sentíamos como Cenicienta, aunque no fuéramos ni la mitad de tontas. Desde luego, queríamos ser princesas, que nos admiraran por lo guapas que éramos, tener muchos vestidos, zapatos, muñecas... mucho de todo, y poder mandar cortarle la cabeza a alguien cuando nos hiciera rabiar. Nuestros padres no podían presumir de ser reyes de ninguna parte. Mamá sí podría haber sido Cenicienta, por todas las tareas que le tocaba hacer, pero, por alguna razón que nunca entendí, algunas veces estaba alegre y entonces era muy cariñosa con nosotras. Los domingos por la mañana nos vestía con todo el cuidado del mundo, nos peinaba y nos echaba colonia antes de salir las tres con mi padre a misa y al parque. Nos llenaba de besos mientras decía lo guapísimas que éramos. Eso no quitaba las broncas por lo mal que comíamos, sobre todo Isabel y yo, por lo destrozonas que éramos con la ropa, que no nos duraba nada, y por los gritos que dábamos todo el tiempo cuando estábamos en casa, jugando algunas veces y peleándonos las demás. Mi padre estaba menos presente. No paraba mucho allí y había que estar en silencio cuando aparecía, a la hora de las comidas. Se preocupaba de nuestros estudios, que a mi madre siempre le dieron igual, y alguna vez nos ayudaba con los deberes, sobre todo de matemáticas. Los problemas de grifos eran una de sus especialidades. Nunca pude comprender el interés de saber el tiempo en que se iba a llenar una bañera según los distintos chorros que caían; además, alguien solía dejar el sumidero abierto. ¿Quién ha visto bañeras así, llenas de grifos y agujeros? Un despropósito. En el colegio, en cambio, pensaban que eran imprescindibles para nuestra maduración intelectual. Cuando no entendíamos algo, casi siempre, se ponía hecho una furia y decía que éramos idiotas. Puede que no le faltara razón. Preferíamos ayudarnos unas a otras lo que podíamos antes de recurrir a él. La más lista era Ana; para el dibujo y las tareas manuales estaba Isabel; yo no servía para nada. Traía a casa siempre las peores notas. Ana me ayudaba luego a recuperar los suspensos. A cambio, tenía que mantener en riguroso secreto y ayudarla en sus travesuras, casi todas relacionadas con visitas a la despensa a deshoras. El chocolate y las galletas desaparecían como por arte de magia. Yo le ayudaba a subirse a la silla para llegar a lo más alto de la alacena, donde se guardaban los tesoros. Isabel no solía enterarse de estas aventuras. Ella pasaba menos hambre. Cuando lo hacía, Ana siempre encontraba algún modo de hacerla callar. Todas teníamos secretos de los que mi hermana menor estaba al tanto y que no queríamos que dejaran de serlo.
A veces jugábamos al parchís, ese paradigma de la crueldad, las tres hermanas. Mi madre miraba desde un sillón, cosiendo. Isabel tenía una tendencia compulsiva a hacer trampas; yo, en cambio, conseguía perder buena parte de las partidas sin el menor esfuerzo. No terminaba de concentrarme en las fichas de colores y su recorrido por el tablero. Ana era quien ponía más atención en el juego y ganaba casi siempre. Pasaba buena parte del tiempo dedicada a poner orden. No le dejaba trampear a Isabel, me avisaba cuando podía comer una ficha si no me había enterado y me reñía porque olvidaba tirar el dado. Yo me enfadaba con ella por ser tan metomentodo... Ahora veo que aquellas partidas eran un entrenamiento para la vida adulta. Se trataba de comernos fichas unas a otras sin piedad para ver quién ganaba. Al final del curso, terminaba por ser aburrido, de tan previsible. Ganaban Ana o Isabel, por sus capacidades estratégicas, sus trucos y su concentración en el juego; yo tuve siempre la costumbre de no estar atenta a lo importante.
En el verano íbamos a casa de la abuela Carmen, en el pueblo. Allí no teníamos problemas para estar en la calle todo el día. Había vacas, burros, ovejas, perros y un gato. El olor a estiércol era tan normal como el de la madreselva y, alguna vez, el de las rosas del jardín de Mª José. Las plastas de vacas en las calles hacían juego con las ortigas, que crecían por todas partes, y las zarzas llenas de pinchos, que al acabar el verano daban moras. Todo muy bonito. La importancia real del pueblo es que allí había chicos, y podíamos hablar con ellos, jugar, hacer el tonto. Cuando fuimos creciendo y después de algunas partidas de parchís mixtas empezamos a hablar de lo estúpidos que eran al acostarnos las tres hermanas. Podíamos haber creído siempre que todos los hombres eran como mi padre, seres lejanos con propensión a la ira que a veces nos sacaban de paseo los domingos. Quizá al cabo de los años esa primera definición no sea tan desajustada. Entonces pensaríamos que era un disparate. ¿Qué tenían que ver esos muchachos a los que les gustaba hacernos rabiar y reír con la seriedad de estatua de
