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Helena era reacia a sacrificar la independencia que tanto le había costado conseguir, así que rompió su compromiso, pero el recuerdo de la pasión que habían compartido era muy difícil de dejar atrás…
Theo tenía un objetivo: ¡vengarse de su prometida! Sin embargo, el regreso a la isla griega que ellos pensaban considerar su hogar lo complicó todo. Theo no podía escapar del pasado… ¡ni de la intensa conexión que había entre ambos y que recobró fuerza de forma espectacular! ¿Tendría este magnate que reescribir las condiciones de su venganza?
Michelle Smart
Michelle Smart is a Publishers Weekly bestselling author with a slight-to-severe coffee addiction. A book worm since birth, Michelle can usually be found hiding behind a paperback, or if it’s an author she really loves, a hardback.Michelle lives in rural Northamptonshire in England with her husband and two young Smarties. When not reading or pretending to do the housework she loves nothing more than creating worlds of her own. Preferably with lots of coffee on tap.www.michelle-smart.com.
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Regreso a la isla del amor - Michelle Smart
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Michelle Smart
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Regreso a la isla del amor, n.º 2883 - octubre 2021
Título original: His Greek Wedding Night Debt
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1105-204-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
HELENA Armstrong comprobó su aspecto por última vez.
¿El rímel y el delineador de ojos estaban intactos? Comprobado.
¿No se había manchado los dientes con lápiz de labios? Comprobado.
¿Llevaba el cabello castaño recogido en un moño y no tenía ningún mechón suelto? Comprobado.
¿La falda plateada y azul acampanada estaba limpia y sin arrugas? Comprobado.
¿La blusa negra estaba limpia, sin arrugas y bien abrochada en la zona del pecho? Comprobado.
¿Llevaba limpios los zapatos de tacón, aunque le fuera difícil caminar con ellos? Comprobado
¿Tenía el portaplanos preparado? Comprobado.
¿Tenía bajo control el latido de su corazón? Bueno, una chica no podía tenerlo todo.
Helena estaba todo lo preparada como podía. Había llegado el momento de lanzar su primer envite a un cliente. El proyecto en el que tanto se había esforzado durante un mes estaba listo para ser desvelado al cliente misterioso que había conseguido asombrar a todos.
El cliente misterioso, que incluso había utilizado abogados para permanecer en el anonimato, y que había provocado que en la empresa se especulara acerca de quién podía ser, había invitado al estudio, y a otros cuatro más, a pujar por la oportunidad de diseñar una casa para él. O para ella. No sería una casa corriente, ni siquiera una mansión corriente. El arquitecto elegido tendría que volar hasta una isla griega, cuyo nombre todavía no se había revelado, y diseñar una casa de mil metros cuadrados al estilo de las Cícladas. Cada estudio debía presentar a un arquitecto que hablara griego y tuviera inclinación por la arquitectura clásica europea. Helena, cuya madre era de origen griego y adoraba la arquitectura clásica, era la persona ideal de su estudio. La manera cruel en que su padre le forzó a aprender griego por fin compensaba.
Helena había tratado de calmar la inquietud que sentía al pensar en que tendría que irse a trabajar a una isla del país que llevaba evitando durante tres años y se había presentado al concurso. No se había engañado pensando que tenía posibilidades de ganar puesto que sería la candidata más joven e inexperta, pero era una buena manera de practicar y el ganador se vería recompensado con un premio único. El estudio ganador obtendría una buena cantidad de dinero y, además, el arquitecto recibiría un bonus a la firma del contrato y otro al término, algo que permitiría que Helena saldara sus deudas y tuviera un remanente. Lo único que le habían pedido era mostrar cómo convertiría una vieja escuela griega en tres apartamentos vacacionales de lujo.
Helena se dirigió hacia la sala de juntas, acompañada de los murmullos con los que le deseaban buena suerte. La mayoría de los empleados había visto cómo con el tiempo había dejado de ser una licenciada de veintiún años y se había convertido en una arquitecta de veintiséis.
Al entrar en la sala de juntas, Helena vio que Stanley la miraba y le guiñaba un ojo para darle ánimos. Ella deseaba que el arquitecto que la había acogido cinco años antes se sintiera orgulloso. Helena había trabajado para él durante un año nada más graduarse y, después, él había estado siempre disponible cuando ella lo había necesitado durante sus estudios y también le había ofrecido un hueco en su estudio para que pudiera tener experiencia laboral antes de realizar el examen final. Stanley había sido quien había creado un puesto permanente para ella cuando, después de siete años de esfuerzo, se había convertido en una verdadera arquitecta.
Junto con Stanley estaban otros dos socios principales, una asistente personal y el cliente misterioso, quien estaba de espaldas a la puerta y no hizo ningún esfuerzo por volverse para saludarla.
Helena se apresuró para sentarse frente a él con una cálida sonrisa y, finalmente, vio su cara.
Y ese fue el instante en que se le congeló el pensamiento.
El hombre que estaba sentado frente a ella era Theo Nikolaidis. El mismo Theo Nikolaidis que ella había dejado plantado tres años atrás, veinticuatro horas antes de que fueran a contraer matrimonio.
Theo no se molestó en ocultar la gran sonrisa que se había formado en sus labios.
Ese momento, en el que a Helena Armstrong se le había borrado la sonrisa, era un momento para saborear, un momento que merecía una copa de vino bueno y, si hubiese sido un hombre al que le gustasen los canapés exquisitos, un plato lleno. Sin embargo, a pesar de que Theo era un hombre que prefería la comida sustanciosa, en aquel momento tampoco encajaba un gran cuenco del kokkinisto que preparaba su abuela.
