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Julia James
Mills & Boon novels were Julia James’ first “grown up” books she read as a teenager, and she's been reading them ever since. She adores the Mediterranean and the English countryside in all its seasons, and is fascinated by all things historical, from castles to cottages. In between writing she enjoys walking, gardening, needlework and baking “extremely gooey chocolate cakes” and trying to stay fit! Julia lives in England with her family.
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Corazones en deuda - Julia James
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2004 Julia James
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Corazones en deuda, n.º 1542 - marzo 2019
Título original: Bought by Her Latin Lover
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1307-887-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
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Capítulo 1
PARECÍA una fulana!
Rosalind, apoyada en la cómoda de la revuelta habitación, se quedó mirando la imagen escandalosa que le devolvía el espejo. Llevaba kilos de maquillaje y la melena oscura caía tipo leona alrededor de su cara. Sus ojos eran como dos manchurrones azules, llevaba las pestañas cargadas de rímel y los labios pintados de un provocativo rojo cereza. Como accesorios, unos pendientes largos y varias cadenas colgando de su exageradísimo escote.
Rosalind sintió un escalofrío al ver el vestido de lamé plateado, con una raja hasta medio muslo y un escote que dejaba prácticamente sus pechos al aire…
Aquello era lo último que ella habría elegido, pero no fue elección suya.
–Toma, ponte esto –le dijo Sable–. Tú tienes más pecho que yo, así que te quedará bien. Estarás muy sexy y eso es lo que Yuri quiere, ya sabes. Le encanta tener tías guapas alrededor. A todos los ricos les gusta. ¡Y tú estarías divina si te arreglases un poco más! Aunque, por otro lado, me alegra que no seas competencia.
Rosalind le había asegurado que no tenía ni el más mínimo interés por Yuri Rostrov. Era el último hombre en el mundo que podría interesarle. De hecho, si por ella fuera ni se acercaría a aquel tipo tan desagradable, pero no podía negarse. Sable le había hecho un gran favor y lo que le pedía que hiciera esa noche no era para tanto… aunque fuese a hacerlo con la mayor desgana.
–Sólo tienes que quedarte al lado de Yuri y evitar que otras lagartas se le acerquen. Esas asquerosas harían lo que fuera para quitármelo… –suspiró su amiga, llevándose una mano al estomago–. Te lo juro, no vuelvo a comer langosta. Llevo todo el día vomitando.
Rosalind se miró al espejo y también sintió náuseas. De verdad no quería hacer eso. No le gustaba el estilo de vida amoral de Sable y, además, tendría que salir del café antes de la hora y perder las propinas con las que daba un empujoncito a su salario. Pero su trabajo, aunque mal pagado, incluía una habitación y eso era importante porque los apartamentos en la costa española eran cada día más caros y ella tenía que contar cada euro.
Dinero. La necesidad de conseguirlo dominaba su existencia, haciéndola trabajar diez horas diarias, sin tiempo para nada más. Desde luego, no tenía tiempo para arreglarse y salir de juerga.
Sable, por supuesto, pensaba que era tonta.
–Con lo guapa que eres, deberías vivir como una princesa. En serio, si salieras conmigo tus preocupaciones desaparecerían. Hay tíos como Yuri por todas partes, forrados de dinero y deseando pasarlo bien. Si te animaras un poco…
«Animarse un poco» quería decir acostarse con hombres ricos, como hacía Sable.
Pero eso no era para ella. Nunca podría serlo. La idea le daba repugnancia. Pero su amiga no tenía problemas para vivir de su cuerpo.
Rosalind se sintió avergonzada. Le debía muchos favores a Sable, que la había rescatado cuando estaba totalmente desesperada. No tenía derecho a condenarla.
Ni tenía derecho a no hacerle aquel favor, pensó mientras tomaba el bolso. Por muy poca gracia que le hiciera.
César Montárez arrugó el ceño al ver el grupo que rodeaba la mesa de black jack.
–Yuri Rostrov –murmuró el hombre que estaba a su lado–. Drogas, extorsión, tráfico de armas… ¿quieres que siga?
Su jefe negó con la cabeza.
–Vamos a sacarlo de aquí. Dame tiempo y luego hazte visible… pero no demasiado, ya sabes.
El jefe de seguridad de César Montárez asintió con la cabeza. Era una rutina que usaban a menudo para deshacerse de clientes indeseables.
–No le hará gracia. Está ganando.
César se encogió de hombros.
–Peor para él.
Le gustaría tratar con aquel gánster como se merecía, con los puños. Basura como Rostrov no era bienvenida en El Paraíso, por mucho dinero que dejasen en las mesas de juego. Pero esos métodos eran inapropiados para un casino de lujo. Mejor librarse de canallas como Rostrov sin destrozar el decorado…
César se acercó a la mesa de black jack, deteniéndose antes para saludar a algunos clientes y diciendo los consabidos piropos a las elegantes damas que se jugaban millones cada noche.
Mientras saludaba a un ex jugador de golf profesional que insistía en hacer negocios con él, miró por encima de su hombro al hombre que era su objetivo. Rostrov y su grupo dominaban una de las mesas de black jack. El gánster estaba gritando de alegría al ganar otra mano y su grupo lo jaleaba. Iban, como siempre, rodeados de chicas guapas y, como siempre, demasiado pintadas.
Otra razón para echar a Rostrov de allí. Las chicas como ésas tampoco eran bienvenidas en el casino. Las mujeres guapas eran buenas para el negocio porque los ricos querían verse rodeados de jóvenes bellezas, pero César no tenía intención de dejar que el casino se llenara de chicas que vendían su cuerpo para vivir.
Por guapas que fueran.
Como aquélla…
César miró a una de las que iba con el grupo de Rostrov. Era mucho más guapa que las demás. De hecho, era una de las mujeres más guapas que había visto nunca.
Una pena.
Su belleza natural quedaba arruinada por la cantidad de maquillaje que llevaba encima y por el horrible vestido de lamé plateado. Uno de los amigos de Rostrov le había pasado un brazo por los hombros y, al hacerlo, el escote del vestido se abrió, dejando al descubierto medio pecho. La chica no se había dado cuenta… aunque si se hubiera dado cuenta, le daría igual. Si le importaran esas cosas no iría con gánsters como Yuri Rostrov.
Hora de librarse de ella. Hora de librarse de toda aquella basura. Despidiéndose del golfista, César se acercó al indeseado grupo.
Rosalind intentaba dejar de temblar, pero el tal Gyorg estaba pegado a ella como una lapa. La gruesa mano del hombre estaba sobre su hombro, manoseándola… y haciéndola sentir náuseas. Cuando Yuri Rostrov ganó otra mano, Gyorg exclamó algo en su idioma, apretándola más fuerte.
«Por favor, tengo que salir de aquí», pensó Rosalind.
Cuando le presentaron al grupo de rusos en el vestíbulo del hotel supo que iba a pasar un mal rato.
Pero no podía decirle que no a Sable.
Y ésa era la razón por la que estaba allí, dejándose manosear. Por eso intentaba sonreír cuando sonreían los demás, mientras contaba los minutos hasta
