Esto no es un sueño, sígueme
Por Daría Domínguez
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Las decisiones de Cris la llevan a vivir la realidad como una aventura intensa, dura pero gratificante.
Cris es educadora social en un centro que acoge a los más desfavorecidos. Sus conflictos de conciencia y su implicación con los usuarios la llevan a una situación límite que acepta con todas sus consecuencias.
Daría Domínguez
Lectora incansable y ocasionalmente traductora de francés, a Daría Domínguez le interesan todos los géneros, aunque prefiere la novela. Siempre tiene cerca algo de Conrad, Dickens o Stevenson. Fan de la novela negra. James M. Cain y Banjamin Black o John Dos Passos están entre sus favoritos, sin dejar de seguir a las nuevas generaciones española y sudamericana, como Lorenzo Silva o José María Guelbenzu, por un lado, y el mexicano Elmer Mendoza y Rubem Fonseca, por el otro. Tampoco olvida algunas de sus primeras lecturas de este género, como Edgar Wallace y Harry Stephen Keeller.
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Esto no es un sueño, sígueme - Daría Domínguez
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta obra son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados de manera ficticia.
Esto no es un sueño, sígueme
Primera edición: mayo 2018
ISBN: 9788417120269
ISBN eBook: 9788417164027
© del texto:
Daría Domínguez
© fotografía de autora y cubierta:
Cristina Turmo
© de esta edición:
, 2018
www.caligramaeditorial.com
info@caligramaeditorial.com
Impreso en España – Printed in Spain
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a info@caligramaeditorial.com si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
1
—¿Cuánto tiempo hace que no vienes por aquí?
Estábamos sentados en el coche, parado junto a la acera a unos metros del edificio. Yo miraba a través del cristal en silencio, haciendo caso omiso del ronroneo de Javi, quien dirigía la mirada hacia el edificio y, sobre todo, hacia aquella ventana del segundo con las persianas bajadas, intentando vislumbrar algún tipo de actividad, pero en vano: ningún signo de vida.
Javi conocía la historia, llevaba machacándola y machacándome meses, pero ya se le agotaban las palabras, se le agotaban los recursos... Ahora, en la inminencia ya, no sabía ni lo que decía.
Cansinamente respondí:
—No sé, ya lo sabes... Mucho, más de cinco años... A lo mejor diez.
—¡Qué pasada! Todavía no entiendo cómo lo has podido dejar tanto tiempo. Bueno, sí. ¿Te acompaño? ¡Déjame que te acompañe! No sabes lo que te vas a encontrar. ¡No seas cabezona...!
—Ya te he dicho que no. Te lo agradezco... Te quiero mucho, eres lo único que tengo, lo sabes, pero son mis fantasmas y tengo que enfrentarme a ellos de una vez. Es mejor que vaya sola. Quiero ir sola. Si no entro con buen pie, será peor. Vete tranquilo. Si te necesito, te llamo y me vienes a recoger, ¿vale? Tiene que ser así. Ayúdame haciéndome caso, porfa.
—Está bien, esperaré por aquí… un rato. Solo por si acaso, por si tienes que salir corriendo.
—¡Eres muy gracioso! Pero es mejor que te vayas pronto. No estés aparcado mucho tiempo en el mismo sitio, no sea que te confundan y tengas problemas. Esto me pasa... por mi mala cabeza, y por eso tengo que hacerlo yo sola. Gracias, de verdad. Venga, vete ya, ¡te llamo! Te lo prometo. Javi, por favor. ¡Estaré bien! ¡Vete!
Me bajé del coche con las llaves en la mano, cerré la puerta despacio, acompañándola, temiendo hacer demasiado ruido, temiendo llamar la atención.
Eran las once pasadas de una mañana helada y clara de febrero. A pesar de la hora, en el barrio aún adormecido apenas se veía movimiento, estaba claro que la actividad de sus gentes no era la habitual de otras zonas.
Mientras recorría los pocos metros que me separaban del portal, me vino a la cabeza el tiempo que viví allí con mis padres y abuelos. Fue un período corto y raro para mis ojos de niña medio feliz. Todos ganamos con el cambio cuando nos mudamos al centro; sin embargo, siguieron durante mucho tiempo las discusiones entre mis padres sobre el piso y el dinero perdido. «¡Con la falta que nos hace!», decía mi padre. Mi abuelo compró aquel pequeño piso de dos dormitorios en avanzadilla por... ayudar cuando a mi padre lo trasladaron aquí, una capital de provincia pequeña, pueblerina y aburrida según mi madre. Sin embargo, él, mi abuelo, siempre hacía las cosas a su manera, que era ¡la mejor! Y mientras en casa empaquetábamos, él se corría sus juergas. Con lo que le quedó de las muchas que se corrió a lo largo de su vida adquirió aquella maravilla porque era barata; según él, siempre era mejor comprar que alquilar y más valía ser cabeza de ratón que cola de león. Aquello creó un profundo cisma entre mis padres, y entre mis abuelos y mis padres, y entre mis abuelos y... Mi madre, acostumbrada como estaba a vivir donde vivía, se negaba a trasladarse a aquel barrio y a mudarse a aquel piso tan pequeño en el que, para más inri, estaríamos como sardinas en lata, pues mis abuelos vivían con nosotros.