Theo se puso en pie y le tendió la mano.
–Buenos días, Helena –dijo con una amplia sonrisa, antes de apreciar cómo ella se ponía colorada como un tomate–. Es un placer volver a verte.
Él estaba seguro de haber oído que las otras personas que estaban en la sala habían contenido la respiración.
Al cabo de unos instantes, ella extendió su mano pequeña y de piel pálida hacia la de Theo. Se la estrechó durante una décima de segundo y la retiró.
–Señor Nikolaidis –murmuró ella sin mirarlo, mientras tomaba asiento y dejaba su bolso en el suelo y el tubo portaplanos sobre la mesa.
–¿Se conocen? –preguntó uno de los socios, un hombre lo bastante mayor como para ser el padre de Helena, pero que la miraba de una manera que provocó que Theo deseara hacerle daño.
No obstante, Theo había aprendido a controlarse y en lugar de dejarse llevar, sonrió de nuevo y dijo:
–Helena y yo somos viejos amigos. ¿No es cierto, agapi mou?
Su comentario hizo que ella lo mirara. Sus ojos marrones brillaban con furia y sus labios carnosos mostraban tensión. ¿Pensaba que estaba enfadada? Aquello solo era el comienzo.
Helena asintió con la cabeza, abrió el tubo portaplanos y dijo:
–¿Nos ponemos con esto?
Theo extendió las manos.
–Sí. Muéstrame tu diseño. Déjame ver si tienes tanto talento como me han hecho creer.
Ella entornó los ojos y puso una falsa sonrisa antes de decir:
–Tendrás que ser tu propio juez.
–Créeme, agapi mou, aprendí a la fuerza que la reputación es igual de engañosa que las apariencias –Helena era la base de ese aprendizaje forzado. Era la mujer más bella que había visto nunca y la había conocido en Agon, su isla natal. Él había ido a visitar a su buen amigo Theseus Kalliakis, el príncipe de Agon, que en aquellos momentos vivía en el palacio. Como hacía muy buen día y Theo era un hombre que disfrutaba al sentir el sol en la cara, decidió dar un paseo por los jardines del palacio y dirigirse a la residencia privada de Theseus. En el jardín vio a una mujer joven sentada en un banco, junto a la estatua de la diosa Artemisa. La mujer tenía un cuaderno abierto sobre el regazo y un lápiz en la mano. Estaba inclinada hacia delante y su melena de color castaño caía como un velo sobre su rostro y sus hombros. Ella se retiró el cabello y se lo sujetó detrás de la oreja, dejando al descubierto un rostro que, incluso a pesar de las enormes gafas que llevaba, podía decirse que era el de una diosa.
Él respiró hondo y la miró durante largo rato.
Preguntándose qué era lo que ella estaba haciendo, se colocó detrás para mirar por encima de su hombro. En una hoja de papel había dibujado el palacio. Era un dibujo muy bonito y para hacerlo solo había utilizado lápices. Incluso había conseguido que pareciera que salía luz de algunas de las ventanas.
No era extraño que él se hubiera quedado embelesado. ¿Una mujer bella, talentosa e inteligente? Al instante, él la colocó sobre un pedestal y la veneró como sus paisanos habían venerado a Artemisa miles de años atrás.
Era una lástima que hubiera olvidado que los escrúpulos y el honor también eran cosas deseables a la hora de elegir a una mujer para convertirla en tu esposa. Debería haber tomado como señal de advertencia a la estatua que presenció su primer encuentro, Artemisa, una de las diosas más veneradas de la antigüedad y que, según la leyenda, había prometido que no se casaría nunca.
Al contrario que Artemisa, Helena no mencionó que sentía aversión hacia el matrimonio hasta el día anterior al que se suponía iban a pronunciar sus votos en la catedral de Agon. Como tonto que era, Theo no la creyó, a pesar de que ella se lo había gritado con rabia. ¡Por supuesto que ella aparecería en la catedral!
Tiempo después, cuando Theo recordaba el momento en que Helena le había destrozado el ego, terminaba pensando en que debía agradecérselo. Él podría haber pasado los últimos tres años viviendo una vida aburrida y estable en lugar de retomar el estilo de vida juerguista que había decidido abandonar por estar con ella. Lo cierto era que el hecho de que Helena lo dejara plantado lo había liberado y él había aprovechado cada minuto de su libertad, pero solo hasta cierto punto.
Tres años después de su humillación pública, todavía no se había acostado con otra mujer. A pesar de que lo había intentado su libido voraz había entrado en hibernación. Él, el hombre que podía elegir a cualquier mujer que deseara, había perdido todo interés en el sexo opuesto. Seguía saliendo con mujeres, cualquier excusa para demostrarle a Helena lo que se estaba perdiendo, pero acostarse con ellas le resultaba imposible.
Lo que había comenzado con una molestia menor se había convertido en un serio problema. Theo no quería mantener otra relación. Las relaciones eran para tontos ingenuos. En ellas estaban involucradas las emociones y la confianza, algo que no se permitiría experimentar nunca más, pero solo tenía treinta y tres años y era demasiado joven como para pensar en la vida célibe de un monje.
No obstante, seis meses atrás, Theo había visto un artículo en una revista de arquitectura en el que se anunciaba que el estudio Staffords le había ofrecido un contrato permanente a la arquitecta recién habilitada Helena Armstrong. Junto al artículo aparecía una fotografía de ella. A la mañana siguiente él se había despertado con la primera erección que había tenido desde que ella lo había dejado. El sentimiento de alivio que experimentó por haber recuperado su virilidad le duró muy poco. Esa misma noche, durante la fiesta que celebró un amigo suyo
