Cofradía para otra canción de Aznavour
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Cofradía para otra canción de Aznavour - Fernando Vera Ángel
Una cofradía para otra canción de Aznavour
¡Felices aquellos sesenta y setenta del siglo veinte!
Jóvenes y adolescentes gustábamos de tantas cosas en común. Aceptábamos tantas de nuestros mayores que las horas siempre eran cortas y escasas para compartir temas e historias.
Nos identificábamos en sueños eróticos por las mismas mujeres, ésas que constituían nuestros amores platónicos de entonces. Los más imberbes nos dábamos testazos por una doble de alguna actriz o cantante de moda.
Medellín vivía en sus diferentes barrios la vida con sano frenesí y en ellos las barras o grupos juveniles eran muy diferentes de lo que hoy representan. Promovían y facilitaban el acercamiento entre coetáneos con aficiones análogas. No eran clanes mafiosos de facto para agredir a quienes exteriorizaban o pregonaban otros pareceres. El masivo acceso a la universidad de las por aquellos años jóvenes derribó muros pacatos impuestos por generaciones precedentes. La Pilsen y la Coca-Cola cohonestaron idilios corintelladescos, mientras los traganíqueles de telón narraban experiencias ajenas que convidaban a continuar en el intento de querer a esa desconocida a la que nos aproximaron la vecindad en la cuadra, una balada de la época, el permiso ceremonial a compartir mesa en sitios de reconocida afluencia. La socorrida pregunta de ¿estudias o trabajas? muchas veces constituía el preámbulo de idilios de luenga vigencia.
¡Cómo se nos van los años, ahora cuesta recordarlo!, canta Piero con profusión de detalles para adentrarnos en nostálgica evocación del periplo existencial que nos asemeja a todos por igual. Sin diferencias ni de patrimonio, ni de nación, ni de bandera.
¡Felices aquellos sesenta y setenta del siglo veinte!
El Parque Bolívar era otro cuento diferente del que hoy padecemos, pero… ¡cuán grato era! Invitaban a recorrer sus diez mil trescientos noventa y cinco metros cuadrados unos senderos encementados siempre aireados por la frescura que le prodigaban decenas de empinados arbustos. Apenas se admitía por las autoridades, con la veeduría del vecindario, una estratégica y útil ubicación de media docena de lustrabotas y dos kioscos para la venta de diarios y revistas en el costado sur, por donde topaba con la frenética carrera Junín, esa arteria que a lo largo de casi cien años ha sido una arteria ahíta de historias, unas que comenzaban, otras que desembocaban en aquella tupida arboleda. De su inicial tráfico vehicular bidireccional pasó al unidireccional. Después sería de los poquísimos corredores peatonales del centro que mantienen, con el discurrir del tiempo, su estética e interés para sus visitantes, ocasionales o recurrentes, merced al concurso de muchos, para que, en la medida de lo posible, no resulte finalmente tierra de nadie o maldita evidencia del caos en que se convierten ciertos lugares cuando los embadurna la pátina de la añejidad.
Contribuían a la tacañería de sol en ese pulmón verde urbano las primeras edificaciones que se erigieron en sus alrededores, antaño residencias de tradicionales y oligárquicas familias paisas que se ufanaban de vivir en pleno parque Bolívar y eran referentes de la heterogeneidad que adoptaba la incipiente urbe de manera consistente y embrujadora.
A veces se colaban por allí culebreros o actores de teatro experimental que originaban en torno suyo pequeñas concentraciones. La Barca de los sueños se llamó una pareja que se instaló con su quehacer cultural durante varias décadas, permanencia que motivaron por varias temporadas los cálidos aplausos de quienes se acercaban a sus representaciones. Se tornó en referente del teatro callejero y produjo varios montajes diferentes para evidenciar que lo suyo era algo más que una actividad de rebusque.
Sobre las carreras Ecuador y Venezuela, vías que lo delimitaban por los costados oriente-occidente, solían parquear taxis de servicio público y unos cuantos automóviles, presagio pragmático de lo que medio siglo después el mundo conocería como UBER. Sus conductores constituyeron otro factor de reconocimiento entre muchos que durante lustros singularizaron la zona. En su extremo norte el lindero era el atrio de la Catedral Metropolitana, variopinto punto de convergencia de puertas abiertas de seis de la mañana a siete de la noche y que hoy apenas abre sus imponentes portones minutos previos a convocatorias religiosas o fúnebres. Aunque al parque lo separaba de esa imponente edificación catedralicia una vía que, en ese entonces, dejaba cruzar vehículos en sentido oriente-occidente, después esa franja divisoria la particularizó una fuente de agua con chorros multicolores dispuesta en frente suyo.
A la derecha de la vegetación que rodea una imponente estatua de Simón Bolívar en bronce y mármol de Carrara, obra de Eugenio Maccagnani, in situ desde el año 1923, quedaban unas heladerías o fuentes de soda, tal les decían en Bogotá. Aledañas al hoy preservado como patrimonio arquitectónico y cultural Teatro Lido solían verse congestionadas de clientes en horas del menú meridiano, mientras en jornadas vespertinas tenían diferentes tipos de clientelas que llegaban a comprar ensaladas de frutas, helados, empanadas, buñuelos y sánduches, productos que les merecieron su goodwell durante dos generaciones.
La mayoría de los usuarios de tan refrescantes lugares, sin embargo, nada qué ver con la actividad cotidiana de esa sala de cine que, muy de cuando en vez, se engalanaba como escenario de recitales de artistas afamados de alta calidad cultural.
Mi padre solía recordar que allí vio y oyó a Berta Singerman, declamadora icónica. Yo allí vi y disfruté, muy mozo, a María Dolores Pradera, acompañada de Los Del Sur, excelsos