Mi madre quería vivir en el centro y tenerlo todo a mano. No concebía, además, la vida a gritos ni las borracheras de los vecinos ni los pelotazos en las paredes propinados por aquellos maleducados niños que jugaban en las calles.
Así que al poco tiempo de vivir allí, nos mudamos a otro piso que, a pesar de ser también una caja de cerillas, estaba a un paso del mercado y a otro del paseo principal. Por aquel entonces no tendría yo más de siete años. Aun así, recuerdo discusiones y más discusiones sobre ese piso y el barrio, sobre todo por el dinero que nunca se recuperaría porque, según mi padre, aquel maldito piso nunca se podría vender. Del barrio en sí, sin embargo, pocos recuerdos tengo: largas tardes de verano asomada al balcón mirando a los niños correr jugando a la pelota, al que te pillo o al ziriguizo. Mi madre, en alguna ocasión irremediable, me dejaba bajar a jugar a la calle, bajo amenaza de castigos horribles si me alejaba de debajo el balcón y de su mirada vigilante.
Me volví para despedirme otra vez de Javi con un movimiento de la mano y, ya ante el portal, eché un vistazo general a mi alrededor. ¡Cómo había cambiado todo! Los escasos parterres que recordaba llenos de color, en un barrio nuevo, ahora estaban arrasados: los remolinos de aire habían ido reuniendo papeles y plásticos, que lucían enredados en los tallos secos, como flores muertas. La fachada del bloque tenía numerosos desconchones y algunos trozos de la pintura aún se podían ver en el suelo: la degradación era patente. El barrio de gente obrera que era antes se había convertido en un auténtico desastre.
Me dispuse a escoger al azar una de las llaves —ilusa de mí— por si aún abría la puerta del portal; sin embargo, no me hizo falta, pues la puerta cedió sin esfuerzo al apoyar mi mano en el frío pomo de la puerta de aluminio con cuarterones de cristal.
Entré y esperé unos segundos hasta que mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y me permitieron ver... La escena me dejó perpleja.
Nos quedamos todos fijos mirándonos, yo a ellos y ellos a mí. Por unos incómodos momentos, me dio la impresión de haberme colado en una película costumbrista y que alguien había apretado la tecla «Pausa».
Yo parada mirándolos desde la puerta y ellos, a su vez, mirándome inmóviles, interrumpiendo por unos segundos un desayuno familiar de lo más normal en una jaima, solo que en aquella ocasión la jaima estaba instalada en medio del portal. En efecto, apoyados en las paredes, sentados en cojines y en algunos sofás sin patas alrededor de una bandeja que descansaba sobre una alfombra vieja pero impoluta, una familia árabe al completo estaba siguiendo su rutina matinal. Después de observarnos unos instantes y como si alguien hubiera vuelto a apretar la tecla para desactivar la pausa, siguieron con su desayuno tranquilamente.
Clavé mis ojos en una anciana que, sentada en esa misma alfombra, cosía una prenda de ropa, ajena al ruido que hacían los tres niños que jugaban entre los cojines. De repente, una mujer de mediana edad salió con una tetera humeante del fondo de un cuarto, donde antes, recordé, se guardaban las bicicletas.
Sin querer demostrar sorpresa —¡qué tontería!— saludé:
—¡Buenos días, que aproveche!
—¡Buenos días! Gracias. ¿Quieres un té?
La mujer había dejado la tetera sobre la bandeja y me ofrecía, mostrándomelo en medio de aquel portal comedor, uno de los platos con tortitas.
—No gracias, muchas gracias, tiene muy buen aspecto, pero acabo de desayunar, muchas gracias.
—¿Buscas a alguien?
—Voy al segundo... me esperan —mentí.
Me salió sin pensar y me di cuenta del error mientras lo decía, porque no sabía si en la que fue mi casa vivía alguien o no.
—Vale, hasta luego.
—Hasta luego.
Ellos siguieron a lo suyo y yo, como si viviera allí de toda la vida, empecé a subir las escaleras, respiré hondo al doblar el descansillo: el primer obstáculo parecía, estaba superado. Después supe que me habían confundido con la trabajadora social. Al ir ascendiendo comprobé la limpieza de aquel improvisado comedor, pues contrastaba con la suciedad que iba encontrando conforme subía. No oía ruido alguno excepto el murmullo quedo que me llegaba del portal. «Arriba no vive nadie—iba pensando—. ¡Y las cosas me van a ir muy bien!» Lo repetía una y otra vez como una oración dirigida al infinito porque soy atea, aunque en aquel momento me hubiera gustado creer... ¡es un alivio tan grande!
Seguí subiendo, a uno mismo no se le puede mentir. De un piso a otro había dos tramos de escaleras divididos por un rellano. Entre la tierra, las pelusas y los papeles, se podía intuir un color amarillento en el terrazo del suelo. La baranda estaba cubierta por una pátina opaca salpicada con visibles huellas de manos. Mi corazón latía con tanta fuerza que me retumbaba en los oídos... Subía y repetía mi letanía: «Tendré suerte... ¡Que no viva nadie más en la escalera!, ¡que no viva nadie más en la escalera!».
En mi sinvivir, no me daba cuenta de que si no viviera nadie más en la escalera, la mujer de la tetera, me lo habría dicho. En mi cabeza seguía con la letanía al tiempo que hablaba conmigo misma... «¿Me ha tocado la lotería?» No oía nada, no tenía pruebas evidentes de que allí viviera nadie... Entonces ¿por qué vivían o qué hacía en el portal aquella gente? No era lógico que, habiendo pisos vacíos, vivieran en la escalera; era evidente que eran okupas. O a lo mejor sí, si en el bloque no vivía nadie más podían vivir tranquilamente sin infringir la ley porque vivían en una zona común y sin pagar ningún tipo de alquiler. No sé si eran o no coherentes mis pensamientos, fluían sin más al ritmo de mi desbocado corazón. En estas estaba cuando llegué al primer piso...
¡Mi gozo en un pozo! En un segundo todo el ánimo y el valor que había podido reunir se esfumaron y afloró en forma de ahogo y desesperanza la tan temida depresión, que arrastraba desde hacía meses. Me empecé a marear. La puerta de la derecha estaba tapiada con ladrillos, gloria bendita, pero la puerta de la izquierda estaba rota de arriba abajo, faltaba exactamente la mitad de la hoja, como si la hubieran cortado limpiamente de un hachazo.
«¡Todavía hay esperanzas —me dije—. Quizá han intentado entrar, pero han desistido y se ha quedado la puerta rota.»
Avancé unos pasos y pude ver perfectamente el interior: de un pequeño recibidor partía un largo pasillo lleno de bolsas que desembocaba en un comedor que parecía un estercolero: numerosos sacos de plástico negro de los de basura, la mayoría llenos de ropa que sobresalía, se esparcían por el suelo; en una esquina había también otros cerrados, en un montón que casi llegaba al techo y que, deduje, debían de contener basura. El olor que salía de aquella pocilga me llegó de golpe. No entendía cómo no lo había notado antes... quizá la tensión me lo impidió o quizá el olor, como el calor, tiende a subir. Pero ahora, a medida que pasaban los minutos frente a aquella puerta, más insoportable me parecía. Mi primera reacción fue la de salir corriendo. Me alejé de la puerta todo lo posible y me quedé allí, parada. Entonces recordé por qué estaba allí y miré la escalera que subía y luego aquella puerta y después los escalones que bajaban y… Aún paralizada, volví a mirar la maldita puerta.
«¡Aquí hay un diógenes! ¡Dios mío, no me puede tocar a mí! ¡No lo podré soportar!» Allí, inmóvil contra mi voluntad, pensé en las personas que conocía que sufrían aquella enfermedad. Por desgracia, en mi trabajo había estado en contacto con más de una, cada una de ellas con su síndrome particular. Enseguida me acordé de Merche. Siempre que aparecía por el centro, lo hacía con infinitas maletas y otros tantos sacos, una sombrilla de playa, la máquina de coser portátil, un par de cuadros, varias sillas plegables, una plancha con su agua destilada y un sinfín de cosas más que en esos momentos era incapaz de recordar. Aunque pareciera increíble, todo aquello salía del taxi que usaba para desplazarse desde... el último sitio donde hubiera estado hasta la casa de acogida... o desde la casa de acogida hasta... vaya usted a saber, cuando cobraba la pensión. Seguí de pie, observando aquel agujero con esos pensamientos revoloteando por mi mente, pegada a la pared, lo más retirada posible de la puerta, tapándome la boca y la nariz para no percibir aquel nauseabundo olor que conocía tan bien, mi cabeza daba vueltas...
De repente, dándome un susto de muerte, como salida del tambor de una lavadora, revueltas sus ropas, su pelo y toda ella, la vi emerger de entre los sacos. Los apartaba con sus rollizos brazos, doblándose y estrujándose contra ellos y contra la media puerta para poder salir: primero logró sacar una robusta pierna y luego un grueso brazo; después sus voluminosos pechos, que salieron disparados de golpe por el esfuerzo, uno detrás del otro; a continuación su gran culo y, por último, el otro brazo y la otra pierna. Como una Alicia descomunal y absurda, atrapada, intentando salir de la casa del conejo:
—¡Cris! ¿Qué-qué-qué ha haces tú aquí?
—¡Antonia! Pero ¡qué sorpresa! ¿Cómo estás? ¿Vives aquí?
No podía ser de otra forma, mi trabajo —aunque ya no era mi trabajo— me perseguía sin remedio. Y ¿qué esperaba? Aquel barrio era el caldo de cultivo del cual emergían muchas de las personas que acudían al centro diariamente buscando ayuda para sobrevivir. Estaba viviendo el mundo al revés, ahora me tocaba a mí conocer el otro lado en primera persona después de haber trabajado en el centro de acogida y servicios sociales tantos años, como veinte.
Antonia, abrazada a mí, no paraba de besarme, llenándome de babas
